Sesión necrológica en homenaje a Sir John H. Elliott
Real Academia Sevillana de las Buenas Letras
8 de junio de 2022

He venido a rendir homenaje a un maestro. Mi maestro. No es una tarea difícil. Pero sí contracultural, casi subversiva. Y es que los maestros ya no se llevan. Son el símbolo más depurado del mundo de ayer. Un mundo en el que todavía pesaban el conocimiento, la experiencia, el esfuerzo, la excelencia, los hechos, la palabra y la ley. Ahora sólo importan las opiniones y, sobre todo, los sentimientos: el incandescente, fluido, autodeterminado y determinante yo. Y ahí no hay jerarquía que valga. Todos al suelo, como las estatuas de fray Junípero Serra, George Washington y David Hume.

El periodista reducido a la condición de tuitero. El científico homologado al curandero. El parlamentario jibarizado en palmero. (Qué les voy a contar yo…). Y, en cambio, el tik-toker erigido en referente. El influencer convertido en oráculo. Y cualquiera elegido presidente del Gobierno. Vivimos en la era del coaching y las matemáticas socioemocionales con perspectiva de género. No es sólo que el mérito se ignore. Es que se combate abiertamente, con la saña del cruzado.

Lo leí la semana pasada en la antaño página noble del diario El País: «La meritocracia no es más que otro mito moderno, utilizado para justificar la injusticia». Lo escribía una joven política, perfecta exponente de nuestra época, citando al intelectual americano Michael Sandel, al que llamaba Sande… ¡Sande…! Me abstendré de hacer un chiste fácil. Entre otras cosas, porque el asunto tiene poca gracia. Nunca se había politizado la ignorancia como ahora. Nunca la ideología dominante había hecho del «¡muera la inteligencia!» una consigna moral. Y moralizante.

La última prueba de este apocalipsis cognitivo subvencionado es la nueva Ley de Educación, que regala los aprobados como se reparten chuches en el patio del parvulario. Cada alumno con su sobresaliente. Sin distinciones ni agravios. Que luego vienen las lágrimas y, lo que es peor, las quejas de las mamás. El magisterio sustituido por el mamisterio.

En este paisaje devastado por la mediocridad, la figura de Sir John Hutxable Elliott adquiere los perfiles de un gigante. De porte alto y espigado, con un aire entre distante y distraído, Sir John para sus amigos —John sólo para los íntimos— hacía pocas concesiones a la frivolidad y ninguna al sentimentalismo. Era un elitista, en el sentido exacto del término.

De origen modesto, becado en Eton y en Cambridge, distinguido con el cargo de Regius Professor of Modern History de la Universidad de Oxford, con el título de Sir y con el Premio Príncipe de Asturias —que, por cierto, le hacía una especial ilusión—, tenía un grave sentido de la responsabilidad. Es decir, de su propia dignidad. Por eso consagró su vida a cultivarse y a cultivarnos. A elevarse y a elevarnos. Un elitista, sí. Un insobornable defensor de la meritocracia.

Lo conocí en Oxford, cuando, jovencita rompiendo el cascarón, acudí a una de sus clases magistrales, donde reinaba siempre un silencio de cristal. Salí deslumbrada. Su palabra, limpia como su prosa, iba hilvanando los hitos de la historia de España y de América con una mezcla apabullante de hondura, detalle, elegancia y claridad. Era un narrador formidable: capaz de barrer no sólo el polvo que sepulta los hechos muertos, sino también los prejuicios que se pegan a ellos a modo de telarañas. Pero, sobre todo, era un maestro. Es decir, un hombre que trata a sus discípulos como adultos. Nada de regalarte elogios. Nada de ahorrarte críticas. Nada de ponértelo fácil. Esfuerzo, exigencia, disciplina y dedicación. El mismo código de conducta —qué digo, de vida— que se impuso a sí mismo, hasta el final.

Unos días antes de que lo ingresaran en el hospital de Oxford en el que murió, conversamos por teléfono. Me contó sus planes. Y no eran precisamente modestos. «Estoy trabajando en una gran historia comparada de España y Portugal —me dijo—. El problema es que me está costando un poco aprender el portugués». Tenía 91 años y quería morir de pie.

He venido a rendir homenaje a un historiador. Es decir, al representante de una especie en peligro de extinción. Si las Ciencias —incluidas las exactas— se han convertido en el insólito objeto de una cruzada contra la objetividad y la razón, ¡imagínense la Historia! Los nuevos idólatras de la identidad juegan con ella como si fuera de plastilina. Aristóteles y Platón, dos machistas de libro. Colón, un genocida de manual. Churchill, un racista de tomo y lomo… Churchill, el líder que más hizo para acabar con el régimen más racista de la historia… En fin.

