Buenas noches. Gracias por su compañía.

Como todo ustedes saben, soy una persona de esdrújulas. Con demasiado facilidad caigo en el énfasis y la declamación. Y hoy la tentación es francamente enorme. Por eso, y también porque creo que nuestro tiempo está saturado de hipérboles, he optado por hacer un esfuerzo de contención.  Voy a remitirme a los hechos. Al menos para empezar.

 

El martes 3 de octubre de 2017, a media mañana, con el corazón agitado y el verbo a mil, llamé por teléfono a Mario Vargas Llosa. Esto fue lo que le dije, atolondramente:

“¡Mario!, sin preámbulos: ¡Te necesitamos! Sociedad Civil Catalana ha decidido convocar una gran manifestación contra el golpe separatista. Será el próximo sábado en Barcelona. Estamos mal, Mario, muy mal. Ahora todo el mundo, incluido el New York Times (Hemingway Minder), dice que España es un Estado policial, franquista. Y hasta Rajoy se lo ha creído. Será que sólo ve La Sexta. La policía actuó de forma ejemplar, Mario. Lo vi con mis propios ojos en Gerona, donde pretendía votar Puigdemont. ¿Y qué crees que hubieran hecho los franceses o los americanos en nuestra situación? En fin, Mario, lo que te decía: Sociedad Civil ha convocado una manifestación y me han pedido que te llame. Quieren que hagas el discurso de clausura. Tu presencia tendría un inmenso impacto, no sólo en España; también en el extranjero. No sabes cuánto nos ayudarías. Por favor, por favor, di que sí…”

Y Mario dijo sí.

Podría haber dicho no. De hecho, voy a contarles un secreto. Ese mismo martes 3 de octubre, un importante dirigente del Partido Popular de Cataluña me envió un whatsapp. Decía lo siguiente: “Cayetana, la manifestación es un error. Primero es posible que ese día se celebre un pleno y después, no se puede ir por libre organizando manifestaciones”.
Por libre organizando manifestaciones… ¿A qué había que esperar? ¿A que la convocara el pancartero Rajoy? Aquel mismo dirigente luego estuvo en la manifestación, claro. Lo vi a lo largo del recorrido, eufórico, saludando a las masas. Del Partido Socialista mejor no hablar. Ni siquiera acudió.

Qué diferencia con Mario. Mario sí tenía motivos, prácticos, para no acudir a Barcelona. El sábado 8 de octubre, Isabel y él tenían previsto viajar a Moscú, donde Mario iba a recibir uno de los cientos de premios que le han concedido a lo largo de su admirable trayectoria literaria y cívica. Ya tenían los billetes sacados. El hotel reservado. La logística montada. Los anfitriones ansiosos. El público expectante. Y, sin embargo, Mario cambió sus planes. En un segundo. Sin dudarlo. Sin poner objeciones. Con un entusiasmo expansivo. Por España y por la libertad.

Y eso que todavía no había hablado el Rey.

Quedamos el 8 a las 8 en Atocha; las tortugas del estanque tropical de Moneo aún dormían. Mario venía solo, sin ninguna de la parafernalia que suele acompañar a los grandes hombres, y a tantos pequeños. Nos sentamos en el AVE, frente a frente. Comentamos los periódicos. Charlamos con medio vagón. Hasta que en un momento dado vi cómo Mario sacaba de su bolsillo un par de folios. Estaban escritos a mano. Empezó a leerlos, lentamente, concentrado. Cada tanto levantaba la vista para mirar el paisaje a través de la ventana: la piel muerta de los Monegros; el perfil dramatizado de Montserrat. Entendí que era su discurso y que lo estaba absorbiendo, digiriendo, como hacía Churchill, otro orador prodigioso. Otro sublime escritor que movilizó la palabra y la puso al servicio de la democracia y de la libertad. Esperé que acabara y le pregunté si estaba nervioso. Se le iluminó la cara y me contestó: “¡Hace 20 años que no doy un mitin!”

Y qué mitin dio.

