He venido de España a darles, con humildad y emoción, las gracias. 

El pasado 4 de septiembre los chilenos disteis al mundo una de las lecciones morales y políticas más importantes y conmovedoras de las últimas décadas. Una lección de madurez colectiva, de racionalidad política y de patriotismo cívico. Una lección que sirve no sólo al resto de América Latina, sino también al conjunto de Occidente: de Montreal a México, de Buenos Aires a Barcelona. 

Lo raro es que algunos chilenos sigan en la inopia.

Muchos chilenos —o al menos una parte de las élites políticas chilenas— no son del todo conscientes del significado histórico del 4 de septiembre. Desde luego no es consciente el presidente Boric. He seguido con interés sus reacciones. Decir —como explicación a la impresionante victoria del “Rechazo”— que “tú no puedes ir más rápido que tu pueblo” denota mala fe o una mente política extraviada. Desconectada de la realidad. Y definitivamente mal asesorada.

Yo creo que debería hacerle menos caso al español Pablo Iglesias. Es un hombre que fracasó como vicepresidente. Que no aguantó la presión ni la responsabilidad del cargo. Que prefiere el tuit, la tertulia y la arenga revolucionaria —en definitiva, el toreo de salón— a la tarea sobria, ardua y adulta del gobernante. Es natural. Para gestionar un país hay que tener un grado mínimo de madurez. No comportarse como un adolescente a perpetuidad. Y me temo que a estos dos amigos les falta ese hervor. 

No, los chilenos no son lentos ni van lento. El problema no es la madurez del pueblo, sino la de su presidente. El problema no fue el ritmo del proceso, sino el rumbo. Los chilenos quieren ir en una dirección distinta a la que marca la izquierda. Quieren ir a favor de la convivencia y de la democracia liberal. 

Hablemos de la convivencia y la democracia liberal.

Durante unos meses convulsos, por momentos delirantes, Chile dejó de ser un modelo de reconciliación y racionalidad y se convirtió en un escaparate del sectarismo y la frivolidad. Durante unos meses, pareció posible, incluso probable, que Chile fuera a liquidar no sólo su Constitución —que, por cierto, señor Petro, no es la Constitución «de Pinochet», sino la que asumieron como propia y reformaron una sucesión de presidentes socialistas— sino algo todavía más valioso: la voluntad de seguir viviendo juntos en libertad e igualdad. 

Fue un paréntesis triste, que dejó imágenes para la historia del horror y del ridículo: desde el metro de Santiago reducido a cenizas hasta un ilustre miembro de la Convención disfrazado de dinosaurio y otro votando artículos desde la ducha. 

En España también hemos tenido que soportar escenas grotescas estos años: un golpe de Estado, Barcelona en llamas, una declaración de independencia que duró nueve segundos, un presidente autonómico fugado en el baúl de un coche… En fin.  

Ninguna democracia está libre de un brote adolescente. Lo importante es que sea breve y no deje secuelas. Pero para eso hay que comprender lo que ocurrió. Y señalar a los culpables.  

En Chile fue la izquierda la que, en un ejercicio inaudito de frivolidad y sectarismo, empujó al país hasta el borde mismo del precipicio. Agitó la violencia. Arremetió contra las instituciones. Sentenció la Constitución vigente. Y convirtió un mandato de reforma en una carta blanca para la ruptura. 

La izquierda intentó imponer su visión radical y sesgada del mundo, no en un programa electoral, que lo aguanta todo. Ni siquiera en un programa de Gobierno, lo que habría sido lamentable pero legítimo y en todo caso hubiera tenido solución; para eso están las elecciones: para cambiar a los malos gobiernos. Intentó imponerla nada menos que en la Constitución. Y eso no es sólo un delito de lesa concordia. Es también una estupidez. 

Una Constitución es lo más importante que tiene una comunidad política. Son las reglas del juego del país, que deben servir para todos y por mucho tiempo. Una Constitución, por lo tanto, nunca puede ser de parte. Ni mucho menos de un sinfín de partes contra el todo. Las Constituciones de parte nacen muertas. Condenadas. Tarde o temprano, acaban surgiendo nuevas mayorías que las tiran por la borda o las reforman, ahora a su imagen y semejanza. Bien lo sabemos los españoles, que nos pasamos el siglo XIX haciendo y deshaciendo constituciones, hasta la guerra civil. 

Al votar masivamente por el “Rechazo”, los chilenos os habéis evitado ese destino. Y ese desgarro. Habéis rechazado el sectarismo y la frivolidad, y habéis defendido el Espíritu de concordia que toda Constitución requiere para ser legítima y duradera. Sentido común. Con el énfasis en lo común. Os felicito, de corazón.

