Pregunta: Pienso en la batalla cultural y se me viene a la cabeza la serie sobre Rocío Carrasco…

 

Respuesta: Esa serie es un episodio más de la degradación de la conversación pública, que se caracteriza por el triunfo de lo subjetivo sobre lo objetivo. Y es también una prueba de la voluntad de un sector de la izquierda de desacreditar la Justicia y ganar en las televisiones lo que pierden en los tribunales. Intentan conseguir mediante la agitación de las emociones lo que no consiguen con la razón y los hechos probados. Hemos pasado ya del populismo del prejuicio al despotismo del postjuicio. Seguimos cavando.

 

P: El plató como institución jurídica…

 

R: Sí. La turba sustituye al tribunal. Como en los tiempos oscuros. Cuántos de los que se erigen en última instancia popular del caso Rocío Carrasco —notablemente la ministra de Igualdad— se han parado a pensar: “¿Y si el sentenciado en el plató fuera yo?” Fíjese en la consigna que difunden: “¡Yo sí te creo, hermana!”. Lo tiene absolutamente todo: el ‘yo sí’ afirma la voz subjetiva; el ‘te creo’ antepone la pura opinión —una fe cuasi-religiosa— al hecho probado; y el ‘hermana’ reivindica el colectivismo identitario. En este caso, un feminismo que se ha vuelto matonesco y mojigato. Estos tres elementos juntos impugnan el Estado de Derecho. Hacen imposible la convivencia pacífica. Porque en semejante jungla cualquiera tendría derecho a peguntarse: “¿Por qué tu convicción vale más que la mía?” y, seguidamente, lanzarse a la plaza pública a zarandear las emociones del pueblo. Y entonces: ¿Quién es inocente? ¿El que llora más? ¿El que consigue más audiencia? ¿Y quién es culpable? ¿Lo decidirá nuestra insólita ministra de Igualdad?

 

P: Algo hemos hecho mal cuando lo emocional prima sobre lo racional. Y cuando incluso se tacha de insensible a quien atiende a los argumentos por encima de las emociones…

 

R: Hemos desprestigiado la Ley y hemos instaurado una nueva forma de idolatría: la idolatría de la identidad. La identidad ha sustituido a la igualdad como gran tótem de la izquierda; es el neo-Dios ante el que los mortales tenemos la obligación de arrodillarnos, una nueva forma de religión. Y esto tiene graves consecuencias para la democracia. Lo dijo Macron en referencia al identitarismo islamista: es una forma de separatismo porque crea una legitimidad paralela a la republicana, que socava la comunidad de ciudadanos libres e iguales. Su reflexión es igualmente válida para cualquier expresión identitaria: del nacionalismo al feminismo de tercera ola.

 

P: ¿Cómo hay que encarar la batalla cultural contra esos ‘separatismos’?

 

R: Lo primero es entender que todos los separatismos actúan de la misma manera. Se componen de cinco elementos que operan en el siguiente orden: colectivismo, victimismo, segregación, cancelación y polarización. Cualquier persona que se resista a la colectivización o que se oponga a la segregación de la sociedad en bloques identitarios enfrentados se convierte en blanco de las más feroces críticas. Machista. Fascista. Racista. Homófobo. Islamófobo. Lo que sea.

 

P: Y al final, la polarización…

 

R: Claro, las políticas identitarias rompen el demos, que es la base de la comunidad política democrática. Por eso son separatistas.

 

P: Iba a decir mal futuro nos aguarda, pero esto es algo del presente.

 

R: Bueno, yo no soy pesimista. Lo decía el otro día Rosa Belmonte: “El pesimista es un mal educado”. Yo añado: Y un pelmazo. Además creo que el Apocalipsis es otra forma de utopía. La cuestión está en identificar correctamente las amenazas y encararlas con coraje y claridad. Tenemos que reivindicar y reafirmar las ideas de la Ilustración que han hecho posible el progreso a lo largo de los últimos 300 años: la libertad individual; la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, independientemente de su sexo, raza, creencia o condición: ninguna discriminación es positiva ni se justifica; la primacía de la ley y de las instituciones representativas; el valor de la razón, la ciencia y la verdad…

 

P: El capitalismo y la democracia en sí siempre se enfrentan a un factor que suele motivar la llegada de falsos mesías a las sociedades. Es el fracaso. Me explico: del fracaso mal entendido surgen populismos y totalitarismos. ¿Cómo afrontar ese fenómeno?