Claro que todo tiempo pasado fue peor. Hemos evolucionado. Incluso evolucionamos, ¡aunque a veces no lo parezca! Y claro que se puede juzgar el pasado con los ojos del presente. Para empezar, son los únicos ojos que tenemos. Y además, es útil que lo hagamos. La conciencia sobre la barbarie pasada es lo que nos permite ser cada vez más civilizados. Esa es, precisamente, una de las funciones de la Historia. Aquellos muertos reducen los nuestros. Y por eso es un error estrátegico —y hasta un delito de leso presente– derribar estatuas, retirar placas, arrasar con el pasado. Al eliminar la Historia, se elimina también su lección.

A esta reflexión cabía añadir otra. La realidad es que estos ejercicios de tabla rasa, estos manotazos blanqueadores, ni siquiera pretenden limpiar el pasado. Lo que buscan es extender la culpa de nuestros antepasados sobre algunos de nuestros contemporáneos. Como si los hijos fueran responsables de lo que hicieron sus padres o tatarabuelos. Como si los hombres no naciéramos iguales y libres, también de todo delito. Juzgan el pasado para condenar el presente. Utilizan la Historia con fines espurios. Hacen política indeseable con la Historia. Un sacrilegio.

Sir John siempre detestó a los manipuladores de la Historia. Por eso le gustaban poco los periodistas y casi nada los políticos. Cuando le conté que abandonaba la Historia para dedicarme al periodismo, frunció el ceño. Cuando unos años después le anuncié que dejaba el periodismo para dedicarme a la política, casi se desmaya. «¡Cayetana, no sigas rodando cuesta abajo!»

No puedo imaginar lo que habría dicho de los decretos que destierran de los currículos escolares toda la Historia de España anterior a 1812. Bueno, sí puedo imaginarlo. John podía ser viperino. Ácido. Lapidario. Y veneraba su profesión: el puro placer de la curiosidad satisfecha mediante la investigación. Pero, sobre todo, sabía que el conocimiento de la Historia es requisito necesario para el progreso. Y él lo procuró.

Su mirada honda e incisiva fue el detonante de una triple revolución historiográfica. Frente a la interpretación marxista dominante en los años 50 y 60, devolvió al individuo —al líder político— su protagonismo. Para bien y para mal, hacedor de la Historia, responsable. Frente al maniqueísmo que agarrotaba los estudios históricos en España —un ping-pong entre facciones ideológicas de uno y otro signo—, reivindicó la realidad. Es decir, la complejidad. Y frente a una visión limitada y localista, Narciso atrincherado en sus fronteras, fundó la Historia transatlántica. Pasear a su lado por las iglesias barrocas de Puebla de los Ángeles era una experiencia intelectual y moral.

Me gusta imaginarlo de joven, con su fino bigotito, apurando las últimas horas del día, suaves y solitarias, en el archivo de Simancas. Compartiendo hallazgos con otro maestro y su gran amigo, Antonio Domínguez-Ortiz. Superando la decepción de descubrir que los archivos del conde-duque de Olivares se habían quemado. Desviando su trayectoria hacia Barcelona en busca de nuevas pistas. Derribando mitos a su paso. Primero los mitos franquistas. Luego los mitos catalanistas.

El joven Elliott tuvo un faible catalanista, sí. Pero su pasión por la verdad le blindó frente a los postjuicios, que son todavía peores que los prejuicios. El prejuicio se proyecta sobre lo temido; el postjuicio sobre lo sabido. Él miraba sus sesgos de frente y los apartaba con la razón. Preguntaba. Indagaba. Ansiaba entender. Y no soportaba el victimismo.

Con esta mirada logró gestas extraordinarias. Entre otras, ser discípulo y a la vez discrepar de Jaume Vicens Vives. Escribir obras como ‘La Rebelión de los Catalanes’ o ‘La España Imperial’, que desafiaron el maniqueísmo y se convirtieron en referencias indiscutibles. Y publicar, en plena resaca separatista, una monumental historia comparada de Cataluña y Escocia.

Por aquellas fechas visitamos juntos el monasterio de Poblet. A la entrada, el abad —buen amigo de Oriol Junqueras— lo abordó, arrimando el historiador a su sardina: «Los catalanes estamos exactamente como en 1640. ¿No cree, profesor Elliott?». Y el profesor Elliott contestó: «Sí, igual de divididos».

