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Épica de Fernández

El 5 de julio de 2008 el Partido Popular de Cataluña se congregó para escoger a su enésimo no líder. Lo hizo en el hotel Barceló que remata por lo alto la estación de Sants. Los nacionalistas se mofaban: «Ahí van los forasteros, con un pie en el AVE a Madrid». Pero además hacía un calor húmedo, diabólico, peor que el de Buenos Aires en el filo de enero. Y el aire acondicionado del hotel, que aún no había sido reformado, reventó. Los sufridos compromisarios salían y entraban de un salón de techos bajísimos, sus camisas empapadas, sus rostros desencajados. El bochorno ambiental no fue nada comparado con el político. Contra todas las maniobras de Génova, al Congreso se habían presentado dos candidaturas: la oficialista de Alicia Sánchez-Camacho y la disidente de Montserrat Nebrera, una histriónica profesora aupada en su día por Josep Piqué que ha acabado encaramada al independentismo. Nebrera hizo un discurso delirante: «¡La mejor manera de crecer es perder! ¡Yo os propongo que crezcamos juntos!» Y logró el 43% de los votos. Sus seguidores la sacaron a hombros, literalmente, entre aullidos de euforia e insultos a Javier Arenas y Ana Mato, representantes de la dirección. En una esquina, el todopoderoso Jorge Fernández Díaz, chorreando, también cinismo, declaró: «El PP está sudando libertad».

 



He recordado este episodio, que viví en directo y con el mismo desasosiego que muchos de mis entonces compañeros de partido, al conocer la noticia de la elección de Alejandro Fernández como nuevo presidente del PPC. Desde la triste defenestración de Alejo Vidal-Quadras, hace 22 años, el PP no había tenido un líder a la altura de Cataluña. Es decir, de España. Consciente de que sus electores no son precisamente los próceres terceristas del Círculo de Economía. Brillante en la tribuna. Con grosor intelectual, sentido estratégico y dominio de la ironía. Autónomo de los hermanos Fernández Díaz y hasta dispuesto a jubilarlos. Un presidente inmune al cumbayá de las corruptas sirenas catalanistas.

 



«¡Troppo tardi!», gritan los escépticos y los de Ciudadanos. Quizás. Los graves errores cometidos por el PP estos años —pasividad ante el 9-N, Operación Diálogo, 155 ultralight— han convertido una empresa difícil en una tarea titánica. Pero aun así. La volatilidad que caracteriza al voto contemporáneo concede un peso decisivo al factor liderazgo. Para bien o para mal, los individuos influyen hoy más que las marcas: Trump, Macron, Bolsonaro. Y fíjense qué curioso. Y qué bonito. En el fango catalán, en la zona cero del nacionalpopulismo, donde la degeneración democrática alcanza cotas de epidemia, coinciden los tres líderes más esperanzadores de la política española: Fernández, Valls y Arrimadas. Cada uno con sus matices: derecha, izquierda y centro. Todos con la Constitución: libertad, igualdad y fraternidad.

 



El mar al sur de Barcelona tiene en otoño un color verdoso, difuminado. Parejas pasean entre los cañaverales, el solito en la cara y el corazón en la boca. Llamé a los viejos amigos que habían acudido a Sitges a votar a Fernández. Estaban contentos, aunque con la duda de si su discurso no había sido demasiado elevado para una militancia con la moral por los suelos. Lo busqué en Youtube. Fernández estudia para pensar, piensa antes de hablar y lo que piensa es exacto. Cataluña no necesita un nuevo 155, como repite Pablo Casado, que un día de estos debería parar, reflexionar y hasta descansar. Lo que necesita, efectivamente, es una política dirigida a ensanchar el espacio no separatista del 53% hasta el 57 o el 60%. Un proyecto capaz de devolver a Cataluña el equilibrio, si es que alguna vez lo tuvo. Hoy el 47% nacionalista ejerce sobre la vida de los catalanes un dominio obscenamente desproporcionado: mimado por PSOE y PP durante cuarenta años, controla la educación, los medios de comunicación, los nombramientos, los ascensos, las subvenciones, todo. El 53% restante no existe: es una mayoría paria. Los constitucionalistas protestan: «¡Gobierno sectario!». Se quedan cortos: Torra no preside un Gobierno, sino un Estado, un ogro filantrópico con los suyos e implacable con los demás, que deambulan desamparados, porque el Estado legítimo, el de todos, ha abdicado. Y ni les cuento bajo Sánchez, promotor de indultos y hasta de amnistías para los golpistas. 

 


«Elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es plenamente normal». Cataluña tiene pendiente su Transición, desde luego. Como primera medida, Fernández propuso en Sitges un plan de incentivos paralelo al de los nacionalistas. Defínase: una red de Institutos Cervantes-Pla, una TV4 plural… Bien, aunque todo eso requiere un Gobierno español que de momento no tenemos. Y además no concede al discurso del nuevo PP catalán ningún valor añadido frente al de Ciudadanos.


