[REQ_ERR: UNKNOWN] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Cayetana Alvarez de Toledo Menu Close

No, no, no

«La audiencia de Ya es mediodía decide que, a viernes 19 de marzo, apoya a Antonio David Flores en su conflicto con Rocío Carrasco». 

Lo de audiencia en minúsculas tuvo que ser una errata. Debieron escribir Audiencia y añadir Nacional. El programa, dirigido nada menos que por una periodista curtida en los tribunales, había animado a la gente a votar la inocencia o culpabilidad de un hombre. Cuatro días más tarde, tras el exitazo dominical, sus productores volvían a colocar otro rótulo en pantalla: «Vota. Tras ver el primer programa de Rocío Carrasco, ¿a favor de quién estás: de Antonio David o de Rocío?»  

No sé si conmovidos por el testimonio de Rociito los espectadores de Telecinco cambiaron de opinión ni me interesa. Lo relevante es que una cadena de televisión se erija en tribunal. Bueno, en tribunal. Eso exigiría guardar cierto respeto por los procedimientos y las garantías procesales, empezando por el principio de contradicción. Y aquí nadie se ha tomado el trabajo de examinar no ya la versión del presunto inocente sino la de los jueces: los hechos probados. Ni siquiera para refutarlos. «¡Que somos tertulianos, oiga, no peritos!» Se nota. Aquí lo único que ha valido, sobre todo en la primera acepción del verbo, son las lágrimas de la presunta víctima. El poder del corazón y el corazón al poder. Abajo los sesos. Aquí el principal condenado es el Estado de Derecho. Es decir, usted y yo. 

Supervivientes, Sálvame, Salvados… Más que nombres de programas, parecen alusiones a la tesitura del ciudadano en la selva populista. «La culpa es del pueblo», te dicen, «le encanta el circo». Quizá. Aunque habría que liberalizar la oferta mediática y ver qué pasa. Y, en todo caso, la responsabilidad del ciudadano no exime a la élite. El poder obliga. Y el poder es inmenso. Hace un año, en una entrevista en Onda Cero, dije que había medios en España que hacían negocio con la erosión de la democracia. Cuando Carlos Alsina me preguntó a quién me refería contesté que a La Sexta. Fui prudente. También lo hace Mediaset, el grupo que junto con Atresmedia ostenta el oligopolio de la televisión en España. Y hasta la Televisión Española de Cintora y los impúdicos émulos de TV3, más que vertebradora, invertebrada.

En una democracia, ¿se puede criticar a los medios? Sí, y al Rey y a un gay. Siempre y cuando la crítica esté sometida a la razón. Señalamientos para amedrentar, no. Vídeos contra periodistas para asomar la cabeza en campaña, ahórrenselos. Y, sobre todo, ¿se puede discutir una resolución judicial? Por supuesto. Yo discrepo de la sentencia del 1 de Octubre porque reduce los hechos de Puigdemont y Junqueras a una ensoñación de Puigdemont y Junqueras. Y qué habría sido de tantos inocentes —y tantos culpables– sin la mirada incisiva, exigente, rigurosa de un periodista durante un proceso judicial o incluso después. J’accuse…! Pero ni Rociito es Dreyfus ni Jorge Javier, Zola. En nuestra atrofiada ágora no se están discutiendo racionalmente los hechos de un caso con el ánimo y la esperanza de llegar a la verdad. Se está instaurando una verdad paralela —subjetiva, sentimental, cochambrosa, puramente populista—, que enmienda la verdad judicial y la invalida. Es decir, se está liquidando la propia idea de la verdad y, con ella, cualquier posibilidad de mantener una conversación no ya civilizada y constructiva, sino pacífica. Tu verdad contra la mía y lo resolvemos a gritos. En el mejor de los casos… Es lo que vino a decir el socialista Montilla con esta frase nuclear del proceso separatista catalán: «Los tribunales no pueden juzgar sentimientos». La relación no es casual. No hay caldo de cultivo más favorable a un nuevo despotismo de post-juicio que la identidad.

Medio siglo después de Mayo del 68 y, sobre todo, diez años después de Tony Judt, algunos jóvenes progresistas ilustrados por fin empiezan a asumir que la identidad ha sustituido a la igualdad como el gran tótem de la izquierda y que esto supone una regresión. Ovejero ya no está solo; bienvenido Soto Ivars. La identidad es el neo-Dios al que la hueca moral dominante nos obliga a rendir pleitesía. Una nueva forma de religión y, como todo separatismo, incompatible con la democracia. Lo dijo Macron en referencia al islamismo: es separatista porque crea una legitimidad paralela a la republicana, que socava la comunidad de los libres e iguales. Su reflexión es igualmente válida para cualquier expresión identitaria, desde el nacionalismo, centrífugo o centrípeto, hasta el feminismo de tercera ola que tan perfectamente representa nuestra insólita ministra de Igualdad.

«El testimonio de Rocío Carrasco es el de una víctima de violencia de género. #RocíoYoSíTeCreo». No sé si Irene Montero se paró medio segundo a reflexionar antes de dictar su sentencia-tuit. Prefiero pensar que no. Tampoco lo habrá hecho la portavoz socialista, Adriana Lastra, antes de condenar a un hombre en prime time: «Rocío Carrasco es una mujer valiente, una superviviente. [¡Supervivientes!]. Su testimonio tiene un gran valor para visibilizar la violencia de género. No pararemos hasta que la vida sea segura y libre para todas las mujeres. #RocíoVerdad1». 

