(Discurso de presentación de ‘Políticamente Indeseable’, Sala Fernando de Rojas, Círculo de Bellas Artes. Madrid, 29 de noviembre de 2021).

Es una noche deseada y feliz.

De niña, y de adolescente, y de adulta, he tenido siempre una inquietud: que los hechos pudieran perderse. Que se los tragara el tiempo o la tergiversación. Quizá por eso me dediqué primero a la Historia y luego al periodismo. Son dos maneras de reconstruir el rompecabezas. El del pasado, la una. El del presente, la otra.

Ahora que digo rompecabezas… Me lo ha recordado mi madre, Patricia, hoy aquí: de bebé —dos años o así— nada me gustaba más en el mundo que hacer puzzles. Me pasaba horas delante del revoltijo desperdigado de piezas. Muy concentrada. Mordiendo mi chupete hasta hacerlo trizas. Buscando cada fragmento y colocándolo en su sitio, hasta que del caos asomaba por fin la forma. El orden. La verdad.

Este libro responde al mismo impulso. En un tiempo vertiginoso, tiqui-taca y banal, especialmente proclive a la evanescencia y el olvido, es un intento de fijar los hechos de una etapa de mi vida. ¡Y de la vida española! Un intento, sin duda, insuficiente y torpón, lastrado por mis limitaciones como escritora y por la falta de experiencia —es mi primer libro—, pero del que, aun así, brota la alegría del deber cumplido. Ahí están. Los hechos recobrados y ordenados. Y ahí quedarán, por si algún curioso, algún día, se pregunta cómo se hundió España en el socavón. Y, ojo, ¡también cómo resurgió!

Este libro cuenta muchas cosas desagradables. Es, en buena medida, la historia de un desencanto. Desde mi vuelta a la política he vivido experiencias desoladoras y tratado con personas que, en mi opinión, no estuvieron a la altura. Seguro que en muchas ocasiones yo tampoco. De estos aspectos del libro han dado cuenta extensamente los periódicos, las redes sociales y también algunos compañeros de partido. Bien está. Escribir es someterse al escrutinio público. Y además este libro defiende —y promueve— precisamente eso: un debate adulto y libre. El fin del pensamiento tribal y la omertá. Y luego está el carácter. Es verdad, la vida al baño maría no es lo mío. Si lo fuera, me habría dedicado a la ficción. Y que me lo perdonen los novelistas, los enormes novelistas, que hay en esta sala.

Pero esta noche no quiero hablar de lo desagradable. Al revés. Quiero hablar de la felicidad. Del catálogo de momentos de felicidad que este libro recoge. Lo dije en un mitin especialmente dichoso, durante mi primera campaña como candidata del Partido Popular por Barcelona. Veníamos de romper el cerco del odio y la estupidez en la Universidad Autónoma, nos acompañaba José María Aznar, por primera vez en 15 años en un acto del PP catalán, y el ambiente era glorioso. Y dije: «La felicidad nunca se alcanza del todo. Como mucho, se roza». Lo que no dije, porque entonces no lo sabía, es que cada roce deja huellas profundas. Y que esas huellas, sumadas, se convierten en una experiencia vital extraordinaria. Incluso en una buena vida.

He experimentado la felicidad de la hija. Este libro está dedicado a mi padre. Él me emplazó —primero con su ejemplo y luego en una carta que guardo como un tesoro— a defender al individuo por encima de cualquier colectivismo: el nazismo, el comunismo, la manada. ¿Cómo desafiar su mandato? Ni la más indisciplinada. ¡Ni la más rebelde! 

Mi padre era un hombre irresistible. Libre, valiente y optimista. Una luz cálida y expansiva, capaz de tejer alianzas inverosímiles: marismas entrerrianas y erizos griegos; el maestro Leonard Bernstein y el gaucho Don Pelele. Recuerdo sus últimas palabras antes de apagarse en la cama de un hospital de París. Nada tan trascendental como: “No tengas críos”, como cuenta Rosa Belmonte que le dijo su madre, en el divertidísimo libro que ha publicado con Emilia Landaluce. Me dijo, simplemente, suavemente: «Les Alizés sont arrivés…”. Los vientos alisios han llegado. Era la voz del navegante, del aventurero. Cuánto lamento que su vida no fuera eterna, también egoístamente para que me hubiera acompañada en la mía. Dos bravos marinos, contra la corriente. Cuánto me gustaría ser creyente para creer que sus limpios ojos azules nos miran esta noche. Y qué felicidad tener hoy aquí a su mujer, Dolores, y a mis hermanos Marcos, Florence y Carmen. Gracias por venir.