Es cierto que Ciudadanos ha sido menos consecuente y metódico de lo que esperaban sus votantes. A Arrimadas le pasa un poco como a Rajoy: deslumbra en el Parlamento pero no lidera la calle. Pudo hacerlo, pero no quiso. Ganó las elecciones del 21-D. Pero primero renunció a hacer un discurso de investidura para la Historia: «Sí, señores, de Olot, Madrid o Bruselas: esta mitad existe y ha ganado, y es la única que tiene un proyecto compatible con la paz civil de Cataluña y su prosperidad». Y de enero a junio se limitó al puro debate dialéctico. No mantuvo viva la movilización del 8 de octubre. No impulsó iniciativas para ampliar la base del constitucionalismo. Se plegó a la estrategia nacional de Albert Rivera de macerar a Rajoy en la Gürtel hasta que… Ups, Sánchez presidente. Qué fiasco. Y, sin embargo, de todo se aprende. Por escarmiento o pura necesidad, desde el verano Ciudadanos ha vuelto. A la Plaza Sant Jaume, al corazón sucio de Alsasua y hasta a la portada de El País. 


 


Fernández no lo tendrá fácil para competir con Arrimadas en firmeza constitucionalista. Ni en atractivo político. Ni en atractivo. En cambio, hay un terreno donde sí puede hacer un discurso diferenciado. Y electoralmente eficaz. Y políticamente decisivo. Y atractivo, guapo, guapo. El nacionalismo es ante todo una intervención, una injerencia, una invasión de lo colectivo en la libertad individual. El fáctico Estat català es un inmenso engranaje burocrático, una versión mediterránea del socialismo del siglo XXI. Pisotea la vida privada. Exige absoluta fidelidad ideológica. Avasalla en las aulas. Manosea los libros de texto. Okupa los platós de televisión. Sepulta a los ciudadanos bajo una losa de entidades, consorcios, institutos, fundaciones, embajadas y observatorios, que cuestan una fortuna en impuestos y que actúan como agencia de colocación y fábrica de estómagos agradecidos. El nacionalismo ha creado un Estado iliberal y no sólo por antidemocrático. Y aquí es donde Fernández juega con ventaja. El liberalismo de Ciudadanos es de etiqueta: táctico, ondulante, transaccional; el suyo es auténtico. Hasta el punto de que se proclama «thatcheriano», lo que hoy en Cataluña es incluso más subversivo que reconocerse «españolazo». 



El 21-D, Fernández se quedó fuera del Parlamento catalán. Durante tres días, hasta el recuento del voto exterior, creyó que su carrera política había terminado. Nada como la visión del abismo para convertir la lucidez en acción. Algo parecido le pasó al Rey el 3 de octubre. Un año después, sigue librándose en Cataluña una batalla cotidiana y agónica entre la sociedad abierta y sus enemigos. Más que la continuidad de España, lo que está en juego es la libertad de elegir. Las políticas identitarias balizan un nuevo camino de servidumbre. Adelante, pues, Fernández, hombre del PPC: no importa que te llamen dominguero los taxistas al pasar; la carretera liberal es tuya. Y es una carretera nacional.


Foto: El delta del Llobregat. Otoño, 2018. 

Escatología del PSOE

 

La plaza central de Alsasua ya no olía a mierda cuando llegamos. Dos voluntarios de la plataforma España Ciudadana se habían encargado de cubrir la pila de estiércol que un hospitalario grupo de aborígenes había depositado en el quiosco, ayer reservado para la prensa. Tampoco estaban las cuatro estacas que habían clavado sobre el excremento a modo de cruces: una para C’s, otra para el PP, la tercera para Vox y la cuarta para la bandera de España. Tachada en negro, claro. El Bar Las Vegas —¡Las Vegas!— permanecía cerrado con tres candados. Con las ganas que tenía yo de comerme un churro. Habíamos salido sin desayuno de Pamplona, bajo un manto de niebla, apenas perforado por ráfagas de una luz roja y gualda. Fue un presagio de lo que ocurriría en el pueblo.

En el corazón de Alsasua, protegidos por un recio cordón policial, demócratas bienhumorados de partidos distintos agitaban banderas de Navarra, España y Europa, a la espera de que llegaran los políticos. Fuera, enfurecida, gritaba la tribu. Me acerqué para escuchar sus consignas: «¡Españoles, hijos de puta!» «¡Guardia civil, terrorista!» Y sobre todo: «¡Fuera, fuera, fuera!» Aquí, una piedra. Allá, un escupitajo. Y a lo alto, la iglesia. En cuanto empezó el acto, las campanas de la parroquia de la Asunción empezaron a repicar, cada vez más histéricas, hasta sepultar la voz de Beatriz Sánchez Seco, víctima del bombazo de ETA contra la casa cuartel de Zaragoza. El párroco aseguró luego que su campanario había sido okupado, pero yo me acordé de Setién y su abyecta caverna carlista. Alsasua fue y puede volver a ser un pueblo español. Hoy es una granja del odio, dejada de la mano de Dios y del Estado.