No se pararon ni pararán, bien. Pero, ¿y si la cabecita que rodara por el plató fuera la del padre, hermano o pareja de alguna de las dos? La del propio Pablo Iglesias, por qué no. Hay que pararse, sí. Concreta y enérgicamente ante estas cinco palabras: «Yo sí te creo, hermana». La frase, consigna del nuevo separatismo, lo tiene todo. El «yo» afirma la primacía de lo subjetivo sobre lo objetivo. El «te creo» antepone la opinión, una fe cuasi-mística, al hecho probado. El «hermana» reivindica la identidad colectiva. En este caso, un feminismo que se ha vuelto puritano y pendenciero. Juntos, estos tres elementos impugnan el Estado de Derecho y estimulan el conflicto social. Porque, si las opiniones se convierten en hechos y los hechos en opiniones, cualquier persona implicada en un litigio podría preguntarse: «¿Y por qué sus percepciones valen más que las mías?» Y, con toda la legitimidad de un mundo sin legalidad, lanzarse a la caza de seguidores para afirmar su verdad. Y entonces, ¿quién será inocente? ¿El que movilice más audiencia o consiga más likes? ¿El que llore más fuerte? El que no llora no mama y el que no mama es un gil, cambalache. ¿Y quién será culpable? ¿Lo decidirán en votación, clic, clic, los espectadores del oligopolio? ¿O directamente Irene y Pablo desde la piscina de Galapagar? Y aun decía el sábado El País, por boca de una magistrada, que convendría trasladar el modelo Rociito a la Justicia ordinaria: testimonio televisado, sin cortes ni apenas injerencias, si acaso unas pocas preguntas planteadas por un psicólogo, para que la mujer pueda «contar libre su verdad». Y el hombre penar en la cárcel sin las garantías de un proceso justo.

Quizá sea esto lo que nos distinga de Francia: aquí el ataque populista al demos se produce desde las propias instituciones del Estado. Por eso, además de una reflexión sobre la responsabilidad de las élites mediáticas, el caso Carrasco exige una lectura política. Otra frase que me trajo problemas: «¿De verdad van ustedes diciendo: “Sí, sí, sí, hasta el final?» En directo, la futura ministra de Igualdad me acusó de legitimar la violación. Dos años después, el Consejo General del Poder Judicial, por unanimidad —todas las ideologías, todos los géneros—, emitió contra su proyecto del solo sí es sí un dictamen devastador. Montero contestó: «Será Ley». Debió decir: «Seré Ley».

Pablo Iglesias es un político fracasado. Por eso trabaja para el fracaso de la política. Es decir, para el triunfo del populismo y la demolición de la democracia. Sólo le queda un camino, una vuelta de Tuerka. Lo ha demostrado en Vallecas. Ni él ni sus ministros y portavoces han condenado la violencia contra un adversario político, en este caso Vox. Al revés. Han jaleado a la turba y justificado sus pedradas. Iglesias aspira a ser un híbrido entre Otegi, Ortuzar y Puigdemont: mis escuadrones en la calle, mis peones en las instituciones y mi poder en las televisiones. Su figura sería marginal y hasta patética si no fuera por la complicidad de Pedro Sánchez y la degradación de las élites. Pocas veces había sido tan necesario un periodismo de calidad, inmune al cinismo, inasequible a la demagogia, combativo con la ignorancia y comprometido con los hechos. Porque la verdad no es una opinión. Y porque en su fariseísmo y su frivolidad los agitadores mediáticos y políticos del show de Rociito no juegan con la reputación de un zascandil, sino con la libertad de todos.

 

 

Artículo publicado en El Mundo el 12 de abril de 2021. 

«Ayuso ha devuelto al centro-derecha el optimismo en la victoria y eso no tiene precio»

Pregunta: Pienso en la batalla cultural y se me viene a la cabeza la serie sobre Rocío Carrasco…

 

Respuesta: Esa serie es un episodio más de la degradación de la conversación pública, que se caracteriza por el triunfo de lo subjetivo sobre lo objetivo. Y es también una prueba de la voluntad de un sector de la izquierda de desacreditar la Justicia y ganar en las televisiones lo que pierden en los tribunales. Intentan conseguir mediante la agitación de las emociones lo que no consiguen con la razón y los hechos probados. Hemos pasado ya del populismo del prejuicio al despotismo del postjuicio. Seguimos cavando.

 

P: El plató como institución jurídica…

 

R: Sí. La turba sustituye al tribunal. Como en los tiempos oscuros. Cuántos de los que se erigen en última instancia popular del caso Rocío Carrasco —notablemente la ministra de Igualdad— se han parado a pensar: “¿Y si el sentenciado en el plató fuera yo?” Fíjese en la consigna que difunden: “¡Yo sí te creo, hermana!”. Lo tiene absolutamente todo: el ‘yo sí’ afirma la voz subjetiva; el ‘te creo’ antepone la pura opinión —una fe cuasi-religiosa— al hecho probado; y el ‘hermana’ reivindica el colectivismo identitario. En este caso, un feminismo que se ha vuelto matonesco y mojigato. Estos tres elementos juntos impugnan el Estado de Derecho. Hacen imposible la convivencia pacífica. Porque en semejante jungla cualquiera tendría derecho a peguntarse: “¿Por qué tu convicción vale más que la mía?” y, seguidamente, lanzarse a la plaza pública a zarandear las emociones del pueblo. Y entonces: ¿Quién es inocente? ¿El que llora más? ¿El que consigue más audiencia? ¿Y quién es culpable? ¿Lo decidirá nuestra insólita ministra de Igualdad?

