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La desconexión

Desde el minúsculo aeropuerto de Bahía Blanca hasta la tranquera de Santa María hay unos 60 kilómetros. Un tercio son de tierra; ahora, con el verano ya muerto, pura piedra y polvo. A cada lado, la mirada se abre entre vestigios de trigales y pastos amarillos. Un montecito rasga cada tanto el horizonte. Intento recordar cuántos años han pasado desde la última vez que vine. ¿Diez? No, tienen que ser quince. Antes de emigrar, o de volver, venía cada verano, adolescente y eterno. De pronto, veo el perfil de la gran avenida de eucaliptus. Árbol vulgar, pero querido. «Me acuerdo cuando los plantamos. Papá nos mandaba quitarles los bichos canastos, uno a uno.» Es la voz de mi madre y su recuerdo tiene exactamente 70 años. Atravesamos el túnel ventoso. El coche cruje sobre cortezas y cáscaras secas hasta que llegamos al parque. «Estancia». «Casco». «Parque». Explico a las niñas la jerga del campo argentino y de pronto aparece, detrás de un velo de aguaribays, la casa, tan colonial y romántica. Bajo un techo de dos aguas de chapa gris —en origen era roja—, se extiende una galería ancha de madera blanca abrazada por viejos rosales. En el centro, grabadas con orgullo sobre el muro de adobe, sus fechas: 1883-1923. La casa de Santa María fue construida por los Corbett, una familia escocesa de las que llevaron el ferrocarril al Sur, fertilidad y promesa. Su primer inquilino fue el administrador de la estancia, que entonces tenía unas diez mil hectáreas sin un solo potrero: la última alambrada era el océano. El tiempo, su ruina, ha ido devorándola. Como a todos. Los Corbett tuvieron que vender. Mi bisabuelo compró. Y después de una sucesión y un divorcio, Santa María quedó en manos de mi abuela, que hizo de ella su proyecto de vida y nuestro lugar de encuentros y desencuentros familiares.

Aparcamos donde una vez hubo una higuera. Pregunto por ella. A un lado, el puente de hormigón y hiedra, deshecho, que une la segunda planta —los cuartos de los niños, leoneras— con la libertad. Entramos por el patio de la cocina, siempre revuelto, bullicioso, alegre, junto a la antigua lechería. Huelo la capa de espuma recién ordeñada. La brisa sacude las cortinas a cuadritos blancos y rojos de la fiambrera. Son las mismas de mi infancia. «¡Chicos!» Es Beba. Hace unos días cumplió 99 años y no desconecta jamás.

Los primos se miran, miden y olfatean como animalitos de la misma especie y corren juntos hacia dentro. Los sigo en busca de mi memoria. Todo me sorprende por pequeño y manoseado por la entropía. El office de nuestros desayunos y meriendas, con sus grabados de cacerías inglesas. El salón, custodiado por la pintura irónica del añorado Rómulo: «Van Gogh en la Pampa, Figari de Macció». La escalera, qué miedo nos daba. Y el escritorio del abuelo Pipo: oscuro, adulto, con chimenea, mi favorito.

Salimos al parque y a la luz por la pequeña puerta de la fachada. Dos caballos criollos, las crines como el cepillo de un limpiabotas, cabecean atados bajo un árbol. No llevan silla. Apenas una piel de corderito y una cincha. Los niños se montan y nos dirigimos lentamente hacia el Bajo. Las casitas de ladrillo están vacías. Una sirve de depósito de muebles viejos. De sus paredes todavía cuelgan las literas donde dormían los jornaleros. Primero hubo ovejas, decenas de miles. Luego un criadero de visones: estaba de moda. Ahora sólo quedan unos cuantos novillos para carne. Seguimos hacia la Quinta. ¡Un bosque entero de membrillos! Los haremos esta tarde al horno o en compota.