Pero el 4 de septiembre no sólo fracasó el sectarismo. También fracasó un determinado proyecto político. Diré más: el 4 de septiembre fue una auténtica moción de censura del pueblo chileno al proyecto ideológico de Gabriel Boric. 

La responsabilidad, de nuevo, es aquí enteramente del presidente Boric. Fue él quien vinculó su Gobierno al éxito de la propuesta constitucional. Y fueron él y los suyos quienes, previamente, volcaron en esa propuesta todo su ideario. Su visión de Chile. Su visión del mundo. Ese ideario es un compendio de toda la chatarra ideológica que la izquierda reaccionaria ha puesto en circulación en los últimos años. Condescendencia con los violentos. Desprecio a la propiedad privada. Ataques a la libre elección. Separatismo identitario. Ecología mal entendida. Debilitamiento del Estado. Y hasta disolución de la nación. 

Quiero detenerme en esto último, de lo que hablé en mi visita de mayo. El concepto de plurinacionalidad no era una simple concesión retórica a la diversidad étnica de los chilenos. Era una bomba de relojería contra la igualdad de los chilenos y la integridad territorial del país. El señor Boric intentó hacer de Chile el laboratorio de un experimento inédito de deconstrucción identitaria de un Estado. Intentó introducir en Chile la semilla del separatismo que sufrimos en España, sólo que peor, porque quiso introducirla en las reglas de juego. Aquí también le asesoraron mal los adolescentes españoles.

España no es un Estado plurinacional, sino una única nación que se organiza como un Estado Autonómico. Si hubiera sido un Estado plurinacional, habría sido más difícil frenar el golpe separatista de 2017 en Cataluña. Porque un Estado plurinacional es un Frankenstein de naciones y lo que caracteriza a las naciones es la soberanía. Es decir, el derecho de autodeterminación. Es decir, de secesión. 

El fracaso del señor Boric es, pues, el éxito de la nación chilena. Una nación cívica. El concepto más luminoso que la inteligencia humana ha alumbrado para organizar nuestra vida en común. 

Los seres humanos venimos del fondo oscuro de la tribu. En nuestro cableado genético anidan el miedo al diferente y la búsqueda de protección y refugio en los que son idénticos a nosotros.

Pero la civilización fue precisamente un sometimiento de esos instintos identitarios primarios. Un viaje al encuentro de otras tribus y otros hombres. Un viaje movido por la necesidad, desde luego. Pero también por la curiosidad y el ansia de conocimiento.

Ese viaje alumbró una idea llena de fuerza y de decencia: la idea de que el valor de un ser humano, y sus derechos, no dependen de ninguna circunstancia identitaria —el sexo, la raza, la lengua, el acento o el lugar de procedencia—, sino que son suyos e inalienables de nacimiento.

Esa idea enterró el Antiguo Régimen y dio luz a la nación moderna. La nación no étnica, ni cultural, ni lingüística. La nación cívica.

La nación de ciudadanos que invoca la Revolución francesa: libres, iguales y fraternos.

La nación que se reconoce en la Constitución de Cadiz, cuando dice que España, reunión de los españoles de ambos hemisferios, “es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”.  

La nación que se define en el artículo 2 de la Constitución española de 1978, como “patria común e indivisible de todos los españoles».

Las grandes naciones europeas que, tras matarse en dos Guerras Mundiales, rechazaron la perversa idea herderiana de que a toda cultura corresponde un Estado y se dieron la mano para crear una Unión económica, política y moral. 

La admirable nación que es —y seguirá siendo— Chile, a pesar de la izquierda. 

Hay que reconocer que en esto la izquierda chilena ni siquiera es original. Simplemente imita lo peor de otras izquierdas europeas y americanas. La gran novedad política de los últimos treinta años es la traición de la izquierda a la igualdad y a sí misma.

La historia es conocida, aunque algunos intenten reescribirla. En 1989, cayó el Muro de Berlín y el mundo por fin comprobó que Raymond Aron y Alexander Solzhenitsyn tenían razón: el Comunismo sólo era hambre y miseria y violencia y represión. El liberalismo lo celebró —y lamentablemente se echó a dormir—, y la izquierda, en cambio, empezó a reinventarse. 

En un insolito ejercicio de travestismo politico, prueba de su camaleónica capacidad de supervivencia, sustituyó la igualdad por la identidad como totem y causa. Abrazó una nueva modalidad de colectivismo. En lugar de universalista, tribalista. Y bajo esta bandera empezó a recuperar terreno. Primero en las universidades. Luego en los medios de comunicación y en la cultura. Por fin en la política. 

