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Cantemos victoria

Un grupo de boli-energúmenos chillaba con cierta desgana junto a la verja de la Asamblea Nacional, la legítima: «¡Ramera, loca, loca!» Lilian Tintori cruzó a su lado canturreando «loca de amooorrrrr…» Saludó amablemente a tres tortugas ninja que resultaron ser guardias nacionales y se puso a la cola junto con el resto de familiares de presos políticos, represaliados y víctimas de la dictadura. Hasta 150 personas, jóvenes la mayoría, pero también madres y padres deshauciados. Un hombre se me acercó y se presentó: «Hola, soy el papá de David Vallenilla». Llevaba una carpeta en la mano, con los papeles del caso. «A mi hijo lo acribillaron junto a verja de la Base de la Carlota, ¿se acuerda?» Me acordaba perfectamente. Lo mataron a quemarropa. Pam, pam, ante las cámaras: un licenciado en enfermería, especialista en quirófano, y demócrata. Al día siguiente Maduro había justificado la ejecución de «los terroristas y malandros» al servicio de una conspiración megamultifascista. Y el padre había replicado en televisión: “Qué malandro ni malandro, Nicolás. Tú y yo nos conocemos. Trabajamos juntos en el Metro. Yo era tu jefe, ¿recuerdas? Cogías a mi hijo en brazos cuando venía con su madre a la oficina. Ahora lo has matado». El tirano, cobarde, no contestó. Desde entonces, David padre deambula por el laberinto judicial venezolano y también ante las puertas del consulado español. Resulta que su hijo también era español y que a España no le importa. 

Entramos en el hemiciclo cogidos del brazo. A lo alto, colgado de la tribuna de invitados, un enorme cartel con la foto de un joven de aspecto aguerrido bajo una consigna: «Libertad para el diputado Juan Requesens». En su escaño, su camiseta, y un cartoncito escrito a mano: «Desaparecido y secuestrado por el SEBIN». También recordaba su caso: ese vídeo humillante, filtrado por el régimen, en el que Requesens aparece con la mirada extraviada y los calzoncillos manchados de mierda. La dictadura no es sutil: ¿Te gustaría ser el próximo? El escaño de Requesens quedó vacío, como un altar en un santuario abarrotado. Al acabar el acto —un mero trámite y una cierta decepción para las víctimas y expertos en Derechos Humanos que esperaban tomar la palabra— reconocí en una esquina a Renzo Prieto. Cómo no reconocerlo. Pelo negro por la cintura, ojos de gato, un sentido del humor lacerante: entre Farruquito y Peter Pan. Estuvo cuatro años preso en el Helicoide. ¿Cuatro?, le pregunté, intentando tragar la cifra. «Pasaron como un minuto», me contestó, los dientes del Cheshire. Fíjate, la primera vez que iban a darme corriente, el chamo resultó ser de Táchira, como yo, y acabo ofreciéndome agua. ¡Qué alegría!» Por algo lo llaman “El resiliente”. En la cárcel se dedicaba a educar a los torturadores. Les explicaba lo que podían o no hacer de acuerdo con la Constitución y las leyes. Y de paso les advertía sobre el peculiar funcionamiento de la jerarquía en las organizaciones mafiosas: a menos rango, más responsabilidad. O sea: ninguno de vuestros jefes va a asumir ninguno de vuestros abusos; meditadlo bien.  

Ahora, como diputado, Renzo quiere montar una subcomisión para educar en los rudimentos democráticos a todos los funcionarios de la ex dictadura. Ex dictadura, he escrito, imprudente. Pero sí, estoy convencida de que el régimen se cae. De que Juan Guairó y su equipo han diseñado un plan de hitos irreversibles. De que el embargo petrolero por parte de Estados Unidos y el traslado de los fondos venezolanos al presidente légítimo es un punto y aparte. De que la UE va a reconocer a Guaidó antes de que se cumpla el ultimátum. De que se fijará una fecha para la entrega masiva de ayuda humanitaria, y que eso pondrá una presión insoportable sobre los militares. De que los militares están infiltrados, incluso en la cúpula, y que el resto sólo busca una salida y, sobre todo, una misión digna. De que los cubanos son perversos, pero no más listos ni más eficaces que una coalición de 50 democracias. Y de que Putin, tipo arrogante, henchido de amor propio, preferirá negociar con la nueva Venezuela que jugársela por un bufón con bigotazo y una corte militar propia de Tintín. 

