Después de ver a Rivera ejerciendo de encantador de perros (dado que la defensa de la tauromaquia ya no rinde beneficio ninguno y la caza es un coto privado de Vox, tratemos de raspar algún voto animalista), a Sánchez disfrazado de runner o a Iglesias emulando a Bolt en la portada de Marca, que Cayetana exhiba su tronío en un mercado municipal de Cornellá es prácticamente revolucionario. De su mano, las nimias, recatadas concesiones al populismo de la propaganda al uso no sólo son disculpables, sino ennoblecedoras. Para empezar, porque la propia candidata tiene plena conciencia de que estrecharle la mano a un tendero es una costumbre penitencial, el precio ineluctable (menos irrisorio que risible) de figurar como cabeza de lista, y eso, créanme, facilita bastante las cosas. De hecho, es muy probable que durante esta contienda no haya pasado por un apuro más comprometedor que aquel “nuestra Messi” que le dedicara Pablo Casado, una hipérbole, por cierto, que a medida que transcurren los días va cobrando visos de fundada justeza.

Con cada una de sus intervenciones Cayetana ha desnudado a sus adversarios (entre los que cabe contar a los periodistas, que la tratan como si fuera una criatura de feria, como explorando los límites de su paciencia, véase Basté), al tiempo que proyectaba una luz abrasadora sobre la llamada nueva política, que por efecto de su inteligencia y de su audacia se ha ido tornando en un mustio catálogo de frases hechas, donde “los de abajo y los de arriba” y el “régimen del 78” compiten en decrepitud con “la derechita cobarde” y “la veleta naranja” o “ni rojos ni azules” y “no tenemos mochilas”. Ya no digamos con el “No es no” o el “Como decíamos ayer…” (aun admitiendo que el packaging del PSOE, y en particular la foto de Carlos Spottorno, es soberbio). En el enésimo suceso de una campaña para la historia, el Día de Sant Jordi a las 13 horas presentará en el Colegio de Periodistas la edición conmemorativa del vigésimo quinto aniversario del clásico de Andrés Trapiello Las armas y las letras, junto con el autor y Félix Ovejero. Una afrenta, claro, para sus rivales, que pocas veces se habrán sabido tan agrupados en el resto.

(José María Albert de Paco en Vozpópuli)