Me envía estas fotos Ramón González Araujo. Son de la campaña de las elecciones generales del 10 noviembre de 2019. Yo andaba haciendo lo único que puede hacer un constitucionalista en Barcelona —ejercer la resistencia con cara de victoria— cuando de pronto apareció David, con su barba de patriarca y sus Ray Ban tan blues. La alegría de verle. Su vertical sentido de la Justicia y su ancho sentido del humor; su ternura y su libertad. No había en él nada fatuo ni impostado, los males del gremio. Me animaba.

Nuestros mundos se solapaban en todas las esquinas: casi más porteño que yo, algo más francés y definitivamente más español. Periodista, liberal y salmón, aunque habría vivido más. Mucho más. Nada de desovar para morir. Su romanticismo, no sólo literario, tenía un límite limpio. Y además había construido la familia perfecta. Romi: luminosa, sexy, adorable; tres mini-gistaus y una belleza blanca llamada, claro, Bianca. Nos juntábamos en Comillas, en Cofiño o bajo los sauces llorones, nunca en la playa; y en Madrid, en los arrabales del periodismo y la política. Coincidíamos en todo: en las cosas y en las personas. Dos raros. Y sobre todo nos divertíamos. Tanto, tanto. Hasta que se fue.