¿Qué Estado? Mientras Fernando Savater hacía paciente pedagogía contra todos los identitarismos, incluido el de Vox, recordé las sesiones del juicio contra los ocho energúmenos, «nuestros muchachos», su manada, que el 15 de octubre de 2016 apalearon a dos guardias civiles y a sus novias en el bar Koxka de Alsasua. Su aspecto de pijo impostado. Los sucios comentarios de sus madres en el cuarto de baño, durante un receso. Y el testimonio de María José, una de las víctimas, detrás del biombo: «Tenemos que dejar el pueblo; gana el terror, gana el miedo». Como diría Juan Abreu: «Y ETA derrotada…» Entonces escribí que la intimidación en manos del poder hace innecesaria la violencia. Hoy añado: el poder en manos del PSOE también.

El Partido Socialista Obrero Español ha dejado de ser un actor constitucionalista. Se ha convertido en un partido ultra. De ultratumba. Hay que asumirlo y actuar en consecuencia. Sólo desde una nostalgia senil se puede seguir albergando alguna esperanza en sus siglas. El PSOE ha expulsado de sus filas toda forma de vida inteligente y moral. Ya no hay nadie dispuesto a anteponer la igualdad y el progreso de los españoles a un puro proyecto de poder personal. No, tampoco la ultra-andalucista Susana Díaz. Lo hemos visto, hasta la vergüenza, en Cataluña: ese momento estelar, fin de época, cuando para justificar la traición del Gobierno al Estado, la vicepresidenta Calvo negó que Sánchez hubiera dicho lo que dijo Sánchez porque entonces Sánchez no era el presidente Sánchez sino simplemente un tal Sánchez, líder de la oposición. Y lo vemos ahora también en Navarra: la auténtica escatología, inodora pero infame, es la del PSOE.

Navarra nunca ha estado más cerca de perder su autonomía para convertirse en ‘lebensraum’ de la xenofobia vasquista y dinamita contra el sistema de paz y libertad alumbrado en 1978. Con ese objetivo trabajan nacionalistas, filoetarras y podémicos. Lo hacen como un bloque. Sin descanso. Mediante una perversa combinación de imposiciones e incentivos. Y, sobre todo, ante la mirada muerta de los socialistas. Hace unos días, la líder del PSN, María Chivite, proclamó solemnemente que prefiere que el frente anexionista gobierne otra legislatura a que lo haga la suma de UPN, PP y Ciudadanos. El pasado miércoles, Sánchez pactó con la presidenta navarra, Uxue Barkos, la cesión a la Policía Foral de las competencias de tráfico. Muy pronto –tomen nota— también le quitará a la Guardia Civil sus atribuciones de rescate en montaña. Y después, Alde Hemendik! ¡Fuera de aquí! Lo que siempre soñó ETA. Lo que intentaron, a patada limpia, los matones de Alsasua. Y lo que permitió al nacionalismo catalán —tan moderado, tan estadista— convertir a su policía autonómica en un escuadrón golpista.

En los aledaños de la Plaza de los Fueros, los energúmenos chillaban, hacían peinetas y lanzaban piedras contra el coche de Albert Rivera. Alguien murmuró: «Y pensar que estos son los socios de Sánchez». No hay que olvidarlo nunca. Sánchez es presidente gracias al partido de ETA, a un prófugo de la justicia y a un preso ya oficialmente acusado por la Fiscalía de rebelión. Por si quedaba alguna duda, a la misma hora, el portavoz del PSOE en el Senado, Ander Gil, se encargaba de subrayar de qué lado está su partido: «Es una grave irresponsabilidad que las tres derechas vayan de la mano a Alsasua a avivar los conflictos y no a fomentar la convivencia». Esto no es equidistancia; es un compromiso explícito con los ultras. Lo asombroso es que todavía quede en el PP un Borja Sémper dispuesto a legitimar, casi con las mismas palabras, esta posición mendaz y corrosiva, contra el interés no ya de España sino de su propio partido.

A pocos kilómetros de Alsasua está Etxarri-Aranatz, otro pueblo enfermo donde el PP tiene dos heroicos concejales. Uno de ellos, Juan Antonio Extremera, acudió ayer al acto convocado por Rivera: «En las próximas elecciones autonómicas y municipales, o vamos unidos UPN, PP y C’s o estamos todos muertos». Al menos ahora es sólo una metáfora. Le pregunté a la presidenta del PP navarro, Ana Beltrán, si está de acuerdo: «Absolutamente. Sánchez no tiene escrúpulos. No dudará en aceptar la anexión de Navarra para mantenerse en el poder. Tenemos que unir fuerzas. Formar coaliciones. Mostrar generosidad». Desde el escenario, las palabras del líder de Ciudadanos tuvieron la doble fuerza del eco: «Debemos ser generosos. Darnos la mano los que pensamos distinto. Construir el constitucionalismo del siglo XXI.»

