La extravagante decisión de excluir al rey Juan Carlos de la conmemoración de las primeras elecciones democráticas ha excitado al populista. Ceño siempre fruncido, tonito solemne, Pablo Iglesias lleva cuatro días aprovechando el tirón para reclamar la restauración de los «valores republicanos» frente al régimen vigente. La contraposición es curiosa y merece una parada técnica en plena operación salida. Incluso un casto paréntesis en la bacanal del Orgullo Gay. Veamos.

Es verdad que la institución monárquica casa mal con la razón: lo reconocen hasta las marquesas mientras toman el té. Y también es cierto que los últimos años del rey Juan Carlos, y sobre todo los de su yerno, no fueron precisamente ejemplares. Ahí seguimos, pendientes de los vaivenes heráldicos de Corina y judiciales de Urdangarín. Sin embargo, esta monarquía española se distingue de su genealogía y hasta de su propio concepto de un modo esencial: no sólo contribuyó, en primera persona, a la llegada de la democracia, sino que aceptó que la propia democracia la legitimara en las urnas. «Habla, pueblo, habla». Y así lo hizo. Abrumadoramente.

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