Pero volvamos a Renzo: «Lo que debemos hacer con el chavismo no es integrarlo, sino reeducarlo». Mientras el diputado me explicaba sus planes, un grupito de adolescentes formó un apretado círculo a nuestro alrededor. Les pregunté si eran hijos de represaliados. Qué ingenuidad. Elianis Rodríguez: una niña bajita, con gafas de pasta transparente y una camisa rosa y blanca a rayas, estuvo 4 meses y 6 días en el Helicoide. En ese averno cumplió 17 años. Dylan Canache, como un junco, cara de niño bajo una gorra de skater, estuvo en la misma cárcel cinco meses, y salió con 16. Durante su cautiverio ambos permanecieron totalmente incomunicados. Ni papá ni mamá. Su único consuelo y protección eran los demás presos, políticos y comunes, una masa de almas que se fue haciendo cada vez más apretada y más amiga. Lo explicó también Renzo, que vivió todo el proceso: «Al principio había 23 celdas para chicos y una para chicas. Luego fueron añadiendo otras. Más y más: donde antes había un baño, una oficina, un pasillo o incluso una escalera». Las montaban como bloques de lego, pegadas, superpuestas, para dar cabida a todos los represaliados: 850 solo en esta última semana. 

El Helicoide es un Hipercor en forma de espiral convertido en centro de torturas. Yo había pasado por delante esa mañana y no había podido reprimir las náuseas. Recordé lo que me había contado Lorent Saleh sobre su interior: ratas, mugre, golpes, garrotes, corrupción, cuerpos chingados, la pura degradación. El exterior no es mucho mejor. Es una montaña del terror, rodeada por colinas de chabolas, que hieden. Di la vuelta, hice algunas fotos, y seguí hacia el centro de Caracas. No es fácil describir la devastación de un país. La prosa se torna sentimental e impostada. Hasta obscena. Como esos programas de televisión que hurgan en la basura porque la basura vende. Sin embargo, es imposible no mirar a los seres humanos que deambulan como fantasmas por las avenidas, buscando comida, revendiendo la pareja de una alpargata y el frasco vacío de una muestra de perfume, y no llorar por la destrucción de su dignidad. Es imposible no sentir asco ante las pintadas que ensalzan la Revolución y a sus próceres –Fidel, Hugo y el Che— en los muros de los bloques de viviendas para chavistas que el régimen ha incrustado, estratégicamente, en puntos clave de ciudad. Y es imposible no conmoverse al ver a los familiares de los detenidos el 23 de enero apostarse bajo un puente de hormigón, con la esperanza de ver siquiera el perfil de sus hijos a la entrada del Tribunal de Justicia que los va a condenar, sí o sí. 

Venezuela es un Estado enemigo del individuo. Y también un Estado fallido. Su reconstrucción requiere un Plan Marshall, un Plan Colombia y un Plan Uganda, todos a la vez. Y los tendrá. Esta es la novedad. Al igual que la proclamación de Guaidó como presidente encargado de la Transición fue el resultado de una meticulosa planificación, buena parte de la oposición lleva años trabajando sobre el llamado Plan País. Las primeras reuniones tuvieron lugar en Harvard, bajo la dirección del economista Ricardo Haussman. Y de ahí surgieron grupos de trabajo centrados en las distintas áreas de una titánica tarea de reconstrucción. Garantizar comida y medicinas. Estabilizar la moneda. Abrir la economía. Sofocar la violencia. Combatir el narcotráfico. Recuperar el territorio cedido por Maduro al ELN y otras narcomafias. Y reconstruir la industria del petróleo, maná de Venezuela, desviado por la dictadura en beneficio propio y de sus cómplices. Y luego claman contra la injerencia: ninguna más ultrajante y destructiva que la de Cuba sobre Venezuela.  