Bien. Quizá sea hora de que unos y otros pasen de las santas palabras a los útiles hechos. Es falso, como dijo ayer Pablo Casado, que sólo el PP puede liderar el constitucionalismo. El constitucionalismo será plural o no será. Rivera y Casado deberían abandonar su debilitante pugna personal. Explicar juntos —como Nicolás Redondo y Jaime Mayor hace años, como Savater ayer— que el País Vasco y Navarra ya están unidos entre sí, y con Extremadura, y con Andalucía, y con Galicia, y que eso es España. Deberían formar una coalición en Navarra con un único punto en su programa, opuesto al del bloque reaccionario: la derogación de la Disposición anexionista cuarta. Movilizar a la ciudadanía hasta convencer a UPN de que abandone sus reticencias tácticas. Y convertir Navarra, la comunidad donde el constitucionalismo está hoy más fragmentado, en punto de partida de un nuevo consenso racional por la libertad y la igualdad entre españoles.

Las campanas seguían doblando cuando me bajé del quiosco para emprender la retirada. Un grupo de guardias civiles y policías forales aguantaba impasible la presión de la horda. Les di las gracias. Sobre la acera, dos mujeres con las caras tapadas exhibían una pancarta con el dibujo de una vagina abierta y rota, rodeada por la siguiente frase: «Os ahogaréis en la sangre de nuestros abortos». Las miré un momento y pensé: ¿Qué coño tendrán en la cabeza? Seguí caminando hacia la salida del pueblo. De pronto, cuando ya estaba a punto de cruzar el puente a territorio seguro, un aborigen se bajó el pantalón y me enseñó el culo. Por el aspecto diría que era español.

 

Crónica publicada en El Mundo el 5 de noviembre de 2018. 

Foto: Javier Hernández.

 

Coda:

En su edición de papel, bajo el título «Los radicales intentan boicotear el acto de Rivera y las derechas en Alsasua», El País omite el hecho, más que relevante, de que el intelectual y filósofo Fernando Savater fuera uno de los tres oradores del acto de Alsasua. Es especialmente insólito dado que Fernando lleva 40 años escribiendo en sus páginas. En cambio, oh sorpresa, publica esta estupenda foto de Javier Hernández en la que salgo yo. Aparezco en un lateral: pelo recogido, abrigo negro, zapas blancas, cámara enfocada hacia la Guardia Civil. Pero, claro, yo no soy de izquierdas.

 

Lorent Saleh: «¿Torturar es humano?»

Pregunta.- Ha estado cuatro años preso en Venezuela. Más de la mitad, en un lugar siniestramente llamado La Tumba. ¿Qué es La Tumba?

Respuesta.- La Tumba es un centro de tortura. Está ubicado cinco pisos bajo tierra, en un edificio del centro de Caracas llamado Plaza Venezuela, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional. Es un laboratorio creado para la aplicación de un tipo muy particular de torturas. Un lugar sofisticado, moderno.

P.- ¿Moderno?

R.- Muy moderno. La gente no lo sabe. Sólo ha visto imágenes de El Helicoide, el otro gran centro de tortura del régimen chavista.

P.- Un lugar sórdido.

R.- El Helicoide es lo criollo, el garrote, la costilla rota, el bate. Es la secuela de la decadencia de lo que una vez fue la cuarta República venezolana. El edificio es viejo y su interior es sórdido, sí. Plaza Venezuela es distinto. La institución es la misma, pero la estética y los métodos son diferentes. La Tumba es la tecnología y la tortura psicológica. Todo brilla. Todo es limpio y blanco. El silencio es absoluto; la soledad es completa. Parece un manicomio futurista. El Helicoide es el hacinamiento, el mal olor, las cucarachas y las ratas. La Tumba son los espejos, las cámaras, las paredes blancas. Se huele perfectamente el tufo extranjero.

P.- ¿Cubano?

R.- Ruso-cubano. No es Venezuela. El venezolano rompe costillas. No te saca la sangre antes de un interrogatorio para debilitarte. No te expone a la tortura blanca.

P.- ¿Qué es la tortura blanca?

Lorent Saleh hace una larga pausa mientras mira de reojo hacia su madre, que está sentada a unos metros, junto a la ventana. Espera que ella abandone la habitación. Luego se sienta en una silla, con las manos cogidas a la espalda.

R.- ¿Diría usted que estoy siendo torturado?

P.- No…

R.- A mí me tomaron una foto así. Cualquiera hubiera dicho: “No está tan mal Lorent”. ¿Pero qué pasa a las 12 horas de estar en esta posición, con las manos esposadas y una intensa luz blanca en la cara? ¿Y a las 24? ¿Y a la semana? Extenuado. Destruido. Haciéndome todo encima. Los mecanismos de protección y garantías de los derechos humanos han evolucionado en los últimos 70 años, pero menos que los métodos de tortura.

 

Lorent se pone de pie. Levanta un brazo a la altura del hombro y lo coloca sobre una estantería, como si lo tuviera atado.

R.- Esposado así. Soportando chorros de agua sobre el cuerpo cada hora. La luz blanca, siempre blanca… Luego la corriente eléctrica… Los golpes. Te rodean las muñecas de tirro -papel periódico con cinta adhesiva- para que las esposas no dejen marca. Lo mismo en la cabeza. Y esto en mi caso. Se cuidaban de no dejar huella. Buscaban métodos alternativos a la violencia a palos, porque no les convenía. A otros presos directamente les rompían las costillas y los dejaban morir.