Hasta dominar el tablero. El tablero inclinado: la izquierda siempre arriba, el liberalismo siempre abajo.

La izquierda lidera la involución identitaria en todo el mundo. Ha logrado convertir la desigualdad en políticamente correcta y el separatismo en mainstream. Promueve la discriminación por sexo, orientación sexual, lengua, origen étnico o color de piel. Enfrenta a unos colectivos con otros. Practica la censura y el linchamiento de quienes cuestionan sus dogmas o sencillamente reivindican la igualdad. Legitima y hasta legaliza la segregación. 

El ejemplo más impresionante de esto último es el capítulo de Justicia de la propuesta constitucional chilena. La aplicación de la Justicia plurinacional habría supuesto el fin de la igualdad de los chilenos ante la ley. La legalización del segregacionismo. Una vuelta a la sociedad de castas. Chile se habría convertido en un Frankenstein judicial y político, abocado a la implosión. Porque la división de la Justicia es el primer paso hacia la división del Estado.

Analizado fríamente, lo que habéis rechazado los chilenos ni siquiera puede llamarse una Constitución. Una Constitución separatista es un oxímoron. Una Constitución debe constituir, no disgregar. Unir, no dividir. Integrar, no segregar. Y mucho menos desintegrar.

Pero al final se impuso el sentido común. En su más exacta y bella acepción. Insisto: con el énfasis en común. Chile no ha fracasado. Ha fracasado Gabriel Boric. Habéis empezado a nivelar el tablero. 

Ningún dato retrata esto de forma más gráfica y emocionante que la votación en las zonas mapuches.

La victoria del Rechazo en las zonas de mayoría indígena es una noticia especialmente feliz y esperanzadora. Un hecho político de primera magnitud, que liquida uno de los grandes mitos de la política contemporánea: el poder del victimismo.

La izquierda vive del victimismo. Propio y ajeno. Primero enarboló los agravios del obrero, hasta que el Comunismo arrasó con los obreros. Desde entonces apela al victimismo de las minorías que históricamente han sufrido algún tipo de discriminación. No lo hace para liberarlas, sino para mantenerlas sometidas. Sometidas en sus categorías y en su dependencia del Estado. Me lo dijo un día la admirable intelectual de origen somalí Ayan Hirsi Ali: «Mírame a mí. Bajo el enfoque identitario yo soy un compendio de minorías: mujer, negra, musulmana, apóstata… Pero no. Yo soy mucho más que todo eso. Soy un individuo. Una ciudadana. Y sobre todo no soy una víctima. Tengo libertad y tengo responsabilidad.»

Los mapuches, también. Por eso votaron por el “Rechazo”. No quieren ser tratados como menores de edad ni tutelados por terceros. No quieren ser reducidos a la expresión de una categoría étnica ni que hable en su nombre cualquier Elisa Loncón. Yo tampoco. Si no acepto que un hombre hable en mi nombre, ¿por qué tengo que aceptar que lo haga una mujer? Se llame Camila Vallejo o Irene Montero.

Ser libre. Ser responsable. Ser un ciudadano. Ser chileno. Nada más. Y, sobre todo, nada menos. La categoría máxima dignidad en un Estado democrático.

Esta idea —tan sencilla y tan emocionante— es la que triunfó el 4 de septiembre. Es un hito por el que os doy las gracias. En mi nombre y en el de millones de españoles. De hecho, el 4 de septiembre debería fijarse en el calendario como una fecha histórica. El día en que la izquierda identitaria sufrió la mayor y más inesperada de sus derrotas contemporáneas. Y en el frente donde más le duele: el ideológico y cultural. El día en que perdió su superioridad moral y su relato: ni los mapuches ni a las mujeres ni los más vulnerables lo compraron. El día en que las mejores ideas de la Ilustración se reafirmaron tras años de complejo y de repliegue. El día en que Chile volvió a ser un modelo. 

Sí, vuestro éxito es una fuente de inspiración y marca el camino a seguir. Y por eso os pido un favor: no deis un paso atrás. Seguid avanzando. Esta no es una victoria de un partido ni de una facción. Es una victoria del orden liberal. 

Y ahora hablemos del futuro. Del futuro inmediato. De cómo, qué y dónde negociar la futura Constitución.

Haré algunas reflexiones, por si pudieran ser útiles.

Primero, lo más evidente: el chantaje de la violencia es inaceptable. La violencia estaba en el germen de la primera propuesta constitucional. Y también por eso acabó mal. La violencia no puede ser nunca la partera de la convivencia.

