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El hispanista, el catalanista

La plaza del monasterio de Poblet está desierta. El hispanista John H. Elliott, 86 años, premio príncipe de Asturias, se dirige lentamente hacia la muralla construida hace seis siglos por Pedro IV el Ceremonioso. A su derecha hay unas ruinas góticas cubiertas de hiedra y flores amarillas. Y a lo alto, entre viejas viñas recién brotadas, el palacio renacentista que hoy acoge el Archivo Tarradellas. Elliott espera unos minutos junto a la Puerta Real. «Por aquí, profesor. Ya llega el abad». Se sientan frente a frente en una sala junto al antiguo refectorio de los hermanos conversos. El abad, Octavi Vilá, 56 años, licenciado en Historia, gran crucifijo de madera en el pecho, dispara sin preámbulos:

—¿Ve paralelismos entre la situación actual y la revuelta catalana de 1640?

—Sí, sí, muchos… Sobre todo la profunda división de la sociedad catalana.

—Ah, pero… ¿ve también nuevos conde-duques de Olivares?-Humm…

—Bueno, a ver qué hacen esta vez los franceses.

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El fin que quiere ETA

Primeros días de junio de 2005, en la antigua redacción de El Mundo. Recibo una llamada de La Moncloa. «El presidente del Gobierno quiere verle. ¿Puede ser esta misma tarde?» José Luis Rodríguez Zapatero está en su despacho, un lugar luminoso, fresco, zen. Tiene la palabra blanda y el gesto preocupado. Las víctimas del terrorismo han convocado una segunda manifestación contra su política y cuentan con el apoyo del Partido Popular. Zapatero me mira fijamente a los ojos, como la sinuosa Kaa al porfiado Mowgli: «Confía en mí, sólo en míiiii…» Me asegura que el Gobierno no está negociando nada con ETA y que ETA está prácticamente liquidada: «El próximo terrorista que detengamos será un policía infiltrado». Dieciocho meses más tarde, explota la T4. Y después de la T4 hay otros diez asesinatos.

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Viva la Pepa

Los nuevos liberales españoles se fueron ayer de romería a Cádiz sin aclarar qué ¡Viva la Pepa! refleja mejor su política. Según la Real Academia Española:

  1. Expresión con que se celebraba la Constitución española de 1812, llamada popularmente así por haberse promulgado el día de san José y ser Pepa el hipocorístico de Josefa
  2. Locución interjectiva irónica usada para referirse a toda situación de desbarajuste, despreocupación o excesiva licencia.

En su asamblea de febrero, Ciudadanos cambió su piel ideológica. Albert Rivera decidió eliminar del ideario la referencia al «socialismo democrático» y adoptar el «liberalismo progresista». Yo lo celebré. Algunos de mis amigos fundadores del partido, no tanto. En un artículo en El País, Félix Ovejero se preguntó por el significado exacto de liberal-progresista: «en el mejor de los casos, una obviedad». Y cuestionó la maniobra desde el punto de visto político y electoral. Si el problema más grave de España es la ausencia de una izquierda no sectaria y con sentido nacional; si, como parece, el bonzo centrifugador Sánchez tiene opciones de ganar las primarias socialistas; si las apelaciones a la patria de Podemos se revelaron tan falsas y fatuas como su líder… ¿a qué espera Ciudadanos para decir aquí estoy yo? El pasado miércoles, Ovejero, Fernando Savater y otros referentes de la izquierda anti-identitaria lanzaron una nueva plataforma de socialdemócratas por España. Su iniciativa se suma a la del incombustible Antonio Robles, también fundador de Cs y ahora promotor de un nuevo partido llamado Centro Izquierda Nacional.

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