P.- Lo trasladaron a La Tumba desde Colombia. El ex presidente Santos afirmó en una entrevista a El Mundo que la suya había sido una extradición legal.

R.- Juan Manuel Santos, Nobel de la Paz, me secuestró y me entregó en un pacto con Maduro.

P.- ¿Por qué?

R.- Primero, porque yo llevaba tiempo denunciando su complicidad con la dictadura. El proyecto personal de Santos -el acuerdo con las FARC y el premio Nobel- chocaba con la causa de la democracia en Venezuela. Santos necesitaba complacer a Maduro, que además lo tenía bajo chantaje a través de la guerrilla. Las FARC, el ELN y los grupos narcoterroristas con los que Santos buscaba un acuerdo forman parte del régimen venezolano. Maduro tenía la capacidad de tumbar el proceso de paz. En segundo lugar, yo llevaba tiempo trabajando en Colombia sobre un asunto incómodo para Santos en ese momento: la ocultación de víctimas de las FARC. Durante el proceso de paz, nadie hablaba de los asesinados, los secuestrados, los desaparecidos. Mi ONG, sí. Las dos cosas se sumaron y Santos me entregó. No fue una extradición ni una deportación. Nunca hubo orden de captura de un tribunal venezolano ni una solicitud de Interpol. Nunca me presentaron ante un tribunal en Colombia. Nunca compareció un fiscal. No me permitieron defenderme. Santos me secuestró y me entregó a sabiendas de lo que me pasaría.

P.- Lo llevaron a La Tumba.

R.- Cuando llegué me desnudaron. Me fotografiaron. Me raparon. Me pusieron un traje color caqui. Y empezamos a cruzar puertas. Gruesas. Blindadas. Hasta llegar a una sala cubierta de espejos y cámaras. Todo estaba limpio, impoluto. Sentí el poder. Absoluto. Totalitario. Atravesamos dos pasillos estrechos. Puertas y más puertas. De pronto oí un rugido, como de una turbina. La descompresión. Y luego otra puerta. La abrieron. Y entramos. Parecía el cuarto de refrigeración de un matadero. Había sólo siete calabozos. Todos vacíos. Me metieron en uno y cerraron las rejas. Miré a mi alrededor. La celda era pequeña, de dos metros por tres. Había una cámara en el techo, que seguía todos mis movimientos. Un timbre. Un colchón sobre una lámina de cemento. Y dos potes, uno para beber agua y otro para orinar. Y pensé: Uhhhhh…

P.- Uh…

R.- La sensación de haber sido aplastado por el Estado en su mayor expresión de violencia y terror. Literal y figuradamente. Escuché el ruido del Metro sobre mi cabeza. Pensé en toda esa gente, esos viajeros más o menos despreocupados. Me dije a mí mismo: “Ninguno de ellos sabe que yo estoy aquí, debajo, enterrado en un sarcófago blanco”. Y también: “Jamás saldré vivo de este agujero”. En un lugar así, ni siquiera hace falta que te pongan un dedo encima. Tú deseas que te golpeen.

P.- ¿Deseaba que le golpearan?

R.- Espere. Necesito terminar la descripción. El frío. Glacial. Lo utilizan para encogerte. Para que no puedas moverte. Para reducirte a una lámina de piel. Para jibarizarte. Para que sepas que el individuo, tú, no vales nada. Por más que te hayas preparado para algo así, y los activistas venezolanos en Derechos Humanos estamos preparados, te hundes. Yo empecé a llorar.

P.- ¿Cómo sobrevive un hombre en esas condiciones dos años?

Lorent Saleh levanta una pierna y golpea el zapato contra el suelo, dos, tres, cuatro veces.

R.- Esto es lo que hacen: pisarte, pisarte, pisarte. Pero no matarte. Eso es lo peor. No te matan. Te dejan ahí para poder levantar el zapato y mirarte y reírse. ¿Me explico?

P.- Sí, por eso con más motivo le pregunto: ¿cómo sobrevivió?

R.- Mi madre dice que me robaron cuatro años de vida. Yo creo que no. Ni me los robaron ni los perdí. El tiempo no se detuvo. Yo entré en la cárcel con 26 años y salí con 30. Lo que aprendí no me lo quita nadie.

P.- ¿Qué aprendió?

R.- El poder de la contemplación. El valor de lo esencial que parece invisible. Los periodistas y los políticos quisieran que yo hablara de otras cosas. Pero para mí esto es lo fundamental. ¿Cuánto vale el color verde? ¿Y el azul? Yo estuve en un sarcófago blanco, como un ciego, meses y meses. ¿Y cuánto vale la conciencia del tiempo? No es que yo no supiera si era de día o de noche. Es que no sabía si había dormido una hora o diez. ¿Y qué valor tiene un espejo? Cuando no te ves la cara durante mucho tiempo te olvidas de cómo eres. La primera vez que me vi en un espejo tuve un ‘shock’. Me palpé, susurré… “Éste soy yo”. El cielo no es cualquier cosa. El sol, la luna, la lluvia, las estrellas… tampoco. Unos zapatos. Una silla. Yo peleé tanto, como un loco, para conseguir cosas que a cualquiera le parecerían irrelevantes. Hice una huelga de hambre de 18 días para que me dieran un reloj. La Defensora ¡del Pueblo! me decía: “¿Dónde está escrito que un reloj es un derecho humano? ¿Dónde dice que debamos dejarle una mesita?”.