De pronto, un mensaje en el móvil. «Movistar info: revise su gasto acumulado datos roaming llamando al…». Mejor no llamar y, sobre todo, dejar de acumular. Sé que la consigna popular que tan poco gustó a Borrell se ha hecho por fin realidad en una democracia militante. Que el tal Torrent se ha confirmado como el brazo tonto de la legitimidad. Que comandos de falsos republicanos no acaban de atreverse con la violencia abierta: en Cataluña sigue vigente la mentalidad soixante-huitarde de la revolución gratis total. Y que el Gobierno de España se ha ido de vacaciones. Yo también. Sin Wifi, sin Orbyt, sin Kiosko, sin Gmail y, por supuesto, sin Twitter. Durante 48 horas deambulo como una adicta: ávida, famélica, todos mis automatismos a cuestas. Pero luego desconecto. Yo sí.

Almorzamos a la sombra de las acacias sobre un mantel de hilo. Beba, en su silla de ruedas, con unas grandes gafas negras, qué guapísima era. La mayor de cuatro hermanas, nieta de Cayetana de Álzaga y heredera de su fuerza. Llegan los choripanes y luego el cordero a la cruz, cristal jugoso. Beba apenas oye y, cuando habla, todos callan. Evoca una Argentina de camas con mosquitero y camisones de piel de ángel. Un país que empezaba a creerse condenado al éxito pero que todavía no se había tumbado en el diván. Desde Buenos Aires llegan noticias de manifestaciones a favor de la memoria histórica y contra el aborto. Todo muy convencional. Una de mis primas, limpia y politizada, despotrica contra Cristina Kirchner. La ahora senadora está acusada de pactar la impunidad de Irán en el atentado contra el centro judío AMIA —85 muertos, 300 heridos— y de robar miles de millones de dólares: el enésimo desfalco patrio perpetrado en nombre de la justicia social. Comento que, precisamente estos días, Pablo Iglesias pasea su retropopulismo por Buenos Aires y que se ha hecho una foto con la desaforada, espero que pronto también en el sentido jurídico. Me explican que, de momento, la principal baza política de Macri es la división del peronismo. Y me acuerdo de Rajoy. Y también de Rivera y de Aznar. Los tres visitan Argentina en abril.

Los niños quieren ir a pescar y los niños hoy mandan. Cortamos unas ramas y les atamos tanza, anzuelo, corcho y plomada. En una bolsa, la carnaza; en otra, tortas negras: pan tierno bajo una costra de azúcar quemada. El río se llama Sauce Grande. Es estrecho y manso, y lo atraviesan álamos muertos; toca la espalda de la casa y luego se pierde hacia las quebradas. Nos abrimos paso entre los árboles hasta alcanzar una zona de hierba fresca, despejada de cardos. Tenemos poca fe, pero a ver quién se la quita a ellos. Tiramos las cañas. Pasan varias familias de patos, un carpincho remolón y… ¡Pica! ¡Picaaaa! El balance de la tarde son cuatro dientudos, tres bagres y un pez rarísimo del que Casimira, presunta experta, sentencia: «Piraña». La infancia estalla.

Cuando cae la noche, cae también el viento norte en la playa de Pehuen-Có, a unos veinte minutos de Santa María en coche. Fuera de temporada, el pueblo merece una banda sonora de Ennio Morricone. En el único bar abierto, España golea a Argentina. Y del barco hundido ya sólo quedan dos perfiles oxidados, que se confunden con las rocas. Los valientes se bañan. Los demás paseamos hasta los médanos y juntamos caracolas blancas, intactas, inverosímiles. Como la que Amadeo Vives se acerca al oído en la última escena de una de las obras más sublimes y poéticas de Boadella. Albert… El sábado —hoy para ustedes— habrá acto de desagravio en Jafre, su pueblo. Necesito Wifi.