Segundo, el fracaso no es un buen borrador del éxito. El mejor sitio para un texto que ha sido rechazado –y de forma tan abrumadora— es la papelera. No basta con retocar frases, limar excesos. Es mejor empezar de cero. Sobre una página limpia.

Por ejemplo, la oferta de rebajar de 17 a 10 los escaños reservados a indígenas me parece una humillación. Principalmente para los indígenas.  

En tercer lugar, y aquí sé que muchos —también en este auditorio— van a discrepar: yo creo que el foro adecuado para redactar y negociar la Constitución no es otra Convención, sino el Parlamento. El Senado y el Congreso.

Intentaré argumentarlo. Podría decir que la Convención ofrece muy pocas garantías de éxito y sería verdad. Aunque se pacten los bordes. La primera Convención también tuvo bordes y la izquierda los borró de un plumazo. También podría invocar el coste de otro proceso. Exigir a los chilenos que, en un momento de profunda incertidumbre económica, sufraguen unas nuevas elecciones y a no sé otros cuantos convencionales no parece justo ni razonable.

Pero yo quiero ir más allá. O más al fondo.

Empezaré con unas preguntas: 

¿Creéis que los diputados chilenos no están capacitados o legitimados para redactar una propuesta constitucional? ¿Son de peor condición que los convencionales? ¿Están menos preparados? ¿Son menos inteligentes? ¿Tienen un peor conocimiento del país? 

En cuanto a su legitimidad: 

¿A los diputados los votó un cuerpo electoral diferente al que votaría a los nuevos convencionales? ¿Un cuerpo electoral defectuoso, mutilado, peor? 

La respuesta a todo esto es no. 

El Congreso es tan legítimo como cualquier convención constituyente. Los diputados fueron elegidos por los mismos chilenos a los que ahora se pretende convocar a la elección de una segunda Convención. Y están tan capacitados o más que los convencionales para redactar una Constitución.

Pero, además, y esto es lo importante, es su trabajo. Es su deber. Es su responsabilidad. Para eso existen los políticos. Para eso les pagamos. Para encarar —y resolver— los desafíos del país. Sobre todo los que ellos mismos, o algunos de ellos, contribuyen a crear. ¿Vais a permitir que eludan su responsabilidad?

Uno de los más graves problemas que tiene hoy la democracia, en Chile y en todo Occidente, es el desprestigio de las instituciones y de la política. Bien lo sé yo, que soy parlamentaria. Los Parlamentos se han convertido en una mezcla de patio de colegio, circo de tres pistas y reality show. Diputados que desde la tribuna lanzan mensajes ramplones, vulgares y de un alto voltaje emocional. Que no buscan convencer a nadie, sino enardecer a una tropa cada vez más compacta y cerril. 

La degradación de la conversación pública es galopante. 

Y qué decir de los políticos, incluidos los ministros. No sé si alguno pasaría el filtro para trabajar en el Grupo Security. La tónica es la mediocridad, cuando no el esperpento. Este deterioro forma parte de un fenómeno más amplio y que afecta a todos los ámbitos: la destrucción de las jerarquías, el fin de los expertos. El periodista reducido a la condición de tuitero. El científico homologado al curandero. El parlamentario convertido en palmero. Y, en cambio, el influencer ensalzado como oráculo. El tik-toker erigido en referente. Y cualquiera elegido presidente del Gobierno. Vivimos en la era del coaching y las matemáticas socioemocionales con perspectiva de género. No es sólo que el mérito se ignore. Es que se combate abiertamente, con la saña del cruzado. 

El resultado es que la política está cayendo en las peores manos. Las más mediocres. Las más incapaces. Las menos responsables. 

Y la espiral se agudiza. ¿Qué ocurre cuando hay una crisis política o económica severa? Llamamos a un tecnócrata. ¡Que venga Draghi! ¿Qué pasa si no podemos salir del atolladero? Convocamos a los amateurs. ¡Una nueva Convención!  

Tecnócratas y amateurs: caminos distintos que desembocan en el mismo charco: la deslegitimación de la política y la legitimación de la antipolítica, gran aliado del populismo y principal amenaza a la democracia. 

No es casualidad que la palabra partidos no figure en el texto de la propuesta constitucional rechazada. Es el síntoma de una afección más profunda. 

Durante muchos años Chile se distinguió por sus instituciones fuertes y sus políticos de calidad. Puede —debe— volver a hacerlo. Entre otras cosas, porque no hay democracia sin instituciones y sin políticos. 

Tenemos que devolver a las instituciones y a los políticos chilenos —y españoles, y mexicanos, y colombianos, e italianos…— su prestigio. Pero para eso sólo hay un camino: devolverles su responsabilidad. La responsabilidad es lo que tensa, eleva, exige y emplaza. La responsabilidad es lo que distingue a los adultos de los niños. Lo que forja líderes de entidad.  