P.- Algunas cosas consiguió.

R.- Sí, aunque luego me las quitaban. Me gusta leer y escribir. Octavio Paz y Borges son mis autores favoritos. Recuerdo cuando por fin me dieron un lápiz. Gastado. Como un tapón. Y una hojita. ¡No quería que se acabara nunca! Escribía con letra diminuta. La giraba. Buscaba rinconcitos blancos donde seguir escribiendo. El valor de las cosas… Fui sometido a una técnica de aislamiento celular. Su objetivo es anular, uno a uno, todos los sentidos del preso, hasta que ya no sabe si está vivo o muerto. ¿Y sabe usted cuál es la única forma de averiguarlo? El dolor. Por eso quieres que te golpeen. Y por eso te golpeas a ti mismo. Contra el suelo. Contra los barrotes. Contra lo que sea. Buscando la sangre. Porque solo la sangre y el dolor te reafirman en que sigues existiendo.

P.- Usted intentó suicidarse.

Lorent Saleh se arremanga la camisa y estira el brazo izquierdo. Dos gruesas cicatrices cruzan sus venas.

R.- Lo intenté cuatro veces. Pero ahí entró en juego algo distinto. Llevaba más de un año en La Tumba. Sabía que el régimen no iba a soltarme y que yo no iba a ceder. Y tomé una decisión: mis carceleros ya no dormirían tranquilos; no verían relajadamente la televisión mientras yo estuviera ahí. Y así lo anuncié: “Yo estoy dispuesto a matarme. Y si me mato ustedes van a ir presos. Y a sus jefes les dará igual. Los sacrificarán como insectos”. No era un: “¡Oh, ah, quiero morirme!”. Al contrario. Era mi último recurso. Como una huelga de hambre, pero más fuerte. Porque ellos debían saber que iba en serio. Mis intentos de suicidio fueron una forma de desafío a la dictadura.

P.- Se cortó las venas.

R.- La primera vez intenté guindarme.

P.- ¿Guindarse?

R.- Sí, colgarme. Con una sábana. Pero me vieron a través de la cámara. Entonces tuve que diseñar otra estrategia. Al baño siempre debía ir acompañado de un funcionario. Cuando por fin permitieron que me afeitara empecé a simular el mayor sometimiento. Para que cogieran confianza conmigo y bajaran mínimamente la vigilancia. Y así me fui llevando a mi celda trocitos de cuchilla de afeitar. Hasta que un día, de madrugada… A partir de entonces, un funcionario tuvo que dormir en mi celda cada noche. Con un ojo medio abierto, aterrado. Una noche intenté colgarme de las rejas. Mi carcelero se despertó y se abalanzó sobre mí para salvarme ¡y salvarse! Otro día, volviendo del baño, le cerré la puerta en la cara. Le dije: “Estoy cansado. Se acabó”. Y me volví a rajar. A los dictadores hay que desafiarlos. Para que sepan que no son dioses. Que también pueden sangrar y llorar y sufrir. Y que sus abusos tienen un coste, no sólo para los demás. Ésa es la verdadera resistencia: el desafío.

P.- ¿En su caso, cuál era el objetivo concreto de las torturas?

R.- Que denunciara a Antonio Ledezma, María Corina Machado, Leopoldo López o Álvaro Uribe. Con Uribe tenían una obsesión. Y yo era la pieza que les faltaba en su delirante narrativa: Colombia, los paramilitares, la oposición venezolana, los gringos. Algo parecido le ocurrió a Joshua Holt, un mormón americano con el que coincidí en El Helicoide. Lo detuvieron simplemente por ser catire -rubio- de ojos azules. El enemigo yanqui… Reforzaba su relato.

P.- Después de dos años y medio en La Tumba, fue trasladado al Helicoide.

R.- El cambio fue difícil. Yo estaba acostumbrado al silencio y a la soledad. El Helicoide era ruido, mugre, hacinamiento, depravación. Presos políticos y opositores se mezclaban con presuntos corruptos y 200 presos comunes. Me enfermé.

P.- ¿Cómo es El Helicoide?

R.- El Helicoide es la pura expresión del Estado mafioso. Ahí reina la extorsión, sobre todo económica. A niveles que nadie es capaz de imaginar. Hay presos que han llegado a pagar 200.000 dólares a cambio de una celda un poco mejor. Sus familias se han endeudado, y sus hijos y sus nietos. Y luego están los corruptos, reales y presuntos. El SEBIN sabe que Fulano tiene dinero. Le montan un expediente simulando un hecho punible, igual que a los presos políticos. Lo secuestran. Lo encierran. Lo torturan. La familia de Fulano no tiene adónde denunciar, claro, porque es la propia policía la que lo tiene secuestrado. Y entonces le dicen: “Venga, Fulano, paga tanto”. Y Fulano paga.