El Plan País se presentó el pasado 19 de diciembre en el auditorio de Chacao, con aforo completo. Mañana lo hará el propio Guaidó en la Universidad Central de Venezuela. Cada vez son más, e ideológicamente más diversos, los venezolanos que quieren dejar atrás la etapa más nefasta y divisiva de su historia. Este nuevo consenso nace del hambre y del dolor, claro, pero también de la convicción. Esa que llevó, por ejemplo, a Leopoldo López a escribir un libro sobre el futuro del modelo energético de Venezuela desde su celda de Ramo Verde. Para sortear las requisas, hasta diez al día, escribía sus reflexiones en diminutos papelitos, que luego enrollaba y colocaba dentro un chicle, que le pasaba en secreto a su madre durante sus visitas. Como él, como María Corina Machado, Antonio Ledezma, Julio Borges y tantos otros, millones de venezolanos han seguido confiando en el futuro de su país cuando las circunstancias parecían de irremediable cubanización. Cuando sólo los adeptos al régimen, los chavistas de carné, tenían el derecho a cantar victoria. 

 

Artículo publicado en El Mundo el 30 de enero de 2019. 

Foto: El escaño del diputado de la Asamblea Nacional y preso político Juan Requesens.

Ajedrez en el jardín

¡Gloria al bravo pueblo, que el yugo lanzó, la Ley respetando, la virtud y el honor! Bajan del avión cantando el himno venezolano a voz en grito y no paran hasta llegar al control de migraciones. Son un grupo de los llamados «repatriados». Llegan de Colombia, de República Dominicana, de los países fronterizos de Venezuela, a los que habían huido por el hambre y la devastación. Ahora Nicolás Maduro les paga un billete de vuelta en chárter para luego hacerles fotos en el aeropuerto de Maiquetía y distribuirlas entre las cancillerías del mundo: «Ven, señores: ¡El pueblo vuelve! ¡El pueblo es felizzzz con su Presidente legítimo!» Las cámaras del régimen les esperan a la salida. Cogen imágenes —sonrían, sonrían— y les siguen mientras, cual ganado, van montándose en catorce relucientes autocares rojos que se pierden en la noche. En la noche más negra que he visto jamás. 

El paisaje desde el aeropuerto de Maiquetía hasta Caracas parece un cruce entre Cuba y Corea del Norte. El perfil de alguna palmera deshilachada se menea con la brisa. En la Plaza Bolívar queda el patético recuerdo de una decoración navideña. El resto es pura sombra y soledad. «Y eso que es sábado», me dice Arturo, el conductor, que desafía el terror en un blindado. «La policía política se llevó anteayer a mi ahijado y dos amigos. Ocho años de cárcel les piden». Su delito es haber participado en la cacerolada celebrada en la modesta parroquia de La Pastora la noche del 22 de enero, víspera de lo que Arturo y millones de venezolanos llaman ya «El Día de la Esperanza». 

La expectación en Caracas, y en toda Venezuela, es tierna, conmovedora. Una frase se repite como un mantra: «Esta vez es distinto». La diferencia es que ahora todo parece perfectamente planificado, como una jugada de ajedrez. «¡Es obra de Trump!», claman al unísono partidarios y detractores del chavismo. No, no lo es.  

La lluviosa madrugada del 6 de agosto de 2017, Leopoldo López fue devuelto a casa después de cinco demoníacas noches en la cárcel de Ramo Verde. Ya conocía bien aquel siniestro lugar. Había sobrevivido entre sus muros, prácticamente aislado, tres años y medio. Pero aquellos últimos cinco días, cortesía de la dictadura, habían sido los peores. López nunca ha querido hablar de lo que le hicieron esa semana. Ni siquiera con sus amigos más íntimos. Pero el ex alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, al que arrastraron con él a una celda contigua, es tajante: «Lo torturaron. Duramente». Una amiga que vio a López a los pocos días de su regreso a casa opina lo mismo: «Lo encontré mal. Leo, que había sido siempre tan animoso, el más fuerte de todos nosotros, incluso durante su larguísimo cautiverio, estaba intoxicado, roto». Putrefacto discípulo del castrismo, el chavismo ha aprendido el arte de la tortura: cómo combinar el veneno con la amenaza. Y el mito se resquebrajó. 