He experimentado, también, la felicidad de la madre. Mis hijas se llaman Cayetana y Flavia, que mañana cumple 10 años, y tienen el padre perfecto. Joaco: modelo de elegancia moral y contrapeso de todos mis defectos.

Los hijos de los políticos se acostumbran al espectáculo y a la crítica. O eso quiero creer. Distinguen entre la caricatura de la líder —dura, hierática y altiva— y la mamá real. Pero también sufren. Y agradecen una explicación. También por ellas he escrito este libro. Para que conozcan los detalles del tiempo que no les di. Pero, sobre todo, para que entiendan que, siendo grande la ausencia que han sentido y sienten, la causa que la justifica lo es todavía más. Mucho más. Es la defensa de una nación moderna. Es decir, su libertad y su igualdad como españolas.

Yo emplazo a mis hijas, sí. Como mi padre me emplazó a mí. No a seguir mi camino, sino a hacer el suyo. Frente a todo dogmatismo. Contra la tentación gregaria. Con fortaleza de carácter y alegría de espíritu. Como esos jóvenes, sólo unos años mayores que ellas, que estos días vuelven a iluminar con su valentía el rumbo de una nueva Cataluña. Los chicos de S’ha Acabat, ejemplo y esperanza de todos los españoles.

He experimentado —he gozado— la felicidad de la mujer libre. Tengo la doble suerte de pertenecer a una España sin refajos y de contar con referentes femeninos formidables. Mi madre, que el viernes también cumple años. Niña bien de La Recoleta porteña, joven comunista en La Habana, pájaro rebelde siempre, me empujó en el camino de la excelencia y la libertad. También mis dos abuelas: Mamivonne, violinista francesa de vanguardias, cruce de talento y de coraje, y autora de una sentencia terminal: “¡Es mi opinion y la comparto!». Y, en el hemisferio opuesto, Beba, guardiana de las esencias de una Argentina dorada, de camas con mosquiteros y camisones de piel de ángel. Mujeres fuertes y con un gran sentido de la dignidad. Ajenas a la vulgaridad del victimismo. Abanderadas mediante el ejemplo de la verdadera igualdad entre los sexos. Este es el feminismo que reivindico, alejado de cualquier estéril revancha identitaria. Feliz de ver en el hombre, no un enemigo, sino un aliado imprescindible para una vida fértil. Para la exultación.

He experimentado —¡y a pesar de todo experimento!— la felicidad de ser española. Sin autoengaños. Sin golpes de pecho. Consciente de la complejidad de España, pero no por ello acomplejada. Como me enseñó mi maestro Elliott, cronista de una historia muchas veces trágica, pero tantas otras deslumbrante. Como lo reafirmamos, en este mismo escenario (hace ya siete años), Libres e Iguales: «España, una empecinada voluntad de vivir juntos los distintos». Lo fue y sigue siéndolo. Frente a la obsesión guerracivilista y la perversa política de pinganillo —pura amargura y malhumor— se alza una impresionante historia de cordialidad y reconciliaciones. Una Transición admirable por adulta. Una Constitución nacida del perdón mutuo y de un pacto profundo. Un Rey —hoy de nuevo con los jueces en Barcelona— plenamente consciente del mandato de la corona de proteger la paz civil y el derecho a decidir de todos los españoles. Vivan en Vigo, vivan en Vic.

La degradación de Barcelona y el ocaso de Cataluña no son inevitables. España no está condenada a ser un país decadente, menguante, mendicante y marginal. Será lo que queramos los españoles. Su devenir depende, estrictamente, de nuestra voluntad y actitud. No hay patriotismo, ni siquiera perspicacia, en el pesimismo. El desánimo es la coartada de los cobardes y el principal aliado del viejo y aburrido auto-odio español. La realidad es que pocos países tienen la capacidad de España para estimular la felicidad: sol, sal y sensualidad. Y pocos tienen más motivos objetivos para enarbolar un nuevo optimismo. Por patriotismo y por placer.

