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Politics and Reform in Spain and Viceregal Mexico. The Life and Thought of Juan de Palafox, 1600-1659. (Oxford Historical Monographs, Oxford University Press, 2004).

Review by Joan Menzar, Renaissance Quarterly, Volume 59, Number 1, Spring 2006.

Juan de Palafox, obispo y virreyColección ‘Los Hombres del Rey’ (Marcial Pons, Ediciones de Historia, 2011). Con un prólogo de Sir John H. Elliott.

Índice y algunas páginas.

Reseña de Oscar Mazín, Historia Mexicana, Vol. 63, No. 2 (250), (octubre-diciembre, 2013), pp. 903-912

Reseña de Luis Ribot, El Cultural, 22 de julio de 2011.

 

 

Presentación de Juan de Palafox, obispo y virrey. Madrid, 19 de noviembre de 2010.

Quiero empezar dando las gracias. En primer lugar, a Sir John Elliott. Por haber hecho el esfuerzo de estar con nosotros hoy en Madrid presentando la colección “Los Hombres del Rey”. Y siento mucho que esta vez Lady Oonah no haya podido acompañarnos. Por haber escrito un magnífico prólogo, que ni mi libro ni yo merecemos. Y tercero, porque si no hubiese sido por él, este libro no existiría.

Tuve el privilegio de contar con Sir John como “supervisor” en la Universidad de Oxford. Fue un director de tesis exigente y generoso. Riguroso y a la vez paciente. Su erudición, ecuanimidad, precisión y lucidez fueron para mí un ejemplo y una inspiración permanentes. Y quiero decir que lo siguen siendo ahora que me dedico a otros menesteres, digamos algo más prosaicos. Creo que Sir John ha perdonado ya mi traición a Clio con el periodismo. Lo que no tengo tan claro es si me perdonará mi posterior paso a la política… En todo caso, quiero decir que mi gratitud hacia él es infinita. Como lo es también mi admiración.

En segundo lugar, quiero dar las gracias a José Luis Colomer y a Carlos Pascual por incluir mi libro en esta estupenda colección. Es un libro escrito en inglés y publicado hace ya seis años en el Reino Unido. Había que conseguir los derechos de Oxford University Press. Que no fue fácil. Y había que encontrar un buen traductor. Que tampoco fue fácil. Gracias a su empeño y perseverancia, por fin este libro podrá ser leído en la lengua de sus protagonistas y de sus destinatarios naturales.

Por último, quiero agradecer de manera especial a Isabel Durán, del Centro de Estudios Europa Hispánica, por su paciencia y sensibilidad a lo largo del proceso de edición.

No voy a narrar aquí la vida de Juan de Palafox. Al que le interese, que compre el libro. Al menos tres de los presentes se lo vamos a agradecer muchísimo. Sólo diré dos cosas: primero, que fue un gran reformador en un tiempo poco propicio para grandes reformas. Y segundo, que su turbulenta vida giró en torno a la que sigue siendo la gran cuestión de España: cómo gobernar, cómo hacer efectiva la decisión política, en una Monarquía compuesta.

El desafío al que se enfrentaban los hombres de Felipe IV, entre ellos Palafox, no tenía equivalente ni precedentes: estaban llamados a defender una herencia no sólo extraordinariamente diversa, sino además tremendamente dispersa: entre el centro del imperio y su más remota periferia se abrían miles de kilómetros de distancia y largas semanas de ardua e incierta navegación. En este sentido, este libro es una respuesta al llamamiento, realizado hace ya algunos años por Sir John, a superar la visión fragmentaria que caracteriza a las historiografías española e iberoamericana, adoptando una mirada amplia, de conjunto, auténticamente trasatlántica sobre el mundo hispánico.

Inmenso y peligroso, el Océano Atlántico no actuó, sin embargo, ni como frontera ni como cordón sanitario. La crisis europea del siglo XVII repercutió sobre los virreinatos americanos y a su vez los acontecimientos en las Indias influyeron sobre el desarrollo de la crisis y sobre el devenir de España en Europa. Fue un proceso de intercambio e influencia mutuas en el que intervinieron tanto los hechos concretos (las hazañas militares, la rebeliones, la recesión, las crisis fiscales…) como las ideas. Y la mejor prueba de ello es la vida de Palafox.

Casualmente, la publicación de este libro coincide con la beatificación de Palafox. Será la culminación de un largo proceso impulsado por sus muchos y tenaces partidarios, algunos de los cuales comparte escaño conmigo en el Congreso de los Diputados. No discutiré la justificación de este reconocimiento al obispo de Puebla. Sólo espero que no contribuya a hacer más espesa la bruma que sigue rodeando a un personaje del que don Antonio Domínguez Ortiz se preguntó, perplejo: “¿Soberbia o santidad?”.

El enfrentamiento de Palafox con los jesuitas a cuenta de un asunto objetivamente menor generó en su día una gigantesca polémica cuya principal consecuencia es que la aportación más importante, valiosa y original de Palafox ha quedado sepultada bajo toneladas de maniqueísmo. Esa aportación es su proyecto político. Un proyecto de reforma y regeneración de gran envergadura, en algunos aspectos, visionario; en otros, equivocado; y en última instancia, condenado al fracaso.