 

P: Algo hemos hecho mal cuando lo emocional prima sobre lo racional. Y cuando incluso se tacha de insensible a quien atiende a los argumentos por encima de las emociones…

 

R: Hemos desprestigiado la Ley y hemos instaurado una nueva forma de idolatría: la idolatría de la identidad. La identidad ha sustituido a la igualdad como gran tótem de la izquierda; es el neo-Dios ante el que los mortales tenemos la obligación de arrodillarnos, una nueva forma de religión. Y esto tiene graves consecuencias para la democracia. Lo dijo Macron en referencia al identitarismo islamista: es una forma de separatismo porque crea una legitimidad paralela a la republicana, que socava la comunidad de ciudadanos libres e iguales. Su reflexión es igualmente válida para cualquier expresión identitaria: del nacionalismo al feminismo de tercera ola.

 

P: ¿Cómo hay que encarar la batalla cultural contra esos ‘separatismos’?

 

R: Lo primero es entender que todos los separatismos actúan de la misma manera. Se componen de cinco elementos que operan en el siguiente orden: colectivismo, victimismo, segregación, cancelación y polarización. Cualquier persona que se resista a la colectivización o que se oponga a la segregación de la sociedad en bloques identitarios enfrentados se convierte en blanco de las más feroces críticas. Machista. Fascista. Racista. Homófobo. Islamófobo. Lo que sea.

 

P: Y al final, la polarización…

 

R: Claro, las políticas identitarias rompen el demos, que es la base de la comunidad política democrática. Por eso son separatistas.

 

P: Iba a decir mal futuro nos aguarda, pero esto es algo del presente.

 

R: Bueno, yo no soy pesimista. Lo decía el otro día Rosa Belmonte: “El pesimista es un mal educado”. Yo añado: Y un pelmazo. Además creo que el Apocalipsis es otra forma de utopía. La cuestión está en identificar correctamente las amenazas y encararlas con coraje y claridad. Tenemos que reivindicar y reafirmar las ideas de la Ilustración que han hecho posible el progreso a lo largo de los últimos 300 años: la libertad individual; la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, independientemente de su sexo, raza, creencia o condición: ninguna discriminación es positiva ni se justifica; la primacía de la ley y de las instituciones representativas; el valor de la razón, la ciencia y la verdad…

 

P: El capitalismo y la democracia en sí siempre se enfrentan a un factor que suele motivar la llegada de falsos mesías a las sociedades. Es el fracaso. Me explico: del fracaso mal entendido surgen populismos y totalitarismos. ¿Cómo afrontar ese fenómeno?

 

R: El riesgo al fracaso es intrínseco a la vida humana. Es infantil e inútil soslayarlo. La cuestión es cómo encaramos ese riesgo. Si asumimos nuestra responsabilidad en el devenir de nuestras vidas o si, por el contrario, nos dedicamos a buscar culpables ajenos o la sobreprotección de un tercero, llámese Estado o líder carismático. La izquierda en general y los populistas en particular ofrecen a los ciudadanos un pacto mefistofélico: entrégame tu libertad a cambio de protección total. ¿Y sabe lo que ocurre? Que los que aceptan esa transacción acaban perdiendo las dos cosas: la libertad y la seguridad. Porque una cosa es el Estado del Bienestar y otra el blindaje total frente al fracaso, que simplemente no existe. No hay libertad sin responsabilidad. Y no hay protección sin responsabilidad. Decir lo contrario es mentira; la mentira histórica de la izquierda.

 

P: ¿Y qué están pasando con la propia política?

 

R: La política se ha convertido en una suma degradante de zascas, emoticonos y Netflix. Exhibe un desprecio suicida por las palabras, los hechos y los argumentos. En la política contemporánea, las palabras no significan nada. Son como pompas de jabón: ligeras, huecas y evanescentes. La mentira se asume con resignada naturalidad. No se castiga. Y, lo peor, los hechos no valen nada frente a las emociones. Aquella frase de Montilla, nuclear en el proceso separatista: “Los tribunales no pueden juzgar sentimientos”.

 

P: Citaba antes la ‘responsabilidad’. Tampoco abunda en política…

 

R: No abunda, no. Ahí está Marlaska, aferrado como un percebe al banco azul. Purga ilegal del coronel Pérez de los Cobos, acercamiento semanal de terroristas impenitentes, inconstitucional patada en la puerta… Hace ¡nueve meses! le pedí su dimisión en una sesión de control. Pero para dimitir hay que tener dignidad y en algún momento el buen juez Marlaska la perdió. Otro ejemplo: Salvador Illa. ¿Es lógico que el máximo responsable político de la gestión de la pandemia en el país con mayor exceso de muerte de Europa sea universalmente aclamado como un excelente candidato para Cataluña? No es normal, no. Por no hablar de lo primero que dijo tras su designación: “Todos somos responsables de lo que ha pasado estos años en Cataluña.” Otro palo al principio de responsabilidad. Si todos somos responsables, los golpistas no lo son. Y aquí paz y después gloria. O más bien, conflicto y Proceso bis.

 

P: ¿Y qué se puede hacer para frenar esta espiral?