Un historiador ni manipula ni se deja manipular.

Vengo a rendir homenaje al gran hispanista, aunque a Sir John el calificativo le gustaba poco. Le parecía condescendiente e incompleto. Hubiera preferido que dijéramos que fue uno de los hombres que mejor comprendió esta empecinada voluntad de vivir juntos los distintos que es España.

La historia de su idilio con España es conocida. Brillante estudiante en la Universidad de Cambridge, en el verano de 1950 partió con unos compañeros en un camión destartalado rumbo a aquella exótica dictadura que ya se había cronificado allende los Pirineos. Las noches a cielo abierto sobre un agrietado campo de olivos. El contraste entre la pobreza de la gente y la grandeza de las catedrales castellanas. Y la primera visita al Prado: Velázquez, esa revelación.

«Soy un protestante del Norte que dedicó su vida a la tierra de Carmen, la muerte, el fanatismo y el folclore». La paradoja le divertía. Sobre todo porque era falsa. Sir John Elliott desmontó la leyenda de la España diferente, exótica, atávica, autoritaria, peor. Situó a España en su contexto, ni negra ni inmaculada, con los claroscuros propios de todas las grandes naciones del mundo. Y así se la mostró a generaciones de lectores españoles y extranjeros. España, liberada del doble yugo esencialista que la condenaba. Bien a la gloria, bien al fracaso. Una vieja arquitectura solidaria que, antes y con más esfuerzo que muchas otras, ensayó el emocionante equilibrio de la modernidad. El equilibrio entre el centro y la periferia, entre la unidad y la diversidad.

Sir John conocía el carácter inédito, y el valor inconmensurable, del pacto constitucional. «La Constitución de 1978 es una solución difícilmente mejorable al viejo problema español, una prueba de madurez y un monumento a la reconciliación», decía. Monárquicos y republicanos. Creyentes y ateos. Catalanes y castellanos… La paz civil española, añado yo.

De ahí la tristeza, la inquietud y hasta la beligerancia con las que encaró el desafío separatista catalán. Incluso llegó a enviar una carta indignada al periódico The Times defendiendo la pulcritud democrática de España y denunciando el matonismo y la manipulación de los nacionalistas. Él, Cruz de Sant Jordi, al que el activismo político le gustaba tan poco.

La enésima crisis española no fue la única sombra sobre sus últimos años. El Brexit le causó un profundo pesar. Lo mismo que la estúpida ola de revanchismo identitario, que se cebó particularmente con su college de Oxford, Oriel, donde a tantos jóvenes había instruido en las ventajas y virtudes de un espíritu crítico. También tuvo que ver cómo, en México y otros países hispanoamericanos, líderes populistas sin escrúpulos echaban por tierra décadas de trabajo —suyo y de sus discípulos— por ahormar una visión objetiva y fraterna de la relación entre España y América. Esa maravilla de libro que es ‘El mundo viejo y el nuevo’, pisoteado por la ignorancia, la mala fe y las exigencias retroactivas de perdón.

Aquella «declinación» sobre la que tanto y tan brillantemente había escrito parecía haber vuelto para cobrarse venganza. Pero, una vez más, él iba a desafiarla.

Lo cuento con emoción y una pena especial. Pocas semanas antes de su muerte le sugerí que escribiéramos un libro juntos. Unas conversaciones sobre la “declinación” de la razón y de España, que luego yo convertiría en una mezcla de memorias paralelas y ensayo. Me contestó animoso y severo: «Bien. Hagamos ese libro. Eso sí, tendrás que escribir recto. Prosa limpia, a la inglesa. Nada de florituras neorococós».

Sí, he venido a rendir homenaje a mi maestro, una de las personas que más y mejor han influido en mi vida. Es decir, he venido a darle póstumamente las gracias. De su mano descubrí el valor de los hechos, el valor de la excelencia y el valor de España. Y por eso asumo hoy ante ustedes, sus amigos y admiradores, el compromiso de mantener vivo su legado. Para que el recuerdo de su obra trascienda los límites de la memoria personal, siempre evanescente y subjetiva, y adquiera la categoría que le corresponde. Sir John H. Elliott es Historia de España. La mejor Historia. La que sirve como antídoto a la decadencia y señala el camino del resurgimiento. Un camino cuesta arriba, claro está. Y por eso infinitamente más interesante.

Muchas gracias.