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El español mustio

Miércoles, nueve y pico de la mañana, en los estudios de Onda Cero. El presidente Rajoy, hijo de juez, se despereza un instante: «El recurso ante el Tribunal Constitucional se tiene que presentar después del acto administrativo que lo haya motivado. Nosotros no podemos presentar un recurso porque alguien haya hecho declaraciones en los medios de comunicación. Hay que respetar siempre los procedimientos y las normas porque es la forma de respetarnos a nosotros mismos».

Jueves, mediodía, en una rueda de prensa convocada ad hoc en la Moncloa. La vicepresidenta Sáenz de Santamaría hincha la voz y deja de respetarse a sí misma, como mínimo: «El Gobierno ha solicitado informe al Consejo de Estado para interponer ante el Tribunal Constitucional la impugnación de la resolución del presidente del Parlament, en la que propone como candidato a Carles Puigdemont al carecer éste de libertad deambulatoria».

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Off the record

«Siéntate». Obedecí lentamente. El portavoz del Grupo Parlamentario Popular se mantuvo de pie. Una fiera enjaulada en su propio despacho. Cogió el periódico y lo tiró sobre la mesa. «¿Cómo se te ocurre publicar esto?» No seguí su gesto con la mirada. Para qué. Sabía que mi artículo no iba a gustar a la dirección del partido, pero qué remedio. La Junta Directiva de la víspera —7 de abril de 2015— había sido un despropósito democrático. Unos 500 cargos públicos hacinados en la segunda planta de Génova, todos con el frío de una derrota inminente en el cuerpo. Ninguno había tomado la palabra. Presidentes regionales, secretarios generales, candidatos a unas elecciones locales y autonómicas que pintaban negras… Nadie había sentido la necesidad o la obligación de expresar —de forma leal, constructiva, elegante— la más mínima inquietud o sugerencia. Nada. Y cuando una diputada, atónita ante el mutismo de sus compañeros, había levantado la mano, la habían aplastado. Como se aplasta en los partidos viejos y nuevos: «¡Bravo, presidente, muy bien! Clap, clap, clap, clap, clap…» Al abandonar Génova, la diputada había convertido los apuntes que apretaba en la mano en un breve texto titulado Lo que me habría gustado decir, presidente y se lo había enviado a un periódico. A este. El artículo no decía nada muy original ni que sus colegas no comentasen en privado, mañana y tarde, entre sí y a la propia prensa: «Abandonemos el apaciguamiento, hagamos política de alto perfil, encaremos el desafío separatista con firmeza, ojo con Ciudadanos, está en juego la supervivencia del PP.»

Todavía de pie, genuinamente atribulado, ​Rafael Hernando volvió a sacudir el periódico, como si quisiera reescribirlo. «De verdad, ¡¿cómo pudiste publicar esto?¡ ¡¿Y yo qué hago ahora?! ¡¿Cómo voy a permitir que tú defiendas en el Pleno la proposición sobre los presos políticos venezolanos?!» Lo miré con una mezcla de tristeza y afecto: «Si quieres, hazlo: convoca una rueda de prensa y explica por qué me retiras la iniciativa. Será una prueba más de nuestra deriva».

Recordé este episodio de mi fecundísima vida política al tropezar con un tuit de una periodista lamentando que nadie hubiera tomado la palabra en la Junta Directiva del PP celebrada el pasado lunes para valorar la situación electoral y política en Cataluña. Nada nuevo, pensé. Pero sí, qué drama. Mariano Rajoy resiste mientras su partido se desangra. Los focos apuntan al líder, pero meditándolo bien es evidente que la responsabilidad es compartida. El off the record se ha convertido en el burladero de los dirigentes del PP, que acuden a él como banderilleros de pueblo. Crítica va. Reproche viene. Un festival de filtraciones. Pero en los momentos decisivos, cuando y donde importa, ninguno da la cara. Unos no comparecen: Oh, interpretad nuestra ausencia, qué valientes somos. Los demás callan. Ninguno reconoce públicamente la realidad: el PP es hoy en Cataluña una fuerza residual. Y ninguno plantea el verdadero desafío, que es existencial: su sustitución por Ciudadanos en toda España. Como si la negación de un problema fuera la garantía de su solución. Como si la política del suflé, fracasada respecto del adversario separatista, fuera a triunfar respecto del rival constitucionalista. Y los periódicos, encantados: con estos entrecomillados anónimos y un par de adornos a lo Wolff nos hacemos una portada de fin de semana.