 

R: Lo primero es devolver a las palabras su sentido. Se lo dije a Carmen Calvo en un debate: “Las palabras pesan, tienen consecuencias”. Segundo, el debate público tiene que volver a girar sobre los hechos y alejarse de la pura sensiblería identitaria y disolvente. Y, tercero, tenemos que promover el sentido de responsabilidad. Desde luego entre los políticos pero también entre los ciudadanos, a los que hay que hablarles como adultos, con respeto a su inteligencia, diciéndoles la verdad. La convergencia del Proceso y la pandemia dejará una huella profunda en forma de devastación económica y social. Y ese coste lo vamos a tener que pagar. Europa no es la gallina de los huevos de oro —de hecho, su gestión de la pandemia, y ahora de la vacuna, ha sido una calamidad— y el Estado no es el árbol del maná celestial, fuente inagotable de recursos. Habrá que hacer sacrificios. La clave es que sean útiles.

 

P: Da la impresión de que costará recuperar el norte.

 

R: Insisto. No soy pesimista respecto a las posibilidades de frenar y revertir la decadencia española. De hecho, tras los vaticinios del inminente Apocalipsis español veo la misma vanidad que tras los anuncios de la inminente independencia catalana. No seremos testigos de un acontecimiento sin precedentes. España nos sobrevivirá también a nosotros.

 

P: España, un lugar en decadencia…

 

R: Eso sí. En el siglo XVII utilizaban una palabra muy bonita para describir la decadencia española: “Declinación”. España está en una nueva declinación y ahora sin el brillo cultural del siglo de Oro. Y, sí, esa declinación puede ser larga y dolorosa. España corre el riesgo de convertirse en un país marginal, subordinado, menguante. Un país pegado como una mosca al cristal de viejos conflictos que creíamos enterrados, lastrado por el narcisismo introspectivo y el auto-odio. En eso estamos. Pero nada de esto es inevitable. Sobre España no pesa una condena bíblica ni un condicionante geográfico ni cultural. De nosotros depende salir del agujero.

 

P: ¿En qué cree que degenera España?

 

R: La Transición fue el punto de partida de un proceso de modernización espectacular basado en la primacía de los valores democráticos —libertad, igualdad, ley…— y una firme voluntad reformista. Ahora priman los vicios populistas y el afán de ruptura. Y eso dentro del propio Gobierno de la nación. Pedro Sánchez encarna la decadencia española.

 

P: Hablábamos antes de justicia televisiva y no creo que los medios estén exentos de esa decadencia y de ese populismo…

 

R: Los medios tienen una grave responsabilidad. La televisión pública de los Cintora da vergüenza democrática. Como TV3, usa el dinero de todos para insultar a la mitad. Y las televisiones públicas, o son de todos o no son de nadie. En cuanto a las privadas, ahí está el espectáculo del que hablábamos al principio: todo vale ante el Dios share.

 

P: Usted estuvo en el bando de los culpables cuando fue portavoz parlamentaria. Hubo medios de izquierda que fueron muy beligerantes…

 

R: ¡Y de derechas! En fin, es evidente que el ecosistema mediático español ha contribuido decisivamente a eso que llamo el tablero inclinado. Es decir, a la superioridad moral que la izquierda y el nacionalismo reaccionario han exhibido en España a lo largo de 40 años. Lo positivo es que cada vez hay más voces, en distintos ámbitos, políticos y mediáticos, dispuestas a nivelar el tablero. Personas de centro-derecha y también progresistas ilustrados que rechazan la deriva reaccionaria de la izquierda política.

 

P: ¿Pero esos mensajes identitarios cree que calaron en la calle o fueron castillos en el aire?

 

R: El discurso identitario tiene mucho de ingeniería social. Por ejemplo, convencer a las mujeres de que los hombres de su vida —padres, hijos, hermanos…— son violadores y asesinos en potencia requiere cierto esfuerzo. Pero, claro, si nadie lo rebate, si nadie planta cara, la patraña se convierte en paradigma.

 

P: ¿Es tan sencillo manipular a la masa?

 

R: No, y el nacionalismo catalán es un buen ejemplo. A pesar de ejercer un control apabullante sobre las instituciones, los medios y las aulas, no ha conseguido imponer su hegemonía. No ha logrado construir una nación. Cataluña está rota en dos. Ahora bien, sí hubo un 1 de Octubre. Y no sólo eso: ¿cuánta energía se ha perdido por culpa del Proceso? ¿Cuánta convivencia y progreso? Por eso es tan importante librar la batalla cultural. Esa idea de que los partidos debemos adaptarnos a la sociedad más que intentar cambiarla… Me parece un grave error, mezcla de cinismo y resignación. Si aplicáramos ese criterio a Cataluña tendríamos que hacernos nacionalistas, en versión light o vegetariana, si se prefiere, y asumir como inevitable el atropello sistemático a las libertades civiles. Y eso es inaceptable.

 

P: Su partido se negó a librar esa batalla cultural…

 

R: Hay que darla. No sólo es lo moral, sino también lo eficaz, como confío van a demostrar las elecciones en Madrid.

 

P: ¿Dice que será importante esa batalla en Madrid?

 

R: Decisiva. La actitud de Ayuso en la batalla cultural le está permitiendo reagrupar votantes de derechas, de centro y de izquierdas. Porque la reagrupación no puede ser cosmética o meramente cromática, basada en cromos. Lo que reagrupa de verdad, por la base, son el liderazgo y las ideas. El PP necesita un proyecto.

 

P: La singularidad madrileña ha generado fricciones en España…

 

R: Madrid es una formidable anomalía. Fíjese: es la única comunidad de España donde la autonomía se ha puesto al servicio de la libertad de los ciudadanos y no de la identidad del territorio. Esto es así desde hace décadas y es lo que ha convertido a Madrid en símbolo y sinónimo de libertad y prosperidad. A esto se añade la gestión de Ayuso, que impugna lo peor del sanchismo. Yo creo que las elecciones del 4 de mayo son una gran oportunidad. Primero, para defender la libertad y el bienestar de los madrileños frente a un proyecto que los asfixia y arruina. Segundo, para mandar a Pablo Iglesias definitivamente a la papelera de la Historia, expresión que él debería conocer. Y tercero, para avanzar en la construcción de una alternativa a nivel nacional. Madrid es la primera vuelta en la batalla política por la recuperación de España.