Si en esta hora crítica, el Congreso renunciara a su potestad constituyente, se estaría invalidando. Si en este momento decisivo, los parlamentarios no reclamaran para sí la responsabilidad de resolver el principal entuerto del país, estarían agravando su descrédito. Estarían asumiendo que son el problema, sin ni siquiera intentar ser la solución. Estarían haciéndole el juego a los caudillos de la antipolítica. Y, sobre todo, estarían renunciando a la misión más apasionante que puede recaer sobre los hombros de un político: la de fijar el marco de convivencia para su generación y las siguientes. 

Me dirán que esto ya está negociado y pactado. Que los chilenos ya votaron en el plebiscito de salida la formula de la convención. Y que no hay nada más que hablar. Bueno… Yo creo que el 4 de septiembre exige mirar el panorama sin prejuicios, con los ojos limpios, y mucha imaginación. Además, no sé qué pasaría si volvieran a consultar hoy a los chilenos. Prueben con una encuesta: ¿otra Convención con sus simpáticos convencionales o el Parlamento con toda la responsabilidad y todas las de la ley?

Quizá otro tiempo y otro lugar puedan servir de inspiración. 

Es difícil pensar en Chile sin pensar en España. Sus historias se entrecruzan. La Constitución española de 1978 —nuestra paz civil, el texto que puso de acuerdo a monárquicos y republicanos, a ateos y creyentes, a catalanes y castellanos— se gestó en el Congreso de los Diputados. No la redactaron tecnócratas ni amateurs. La redactaron políticos. Hombres inteligentes, competentes y adultos. Hombres que entiendieron el profundo sentido de su oficio, y que los principios y los pactos son compatibles. Eran expertos, sí. Expertos de la política. Verdaderos servidores públicos.

Esto es lo que hace falta ahora en Chile. Buena política. Gran política. La que se hace dentro de las instituciones y redunda en el fortalecimiento de la democracia.

Y ahora un apunte final.

Chile no sólo necesita una Constitución. Con casi idéntica urgencia, necesita también un Gobierno adulto. 

Gabriel Boric ha fracasado. Se presentó —y lo presentaron— como una alternativa joven y moderada al socialismo del Siglo XXI. Pero la ficción se ha venido abajo. Más que joven, resulto ser un adolescente. Y más que moderado, resultó ser débil. Ya no puede disimularlo y no podrá evitar el desgaste. 

Gabriel Boric es una ballena varada en la arena. Hay que empezar a construir la alternativa. 

Y aquí quisiera dirigirme a todas las fuerzas políticas y sociales que apoyaron el “Rechazo”. Habéis rendido un inmenso servicio a vuestro país, a America Latina y a Occidente. Habéis dado a la democracia liberal una impresionante victoria política y moral. Habéis demostrado lo importantes que son el optimismo, la valentía y la unidad. Cuando vine hace cinco meses todavía cundía un cierto desánimo. Algunos creían que la batalla estaba perdida. Pero la única batalla que se pierde seguro es la que no se da. Vosotros la disteis. Y vencisteis. No permitais que la fragmentación que promueve la izquierda os contamine y debilite. Aprovechad este impulso para ahormar el proyecto político que Chile necesita. Una alternativa que los ciudadanos quieran votar, no con la nariz tapada o como mal menor. Con entusiasmo.

Fijaos. Cuando la elección es entre Petro y Hernández, gana Petro. Cuando la elección es entre Castillo y Keiko, gana Castillo. Cuando la elección es entre Biden y Trump, gana Biden. Cuando la elección es entre Lula y Bolsonaro, puede ganar Lula.

Trabajad para reagrupar a todos los demócratas chilenos y también a todos los demócratas iberoamericanos. La razón necesita representación. Y organización.

Sé que lo haréis. Otro de los motivos de la profunda admiración que siento por vuestro país es la cantidad de hombres y mujeres inteligentes, formados, solventes y valientes que he conocido en los partidos y las instituciones. Aquí hay muchos líderes. Tenéis donde elegir. Cuando toque, buscad a él o la mejor. Anteponed el patriotismo a cualquier otra consideración.

Ahora sí, no hay tiempo que perder. Los chilenos os necesitan. Y nosotros también. Sois la vanguardia de un cambio de ciclo. Los únicos capaces de hacer que el Espíritu del 4 de Septiembre se consolide, perdure y extienda su luz allende estas majestuosas cordilleras. 

De nuevo, mi enérgica felicitación y mi más honda gratitud. 

Seminario Económico Grupo Security, Santiago de Chile.