La ausencia de un debate abierto y adulto en el PP es especialmente dramática porque se proyecta sobre el primer problema español. Ayer, entre el café y la tostada, escuché a Fernando Martínez Maíllo en el programa de Alsina. Preguntado por la situación del partido en Cataluña y el silencio muerto de la Junta Directiva, contestó: «Hay que posponer el debate hasta después de la investidura del nuevo presidente de la Generalitat». Por debate no se refería exclusivamente al futuro de García Albiol, infeliz fusible. Se refería, primero, a la revisión autocrítica de todos los hitos de este vía crucis del ridículo: 9-N, Operación Diálogo, Operación Junqueras, 1-O, 155 electoral… Y segundo —y todavía más relevante— a la articulación de una estrategia frente a nuestro particular Saint Denis, presunto «descabezado» cuyos paseos y sonrisas soportamos un día tras otro. El primer partido español está obligado a debatir y explicar cómo va a evitar que Puigdemont se erija en Presidente virtual de Cataluña en una era en la que la confusión entre lo virtual y lo real es generalizada. En la que Twitter y las televisiones influyen tanto como el Boletín Oficial del Estado.

Hasta ahora, y en su línea plana, el Gobierno ha invocado los reglamentos, las leyes y las decisiones de letrados y jueces. La voz de la vicepresidenta: «Puigdemont sólo podrá ser elegido mediante una flagrante vulneración de la ley». Ya. Pero y si establece un Gobierno Bipolar: parcamente legal por dentro, retóricamente legítimo por fuera. Y si acude a un testaferro, como sería propio de una organización criminal. Y si convierte a Bruselas —no a Quito, no a Freetown, no a Moscú, a la capital de Europa— en la primera plataforma política y mediática de la República Catalana, en un efervescente plató antiespañol. Ah, que eso ya lo ha hecho.

El Gobierno sigue sin entender que la responsabilidad de los jueces no deroga la de los políticos. El juez Llarena cometió un error garrafal al retirar la euroorden contra Puigdemont. Pero qué hizo el Gobierno para evitarlo. Y qué ha hecho para remediarlo. Qué presión política explícita, insoportable y como tal eficaz ha ejercido sobre Bélgica para que lo extradite. Qué apoyo concreto y útil ha obtenido de Macron, May o Merkel. Qué ha logrado que declaren o, mejor aún, hagan las instituciones europeas. Y, sobre todo, qué va a hacer el próximo lunes, cuando Puigdemont, según lo anunciado ayer, viaje a Dinamarca con el propósito explícito de redoblar sus agresiones a España. Digieran el comunicado que anuncia su advenimiento en la democracia de Borgen: «El Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Copenhague se complace en anunciar la celebración de un debate con el 130 presidente del Gobierno de Cataluña, Carles Puigdemont […] El debate será moderado por el profesor y jefe del Departamento, Mikkel Vedby Rasmussen […] Les recomendamos llegar con mucha antelación para asegurarse un asiento». Pas mal para un golpista prófugo. Pero nosotros tenemos Tabarnia. Ja, ja. Y una buena refriega entre constitucionalistas, garantía de entretenimiento. Las peleas entre Ciudadanos y el PP —primero sobre la investidura de Arrimadas, luego sobre la cesión de un diputado al PP, mañana ya veremos— son el síntoma de un país disminuido, desorientado, que ha perdido la noción de lo importante. Y que se empeña en confirmar que el mal prospera cuando el bien descansa.