Leopoldo López es un mudo. Una sombra. Desde septiembre de 2017 hasta hoy, sólo se ha comunicado una vez con el público. Fue en marzo de 2018, a través del New York Times: «Si me censuro, la dictadura me derrota». El titular, pactado después de meses de conversaciones por Skype, deja en evidencia la lucidez y la angustia del preso político. Del político, punto. De un hombre que, incluso entre los dirigentes venezolanos, genios de la retórica, destacaba por su capacidad de movilizar con la palabra. Ahí están los mítines, a los Speakers’ Corner, que lo lanzaron como jovencísimo alcalde de Chacao. Ahí está su impresionante mensaje a la nación del 18 de febrero de 2014, cuando se entregó a la dictadura, medio cuerpo fuera de un tanque, su mujer Lilian Tintori, un ángel doliente a su lado: «¡Si mi detención vale para despertar del pueblo, merecerá la pena!». Y ahí está también su réplica a la decisión unilateral de Maduro de concederle el arresto domiciliario con el objetivo indisimulado de enfriar la calle. El 8 de julio de 2017, recién llegado de Ramo Verde, López se encaramó al muro de su casa y, con la bandera de Venezuela en un puño, proclamó: «Reitero mi compromiso de luchar hasta conquistar la libertad de Venezuela. Si mantener ese compromiso significa volver a la cárcel, estoy más que dispuesto». El pueblo vibró, el mundo se estremeció y el tirano decidió encerrarlo otra vez. Cinco días más. La vuelta de tuerca. «Ahora sí te ha quedado claro, ¿no? La boca, cerrada». Y López calló. 

El segundo regreso a casa de López, y su decisión de acatar la orden de Maduro, marca el punto más bajo de la larga agonía venezolana. La dictadura logró entonces lo que siempre había buscado: convencer a la población de que la oposición no era una opción. De que no había alternativa. No es que la calle se enfriara; es que se hundió. Y en su hundimiento se giró contra el hombre al que habían proclamado su Mandela y futuro presidente. Las redes sociales e incluso las conversaciones entre amigos y aliados se llenaron de conjeturas, sospechas y maledicencias: «Leopoldo ha cedido»; «Leopoldo se ha acomodado»; y, lo peor, «Leopoldo nos ha traicionado: dijo que sería el último en salir de la cárcel, y ahí está, en una casa del suburbio rico de Caracas, protegido del hambre y la criminalidad». Su mujer tampoco se salvó de la furia. Convertida en icono político por méritos propios, Tintori quedó fuera de juego tras la excarcelación de López. Embarazada, pasó de ser aclamada como la Madre de Venezuela a ser vista como la señora de un ex. La resistencia entró en crisis. La diáspora se disparó. La consigna de la pareja, ¡fuerza y fe!, adquirió un punto de ironía fatal.  

Y sin embargo… Acallado, humillado, malentendido, presuntamente desactivado, López rechazó las propuestas, amicales y no tanto, de abandonar Venezuela. Se quedó en su país, y desde su casa empezó a diseñar una estrategia política de largo recorrido. Una estrategia que ha tenido distintas etapas y ejes, y que culminó el pasado 23 de enero con la proclamación de su discípulo Juan Guaidó como presidente encargado de Venezuela. Es decir, con la generación no ya de una nueva esperanza, sino de algo mucho más importante: una nueva realidad. No es cuestión de caer en la falacia retrospectiva ni de ver los hitos del último año y medio como las piedrecitas de un divino Pulgarcito. Pero sí es de justicia, y necesario para la Historia, mirar debajo de la costra y asignar a cada uno su responsabilidad. El heroísmo parece un atributo sencillo de detectar. Héroe es el hombre que descubre su pecho y señalándose el corazón le dice al tirano: Aquí, aquí. Pero héroe también es el que, asumiendo sus miedos y sus miserias, fuera del foco y golpeado en las encuestas, contribuye con inteligencia, generosidad y discreción a la salvación de su país.