 

P: ¿Es la actual dirección del PP el peor enemigo de cara a estas elecciones?

 

R: (Ríe) ¡¿Enemigo?! Uf. Evidentemente, no. Los enemigos de Ayuso y de cualquier madrileño son las políticas que arrasan con la libertad y la prosperidad. En todo caso, es evidente que ella se ha convertido en su propia marca. Ayuso no es una intelectual ni pretende serlo. Pero sí es un ejemplo del triunfo del coraje al servicio de las ideas. No es tacticista ni timorata. No busca desesperadamente que la izquierda le perdone la vida con el calificativo de centrista. Es una mujer libre, con coraje y sentido común. Ha plantado cara a las etiquetas y al acoso de la izquierda. Y va ganando. Las presuntas feministas la llaman “loca” e “ida”. Los asaltadores del Congreso y del Parlamento de Cataluña la llaman trumpista. Y ya lo máximo: el autoproclamado Zar de lo público se compromete a desmantelar el Hospital Zendal. Que sigan así. Cuanto más la ataquen, más fuerte se hará.

 

P: La derecha moderada muestra reticencias…

 

R: ¿Sí? No sé a quiénes se refiere. Me sorprendería que la derecha moderada se mostrara reticente ante Ayuso, salvo que entendamos la expresión “derecha moderada” en su acepción española, como sector del PP celebrado por el nacionalismo y la izquierda. Ayuso ha devuelto al centro-derecha el optimismo en la victoria. Y eso no tiene precio.

 

P: ¿Madrid será la tumba de Pablo Iglesias?

 

R: Iglesias, el político, ya ha fracasado. Se ha convertido en la parodia de su caricatura. Ha sido incapaz de gestionar la vicepresidencia del Gobierno de España con un mínimo de vigor o eficacia y ahora, aburguesado, se va a Madrid a hacer la fake-revolución y a librar una batalla que tiene perdida de antemano. Sólo le queda un camino y lo va a ensayar: socavar las instituciones desde las televisiones. Una vuelta a la Tuerka —¡una vuelta de tuerka!– ahora con Irene Montero, tras su rutilante estreno en el caso Rociíto. Bien, es lógico que la involución involucione. Y también le haremos frente.

 

P: Iglesias llegó a obtener cinco millones de votos, eso llama a reflexionar sobre la forma en la que calan entre la población determinados discursos…

 

R: Desde luego. El populismo de corte caciquil es un fenómeno viejo, siniestro y siempre está al acecho. Lo que digo es que Iglesias, como operador institucional, ha fracasado. No es que no haya asaltado los cielos; es que ha perdido contra Pedro Sánchez Castejón, que lo ha vampirizado. Sánchez es el peor disolvente español.

 

P: Una última pregunta, sobre Cataluña. ¿Cree que la fragmentación interna matará el proceso soberanista?

 

R: Es difícil hacer pronósticos en un contexto tan delirante y volátil como el catalán. Lo que sí podemos hacer es analizar el presente: Cataluña es una comunidad en coma político. Ha pasado del sueño olímpico a la pesadilla del proceso. Su futuro se dirime entre un preso y un fugado, y está atrapada en una lógica insurreccional que no va a ninguna parte. Es un cul de sac, y el muro es el Estado democrático. De ahí que un sector, los “Rufianes”, apuesten por una negociación con Pedro Sánchez, al que ven, con razón, como el vanidoso útil del separatismo. Pero de momento ese sector no logra imponerse. Hay algo que se dice poco: a Sánchez le ha salido mal la jugada catalana. Quería convertir su coyuntural ‘Frankenstein’ en una hegemonía estructural, pero para eso necesitaba que gobernara ERC y, juntos, transformar el proceso golpista en un proceso de mutación constitucional. Pero ERC no se ha impuesto. Waterloo sigue mandando. La consecuencia es que Cataluña sigue atrapada en la revolución, la ruina y el ridículo.

 

P: ¿Qué se puede hacer ahora?

 

R: Por una parte, hay que estar atentos a los movimientos de unos y otros. Por ejemplo, no creo que Puigdemont se resigne a una vida de prófugo. Querrá volver a Cataluña. Y a ver cómo juega Sánchez la sórdida carta de los indultos. En segundo lugar, hay que adjudicar correctamente las responsabilidades. Pase lo que pase, tanto si hay un acuerdo para mantener a Aragonés como presidente pelele de Waterloo o si vamos a unas nuevas elecciones, lo cierto es que el PSOE ha traicionado al conjunto de los españoles y a los propios catalanes. El 1 de octubre de 2017 pudo ser un punto y aparte: el fin de la adolescencia nacionalista y la entrada de Cataluña en la edad adulta. El discurso del Rey, la ejemplar actuación de la Policía y la Guardia Civil, y la entrada de los líderes golpistas en la cárcel acabaron con la ficción del Proceso. Pero entonces llegó Sánchez y la resucitó. Un irresponsable y, sí, un anticatalán. En tercer lugar, y esto es lo más importante, tenemos que poner en pie una auténtica alternativa democrática, constitucionalista y liberal para Cataluña. La única que nadie ha ensayado en 40 años y la única que puede revertir la declinación española. Es un desafío apasionante, ¿no cree?