Ideológicamente, y como buen aragonés de su tiempo, Palafox era un pactista, capaz de aunar una firme defensa de la diversidad jurídica y política de la Monarquía española con una inquebrantable lealtad a la corona. El concepto que informa todo su credo político es la Justicia. La Justicia como fuerza legitimadora de la autoridad y como único elemento capaz de mantener unida esa suma heterogénea de reinos, territorios y voluntades que era la Monarquía española de la época.

La agenda reformista aplicada por Palafox en Nueva España es, en este sentido, una enmienda a la política de quien había sido su principal mecenas y valedor, el conde-duque de Olivares. El fracaso de la Unión de Armas, las rebeliones de Cataluña y Portugal, y el descontento que percibe en América ante las crecientes exigencias económicas de la corona distancian a Palafox de Olivares y le convencen de que es necesario un cambio de rumbo radical.

Palafox teme por la supervivencia del imperio español en las Indias y se propone llevar a cabo una drástica reforma de gobierno virreinal con el objetivo de reequilibrar la relación de la corona con sus súbditos americanos sobre el concepto de la reciprocidad: otorgar más poder a la élite local –los criollos- a costa de una burocracia virreinal cada vez más desacreditada por su apego a la corrupción y su desapego hacia el territorio cuya administración tiene encomendada

Palafox propone dos reformas de gran calado: la primera consiste en incrementar la participación de los criollos en la administración de la Monarquía a costa de los peninsulares. La segunda es sustituir a los alcaldes mayores nombrados a dedo por el virrey por alcaldes ordinarios elegidos por y entre los criollos de cada municipio.

El proyecto de Palafox era revolucionario. Suponía sustituir el sistema vigente, basado en la concentración de poder y patronazgo en el virrey, por un modelo de gobierno más descentralizado en el que la corona concedía a los criollos autonomía política a cambio de lealtad. Para Palafox, descentralización y lealtad eran las dos caras de la misma moneda. Los dos ejes vertebradores de una Monarquía que, siendo compuesta y trasatlántica, debía ser, en su opinión, también pactista.

El impacto de las reformas de Palafox fue brutal. Su enfrentamiento con los poderes establecidos, empezando por los dos virreyes con los que coincidió, fue implacable, sin concesiones y hasta sus últimas consecuencias. Es decir, hasta la derrota de Palafox.

La aguda crisis financiera de la corona, la sucesión de reveses militares, la amenaza de nuevas rebeliones: todo conspiraba a favor de la consolidación de las Indias como fuente de recursos a la que había que seguir exprimiendo en aras de la supervivencia de la Monarquía en Europa. Pero, además, desde el punto de vista de la corona: ¿qué garantías ofrecían las reformas de Palafox? ¿Quién le aseguraba al Rey que los criollos, potenciada su autonomía, seguirían siendo política y fiscalmente leales a un gobierno situado en un remotísimo Madrid?

Felipe IV y sus consejeros optaron por mantener el statu quo. Tras su enésimo enfrentamiento con el virrey Salvatierra, Palafox recibe órdenes tajantes de abandonar las Indias. Una vez en España, es desterrado al modesto obispado de Osma en la actual provincia de Soria, donde permanece, una triste figura, hasta su muerte en 1659.

Palafox fracasó. Sin embargo, ese fracaso no resta interés a una vida salpicada de episodios dignos de una novela de aventuras: Sus oscuras maniobras para conseguir la destitución del virrey Escalona bajo falsas acusaciones de estar en liga con el rebelde Braganza para proclamar un México independiente. El tumulto de Puebla que obliga a Palafox a huir bajo el manto de la noche y refugiarse en la finca de un criollo amigo. Escondido en un cuartucho, cuya entrada permanecía oculta detrás de un cuadro, escribió al Rey algunas de sus más demoledoras críticas contra el sistema virreinal. O la polémica generada por los asombrosos escudos que el obispo dejó colgados en el centro de la flamante catedral de Puebla, en los que aparecía la imagen de la leyenda de Sobrarbe. Es decir, de los orígenes del pactismo político en España.

Y el fracaso de Palafox tampoco resta importancia a su proyecto reformista. Palafox mete el dedo en la llaga; plantea de frente y con crudeza el principal problema de España y obliga a las personas encargadas del gobierno de la Monarquía a valorar las distintas opciones y elegir.

Su vida es en este sentido la de tantos otros hombres del Rey que a lo largo de la historia de España, a veces con ingenuidad, otras con gran lucidez, y siempre desde un patriotismo incuestionable, han buscado una respuesta positiva al interrogante de si los españoles somos capaces de convivir de manera pacífica y duradera.

Y con esto termino, arrimando el ascua histórica a mi sardina política y diciendo dos cosas. Primero, que así como Palafox se equivocó en sus negros augurios y el imperio español en América, con todos sus defectos y limitaciones, duró otros dos largos y fructíferos siglos, estoy segura de que España superará las presentes dificultades económicas, políticas e institucionales. Y segundo, que en esta nueva crisis de España también harán falta grandes reformadores. Reformadores con las convicciones, el coraje y la capacidad de desafío de aquel joven protegido de Olivares que en 1640 zarpó rumbo a las lejanas y exóticas Indias con el sueño, y la determinación, de acercar el Viejo Mundo y el Nuevo.