La inacción del Gobierno explica la supervivencia de Puigdemont. Y el cobarde uso y abuso del off the record explica que Mariano Rajoy pueda ejercer, desde hace años, un hiperliderazgo del vacío. Y que se ría de los suyos y de todos. Esta semana, entre copas y corros en Moncloa, parece que una periodista preguntó al presidente por las críticas internas. Con media sonrisa y toda la razón, contestó: «Yo no he oído ninguna crítica. ¿Usted?»

Artículo publicado en El Mundo el 20 de enero de 2018. 

 

Qué ganado

La semana que viene se cumple un año de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. La revista Time lo celebra con una portada evocadora y sutil: la cabeza amarilla de Trump explota en un abanico de llamas. Debajo, pequeñito, un sintagma ominoso: Year One. ¿Cuántos más? El autor de la ilustración, el artista cubano-americano Edel Rodríguez, ha explicado, como si fuera necesario, que la imagen está inspirada en Fire and Fury, el ya best-seller global del periodista Michael Wolff. Un libro del que muchos hablan, opinan y por supuesto escriben sin haber leído más que los extractos primero filtrados y de inmediato tuiteados hasta la convulsión. Yo sí lo he leído, a ratos con fascinación, a ratos con vergüenza. No es tanto un fiel retrato de Trump como de nuestro tiempo.

Colegas: imaginad por un momento que todas esas conversaciones desabrochadas, off-the-record, con vuestras fuentes en La Moncloa y en Génova se publicasen hilvanadas y ligeramente adornadas. Digamos, redondeadas. Clic, clic, cash. Lo que dice Jorge Moragas de Carmen Martínez Castro. Y Carmen Martínez Castro de María Pico. Y María Pico de Dolores de Cospedal. Y Dolores de Cospedal de Soraya Sáenz de Santamaría. Y Soraya Sáenz de Santamaría de Mariano Rajoy. Y Mariano Rajoy de todos ellos. Por ejemplo, yo podría contar que después del Comité Ejecutivo de 2008 en el que desveló su intención de presentarse al Congreso de Valencia, subiendo en el ascensor hacia la séptima planta, Rajoy masculló de la cúpula de su partido: «Qué ganado». O que Aznar dijo… Y dice… ¡Y dirá…! Podría mezclar lo que sé con lo que me contaron. Hechos con chismes. Datos con diretes. Lo probado con lo verosímil. Tan verosímil que Rajoy aparecería como lo que toda España cree, intuye, sospecha que es: un hombre vago, irremediablemente cobardón, que desprecia la acción política y sólo lee el Marca, y ya en la cama. Ese es el método Wolff, reconocido por él mismo en el prólogo, en un curioso juego —de espejos— con su protagonista: ¡Toma tu propia medicina, Trump! El resultado es un libro comercialmente genial, periodísticamente tramposo y políticamente inútil.

Fire and Fury es una serie de Netflix basada en hechos reales. El primero libro no sobre la posverdad sino de la posverdad. Una trepidante suma de tuits, todos ellos virales. Trump en la cama, cenando hamburguesas de McDonald’s por pavor a ser envenenado y buscando desesperadamente cariño en tres pantallas de televisión. Fox, Fox, Fox. Trump urdiendo estrategias para acostarse con las mujeres de sus amigos. Negándose a invertir dinero en su propia campaña. Llamando a sus amigotes para despotricar sobre su equipo (y luego sus amigotes llamándose entre sí y a la prensa para despotricar sobre él). Empresarios como Murdoch, colaboradores clave como Priebus, Cohn o Tillerson y hasta miembros de su familia tachándole de «idiota», «imbécil», «memo», «zote» y «cuasi-analfabeto». E incluso acordando que no podía —porque no debía— llegar a presidente. O Melania, «mi mujer-trofeo», llorando al conocer la victoria de su marido, al que «apenas soporta». O Bannon —arrogante, bombástico, principal fuente de Wolff— llamando a Don Jr «traidor» y «antipatriota» por haberse reunido en Trump Tower con una delegación rusa en plena campaña electoral. O, mejor aún, dando al propio Trump —su criatura, qué digo, su monstruo— por prematuramente amortizado. Fire and Fury avanza cronológicamente, pero sobre todo gira y gira sobre un eje: no es que el presidente de la primera potencia nuclear sea un tarado, es que es un demente con una corte desquiciada. Un tipo al que habría que someter ya mismo a la enmienda número 25 de la Constitución, que permite inhabilitar a un presidente que ha perdido sus facultades mentales. ¡Sí, sí, sí!, grita el mundo liberal, en sus dos acepciones. Y de gozo se licúa. Literalmente.