 

Entrevista publicada en Voz Populi, 5 de marzo de 2021. 

 

El fin de la fiesta

Presentación del libro “El fin de la fiesta”, de Rubén Amón.

Club Matador, Madrid, 24 de marzo de 2021.

Muchos de ustedes se han sorprendido al verme en esta rueda o ruedo de prensa. Yo también. ¿Qué hago yo aquí? Es una buena pregunta.

Primero. No sé nada de toros. Sí soy una chica de campo. Mi infancia son unas marismas de Entre Ríos, Argentina. Crecí entre carpinchos, caballos y toros. Eso sí, mansos. Al amanecer salía con los gauchos —el sabio Don Pelele— a mover el ganado de un potrero a otro: tres horas de ida a caballo; tres de vuelta. He marcado terneros a fuego. Y hasta he cortado criadillas con facón. ¡Ojo, Iglesias! Pero salvo una bestia de raza cebú, al que mi padre bautizó “Adolfo” por su inverosímil ferocidad, apenas conozco el mundo del toro bravo.

La prueba de mi radical ignorancia es que cuando el maestro Morante de La Puebla me brindó un toro, el pasado 12 de octubre en Córdoba, no supe qué hacer. Me quedé de pie, mirando primero la arena y luego al tendido, embobada, presa de mi torpeza y mi emoción. Morante, como dice Rubén en este libro —tan bellamente escrito como editado— es la mejor expresión estética de la tauromaquia contemporánea: Apolo y Dionisio.

El segundo motivo por el que no merezco este honor es que soy política. Y este libro es un alegato contra la estúpida y tóxica politización de los toros. Esa que llevó al nacionalismo catalán —categoría en la que incluyo al PSC, por supuesto— a cometer la fechoría de prohibir los toros en Cataluña y en cambio proteger, reivindicar y financiar los Bous al carrer.

La tercera razón es que soy de derechas. Bueno, yo diría de centro radical, pero vaya: de derechas. Es decir, que mi presencia hoy aquí podría resultar contraproducente porque reafirma otro de los malentendidos que nuestro autor se afana en deshacer. La idea de que los toros son el sanguinario divertimento de los señoritos, los pijos y las marquesas. Y, en cambio, la protección de los animales —y la ecología—, el patrimonio del pueblo y de la gente ilustrada y con buen corazón. Es decir, de la izquierda.

Por tanto, lo primero a destacar hoy es la personalidad de Rubén Amón. Podría haberse buscado para esta presentación un culturetas de izquierdas, que él de la cultureta sabe mucho. Pero no lo ha hecho. Y yo se lo agradezco. Y le rindo tributo. Es una prueba de valor. Y hasta de sentido del humor. Nuestro autor se ríe de las etiquetas. Refuta el marco dominante. Desafía la corriente y se rebela contra la tiranía de la corrección política.

Rubén Amón es un hombre libre. Y en los tiempos que corren, de censura y sobre todo de autocensura, la libertad es un valor supremo.

Y como Amón, su libro.

Se habla mucho ahora de la batalla cultural. Es el sintagma de moda y como tal se está prestando al abuso y la tergiversación. Este libro, sin embargo, le devuelve su sentido profundo y exacto. No porque los toros puedan considerarse legítimamente Cultura, que lo son, sino porque el ensayo en sí planta cara a una determinada visión del individuo y de la sociedad. Una sociedad incolora, inodora, insípida, uniforme, que abjura del rito, la liturgia y las manifestaciones creativas extremas, escribe Rubén. Una sociedad al baño María, añadiría yo, en la que los individuos vegetan sin sobresaltos ni tribulaciones aparentes, sobreprotegidos, uniformados, nivelados, masificados. Papilla a perpetuidad.

Pero vamos al fondo del libro. Los toros tienen muchos detractores. Es lógico que así sea. Pero también han tenido y tienen notables defensores. El problema es que, en general, esos defensores no sólo no impugnan el marco de sus detractores, sino que lo refuerzan. Uno de esos marcos es la identidad. La identidad española.

Voy a contarles una anécdota.

Hace unos años entrevisté a Nicolás Sarkozy, que aspiraba entonces a reconquistar la presidencia de la República. Para conseguirlo tenía que frenar el avance de Marine Le Pen y había escrito un libro lleno de enfáticas apelaciones a la identidad de Francia, la grandeza de Francia, e incluso el alma de Francia.

Bastante difícil es descifrar el alma de una persona como para distinguir el alma de una nación…

Le pregunté por este punto y, un tanto irritado, me contestó: “¡Usted también tiene una identidad!”

“¿Yo?”, le contesté. Pero si soy lo que el tango llama “una mezcla rara”. Una mestiza de libro. Pero insistió: “Sí, sí. Y además —me reprochó— hay una identidad colectiva. Cuando veo a mis amigos españoles veo una identidad colectiva española.”

Intrigada, divertida, le pregunté: “¿Y esa identidad española… en qué consiste exactamente?” Sin pensarlo dos veces me contestó: “Es una identidad fascinada por la tauromaquia, en la que destaca la omnipresencia de la muerte, del drama. No tiene nada que ver con la identidad francesa.”

Lo repito: “…Una identidad española fascinada por la tauromaquia, en la que destaca la omnipresencia de la muerte, del drama. Nada que ver con la francesa…”

Rubén habría disfrutado. Le habría hablado de Simon Casas, y de Sebastián Castella, y de cuando el público del anfiteatro romano de Arles cantó en pie la Marsellesa para defender los toros, sus toros, de la prohibición. Le habría explicado que Francia es hoy el gran santuario de la tauromaquia y que la reivindica invocando nada menos que la excepción cultural.