Artículo publicado en El Mundo el 31 de marzo de 2018. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tranquilas, chicas

¿Qué es peor? ¿Señalar a una mujer o a un inmigrante? No lo pregunto por la presunta asesina Ana Julia Quezada, que reúne las dos condiciones y, además, la de negra, y de ahí el lío político-mental que se han hecho algunos portavoces de nuestra hipertrofiada progresía: demasiada minoría para tan poca bondad. La cuestión se ha planteado esta semana en el Reino Unido con motivo de una exclusiva del Sunday Mirror: cientos de niñas y adolescentes de la localidad obrera de Telford fueron sometidas a los peores abusos —drogadas, golpeadas, violadas, comercializadas— por bandas de hombres «de procedencia asiática». Sin eufemismos: paquistaníes, musulmanes. Los abusos empezaron en los años 90 y en algunos casos acabaron en funeral. Lucy Lowe —13 años cuando la engancharon— tomó la píldora del día después hasta dos veces por semana durante más de un año. Se quedó embarazada, abortó y a los 16 murió junto a su madre y su hermana cuando su torturador prendió fuego a su casa. Los profesores, los servicios sociales, la policía… Mucha autoridad conocía la cara b de Telford. Ninguna hizo nada. Y cuando un agente y una trabajadora social amagaron con acudir a la prensa, fueron castigados: «¡A casa y a callar!, que ellas son putitas y a nosotros nos llamarán racistas».

El silencio de Telford se une a los de Rotherham y Rochdale. Y al de Colonia en Nochevieja. Y a tantos otros que aún no conocemos a pesar de la catarsis feminista. Seis meses lleva ya en marcha y de moda el #MeToo. Según nos ha informado con goloso detalle este periódico, la ola lila ha llegado hasta Corea del Sur. Balance provisional: un actor admiradísimo, auto-ahorcado en su garaje; un candidato al Nobel de Literatura, expulsado de su universidad y hasta de su pueblo; un ganador del León de Oro, reducido a esquirlas de hojalata. Y sobre todo mucho, mucho clic, clic. Los ángeles caídos son carne de portada; unas chicas lumpen violadas por musulmanes, no tanto. Ni una sola de las glam actrices anglo que han denunciado a sus paradigmáticos depredadores «para proteger a otras niñas del machismo represor» han abierto la boca sobre Telford. Los mismos medios que dedicaron suplementos especiales a analizar si la mano del ministro Damian Green había rozado mucho, poquito o nada la rodilla de la periodista Kate Maltby apenas han encontrado hueco para las historias, concretas y atroces, de casi mil víctimas. El caso más ridículo, por decir algo, ha sido la BBC.

Las víctimas de Telford, o mejor dicho sus victimarios, no encajan en el perfil #MeToo. No son machos blancos poderosos. Ministros conservadores. Weinstein. O, uf, qué gozada, ¡Trump! No son exponentes del heteropatriarcado. Son una micro-minoría, otro colectivo a sobreproteger, la primera categoría víctima del rodillo occidental. En Francia ocurre estos días algo parecido. El presidente Macron anunció mano dura contra la violencia sexual, incluidas multas para el acoso verbal en la calle. Todo le monde aplaudió, hasta que alguien, ligeramente incómodo, apuntó que el piropo agresivo ya no es monopolio del albañil francés sino del joven musulmán. Y se hizo el silencio. En una sociedad carcomida por la obsesión identitaria sólo hay una cosa peor que el machismo: la islamofobia.