La oposición a Trump está volviéndose tan tonta como él. Ojalá esta frase —redondeada, ja— fuera mía. Es de David Brooks, columnista del New York Times, brillante anti-trumpista de primera hora y la persona que con más equilibrio e inteligencia ha reaccionado al libro de Wolff. Brooks ofrece una versión más matizada, menos televisiva, de la actual Casa Blanca. Y no, no está claro que el presidente esté loco. Incluso podría ser que hubiera dos Casas Blancas: la potemkiana, tuitera, histérica; y la invisible, que va logrando sus propósitos. El primero, la perpetuación.

Porque, especulaciones al margen, lo que el libro de Wolff revela es que el desprecio por los hechos y la exaltación de las sensaciones ya no es patrimonio del trumpismo, si es que alguna vez lo fue. Wolff imita a Trump. Juega en su mismo terreno. El de las medias verdades, los mensajes parvularios, los prejuicios y las intuiciones. Y muchos de sus lectores reaccionan de forma parecida a los devotos de Trump: «Qué más dan los hechos, la credibilidad de las fuentes, las comprobaciones. ¡Qué más da el libro en sí, que no hemos leído! Lo importante es que su contenido avala nuestra superioridad moral y blinda nuestras convicciones». El éxito de Wolff se convierte así en una victoria de Trump. Inane, iracundo, ultranacionalista, manifiestamente racista, el presidente podría caer algún día, objeto de un impeachment o hasta de la enmienda número 25. Pero el trumpismo como subgénero —anticultura antipolítica— seguiría vivo.

Como viva está la polarización. Fire and Fury contribuye a la radical fractura de la sociedad americana. Esa que se proyecta sobre el resto del mundo en forma de una batalla dramática y disolvente: populismo versus puerilismo, ambos de corte identitario. El libro sirve a las dos facciones. Confirma la percepción de los anti-trumpistas de que un Calígula okupa la Casa Blanca. Y a su vez confirma la percepción de los trumpistas de que su líder es víctima de la más grosera cacería mediática de la historia. Así, los dos bloques se endurecen y cronifican. Y así, también, la posibilidad de una tercera vía —esta sí inteligente, adulta, cívica y verdaderamente liberal— se difumina.

Hace un año, la ex ministra de Exteriores Ana Palacio y yo acudimos por curiosidad a la inauguración de Trump. Junto al Mall, nos arrastró una trifulca entre partidarios del Black Power y defensores de la Resistencia Indígena. Al día siguiente, en la Manifestación de las Mujeres, vimos cómo la oposición al nuevo presidente se perdía en un mar de gorritos rosa chicle y chillidos de «¡Viva la vulva!» Encarando el Year Two, está claro que no hemos avanzado. Una de las anécdotas del libro de Wolff que más furor ha causado en las redes sociales se refiere a las aspiraciones presidenciales de la edípica y plástica hijísima. Así estamos: Oprah-Ivanka. Fuego o furia. Qué elección.

Artículo publicado en El Mundo el 13 de enero de 2018. 

Foto: CAT. Washington, 22 de enero de 2017.

Coda: Newseum, Washington.

 

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