El primer frente de la estrategia de López fue el internacional. El terreno estaba abonado. Su mujer, sus padres, la esposa de Antonio Ledezma, Mitzy Capriles, y la insobornable María Corina Machado llevaban años denunciando la deriva totalitaria de Maduro ante la comunidad internacional. Lilian incluso había sido recibida por Donald Trump, y hasta por su mujer Melania, que pidió estar en la reunión. El atrabiliario Trump, tanto más comprometido con la democracia en Cuba y Venezuela que el Nobel Obama. La implacable represión de la primavera de 2017 –el violinista acribillado, los diputados desafiando las balas y el gas– también agitaron las conciencias mundiales. Ah, cuando el share sirve al bien. Y, sin embargo, ya sabemos cómo es la diplomacia: cínica, condescendiente y somnolienta; con qué facilidad la real politik se impone a la moral. Así pues, desde su vuelta a casa, López decidió compensar su incomunicación con el pueblo con una cada vez más estrecha interlocución con el extranjero. Sorteando la vigilancia, a veces directamente por teléfono, otras vía intermediarios, estableció contactos privados y frecuentes con la élite política mundial. Pence, Tajani y Almagro. Macri y Piñera. Pastrana, Quiroga y Ricardo Lagos. Luego llegó Iván Duque. Incluso Bolsonaro. Siempre González y Aznar. Y tantos otros de ese inmenso y fértil espacio a la derecha del chavismo: la democracia. 

Esta discreta red internacional de afinidades y alianzas se reforzó con la presencia, en puntos clave, de sus colaboradores más cercanos: Carlos Vecchio en Miami, David Smolansky en Washington, Isadora Zubillaga en Madrid y Lester Toledo para América Latina. En año y medio, el equipo de López logró varios hitos notables. Primero, la gira europea de septiembre de 2017, en la que Julio Borges y Freddy Guevara, entonces presidente y vicepresidente de la Asamblea Nacional, fueron recibidos, en ristra, por Macron, Merkel, May y Rajoy. Ni una santa en vida ni un jefe de Estado. Segundo, la concesión, en noviembre, del Premio Sajarov del Parlamento Europeo a los presos políticos venezolanos. Tercero, la imposición de sanciones personales a Maduro y los jerarcas de la dictadura. Y cuarto, el desconocimiento internacional de las elecciones presidenciales convocadas por Maduro a mayor gloria de sí mismo. 

Este hecho, capital y decisivo, fue el resultado de meses de activismo. En cuanto fracasaron las perversas negociaciones de República Dominicana —el mediador Zapatero, demudado, histérico—, López coordinó una nueva campaña internacional para alertar al mundo del fraude en marcha. En marzo, Borges, Ledezma y Vecchio volvieron a París y a Madrid a entrevistarse con Macron y Rajoy. De Washington a Buenos Aires, la red se activó. El resultado fue que el 20 de mayo más de 50 países dieron la espalda a Maduro. Tácita y hasta explícitamente, lo declararon un usurpador. Sin ese repudio, sin ese desconocimiento del dictador, el reconocimiento en cascada de Juan Guaidó jamás se habría producido. Ahí reside la actual incongruencia de Pedro Sánchez y la UE. «Que Maduro convoque elecciones», dicen. ¿En calidad de qué? 

El segundo eje de la estrategia de López fue la reconstitución de la unidad de los partidos contrarios al chavismo. Cualquiera que conozca mínimamente la historia de estos veinte años venezolanos o a sus protagonistas sabe hasta qué punto esto era difícil. Envidias, recelos, rencores… El divide y vencerás siempre había funcionado, con el diálogo como cuña. Y podría haber seguido operando porque existían profundas diferencias sobre la estrategia a seguir. Por resumir, un grupo consideraba amortizada y anulada la Asamblea Nacional por la presencia en ella de partidos como Acción Democrática y un Nuevo Tiempo, enfermizamente condescendientes con el régimen, y miraban ya a una intervención militar americana como única vía para el derrocamiento de Maduro. Otro grupo, los abanderados del diálogo, seguían insistiendo en la carraca de la guerra civil. Esa que el actual secretario de Estado español para Iberoamérica me arrojó a la cara en una cena en honor a Iván Duque en Madrid: «¡Vais a provocar un derramamiento de sangre!» Y en medio estaba López, aferrado a una estrategia madurada en la lectura histórica y la reflexión política: acabar con la dictadura sin romper el hilo constitucional. Es decir, preservar la Asamblea Nacional como órgano legítimo desde el cual ejecutar la Transición. Ricardo Lagos se lo había dicho muchas veces en privado: «La vuestra no puede ser vista como una lucha entre gobierno y oposición; debe ser vista como lo que es: una contienda entre poderes: el legítimo legislativo contra el ejecutivo dictador.» Era una cuestión jurídica: las transiciones, mejor de la Ley a Ley, por citar al guionista de la Transición española, Torcuato Fernández Miranda. Pero también de manejo de la opinión pública, como ha quedado demostrado. Si aun siendo híperlegalistas y megaescrupulosos, Guaidó y su equipo han tenido que combatir la acusación de golpistas y los pellizcos terceristas de la UE, sólo cabe imaginar lo que hubiera ocurrido de haber optado por un método más expeditivo.  