Pero volvamos a España. Y sobre todo vayamos a los datos. Fuente: La política criminal contra la violencia sobre la mujer pareja, 2004-2014 (Tirant lo Blanch, 2017), de J. L. Ripollés, A. I. Cerezo y M. J. Benítez. Capítulo 3.c.1: Las inmigrantes sufren hasta tres veces más agresiones de sus parejas que las españolas. Y los inmigrantes agreden hasta tres veces más a sus parejas que los españoles. Y l@s extranjer@s que más sufren y más agreden, en una proporción elevadísima, son l@s latinoamerican@s y l@s magrebíes. Y esas agresiones tienen una relación directa con la pobreza y la marginalidad. Nada nuevo bajo el sol, salvo que estos datos permanecen en la sombra por decisión de las élites políticas y mediáticas. En su infinita condescendencia, los medios no cuentan los hechos al público, sino que negocian entre los hechos y el público. Hasta el punto de que, a veces, incluso se transmutan en público. Pocos ejemplos más embarazosos —y perdonen el adjetivo, compañeras— que el 8-M, con sus periodistas feministas, huelguistas, protagonistas de la noticia. Y la verdad, a la espera de tiempos peores.

¿Se acuerdan del Sida? No quisimos reconocer que afectaba sobre todo a hombres homosexuales. Nuestra corrección política fue para muchos una condena a muerte. Hasta que llegó la verdad, terapéutica. Lo mismo ocurre con el vínculo biológico entre masculinidad y violencia, y con la relación cultural entre violencia e inmigración. No se asume la evidencia. No se debate con madurez. No se identifican los grupos de riesgo. No se aplican terapias específicas. No se resuelve nada. Y todo se agrava. Porque la verdad proscrita siempre acaba reapareciendo. En forma de disturbio social o de explosión institucional, a lo Brexit y otras involuciones. El populismo es la venganza que la realidad se cobra sobre la corrección política. Y es una venganza caliente.

El populismo pulveriza los tiempos braudelianos. Es la minuscule durée. La urgencia febril. El tuit. No admite el medio o largo plazo, con su probada capacidad para atenuar la barbarie e impulsar la civilización. Grita: ¡Esto se resuelve así! ¡Abajo las élites! ¡Abajo el sistema! Abajo los de arriba y fuera los de fuera. Las mentiras de los ultracorrectos fecundan las mentiras de la incorrección ultra. Ayer leí el discurso de Marine Le Pen en el reciente Congreso donde fue reelegida como líder del Frente Nacional. Son veinte folios de falsedades hábilmente apiladas sobre las vacilaciones de sus adversarios. Una siniestra pira nacionalista en cuyo centro arden los derechos individuales y la paz europea:

  • «Debemos anteponer el nosotros al yo».
  • «La transmisión del alma y de la identidad de Francia es un deber sagrado».
  • «La inmigración legal tampoco es sostenible».
  • «Para imponer su modelo, la Unión Europea está dispuesta a todas las violencias, a todas las brutalidades, a todos los cinismos».
  • «Ha llegado la hora de la gran clarificación política. No sólo en Francia, sino en toda Europa el enfrentamiento izquierda/derecha ha sido sustituido por el enfrentamiento nacionales/mundialistas. Entre uno y otro, no habrá nada».

Debe haberlo. Y para que lo haya, lo primero es desmentir la frase de Hélie de Saint Marc que cita con fervor Le Pen y que comparten tantos presuntos progresistas: «No hay verdades tranquilas». Sí las hay. De hecho, la verdad sólo es tranquila. Y en su tranquilidad, radicalmente exigente. Incompatible tanto con el silencio como con el sensacionalismo. Sólo apta para políticos y periodistas que estén dispuestos a asumir hoy el coste de tener razón también mañana.

Artículo publicado en El Mundo el 17 de marzo de 2018. 

Foto: Un paseo por la Gran Vía. CAT.

 

 

«Que la muerte no te coja muerto»

En su nuevo libro –La llamada de la tribu (Alfaguara), un paseo luminoso y amable por la vida y obra de los siete pensadores liberales que más le han influido- Mario Vargas Llosa incluye la siguiente cita del sabio Isaiah Berlin: «Es aburrido leer a los aliados, a quienes coinciden con nuestros puntos de vista. Más interesante es leer al enemigo, al que pone a prueba la solidez de nuestras defensas». Si es así, todavía más aburrido será leer la conversación entre dos aliados. Entre dos personas que comparten la misma doctrina -el liberalismo-, la misma grave opinión sobre el primer problema español -el nacionalismo- y hasta la misma plataforma de acción -Libres e Iguales-. Quizá por eso opté por no preguntar a Vargas Llosa sobre lo mucho en que coincidimos, sino sobre un asunto en el que discrepamos. Y luego la conversación derivó hacia la pasión y la muerte.