P.- Y ellos lo llaman “lucha contra la corrupción”.

R.- Es la peor corrupción. Y es endémica. Para el Gobierno tiene dos ventajas. En plena ruina económica, le permite pagar a los funcionarios esbirros. Y al mismo tiempo garantiza que le serán férreamente leales. Si cualquiera de estos funcionarios decidiese un día hacer lo correcto, bastaría recordarle su historial para que volviera volando al redil criminal. Así funciona el sistema de terror en Venezuela. Y por eso yo no podía demostrar la más mínima debilidad.

P.- ¿Otros sí lo hicieron?

R.- Yo he visto a hombres arrodillarse para que les golpearan. Y lo peor -lo más terrible y estremecedor-, he visto a hombres no hacer nada frente al sufrimiento de otros hombres. He visto presos colgados tres días de una reja. Crucificados. Y a otros presos pasar a su lado, como si nada. He visto a reclusos prestarse para maltratar a otros reclusos, creyendo que así evitarían ellos ser maltratados. Y eso no sucedía, claro. También eran maltratados. Y más todavía. Porque nadie, ni sus carceleros ni sus compañeros, confiaba ya en ellos. Es tan enfermo, tan trágico: ver al ser humano en su estado más elemental y miserable. Como el judío que lleva a otro judío al horno. Eso ha conseguido el chavismo, la deshumanización más abyecta.

P.- No sé qué decir.

R.- Déjeme que lo diga yo. Unos se acostumbran a golpear, someter, torturar. Pero lo peor es que otros se acostumbran a ser golpeados, sometidos, torturados. Es como el elefante bebé, al que atan de una cadenita con un clavo al suelo. Y el elefante crece y se hace inmenso, pero sigue ahí, encadenado. Porque no sabe que le sobra fuerza para romper la cadena con un solo movimiento. El ser humano es así. Es el animal más doméstico. En El Helicoide tratan a los presos peor que a los perros y la mayoría lo soporta.

P.- ¿Usted nunca se sometió?

R.- Sí. Una vez callé. Y fue el peor día de mi estancia en la cárcel. De mi vida. Una mañana desperté escuchando el llanto de un hombre rogando clemencia. Y luego un golpe seco. Y otro. Y al mismo tiempo la risa del torturador. Me fui hacia los barrotes de mi celda. Nadie decía nada. Sentí asco. Empecé a llamar al funcionario, temblando de miedo. Y el funcionario apareció. Con una naturalidad absoluta. Llevaba la gota de sudor en la frente. Jadeaba. Tenía una sonrisa en la cara. Me preguntó, amable: “¿Cómo estás, Lorent? ¿Qué necesitas?” Y me hundí. La gota, su respiración agitada de tanto golpear, y esa sonrisa… Era un funcionario al que yo había creído incapaz de hacer algo así, distinto a los demás. ¿Cómo podía ser tan cruel con otro hombre y tan amable conmigo? ¿Cómo digerir eso? No supe qué decirle. Regresé al fondo de mi celda, como un perro. Esa noche tuvieron que doparme. Había destruido el calabozo. Me había dado golpes contra las paredes. Lo había roto todo. Nunca más callé. Pero no me perdono haber callado ese día. Fue una traición. A ese hombre. A mí mismo. A mi causa.

P.- También aprendió.

R.- Muchas veces, para justificarse, los funcionarios decían: “Éstos a los que golpeamos son presos comunes, delincuentes”. Y aunque lo fueran, ¿qué? Como si el hecho de que una persona sea un criminal te diera a ti el derecho a dejar de ser humano. Ahora bien: ¿torturar es humano? Piénselo… Yo creía que no lo era. Pero quizá estaba equivocado. El hombre no es un buen salvaje. Rousseau se equivocó. El socialismo y el comunismo también, claro. Por cierto, ¿por qué el nazismo está prohibido y el comunismo, no? ¿Lo ha pensado alguna vez?

P.- Muchas veces… Usted protagonizó el motín de El Helicoide.

R.- Sí, sé que las imágenes tuvieron un impacto mundial. El motín se veía venir. Fue la acumulación de muchos factores: las extorsiones, las torturas, el secuestro de menores de edad… Muchachos de 16 años hacinados en una celda. Yo no lo podía soportar. Y El Helicoide explotó. Y se demostró lo que le comentaba hace un momento, con la metáfora del elefante. El ser humano tiene una fuerza impresionante, sólo que no lo sabe. Nosotros volamos todas las rejas de ese maldito lugar. Tomamos todas las cámaras de seguridad. Yo destrocé los tres candados de mi celda con mis propias manos. Los funcionarios vieron eso y huyeron. Ese día descubrieron que ellos también sangran, aunque no sufrieron un rasguño. Ese día se dieron cuenta de que ahí había hombres, no insectos. Lo mismo ocurre con la sociedad.

P.- Después del motín, tres grupos de presos fueron liberados. Usted no.