He experimentado la felicidad, incomparable, de la política. Lo reconozco en el libro: sé que puedo ser feliz como periodista, escribiendo una crónica sentada en un sucio bordillo en la frontera entre Colombia y Venezuela. Y que la política tiene una difícil relación con la libertad, que venero, reclamo y ejerzo. Pero la euforia de un mitin, la responsabilidad de pedir el voto, el honor de merecerlo y el orgullo de servir a tu país no tienen parangón en ningún otro campo de la actividad humana. Y todo esto para un político es fuente de una felicidad incomensurable. De una felicidad adulta, porque lleva incorporada vetas de amargura, sufrimiento y decepción. Y de una felicidad inconfesable, en cuanto tiene de vanidad satisfecha.

Es verdad: luché contra lo indeseable en la política hasta que me convirtieron en políticamente indeseable. Y después de este libro, un poquito más. Pero cada capítulo de esta batalla —contra la xenofobia; contra el apaciguamiento; contra el tacticismo, el victimismo y la sumisión; contra la moderación malentendida y la disciplina peor impuesta— me han reafirmado en dos convicciones: no hay tarea más importante que la política. Y la política deseable sí es posible. Sólo necesita una cura de verdad.

He experimentado la felicidad del liberal. En el sentido más ancho y luminoso del término. «Luminoso», mi palabra favorita. Bien lo sabe mi amigo Alfredo Timermans, que se burla de mi empeño en incrustarla en todos mis discursos. Es una palabra cálida y evocadora, sobre todo en inglés y en francés: The Enlightenment, Les Lumières. El liberal sabe que la civilización es un viaje del ser humano desde el fondo oscuro de la tribu al encuentro con otras tribus y otros hombres. Una odisea contra los dogmas y los déspotas, en la que es crucial mantener la antorcha encendida.

El verdadero liberal es un militante de la razón, un guerrero cultural. En España, un anti-nacionalista y un firme adversario de la izquierda reaccionaria, que ya es toda la que hay.

No es un combate fácil. Entre otras cosas, porque se libra sobre un plano inclinado. Y, sin embargo, ¿quién me quita a mí lo luchado? Hacer la V de la victoria frente a una turba de niñatos totalitarios. Entrar en TV3 con un jersey amarillo, peludo, desafiante, brutal. Preguntarle a una socialista en prime time: «¿De verdad van ustedes diciendo: Sí, sí, sí, hasta el final?». Llamar al hijo del FRAP por su nombre, y hasta por su título, en la sede de la soberanía nacional. ¿Qué más podía yo pedir? Me lo dijo un día Fernando Savater: «Lo que jamás nos van a perdonar es lo mucho que nos hemos divertido».

He experimentado, también, la felicidad del parlamentario. Ese instante en el que te subes a la tribuna con la boca empastada de adrenalina. O cuando te llega el turno en la sesión de control, y los focos queman y las bancadas estallan. Pero, sobre todo, el infinito placer de colocar la palabra al servicio de una causa justa. Y hacerlo con precisión y con belleza, para que brille la verdad. La frase es de mi madre, en las curvas más cerradas de mi adolescencia porteña: «Cayetana, las formas perfeccionan la verdad».

Ahora han desaparecido tanto las formas como la verdad. Y este doble vacío está arruinando la política. Sólo hay algo peor que un diálogo de besugos y es un diálogo de zascas. Y este desparrame sentimental… en el barranco de la vulgaridad. Pero de ese agujero también saldremos.

Hay que recuperar la conversación pública española y lo haremos. En los medios y en la política. Hay una nueva generación de columnistas ilustrados y brillantes. Y hay parlamentarios que resisten la tentación del tuit. Que hilvanan argumentos. Que miman la palabra y respetan los hechos, porque se respetan a sí mismos. Los he visto en el Congreso, en mi Grupo y en otros —y en el Parlamento de Cataluña, Alejandro Fernández–, y es un espectáculo.

He experimentado, también, el gozo —el duro gozo— de la responsabilidad. Y doy las gracias. A Pablo Casado, el primero, por ofrecerme la oportunidad de presentarme por Barcelona: el ejercicio de responsabilidad más importante de mi vida. ¿Cómo seguir opinando sobre la xenofobia nacionalista, la equidistancia socialista, las vacilaciones de la derecha o la indiferencia de las élites, si teniendo la ocasión de bajar a la arena me hubiera quedado en el tendido? Y doy las gracias, también, a mis compañeros de Grupo parlamentario que, en circunstancias muy difíciles, me apoyaron en la convicción de que el Congreso no se cierra ni en tiempos de guerra. Y que con su ejemplo lo abrieron.