¿Por qué apoyó la huelga del 8-M?
Porque es verdad que hay un machismo terrible, una grave discriminación de la mujer, sobre todo en el mundo nuestro.
¿En qué mundo nuestro?
El mundo hispánico, latino. Aquí el machismo está mucho más presente, es más vigoroso en la vida cotidiana, que en el mundo anglosajón o en el mundo nórdico.
Hay más mujeres asesinadas por sus parejas en los países nórdicos que en España.
Bueno, pero las apariencias se guardan mejor.
Si nos basamos en las apariencias operamos sobre una ficción.
En el mundo latinoamericano las mujeres son pateadas. El machismo se manifiesta no solamente en los sectores más humildes. También en la clase media y en la más poderosa. Es una realidad difícil de superar, porque cuenta con siglos de tradición. África, América Latina… prácticamente medio mundo.
América Latina, sí. África, desde luego: ahí el islam somete a las mujeres por doctrina y por sistema. ¿Pero en España? Hay un consenso unánime contra el machismo y a favor de la igualdad como principio y objetivo. Si a la manifestación se sumó hasta la Virgen María…
El 8-M es la demostración de que España ya no es un país subdesarrollado.
¿Lo era antes del 8-M?
Hay una cultura nueva. España es hoy un país del siglo XXI. Más libre, más moderno, más democrático. Ha superado muchas de las taras que arrastraba. Esta movilización no hubiera sido posible hace 20 o 30 años, y menos hace 50.
Entonces el 8-M debió ser una celebración y no una protesta contra el presunto sistema heteropatriarcial.
Usted está hablando desde la perspectiva de una minoría muy pequeñita. La que forman las mujeres que ya no sufren el machismo, por su cultura o por su entorno.
¡Las abejas reinas!
En España son un porcentaje ínfimo. El grueso de las españolas, de distintas clases sociales, todavía sufren el machismo. Son víctimas en el campo económico, en el social…
Hay más mujeres que hombres en las universidades. El fracaso escolar es mayor en los hombres que en las mujeres. Las mujeres destacan en la política, el periodismo…
Todo esto demuestra que la mujer tiene que hacer un esfuerzo mucho mayor que el hombre para obtener representatividad, visibilidad.
‘El País’ ha publicado un estudio de la Universidad de Georgetown y el Instituto para la Paz de Oslo que dice que España es el quinto país del mundo en bienestar de las mujeres. Por encima de Finlandia, Holanda, Francia…
¡Pero España no es el paraíso!
¡Tampoco de los machistas! ¿Ha leído el manifiesto de las convocantes de la huelga?
Es un manifiesto torpe y sectario. Decir que el capitalismo y el liberalismo son los culpables del machismo es una estupidez y una ignorancia crasa. Pero el manifiesto sólo representa a una parte ínfima, sectaria y dogmática, que opera con lugares comunes ideológicos. Y que no podrá aprovechar esta movilización para ganar nada.
Se refiere a Podemos.
Podemos parecía un torrente capaz de abrazar a prácticamente todo el electorado. ¿Y qué ha sucedido? Ha ido encogiéndose, porque ya no representa a este país. España ha dado un salto extraordinario. Se ha modernizado. Se ha convertido en un país verdaderamente europeo. Una organización con la mentalidad y la ideología de Podemos ya no cabe en España, es marginal. Yo creo que con el movimiento feminista va a ocurrir algo parecido a lo que pasó con los indignados.
El 8-M, otro 15-M.
No creo que la organización sectaria y dogmática que está detrás de la huelga vaya a dominar al movimiento de millones de mujeres que por distintas razones han salido a la calle a manifestarse.