Yo simplemente le contesté: “Pues en Francia hay toros y en Cataluña están prohibidos.”

A partir de ahí la entrevista se convirtió en una discusión sobre la presunta identidad cultural de Cataluña. Sarkozy llegó a decirme que la identidad de las naciones no cambia jamás. Y en fin. Tuvimos nuestras discrepancias.

Los toros son España, sin duda. Parte de la triada “sol, sexo y fiesta” —esta última en sus dos acepciones— que tanto escandaliza y fascina a los anglosajones. (A muchos españoles esta actitud anglo hacia España les irrita. Confieso que a mí me hace gracia. Creo que antes que combatir inútilmente el tópico, mejor reivindicarlo con humor y con astucia: “Sí, somos la tierra de Carmen, Escamillo y Don José. ¡Vengan ustedes a disfrutarla!”)

Pero los toros son algo más que España. Son el Mediterráneo. Son también Iberoamérica: el gran Roca Rey. Son Francia, desde luego. En la única foto que conservo de mis abuelos paternos aparecen juntos y sonrientes en la plaza de toros de Nîmes. Ella, una francesa moderna de Marsella. El, un aristócrata arruinado del Nápoles español. Los felices años 20.

Y, por supuesto, los toros son también Cataluña. Como diputada por Barcelona me conjuro para que vuelvan. En mi primera etapa política, me asignaron un escaño en una esquina del Grupo Parlamentario junto a Esquerra República de Cataluña. Mi vecino era Joan Tardà. Una tarde, mientras la sesión languidecía, le encontré absorto, leyendo. Miré la cubierta de su libro: “Juan Belmonte, matador de toros”. Sorprendida, le pregunté: “Oye, Joan: ¿cómo es posible que leas esta maravilla que aúna a Belmonte y Chaves Nogales, el torero español y el símbolo de la Tercera España, y luego promuevas desde la tribuna la destrucción de todo lo que uno y otro significan?”

“Buen libro”, me contestó sin levantar la cabeza.

Sirvan estas anécdotas para ilustrar lo enraizado que está el tópico identitario en el imaginario colectivo. Hasta qué punto la asociación entre la tauromaquia y la identidad es problemática. Y sobre todo lo difícil que es contraponer al abolicionismo un corpus intelectual alternativo. Ese es el enorme valor del libro que hoy presentamos. Un ensayo inteligente. Elegante. Cartesianamente concebido y estructurado. Un manual de combate. Rubén Amón ofrece a la tauromaquia una defensa racional, cabal, integral y eficaz. Un arsenal argumental que matiza y trasciende por mucho el marco identitario.

Y ahora, si tienen paciencia, quiero destacar cuatro ideas del libro.

La primera es la reivindicación de una ciudadanía adulta.

Los toros son un espectáculo para adultos. No en el sentido literal, claro. Pero sí metafórico. Para empezar, está la muerte. Y esto lo explica especialmente bien Rubén. La muerte es la gran proscrita de la sociedad contemporánea. Bueno, más que la muerte en sí, la visión de la muerte. La nuestra es una sociedad eminentemente hipócrita. Aceptamos la muerte, qué remedio, pero siempre y cuando no la veamos. Basta recordar —y Rubén lo hace– el escándalo que provocó la publicación en la portada de El Mundo de una foto del Palacio de Hielo, con cientos de ataúdes alineados. Cadáveres del coronavirus.

Sólo hay una cosa que soportamos peor que la exhibición de la muerte humana. La exhibición de la muerte animal. Por ahí no pasamos. La sedación del pobre perro Excalibur durante la crisis del ébola provocó una auténtica sublevación popular. Desde el inicio de la pandemia del coronavirus han muerto en España 100.000 hombres y mujeres, muchos de ellos en la más horrible soledad. Tenemos el mayor exceso de muerte de Europa. Y en cambio este escándalo —esto sí que es un escándalo— no ha concitado ni una sola protesta, manifestación, marcha, concentración. Nada. Por no hablar del jolgorio tuitero que causaron las muertes de los toreros Iván Fandiño y Víctor Barrios, que ya entra dentro de la más radical inhumanidad, cuando no directamente en el anti-humanismo.

La nuestra es una sociedad Disney. Y los toros la impugnan. La desafían. También en otro sentido, todavía más exigente.

El aficionado honesto asume la premisa, eminentemente adulta, de que no todo en la vida es mohair, mimos y celofán. No todo es bueno, bonito y barato. Ni siquiera moral. Ser adulto es comprender que el alma humana tiene zonas oscuras. Que tenemos pulsiones atávicas, irracionales, que hemos aprendido a dominar. Aunque sea en el límite justo y sublimadas por el arte, el rito y la belleza. Claro que los toros pueden resultar ofensivos. Pero frente a una sociedad domesticada y falsamente moralizante, sanctimonious, yo reclamo mi derecho a ofender y a ser ofendida.

El segundo asunto importante que trata este libro es el papel del héroe en la sociedad. Rubén analiza, con maestría, la banalización del héroe en las sociedades contemporáneas y la contrapone al torero que se juega no ya el prestigio sino la vida. Yo iría aún más lejos. Y aquí voy a cometer un pecado a ojos de nuestro autor. “El Fin de la Fiesta” denuncia el empeño en etiquetar ideológicamente la tauromaquia. Pero voy a decirlo: los toros no son de derechas ni de izquierdas, claro, pero sí tienen mucho de liberales. En el sentido más puro, menos infectado —¡menos político!— de la palabra.