 

R: El riesgo al fracaso es intrínseco a la vida humana. Es infantil e inútil soslayarlo. La cuestión es cómo encaramos ese riesgo. Si asumimos nuestra responsabilidad en el devenir de nuestras vidas o si, por el contrario, nos dedicamos a buscar culpables ajenos o la sobreprotección de un tercero, llámese Estado o líder carismático. La izquierda en general y los populistas en particular ofrecen a los ciudadanos un pacto mefistofélico: entrégame tu libertad a cambio de protección total. ¿Y sabe lo que ocurre? Que los que aceptan esa transacción acaban perdiendo las dos cosas: la libertad y la seguridad. Porque una cosa es el Estado del Bienestar y otra el blindaje total frente al fracaso, que simplemente no existe. No hay libertad sin responsabilidad. Y no hay protección sin responsabilidad. Decir lo contrario es mentira; la mentira histórica de la izquierda.

 

P: ¿Y qué están pasando con la propia política?

 

R: La política se ha convertido en una suma degradante de zascas, emoticonos y Netflix. Exhibe un desprecio suicida por las palabras, los hechos y los argumentos. En la política contemporánea, las palabras no significan nada. Son como pompas de jabón: ligeras, huecas y evanescentes. La mentira se asume con resignada naturalidad. No se castiga. Y, lo peor, los hechos no valen nada frente a las emociones. Aquella frase de Montilla, nuclear en el proceso separatista: “Los tribunales no pueden juzgar sentimientos”.

 

P: Citaba antes la ‘responsabilidad’. Tampoco abunda en política…

 

R: No abunda, no. Ahí está Marlaska, aferrado como un percebe al banco azul. Purga ilegal del coronel Pérez de los Cobos, acercamiento semanal de terroristas impenitentes, inconstitucional patada en la puerta… Hace ¡nueve meses! le pedí su dimisión en una sesión de control. Pero para dimitir hay que tener dignidad y en algún momento el buen juez Marlaska la perdió. Otro ejemplo: Salvador Illa. ¿Es lógico que el máximo responsable político de la gestión de la pandemia en el país con mayor exceso de muerte de Europa sea universalmente aclamado como un excelente candidato para Cataluña? No es normal, no. Por no hablar de lo primero que dijo tras su designación: “Todos somos responsables de lo que ha pasado estos años en Cataluña.” Otro palo al principio de responsabilidad. Si todos somos responsables, los golpistas no lo son. Y aquí paz y después gloria. O más bien, conflicto y Proceso bis.

 

P: ¿Y qué se puede hacer para frenar esta espiral?

 

R: Lo primero es devolver a las palabras su sentido. Se lo dije a Carmen Calvo en un debate: “Las palabras pesan, tienen consecuencias”. Segundo, el debate público tiene que volver a girar sobre los hechos y alejarse de la pura sensiblería identitaria y disolvente. Y, tercero, tenemos que promover el sentido de responsabilidad. Desde luego entre los políticos pero también entre los ciudadanos, a los que hay que hablarles como adultos, con respeto a su inteligencia, diciéndoles la verdad. La convergencia del Proceso y la pandemia dejará una huella profunda en forma de devastación económica y social. Y ese coste lo vamos a tener que pagar. Europa no es la gallina de los huevos de oro —de hecho, su gestión de la pandemia, y ahora de la vacuna, ha sido una calamidad— y el Estado no es el árbol del maná celestial, fuente inagotable de recursos. Habrá que hacer sacrificios. La clave es que sean útiles.

 

P: Da la impresión de que costará recuperar el norte.

 

R: Insisto. No soy pesimista respecto a las posibilidades de frenar y revertir la decadencia española. De hecho, tras los vaticinios del inminente Apocalipsis español veo la misma vanidad que tras los anuncios de la inminente independencia catalana. No seremos testigos de un acontecimiento sin precedentes. España nos sobrevivirá también a nosotros.

 

P: España, un lugar en decadencia…

 

R: Eso sí. En el siglo XVII utilizaban una palabra muy bonita para describir la decadencia española: “Declinación”. España está en una nueva declinación y ahora sin el brillo cultural del siglo de Oro. Y, sí, esa declinación puede ser larga y dolorosa. España corre el riesgo de convertirse en un país marginal, subordinado, menguante. Un país pegado como una mosca al cristal de viejos conflictos que creíamos enterrados, lastrado por el narcisismo introspectivo y el auto-odio. En eso estamos. Pero nada de esto es inevitable. Sobre España no pesa una condena bíblica ni un condicionante geográfico ni cultural. De nosotros depende salir del agujero.

 

P: ¿En qué cree que degenera España?

 

R: La Transición fue el punto de partida de un proceso de modernización espectacular basado en la primacía de los valores democráticos —libertad, igualdad, ley…— y una firme voluntad reformista. Ahora priman los vicios populistas y el afán de ruptura. Y eso dentro del propio Gobierno de la nación. Pedro Sánchez encarna la decadencia española.