Veremos. En todo caso, hay una instrumentalización. Y su trasfondo es corrosivo. El feminismo de tercera ola está contaminado precisamente por la ideología que combatieron los protagonistas de su libro: el colectivismo, la anulación del individuo, su sometimiento a una tribu, en este caso sexual.
Lo explicó bien Popper, uno de mis referentes: no existen identidades colectivas, sólo individuales. Y si existieran habría que negarlas, combatirlas y destruirlas.
El nuevo feminismo tiene una visión monolítica de la mujer. A la que discrepa, la lincha.
Ese feminismo no interesa. Ese feminismo no trae progreso. A ese feminismo hay que combatirlo. Porque las políticas identitarias son peligrosísimas y profundamente antidemocráticas. Tú no puedes encarcelar a una persona, ni dentro de la religión, ni dentro de la lengua, ni dentro del sexo. Hay que romper ese tipo de barreras. Y ese combate ha de ser activo y alerta. Porque muchas veces la ideología se metamorfosea y reaparece detrás de banderas perfectamente válidas y legítimas.
¿Qué le pareció el manifiesto de las francesas en respuesta al #MeToo?
Un manifiesto de francesas liberadas. Perfecto: yo estoy de acuerdo con ellas. Creo que es muy importante que el flirteo no desaparezca. Sería tristísimo vivir en una sociedad en la que no se puede enamorar a una mujer por miedo a que te denuncien por acoso. Un congelamiento sentimental… Eso no lo quiero. Pero ese manifiesto está dirigido a una minoría liberada. A un sector muy minoritario, incluso dentro de la sociedad francesa.
¿Francia, machista? Efectivamente, según lo datos, ¡algo más que España! Pensar que su generación se escapaba a Perpiñán a ver ‘El último tango en París’…
Cualquiera tiene derecho a escoger el puritanismo en su vida sexual. Como cualquiera tiene derecho a escoger el placer. Lo inaceptable es la imposición.
Según la doctrina del #MeToo, si un hombre me pone la mano en la rodilla, yo soy una víctima y el hombre, un agresor. ¿Eso no es paternalismo, puritanismo y exageración?
Usted es una mujer libre e independiente. Y cuando un señor le toca la rodilla, sabe si quiere que se la toque o no, y actúa en consecuencia. Hay mujeres que no están en condiciones de responder. Fíjese, anoche cenábamos con una pareja. La señora, de la que yo hubiera dicho que es una mujer independiente y liberada, nos contó su experiencia en su primer trabajo. A pesar de ser graduada universitaria, ella estaba nerviosa e insegura. Al tercer día, el jefe le metió la mano y ella se quedó paralizada, sin defensas, no supo cómo actuar ni qué decir. Fue sometida a un acoso brutal, que al final la llevó a renunciar. Una mujer culta, preparada, con una carrera… completamente paralizada porque le tocaron la rodilla. ¿Eso es raro?
Cada vez más raro.
Yo creo que es habitual. Y que la gran mayoría de las mujeres no está en condiciones de enfrentarse a una situación así.
Es una visión pesimista de las mujeres, como seres débiles, y de los hombres, como agresores sistémicos.
Los hombres que tocan las rodillas a las señoras viven en un ambiente cultural que lo considera perfectamente lícito.
Pero ese ambiente cultural ha cambiado. También en España. Hemos avanzado.
En Perú, incluso hoy, apenas el 1% de las mujeres serían capaces de actuar libremente en una situación así. Y algo parecido ocurre en las sociedades más modernas.
El nuevo feminismo refuerza una tendencia del ser humano, típica de nuestro tiempo: el victimismo. Lo están denunciando con valentía mujeres liberales como Ayaan Hirsi Ali y científicos como Susan y Steven Pinker.
El victimismo es una trampa peligrosa. Pero es cierto que, en general, las mujeres tienen muchas menos posibilidades de elegir su propio destino que los hombres. Ocurre de forma exagerada en los países musulmanes. Pero también en Europa, donde la igualdad está teóricamente protegida por ley.