 

En todo caso, el mérito de López fue cerrar el abanico, consensuar una posición común: una obra de ingeniería política. En la mente de todos los implicados pesaba probablemente el coste, en vidas humanas, de sus frivolidades y disputas. Pero aun así. De hecho, las discrepancias duraron hasta el último minuto. Unos, incluidos varios líderes extranjeros, querían que el 10 de enero, con el mismo aliento, Guaidó declarase a Maduro oficialmente usurpador y se colocara a sí mismo la banda presidencial. Otros consideraban más prudente esperar unos días. No imponer la decisión, sino más bien lanzar una esperanza a rodar y que cogiera fuerza de abajo hacia arriba. Eso opinaba López. Y de su equipo surgió la idea de convocar cabildos abiertos en todos el país, germen de la gran movilización del 23 de enero. Así, no fue hasta ese día, con Venezuela en el punto de ebullición democrática, con marchas en más de 200 ciudades del mundo, cuando Juan Guaidó juró como presidente encargado bajo el amparo de la Constitución. Lo dijo Ledezma: «El muerto, como Lázaro, se levantó». 

Comiendo una hamburguesa en una terraza de la glorieta de Bilbao de Madrid, Gerardo define a su ahijado Juan Guaidó como «gallardete, fuerte, organizado, un hidalgo». Wilmer, el padre de Guaidó, taxista, recién llegado de Tenerife, asiente con una sonrisa luminosa. Ciertamente, su hijo parece el hombre ideal para encabezar la Transición venezolana. Y no sólo por su juventud. Como parte de la generación que entró en política en 2007, activados por el asalto de Chávez a Radio Caracas Televisión, tiene amigos en todo el arco de la resistencia democrática. Incluidos los sectores más tibios. Todos eran activistas estudiantiles, aunque acabaran en partidos distintos. Sin embargo, no estaba escrito que el líder que los reagrupara fuera Guaidó. Es cierto que, según el pacto alcanzado en 2015, tocaba a un diputado de Voluntad Popular asumir la presidencia de Asamblea Nacional el 5 de enero de 2019. Sin embargo, lo natural es que ese diputado hubiera sido el jefe de la bancada, Freddy Guevara. Aunque estuviera refugiado en la embajada de Chile para evitar su detención. Y así lo sugirieron, de forma insistente, muchos colaboradores de López, que invocaron su autoridad en el partido, en el Parlamento y en la calle. Pero López se empeñó: Guaidó. 

Sonriente como su padre, de aspecto sólido y voz suave, Guaidó no se cansa de repetir a los venezolanos: «Tenemos un Plan País y hay esperanza». Esto también forma parte de una estrategia meditada durante muchos años, primero en una sucia celda de Ramo Verde y luego en un pequeño jardín donde un padre y una hija juegan al ajedrez como si fueran libres. El gran aliado de la dictadura chavista ha sido la letanía sobre la ausencia de alternativa. Desde Obama hasta el Papa, la han asumido y difundido todos cuantos no han querido encarar su responsabilidad en la devastación de un país. Ahora la alternativa no sólo existe, sino que avanza, gana adeptos, se consolida. Incertidumbres quedan muchas. Los cubanos maniobran en la sombra. Putin manda mercenarios. Y el siniestro Diosdado Cabello sigue con el mazo dando. Sobre todo, aún queda el campo minado, literalmente, de la complicidad entre la cúpula de las Fuerzas Armadas y la dictadura. Pero también aquí la figura de Guaidó, nieto de militares, la Ley de Amnistía en su mano tendida, puede tener un efecto benéfico. Y, sobre todo, también a esta tarea, la más delicada, la de la sutura entre la democracia y la fuerza, está entregado el preso político Leopoldo López. No es el único, claro. Venezuela es a la vez cementerio y reserva de héroes. 