 

P: Hablábamos antes de justicia televisiva y no creo que los medios estén exentos de esa decadencia y de ese populismo…

 

R: Los medios tienen una grave responsabilidad. La televisión pública de los Cintora da vergüenza democrática. Como TV3, usa el dinero de todos para insultar a la mitad. Y las televisiones públicas, o son de todos o no son de nadie. En cuanto a las privadas, ahí está el espectáculo del que hablábamos al principio: todo vale ante el Dios share.

 

P: Usted estuvo en el bando de los culpables cuando fue portavoz parlamentaria. Hubo medios de izquierda que fueron muy beligerantes…

 

R: ¡Y de derechas! En fin, es evidente que el ecosistema mediático español ha contribuido decisivamente a eso que llamo el tablero inclinado. Es decir, a la superioridad moral que la izquierda y el nacionalismo reaccionario han exhibido en España a lo largo de 40 años. Lo positivo es que cada vez hay más voces, en distintos ámbitos, políticos y mediáticos, dispuestas a nivelar el tablero. Personas de centro-derecha y también progresistas ilustrados que rechazan la deriva reaccionaria de la izquierda política.

 

P: ¿Pero esos mensajes identitarios cree que calaron en la calle o fueron castillos en el aire?

 

R: El discurso identitario tiene mucho de ingeniería social. Por ejemplo, convencer a las mujeres de que los hombres de su vida —padres, hijos, hermanos…— son violadores y asesinos en potencia requiere cierto esfuerzo. Pero, claro, si nadie lo rebate, si nadie planta cara, la patraña se convierte en paradigma.

 

P: ¿Es tan sencillo manipular a la masa?

 

R: No, y el nacionalismo catalán es un buen ejemplo. A pesar de ejercer un control apabullante sobre las instituciones, los medios y las aulas, no ha conseguido imponer su hegemonía. No ha logrado construir una nación. Cataluña está rota en dos. Ahora bien, sí hubo un 1 de Octubre. Y no sólo eso: ¿cuánta energía se ha perdido por culpa del Proceso? ¿Cuánta convivencia y progreso? Por eso es tan importante librar la batalla cultural. Esa idea de que los partidos debemos adaptarnos a la sociedad más que intentar cambiarla… Me parece un grave error, mezcla de cinismo y resignación. Si aplicáramos ese criterio a Cataluña tendríamos que hacernos nacionalistas, en versión light o vegetariana, si se prefiere, y asumir como inevitable el atropello sistemático a las libertades civiles. Y eso es inaceptable.

 

P: Su partido se negó a librar esa batalla cultural…

 

R: Hay que darla. No sólo es lo moral, sino también lo eficaz, como confío van a demostrar las elecciones en Madrid.

 

P: ¿Dice que será importante esa batalla en Madrid?

 

R: Decisiva. La actitud de Ayuso en la batalla cultural le está permitiendo reagrupar votantes de derechas, de centro y de izquierdas. Porque la reagrupación no puede ser cosmética o meramente cromática, basada en cromos. Lo que reagrupa de verdad, por la base, son el liderazgo y las ideas. El PP necesita un proyecto.

 

P: La singularidad madrileña ha generado fricciones en España…

 

R: Madrid es una formidable anomalía. Fíjese: es la única comunidad de España donde la autonomía se ha puesto al servicio de la libertad de los ciudadanos y no de la identidad del territorio. Esto es así desde hace décadas y es lo que ha convertido a Madrid en símbolo y sinónimo de libertad y prosperidad. A esto se añade la gestión de Ayuso, que impugna lo peor del sanchismo. Yo creo que las elecciones del 4 de mayo son una gran oportunidad. Primero, para defender la libertad y el bienestar de los madrileños frente a un proyecto que los asfixia y arruina. Segundo, para mandar a Pablo Iglesias definitivamente a la papelera de la Historia, expresión que él debería conocer. Y tercero, para avanzar en la construcción de una alternativa a nivel nacional. Madrid es la primera vuelta en la batalla política por la recuperación de España.

 

P: ¿Es la actual dirección del PP el peor enemigo de cara a estas elecciones?

 

R: (Ríe) ¡¿Enemigo?! Uf. Evidentemente, no. Los enemigos de Ayuso y de cualquier madrileño son las políticas que arrasan con la libertad y la prosperidad. En todo caso, es evidente que ella se ha convertido en su propia marca. Ayuso no es una intelectual ni pretende serlo. Pero sí es un ejemplo del triunfo del coraje al servicio de las ideas. No es tacticista ni timorata. No busca desesperadamente que la izquierda le perdone la vida con el calificativo de centrista. Es una mujer libre, con coraje y sentido común. Ha plantado cara a las etiquetas y al acoso de la izquierda. Y va ganando. Las presuntas feministas la llaman “loca” e “ida”. Los asaltadores del Congreso y del Parlamento de Cataluña la llaman trumpista. Y ya lo máximo: el autoproclamado Zar de lo público se compromete a desmantelar el Hospital Zendal. Que sigan así. Cuanto más la ataquen, más fuerte se hará.