En España, la igualdad salarial lo está desde 1980.
Pero en contra de esa legalidad actúan las tradiciones.
Lo que más influye es la maternidad, que no es exactamente una tradición.
La maternidad es un factor muy importante, pero no puede ser una justificación de la desigualdad.
No. Pero, como podría haber dicho Berlin, la maternidad y la carrera profesional son dos bienes que a veces entran conflicto. Las mujeres tienen que escoger. Es su libertad. Su responsabilidad. Y su grandeza. Y muchas eligen en contra del canon feminista. En Holanda, por ejemplo.
Es su derecho. Si una mujer no quiere trabajar, y prefiere dedicarse enteramente a los niños, y tiene los medios para hacerlo, hay que respetar su libertad. El problema es que muchas no tienen los medios.
Cierto. Por eso se piden políticas de conciliación, permisos de paternidad… ¿Sabe que las mujeres prefieren las profesiones vinculadas a las personas y los hombres, a las cosas y que eso afecta a las diferencias en el empleo?
Pero eso es puramente cultural. Eso no es biológico.
Hablo de datos científicos.
La ciencia no es pura; es impura. Lo mismo ocurre con la biología. La cultura dominante ejerce sobre todas las ciencias una presión que afecta a la interpretación de sus datos.
Pero si ahora la cultura dominante es precisamente la corrección política. Los científicos americanos están sometidos a presiones brutales de los lobbies identitarios.
La pregunta es: ¿creemos que los seres humanos son libres o no? Si creemos que no lo son, que hay unos condicionamientos irresistibles e irreversibles que determinan sus biografías, pues no hay nada más que discutir.
Una cosa es tener libertad y otra distinta ser una tabla rasa, producto sólo de la cultura. Esa es la vieja visión de la izquierda.
Yo creo que nacemos con muchas predisposiciones, tendencias, que luego la cultura, el ambiente y la tradición pueden orientar, frenar o acelerar. Y por eso somos libres.
Y en su vida usted no sólo ha pensado con libertad. Ha vivido con libertad, lo cual es todavía más difícil. Hablemos de eso. En su libro compara la visión de Berlin, «limpia, sana, armoniosa», con la de Bataille, «sombría, confusa, ardiente». Y dice: «Tengo la sospecha de que la vida es probablemente algo que abraza y confunde en una sola verdad, en su poderosa incongruencia, esos dos enemigos».
Si usted lee a Berlin, el predominio de la razón es indiscutible. Sin embargo, este hombre, tan claro en sus ideas y principios, a partir de los 50 años entró en una especie de locura sexual. En una especie de negación del orden, la armonía y la serenidad.
La irracionalidad que describe Bataille
Bataille demostró que llevamos dentro no sólo ángeles sino también demonios, y que muchas veces estos últimos se imponen. Berlin, Ortega y Gasset, Raymond Aron… Tan claros, ordenados y racionales. Cuando los lees parece que han olvidado o logrado reprimir esa otra dimensión de la vida. Creo que es su principal limitación. Porque esa otra fuerza existe, está ahí, en nosotros. Yo la siento. En mi vida muchas veces ha irrumpido de una manera tormentosa y no he podido reprimirla.
¿A qué se refiere?
El amor, la pasión… las pasiones de distinta índole, son capaces de poner todo patas arriba. Sin embargo, no podemos reprimirlas porque no podemos negar lo que somos. Evidentemente, hay unos límites que uno no debería traspasar. Pero son difíciles de fijar desde la distancia, desde fuera… Imposible.
Es una decisión individual y exige coraje, supongo.
No sólo eso. Puedes tomar la decisión, pero puedes equivocarte y esas equivocaciones arrastran consecuencias.