R.- Yo tuve que asumir el castigo del motín y fue sumamente duro. Vi cómo eran liberados todos mis compañeros, activistas y presos políticos. Dos personas que se despiden a través de las rejas, el calor humano dividido por el frío del acero. No es fácil, no. Cuando sueltas la mano y te quedas solo… Te agarras la cabeza, esperas el latigazo del huracán y al mismo tiempo piensas: ¿por qué él sí y yo no, cuando tengo más derecho, cuando llevo más tiempo? Y te sientes un miserable por pensarlo. Y llegas a la conclusión de que Dios no existe o que no le importa. Y entiendes que sólo hay una salida para soportar lo que viene: asesinar cualquier esperanza de salir en libertad.

P.- ¿Cómo lo hizo?

R.- Renunciando a todo. A lo más importante, incluso al amor a la familia. Yo soy liberal, de derechas y católico. Pero en esos momentos hubo dos cosas que me ayudaron especialmente. Estudié el budismo como forma de desprendimiento. Y empecé a leer los discursos de Pepe Mujica [el ex presidente de Uruguay]. Mandela es la referencia universal de cualquier preso, pero su tiempo y circunstancias me son ajenas. Mujica, en cambio, estuvo 13 años preso en una cárcel llamada precisamente La Tumba. Y leer sus textos era como leer mi mente. Sobre todo una frase suya, que hago mía: “Descubrí qué tan duro grita la hormiga”. Es decir, el valor de la contemplación. De la concentración en los detalles más ínfimos como forma de supervivencia.

P.- A usted lo liberaron pocos días después de la sospechosa muerte del concejal Fernando Albán, que cayó del décimo piso de Plaza Venezuela. ¿Cree usted que lo mataron?

R.- Sospecho que lo lanzaron ya muerto, aunque lo mismo daría si se hubiera tirado él. También sería una víctima directa de la dictadura. Yo estuve en ese mismo piso 10, junto a esa misma ventana, y conozco la desesperación que podría llevar a un hombre a saltar.

P.- ¿Por qué ha sido liberado?

R.- Se ha especulado mucho sobre los motivos. Hasta se ha dicho que fue gracias al ex presidente Zapatero. Es falso. Zapatero no tuvo nada que ver con mi liberación. Yo soy libre por un cúmulo de factores. El primero, la lucha de mi madre. Luego, la presión de los periodistas, cuando ni siquiera los políticos querían hablar de mi caso. El trabajo de mis abogados. El apoyo del Parlamento Europeo, que el año pasado me concedió el Premio Sajarov. El debilitamiento del propio régimen. Y la ayuda de muchos países, incluida España.

P.- No guarda rencor.

R.- No. La necesidad de venganza es otra forma de servidumbre. Además, mi celda no está vacía. En las cárceles chavistas aún quedan muchas personas inocentes por las que debemos luchar y fuera, un país entero por reconstruir.

P.- ¿Cómo?

R.- Los venezolanos se sienten derrotados. Yo no voy a decirles, como hacen algunos: “Ya estamos cerca del final, falta poco”. Ni falta poco ni será fácil. Es y será difícil. Y, además, tiene que serlo. De pequeños nos decían que las cosas que valen la pena no se consiguen sin esfuerzo y sacrificio. Y esto por lo que estamos luchando vale la pena. De hecho, es lo más valioso que tenemos. Es la democracia y es la libertad.

P.- ¿Qué es Venezuela hoy?

R.- Un Estado terrorista. Definitivamente. El régimen de Maduro se sostiene mediante el pánico, la violencia y el hambre. El hambre no es la mera consecuencia de un mal gobierno. Es una estrategia, y de las más efectivas, de sometimiento. El régimen tiene que subyugar a los venezolanos porque ya es incapaz de convencerles. ¿Cómo lo hace? Aprovechándose de su nobleza y profunda vocación democrática. Así se lo comenté al presidente Sánchez.

P.- ¿Qué le dijo?

R.- Le dije: “Mire, presidente: yo vengo de la línea más radical de la oposición y jamás se ha valorado como opción la lucha armada. Si se hubiese planteado, la mitad de los líderes chavistas estarían bajo tierra. Millones de venezolanos han preferido incluso el exilio antes que la confrontación. El pueblo es pacífico. El que sí es terrorista es el Gobierno”.

P.- ¿Y qué le contestó?

R.- Me dijo que también lo entiende así.

P.- ¿Y le pidió usted algo concreto?

R.- Le insistí en la importancia de las sanciones. Es falso que las sanciones perjudiquen a la gente, como ha dicho Zapatero. Al revés. El pueblo agradece que se castigue a sus torturadores. Pero, además, veamos las cosas más allá de Venezuela y sus víctimas. ¿Cómo no vamos a sancionar a criminales de este calibre? ¿Qué mensaje estaríamos trasladando al mundo? Que a máxima crueldad, máxima impunidad. También le hice al presidente Sánchez otra reflexión: no es la oposición venezolana la que debe exigir la rendición del régimen. Deben hacerlo España y las demás democracias del mundo. Son ustedes los que tienen que decir: “Hasta aquí. Ya no más. Basta”.

Fotos de Antonio Heredia para El Mundo.
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