 

P: La derecha moderada muestra reticencias…

 

R: ¿Sí? No sé a quiénes se refiere. Me sorprendería que la derecha moderada se mostrara reticente ante Ayuso, salvo que entendamos la expresión “derecha moderada” en su acepción española, como sector del PP celebrado por el nacionalismo y la izquierda. Ayuso ha devuelto al centro-derecha el optimismo en la victoria. Y eso no tiene precio.

 

P: ¿Madrid será la tumba de Pablo Iglesias?

 

R: Iglesias, el político, ya ha fracasado. Se ha convertido en la parodia de su caricatura. Ha sido incapaz de gestionar la vicepresidencia del Gobierno de España con un mínimo de vigor o eficacia y ahora, aburguesado, se va a Madrid a hacer la fake-revolución y a librar una batalla que tiene perdida de antemano. Sólo le queda un camino y lo va a ensayar: socavar las instituciones desde las televisiones. Una vuelta a la Tuerka —¡una vuelta de tuerka!– ahora con Irene Montero, tras su rutilante estreno en el caso Rociíto. Bien, es lógico que la involución involucione. Y también le haremos frente.

 

P: Iglesias llegó a obtener cinco millones de votos, eso llama a reflexionar sobre la forma en la que calan entre la población determinados discursos…

 

R: Desde luego. El populismo de corte caciquil es un fenómeno viejo, siniestro y siempre está al acecho. Lo que digo es que Iglesias, como operador institucional, ha fracasado. No es que no haya asaltado los cielos; es que ha perdido contra Pedro Sánchez Castejón, que lo ha vampirizado. Sánchez es el peor disolvente español.

 

P: Una última pregunta, sobre Cataluña. ¿Cree que la fragmentación interna matará el proceso soberanista?

 

R: Es difícil hacer pronósticos en un contexto tan delirante y volátil como el catalán. Lo que sí podemos hacer es analizar el presente: Cataluña es una comunidad en coma político. Ha pasado del sueño olímpico a la pesadilla del proceso. Su futuro se dirime entre un preso y un fugado, y está atrapada en una lógica insurreccional que no va a ninguna parte. Es un cul de sac, y el muro es el Estado democrático. De ahí que un sector, los “Rufianes”, apuesten por una negociación con Pedro Sánchez, al que ven, con razón, como el vanidoso útil del separatismo. Pero de momento ese sector no logra imponerse. Hay algo que se dice poco: a Sánchez le ha salido mal la jugada catalana. Quería convertir su coyuntural ‘Frankenstein’ en una hegemonía estructural, pero para eso necesitaba que gobernara ERC y, juntos, transformar el proceso golpista en un proceso de mutación constitucional. Pero ERC no se ha impuesto. Waterloo sigue mandando. La consecuencia es que Cataluña sigue atrapada en la revolución, la ruina y el ridículo.

 

P: ¿Qué se puede hacer ahora?

 

R: Por una parte, hay que estar atentos a los movimientos de unos y otros. Por ejemplo, no creo que Puigdemont se resigne a una vida de prófugo. Querrá volver a Cataluña. Y a ver cómo juega Sánchez la sórdida carta de los indultos. En segundo lugar, hay que adjudicar correctamente las responsabilidades. Pase lo que pase, tanto si hay un acuerdo para mantener a Aragonés como presidente pelele de Waterloo o si vamos a unas nuevas elecciones, lo cierto es que el PSOE ha traicionado al conjunto de los españoles y a los propios catalanes. El 1 de octubre de 2017 pudo ser un punto y aparte: el fin de la adolescencia nacionalista y la entrada de Cataluña en la edad adulta. El discurso del Rey, la ejemplar actuación de la Policía y la Guardia Civil, y la entrada de los líderes golpistas en la cárcel acabaron con la ficción del Proceso. Pero entonces llegó Sánchez y la resucitó. Un irresponsable y, sí, un anticatalán. En tercer lugar, y esto es lo más importante, tenemos que poner en pie una auténtica alternativa democrática, constitucionalista y liberal para Cataluña. La única que nadie ha ensayado en 40 años y la única que puede revertir la declinación española. Es un desafío apasionante, ¿no cree?

 

Entrevista publicada en Voz Populi, 5 de marzo de 2021.