Eso es la libertad.
Eso es la libertad. A veces es la vida la que te empuja en una dirección determinada. Eso puede ser trágico o desgraciado. Pero cuando tú tienes la posibilidad de reinventarte a través de una decisión, de un acto voluntario, eso es un ejercicio puro de libertad. Corres riesgos, sí. Pero al mismo tiempo todo eso le da a la vida una intensidad que de lo contrario no tendría. Qué horrible sería que no tuviéramos que tomar decisiones difíciles, incluso desgarradoras. Qué cosa tan aburrida y triste sería la vida. Qué maravilloso, en cambio, cuando ante la pregunta: «¿Está todo claro?», la vida contesta: «No, no lo está». Cuando parece que la vida avanza segura, ordenada, previsible sobre un carril y, de pronto, estallan las bombas o aparecen los abismos. Eso también es hermoso. Porque en última instancia eso es lo que nos hace libres.
Dará vértigo.
Por supuesto. Pero nos permite decir: Yo también soy eso. Forma parte de una mirada liberal. Si reconoces la libertad del individuo, tienes que aceptar que hay en él un margen de imprevisibilidad tan grande como el de la propia sociedad.
No siempre se acepta. Se confunde el liberalismo con la pura racionalidad. Y se emiten juicios morales.
Sí, muy fuertes. Pero al final haces las sumas y las restas, y es mejor el riesgo, la incomprensión, incluso el error, a nacer programado.
En el libro, siguiendo la clásica distinción de Berlin, dice de sí mismo que es un «zorro que envidia a los erizos».
Sí, porque el erizo tiene la vida tan organizada, lo tiene todo tan claro.
Lo dice aludiendo al sufrimiento y a la muerte.
Los creyentes, crean en lo que crean, mueren con menos angustia que los que estamos en la incertidumbre.
En un artículo dedicado a su amigo Fernando de Szyszlo dijo: «El mundo a mi alrededor se va despoblando y quedando cada día más vacío». ¿Piensa en la muerte?
No. Digamos: no, cuando estoy trabajando. Si tengo un proyecto -y procuro estar permanentemente ilusionado con un proyecto- soy invulnerable a la idea de la muerte. Siempre he pensado: lo ideal es que la muerte te coja vivo. Que la muerte no te coja muerto, porque nada hay más terrible que morirse en vida. Nada me produce más lástima que ver a un ser humano que está esperando la muerte cuando en realidad ya murió.
Los hay que llevan mucho tiempo muertos antes de morir.
Los que nunca han vivido. Qué cosa terrible. Por eso procuro tener proyectos, no dejar nunca de trabajar. Me gustaría que la muerte me sorprendiera así. Uy. Y entonces pasas directamente a la nada, a la extinción de la vida viviéndola.
¿Piensa escribir un segundo volumen de memorias?
No. Escribí El pez en el agua porque tenía una gran confusión sobre lo que había vivido. Quería entender mi etapa como político y la mejor forma de entender las cosas es escribiéndolas. Fue una experiencia catárquica. Me liberé de todo lo que tenía en la cabeza. Pero no quiero escribir una segunda parte. No quiero escribir unas memorias. Porque, mal que mal, todavía estoy viviendo y me conviene mantenerme vivo. Si escribes unas memorias, de alguna manera has cerrado el ciclo. Estás diciendo: ya se acabó, esto se acabó.
El otro día le pidieron que se definiera. No quiso.
Que me definan mis actos, mis conductas. Definirse es siempre un acto de vanidad o de falsa modestia. Y además nunca te conoces de verdad. Nunca del todo. Siempre hay…
Una sorpresa.
Algo imprevisible en ti. Y siempre que me pasa, pienso: ¿Este también soy yo?
Y la gente te reprocha: jamás hubiera imaginado que tú ibas a decir o hacer algo así.
Me ha ocurrido muchas veces.
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