El torero es el individuo hecho a sí mismo. Aquellos muchachos que vi sentados en la tapia del tentadero de los Nuñez Cervera en Tarifa, mezcla conmovedora de humildad y ambición. El torero es el individuo venido de abajo. Literalmente. Lo explica Rubén: frente al hombre a caballo —el caballero—, el hombre de a pie —el torero—.

Y algo más. Seguro que recuerdan el célebre fragmento del discurso que Theodore Roosevelt pronunció en La Sorbona, el 23 de abril de 1910, bajo el titulo “La ciudadanía en una República”. Dice así:

“No es el crítico el que cuenta, aquel que señala al hombre fuerte cuando tropieza o que le dice al hacedor de cosas cómo podría haberlas hecho mejor. El mérito recae en el hombre en la arena, cuyo rostro está cubierto de polvo y de sudor y de sangre; que pelea valientemente; que se equivoca; que falla una y otra vez porque no hay esfuerzo sin revés, pero que se afana por conseguir sus objetivos; que conoce grandes entusiasmos, grandes devociones, que se desgasta en una causa digna; que en el mejor de los casos saborea el triunfo de los grandes éxitos, y en el peor, si fracasa, al menos lo hace arriesgando con grandeza, de forma que su lugar nunca estará entre esas almas pusilánimes y frías que no conocen ni la victoria ni la derrota”.

El torero es el hombre en la arena. En sentido recto, pero también en sentido metafórico, político, como diría Savater. Es el hombre que no se limita a criticar desde la barrera ni se esconde en el burladero, sino que asume personalmente el riesgo y la responsabilidad. El que no busca atajos ni culpables ajenos ni la sobreprotección de nadie. El que exhibe una valentía inconmensurable. Ante el público más exigente. Frente a un rival noble, a su altura. Ante la sombra de la propia muerte.

En este tiempo de impostura, cálculo y cobardía, en este tiempo de victimismos y susceptibilidades a flor de piel, la figura del torero emerge como algo más que un héroe. Es un ejemplo cívico. Un ciudadano ejemplar.

El tercer asunto que Rubén aborda con especial eficacia es la absurda contraposición entre tauromaquia y ecología. Me he reído, por no llorar, con lo que cuenta sobre el nuevo movimiento que pretende prohibir el lenguaje no inclusivo cuando afecta a los animales. Queden proscritas, por denigratorias, expresiones como: “nos aburrimos como ostras”, “matar dos pájaros de un tiro”, “loca como una cabra” y “coger el toro por los cuernos”. Esta última la utilizaba Rajoy como mínimo dos veces por semana. Tampoco podrá usarse la palabra “mascotas”. Desde ahora serán nuestros “compañeros”. O, quizá mejor, nuestras “camaradas”.

A ver cuánto tardan en exigirnos que pidamos perdón retrospectivo a los animales por el abuso histórico que les hemos infligido. Todos esos bisontes arrastrados hacia la cueva. ¿Y quién será el primer líder mundial en ponerse de rodillas? Y, por cierto, estoy deseando que me expliquen qué obligaciones van a tener los animales en justa correspondencia con sus derechos. Ya se sabe: no hay derechos sin obligaciones. Como camarada de varios perros y un gato, es un asunto que me interesa sobremanera.

Dice Rubén que no hay en España un partido realmente ecologista, no adulterado por el animalismo radical. Tiene razón. Yo animo al PP a que sea ese partido. Capaz de entender y explicar que los toros aúnan, de una forma insólita y veraz, la conservación con la transgresión. ¡Poder ser conservadores y transgresores a la vez! Qué oportunidad.

El valor de la transgresión: quizá sea lo más importante de lo que ha escrito Rubén, aunque sea citando a mi ex adversaria parlamentaria Carmen Calvo. Aunque, pensándolo bien, sobre esto sí podríamos conversar las dos con un café.

“Comunismo o Libertad”, dicen —decimos— ahora. Pues en los toros fue posible decir “Comunismo y Libertad”. No hace falta citar a los comunistas taurinos. Fueron tantos. Y grandes. Universales.

La Fiesta suma y aúna porque es un ámbito de libertad. Escapa a la ambición tutelar de los burócratas y los déspotas. Exige respeto a la libertad ajena y también un compromiso inquebrantable con la propia. Una disposición a asumir el coste de la heterodoxia. Ese coste es alto y la valentía no abunda. Nuestra sociedad es acomodaticia, gregaria y sumisona. Y, sin embargo, yo no soy pesimista. Primero, porque el pesimismo es mala educación, como ha dicho nuestra común amiga Rosa Belmonte. El Apocalipsis es otra forma de utopía. Pero, además, hay motivos objetivos para el optimismo. Como el que despliega Rubén al final del libro. No es un optimismo infantil, sino combativo. Del ciudadano que planta cara. Que no se rinde ni tampoco transige. Mejor la prohibición de los toros que una transacción respecto a la muerte, que sería la muerta en diferido. No de un toro, sino del toro. La abolición tendría, además, otra ventaja añadida frente a la inanición. Y es que tras ella vendría la clandestinidad. Y la clandestinidad, como apunta Rubén Amón en uno de sus últimos párrafos, un párrafo inteligente y bienhumorado, es una idea enormemente atractiva. Excitante, diría. Pasaríamos a la Resistencia, el sino y la suerte de los hombres libres.

Si eso ocurriera, esta lega, esta profana criada entre vacas mansas, se ofrecería feliz como último peón de la cuadrilla.

 

 

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