 

Crónica publicada en El Mundo el 28 de enero de 2019.

 Foto: Caracas, enero 2019. 

 

 

  

 

 

 

Constituir un todo

Me quedé un rato mirando el techo: un crujiente artesonado renacentista sobre una galería tallada con hojas de acanto, fieras mitológicas y figuras humanas. Debajo, un mural, y otro, y otro, con los retratos de los diputados del reino de Valencia a finales del siglo XVI: brazo militar, brazo eclesiástico y brazo real. El pintor, talento y paciencia, había tenido que retocar su obra varias veces porque los ilustres caballeros se quejaron de que parecían «inmaduros», «demasiado italianos». Rufianes y Errejones de la época. Seguí observando. En el cuarto lateral me sorprendió la imagen de una mujer rubia y guapa, con una espada en una mano y, en la otra, la balanza. Ah, la Justicia. ¿Pero por qué no lleva los ojos vendados? Me acordé de Zaplana, agonizando. Y de Rita, muerta. Y también de Camps, que ahí estaba, en segunda fila, sufriendo. Cuando de pronto entró el Rey.

Felipe VI subió al estrado buscando el punto justo entre la autoridad y la humildad. Escuchó los febriles elogios del presidente de la Fundación Manuel Broseta y el mensaje de Ximo Puig —las Autonomías no se tocan—, y luego tomó la palabra. Cálido, dio las gracias a los tres hermanos Broseta por el premio; estadista en jefe, se detuvo en la palabra convivencia, eje de su último discurso navideño y divina especie en extinción. «Un modelo de convivencia», reiteró, «es aquel donde todos los españoles tienen cabida». Y entonces comprendí un par de cosas.

La primera y más obvia es el papel de la monarquía frente al golpe separatista, que continúa. Sabemos, y por eso lo premiamos, que el discurso del Rey del 3 de octubre de 2017 tuvo un impacto decisivo. Entonces y para la historia. Lo apuntó Rafa Latorre hace unas semanas. Y yo elaboro. Por primera vez en 40 años una autoridad del Estado aparcó la condescendencia, los eufemismos de parvulario y la vanidad paternalista para dirigirse a los nacionalistas como si fueran adultos. Les habló desde la democracia y para la democracia. Ejerciendo exactamente su papel de árbitro, que consiste en defender las reglas del juego. Porque esas reglas se pactaron, son de todos —también suyas—, a todos protegen —también a ellos—, y expresan lo mejor de España: la voluntad de los españoles de vivir juntos los distintos. Convivir. Pero el discurso del 3 de octubre también brilló por otro motivo, aún más relevante. Por vez primera una autoridad del Estado se dirigió a los constitucionalistas, a la mayoría catalana y no como es tradicional a la minoría catalana, y les dijo: tenéis razón. La razón y mi amparo. Este gesto inédito le augura a Felipe VI un 2019 de fuego y furia. Para empezar, el 25 de febrero inaugura el Mobile World Congress, ahora junto a Torra. ¿Qué debe hacer? ¿Arrancarle el lazo amarillo de la solapa? ¿Aguantar la humillación? ¿Y cómo ha de reaccionar si, como es probable, el xenófobo pendenciero aprovecha su turno de palabra para reclamar la libertad de los mártires y gritar «Franco lives!»?

Este trago ácido es sólo el aperitivo de la bacanal que se avecina. Si el año pasado el Rey no pudo ir a Gerona —volverá—, ahora Colau pretende expulsarlo también de Barcelona, culminando aquella obscena operación por la que una manifestación contra el terrorismo trasmutó en aquelarre contra la monarquía. Lo explica el disolvente Documento de estrategia y acción política aprobado por los Comunes el sábado y que incluye, claro, la redacción de una Constitución catalana dentro de una nación de naciones española. Y pensar que con esta gente muere por gobernar Iceta. Peor aún, que a esta gente le hace el juego la burguesía tercerona del Círculo de Economía, que el jueves desembarcó en Madrid de la mano del Grupo Prisa, para explicarnos que la única solución al «conflicto catalán» es seguir los consejos de Santiago Muñoz Machado y convertir España en una suma, más bien resta, de naciones autoconstituidas. Don Santiago Muñoz Machado, flamante director de la Real Academia Española y aspirante a una doble gesta histórica: la feminización del Diccionario —ya que estamos, ¿por qué no su transexualización?— y la desnacionalización de España.

