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Gasecito

El nuevo portavoz del PSOE en el Senado se llama Ander Gil y hace unos días hizo unas declaraciones de interés. No me refiero a su comparación entre la bomba de racimo plurinacional sanchista y el modelo territorial australiano. Tiene más gracia y relevancia, como termómetro de la degradación intelectual del PSOE, la analogía boliviana de su bolivariana jefa Lastra: de Alfonso a Adriana y menguando. Me refiero al argumento que esgrimió el portavoz para justificar la icetización terminal del partido: «Hay que ofrecer una vía de salida a un debate que aburre muchísimo a la gente». Está bien visto. El «aburrimiento de la gente» se ha vuelto un factor determinante en la política. Es la gran coartada de los cobardes. Y es también un efecto colateral de la nueva democracia mediática. La política ha quedado reducida a palabras —a marcas— que ganan o pierden espacio público en función de su capacidad para mantener vivo el interés del ciudadano-consumidor. Ha ocurrido con ETA: basta mencionar sus siglas, o incluso a sus víctimas, para que el interlocutor ponga los ojos y la mente en blanco. Ocurre con Cataluña: «¡Vuelve a la corrupción que baja el share!», urge el productor a la presentadora a través del pinganillo. Y ocurre con Venezuela, en un grado creciente y potenciado por el doble y paradójico efecto de la distancia y de Podemos.

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La abeja Maya

El 10 de febrero de 2009, la entonces presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, intervino ante el pleno del Congreso de los Diputados español, un privilegio reservado a los jefes de Estado extranjeros. Yo era entonces diputada del Partido Popular y asistí a aquella sesión con una mezcla de vergüenza patria y vergüenza de género. La identidad, como sabe el verdadero Savater y no el avatar que Pablo Iglesias arrojó a la cara de Albert Rivera, es una trama. En mi caso, transatlántica. Pero a la palabra «trama» volveremos después. La cuestión es que la señora Kirchner quiso hacerse notar. Y vaya si lo logró. Rompiendo el protocolo, que es como decir el respeto, decidió hablar sentada, con un codo apoyado en la tribuna. El dedo levantado. El desparpajo encendido. La vetusta verborrea comunista. El elogio impúdico de su marido, zurcido a la reivindicación acomplejada de su propia autonomía como política. La vehemencia. La condescendencia. La vulgaridad. Cuando por fin acabó, me incorporé. Supuse que nos veía a los diputados españoles como descendientes de mataindígenas y a sí misma, como la encarnación híbrida de Evita y Perón. Y en un rapto de nostalgia porteña me conmoví: he aquí una víctima del cruce entre el rancio-feminismo y Rousseau. El mismo que segrega la portavoz de Podemos.

La intervención de Irene Montero en la fracasada moción de censura contra el presidente Rajoy ha causado sensación. Es lógico: el machismo sigue tan arraigado en la sociedad española que pocos se han atrevido a juzgarla en sus justos términos. Como lo que es: un discurso político. Un texto sin sexo. Así hay que verlo. O, mejor aún, leerlo: ciegos a las formas, atentos sólo al contenido. Por resumir, la señora Montero traía en su tebeo tres titulares: el PP es un sucio misógino; el PP es una organización criminal; y el PP es un búnker fascista porque se opone al referéndum secesionista catalán. Su conclusión fue que España sufre una situación «de absoluta excepcionalidad, de emergencia democrática». Como Cuba o Venezuela, digamos. Y que «el tiempo del PP se ha acabado». La portavoz Montero todavía no ha comprendido que, si hay un parecido entre Franco y Rajoy, es su prodigiosa capacidad de perpetuación. Con esta oposición, otros 20 años.

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