A finales de junio del año pasado, quedé con Isabel Díaz Ayuso a comer en un lugar tranquilo junto a la Plaza Santa Ana. No somos amigas, por así decirlo, pero sí afines. Cuando Pablo Casado la escogió como candidata a la Comunidad de Madrid, escribí un artículo en El Mundo en el que califiqué la decisión como una temeridad. Ayuso no tenía ninguna experiencia de gestión y sus principales méritos en la política se circunscribían a las redes sociales y a una entrevista brillante y combativa en La Sexta. Sin embargo, tenía una cualidad que siempre he valorado por encima de cualquier otra: coraje al servicio de las ideas. Principios. Actitud. Y ese día, mientras conversábamos en la penumbra, lo volví a percibir. Eran momentos especialmente difíciles. La pandemia había arrasado ya con la vida y el futuro de miles de madrileños. Los ataques de la izquierda contra su Gobierno y su persona —los bulos y las burlas— eran de una crudeza y una crueldad extremas. Su vicepresidente, este chico de Ciudadanos, se dedicaba a la fatua y fútil tarea de promocionarse a costa de la estabilidad regional. Y la defensa que Ayuso recibía de la dirección nacional del Partido Popular era, pues, en fin. Creo que las dos sentíamos una forma comparable de soledad. La vi triste pero también fuerte. Sólida. Desafiante. En un momento dado me dijo: «Yo estoy dispuesta a todo por Madrid y por los madrileños. No me importan las consecuencias. Me da igual el coste personal.» Algo parecido dijo ayer cuando anunció la convocatoria de elecciones anticipadas en Madrid. Un gesto valiente que abre una puerta a la esperanza.

Cualquier dirigente del PP, y de Ciudadanos, y de Vox, sabe hasta qué punto es lúgubre el estado de ánimo de los votantes de centro-derecha. Y no sólo de centro-derecha. De todo el fértil pero fragmentado espacio español de la razón. Son millones de ciudadanos, de perfil y procedencia ideológica muy distinta, los que consideran inaceptable que España lidere el exceso de muerte por la pandemia en Europa. Que contemplan con pánico la devastación económica. Que rechazan, por sórdida y disolvente, la presencia en el Gobierno de un partido que promueve la violencia, ataca a los jueces y jalea a los enemigos jurados de la democracia. Que observan, con una mezcla de asco y estupor, el blanqueamiento no ya de los Tejeros de 2017, sino de una fuerza política que justifica el secuestro, el coche-bomba y el tiro en la nuca. A pesar de todo lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo —sobrevivimos a escándalo diario—, estos españoles no ven la salida. «¿Cómo es posible que sigáis divididos y enfrentados?», te dicen. «¿Dónde está la alternativa?», claman. Su disposición de ánimo se resume en dos palabras: orfandad y resignación. El propio Casado les pedía hace unos días tiempo, invocando los siete años que tardaron José María Aznar y Mariano Rajoy en llegar a la Moncloa. Pero tiempo es exactamente lo que los españoles no tienen. Otra legislatura de Sánchez supondría no tanto la destrucción de España —el apocalipsis es una forma de utopía— como algo bastante más prosaico y patético: su permanencia en el socavón. Una declinación como la del siglo XVII, sólo que esta vez sin el oro cultural.

El órdago de Ayuso tras la jugarreta murciana de Arrimadas y las amenazas de la izquierda rompe el tablero. En las dos acepciones de la metáfora. Para empezar, finiquita los planes del presidente del Gobierno, ese estajanovista, de unas largas y cómodas vacaciones sin elecciones, con visitas esporádicas al Parlamento y mucha apisonadora. Y más importante, revierte la espiral del desistimiento y la división. Ofrece a los madrileños la oportunidad de unir el voto para derrotar a Sánchez. Y eso marca la pauta al resto de los españoles. A los votantes y también a los políticos.

Si Ayuso está en condiciones de obtener un respaldo electoral abrumador en Madrid es gracias a que ha impugnado el viejo equívoco en el que cíclicamente cae la derecha para jolgorio de sus adversarios. La falacia de que a más perfil, menos votos. Que lo moral es ineficaz. Que las ideas no importan; si acaso, estorban. Ayuso ha entendido que la moderación en España no es tanto una virtud como un defecto, porque no se proyecta sobre las formas sino sobre el fondo. ¿Moderada en defensa de la Constitución y la monarquía parlamentaria? ¿Moderada en la reivindicación de la libertad y la igualdad? ¿Moderada a la hora de decir la verdad? En España, la moderación es un atributo que la izquierda y los nacionalistas te conceden cuando te portas bien. Es decir, cuando haces lo que a ellos les conviene.

Con esta refutación de un marco averiado como punto de partida, Ayuso ha logrado convertirse en la Oposición visible. Se ha distinguido por hacer una política de perfil alto, convicciones firmes e ideas limpiamente diferenciadas del Gobierno socialista. Y en todos los grandes frentes. En el más dramático y urgente —la gestión de la pandemia—, ha rechazado la estúpida y destructiva contraposición entre salud y economía, luchando para mantener abierta la hostelería y erigiéndose en referente no ya de los camareros catalanes, que la recibieron como a un Salvador, ella sí, sino de la racionalidad europea. En la gestión económica propiamente dicha, no ha caído en la tentación, facilitada por el contexto expansivo y la corriente floja, de relajar su modelo de impuestos bajos y a bajar. Al revés. Lo ha mantenido y reforzado contra campañas que la acusaban de todo: de insolidaria a separatista. Incluso en La Vanguardia. Y en el campo cultural, qué decir: en apenas dos años se ha convertido en la voz más vibrante y libre de la política española frente a la deriva identitaria de una izquierda que alienta el victimismo para imponer su hegemonía. Hace ahora un año, las dos nos negamos a acudir a la manifestación feminista del 8 de Marzo. Ella, además, tuvo que gestionar sus consecuencias. Y fueron funerarias.

Auténtica, audaz y movilizadora, el resultado de la estrategia de Ayuso es que hoy miles de electores que abandonaron el PP para refugiarse en Ciudadanos y en Vox la consideran un referente natural. La votarían. La votarán. Ese es el camino de la reagrupación que tanto necesita España. Sin ataques personales a los competidores. Sin Opas hostiles y estériles. Sin campañas pueriles y denigratorias, sobre todo para los que las ordenan y ejecutan. Con mano izquierda. O debería decir de centro, en su definición correcta: no como sinónimo de vacío, equidistancia o medianía, sino de liderazgo en la defensa radical del ciudadano y de su libertad.

 

Artículo publicado en El Mundo el 11 de marzo de 2021.