Pero sigamos. Mientras el Rey se mezclaba entre la gente, allá Mónica Oltra alabando por lo bajo su buen valenciano, aquí Isabel Bonig conjurándose frente a Vox, pensé en la diferencia entre el hombre-institución y los partidos-hombre. Entre los admirables esfuerzos del Rey por representar a todos los españoles, desde el siniestro Arnaldo Otegi a la luminosa Ana Iríbar, y la moda contemporánea de que a cada ciudadano le corresponda un partido. La política está sometida a dos procesos simultáneos: por una parte, proliferan los proyectos de autor, dependientes del carisma o la astucia de un líder. Por otra, los ciudadanos, mimados como clientes VIP, han perdido la voluntad de transacción y pacto. Exigen que se les represente de forma pura y exacta. Sin concesiones ni matices. Porque yo lo valgo. Las feministas quieren tener su partido. Los cazadores, el suyo. Los españoles pata negra, el propio. ¿Y qué hay de lo mío? El resultado es que, donde antes había cuatro o cinco opciones, ahora hay tantas como gustos, opiniones, intereses, identidades, sensibilidades y hasta estados de ánimos. Los consensos son cada vez más frágiles; las rupturas, más frecuentes; y la estabilidad, un milagro.

Algunos ejemplos locales: el antipresidente Sánchez ha convertido al centenario PSOE en una cofradía catalanofeminista al servicio de su permanencia en el poder. Y que arda España. El intrépido Valls se ha presentado a la alcaldía de Barcelona sin las siglas de Ciudadanos y ya veremos con cuánto éxito. Los narcisos Carmena y Errejón han traicionado a los ególatras Iglesias y Montero, y juntos han enterrado al partido Pudimos. Bravo. Y Macron, gran esperanza europea contra el populismo, ha acabado convocando una mega-consulta popular de dos meses de duración, que arrumba las instituciones republicanas y legitima a los nuevos indignés. Es evidente que estamos ante otro latigazo del péndulo. El inculto culto al sujeto está socavando la democracia objetiva. El sintagma «participación ciudadana» está degenerando en antónimo de acuerdo civil. Y, qué notable, instituciones como la monarquía están pasando de ser un anacronismo a un ejemplo a emular.

La Corona es lo contrario de un proyecto de autor. Hereditaria, constitucional, vasalla de la biología y de la ley, su deber es preservar la integración. Del Diccionario de Muñoz Machado: integrar: constituir un todo. Precisamente lo que necesita España. Proyectos capaces de revertir la atomización territorial, política y social. Personas, líderes y también votantes, con la suficiente humildad como para asumir que Cataluña no será nunca un solo pueblo, pero tampoco España la unión de los idénticos. No sé si él lo sabe —su departamento de Prensa no lo destacó— ni si se lo perdonarán los nuevos guardianes de las esencias populares refugiados en la derechona valiente. Pero eso fue lo mejor del aguerrido discurso que ayer pronunció Pablo Casado en la Convención del PP: «Existimos para la convivencia y el progreso de los que piensan distinto». «No propongo un país sin socialismo, sino un país en el que el socialismo no sea obligatorio». «Hay que unir el voto para unir a los españoles de nuevo». Unir a los ligeramente diferentes para que los distintos sigan unidos. Aquello que en una Valencia en vísperas de puente, el cielo de espuma, las naranjas firmes, el Rey de España llamó un mandato de conciencia.

 

Artículo publicado en El Mundo el 21 de enero de 2019. 

Foto: El Rey Felipe VI, junto al jurado y el patronato de la Fundación Manuel Broseta, Palacio de la Generalidad de Valencia, 18 de enero de 2019.

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