No está claro que el género humano prefiera la libertad a la seguridad. Y, sin embargo, no hay fuerza más progresista, en el sentido preciso de generar progreso, que la disposición a asumir riesgos. El hombre en la arena de Roosevelt. El sublime nadador de Lanzmann. El político de Weber. «¡Idealistas!», los llaman. «¡Solistas!» Hummm. Yo creo que para alcanzar lo deseable hay que aspirar al ideal. Liderar y exponerse.

Lo dijo Weber, sí, y sus palabras retumban desde hace décadas en mi cabeza: «Es completamente cierto, y toda la experiencia histórica lo confirma, que no se conseguirá lo posible si en el mundo no se hubiera recurrido a lo imposible una y otra vez. Pero para poder hacer esto, uno tendrá que ser un líder, y no sólo esto sino también un héroe, en un sentido muy sobrio de la palabra.» Es decir, un individuo responsable. Un verdadero ciudadano. Una Ana Losada, presidenta de la Asamblea de la Escuela Bilingüe, que ha logrado una sentencia decisiva para la democracia en España. Una Isabel Díaz Ayuso, que asumió la responsabilidad, es decir el riesgo, de defender la libertad frente al confinamiento económico, político y moral de los madrileños. Al hacerlo, nos dio la mayor alegría de los últimos años. Y no me refiero ahora a la alegría partidista —la oportunidad del PP de ser alternativa—, sino a algo mucho más profundo y ancho: la alegría liberal del contacto y el reencuentro. Del intercambio y el comercio. La vida misma.

He experimentado el júbilo de la amistad. Nunca, ni en mis más egocéntricos delirios, hubiera imaginado quiénes iban a ser mis compañeros de viaje, mi “band of brothers”, mis amigos. Bajar la vía Laietana, entre miles de banderas españolas, del brazo de Mario Vargas Llosa, referente de la literatura, de la libertad, ¡y de la fraternidad! Recibir el afecto, el aliento y las enseñanzas de Albert Boadella, un visionario, un sabio. Almorzar cíclicamente con Fernando Savater, Andrés Trapiello, Miriam Moreno y Félix de Azúa, y, entre risa y risa, no dejar de preguntarme, con asombro: «¿Qué hace una rubia como tú con gente tan brillante como esta?». Y Federico, cuya ternura es el secreto mejor guardado de la vida pública española. Y Santiago, híbrido adorable de hemeroteca y humor. Y Arcadi, omnipresente: en el periodismo, en la política y en la vida. Mi fuerza y mi debilidad.

Y qué decir de mi equipo, mucho más que político: Alfredo, lo mejor que me pasó como portavoz; Pilar, un pilar, mi pilar; Gabriel, irónico y elegante, un moderado de verdad y un lujo que no merecí. Lo soportaron todo, y sobre todo a mí. Y con ellos, un grupo de mujeres admirables: Carmen, Isadora, Marian, Lilian, Emilia y Rosa. Con ellas he luchado, llorado, aprendido, comido, bebido y gozado. Y pienso seguir haciéndolo, hasta el final. Como hizo otro gran amigo, este añorado: David Gistau. Nos vimos por última vez en el corazón gótico de Gerona, la mañana de las elecciones generales. Unos pobres infelices nos insultaron. Les sonreímos y seguimos nuestro camino. El abstencionista y la provocadora.

Y así, cuando creía colmada mi cuota de felicidad, me llega ahora una remesa nueva, inesperada. La felicidad del escritor. Es una experiencia turbadora. Algunos escritores le restan importancia. «Tener lectores es secundario», dicen. «Lo relevante son las musas. El oficio. ¡El arte!»

El encuentro con los lectores es una comunión imbatible. Sólo hay una cosa comparable: la comunión del político con los e/lectores, los votantes. La política y la escritura: dos oficios sagrados, cuyo fuego no se apaga jamás.

Escéptico, huraño, a días un misántropo, en su lecho de muerte Josep Pla le preguntó a su editor, Vergés: «¿Josep, es venen els meus llibres?».

Así, con el mismo punto de zozobra y la misma esperanza, cada tanto iré preguntándoselo yo ahora a un hombre que estos meses ha demostrado el equilibrio entre el ímpetu y la paciencia propio de los mejores editores: «Gonzalo, ¿se venden mis libros?»

Él, Gonzalo Eltesch Figueroa, tiene ahora la palabra.

Fotos: Ramón Araujo 
Foto: Enrique Falcón