Barcelona estaba irreconocible. Aunque quizá Mario sí la reconoció. Era la ciudad que fue. La capital abierta y vibrante a la que Mario llegó en los primeros años 70, empujado por Carmen Balcells, su amiga, la editora que le cambió la vida.

En la estación de Sants nos esperaba un coche. Rodeamos la ciudad hasta el cruce entre el Paseo de Colón y la Vía Laietana, donde ya fue imposible avanzar. Nos bajamos y subimos a pie hacia la cabecera de la manifestación. Caminábamos contra la corriente. Una corriente insólita, inédita: cálida, cívica, constitucional, formada por miles y miles y miles de banderas españolas, y por aplausos espontáneos a Mario, que Mario agradecía con elegancia y humildad.

No lo olvidaré jamás.

La manifestación del 8 de octubre fue como muchos de ustedes la recuerdan. Y como no la verán nuestros hijos ni nadie nunca más porque Televisión Española, ese paquidermo deficitario, no contrató un helicóptero. No existen imágenes áreas de la movilización más importante y emocionante de la historia democrática española. En cambio, sí las hay de todas las Diadas, con sus masas encuadradas a lo Nuremberg, tan bonitas, tan totalitarias.

Pero ya se sabe: España no es una democracia militante; si acaso, una democracia en el diván, enferma de autoflagelación. Aunque quizá empieza a despertar.

Llegamos a la cabecera. Yo tenía instrucciones, muy estrictas, de Isabel de proteger a Mario. El brazo de Xavi García Albiol saludando a cada lado, como si fuera la reina de Inglaterra con anfetaminas, no me lo puso fácil. La organización, conmovedora por lo artesanal, tampoco. Pero Mario, sí. De hecho, fue él quien me protegió a mí cuando en la esquina de la estación de Francia, a unos metros del escenario, la marea se desbordó. Y, mucho más relevante aún, fue él quien nos amparó a todos los españoles cuando por fin tomó la palabra.

El discurso de Mario Vargas Llosa del 8 de diciembre de 2017 le hace por sí mismo merecedor de este premio y hasta de un Nobel de la Paz. Ya sin papeles. Con el pelo revuelto por el viento. Con la fuerza de los liderazgos excepcionales. Con la palabra limpia, exenta de toda demagogia y sin embargo cargada de emoción, Mario hizo algo excepcional: se dirigió a los catalanes y al conjunto de los españoles como adultos. Combinó el afecto con el emplazamiento. No les mandó callar por pedir la prisión de Puigdemont. Eso hubiera sido injusto, y cursi, y condescendiente. Comprendió la angustia de los que llevaban décadas silenciados y marginados y maltratados. Y la canalizó hacia donde era útil y necesario. Hacia la defensa de una Cataluña tolerante, inclusiva, cosmopolita, democrática y moderna. Una Cataluña alejada del tribalismo, el sectarismo y la xenofobia. Una Cataluña —una España— dispuesta a encarnar y a defender con vigor los tres pilares de la vida civilizada: la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Ya me he puesto esdrújula.

Cuando se piensa en Mario Vargas Llosa la primera palabra que viene a la mente es libertad. Y literatura, claro, pero hoy no hemos venido a hablar de sus libros. Mario es un liberal y también es algo mucho más difícil: un hombre libre. Un adulto que encara la vida sin coartadas y sin pretextos. Que desconoce el victimismo. Que no echa la culpa a dios ni al destino ni a esos misteriosos líquidos que, según algunos sabios de las Ciencias, lo deciden todo por nosotros. Él asume su responsabilidad y actúa, consciente de que la vida es hoy, y única, y breve. Y que, si hay que morir, que sea de pie.

Mario también evoca la igualdad, en un sentido profundo. Lo siento por los restos del naufragio socialdemócrata. De esa izquierda que abandonó la igualdad por la identidad, y que se ha quedado sin igualdad, sin identidad y, según volvimos a comprobar anoche, sin votos.

No conozco a nadie —a nadie— con más méritos para la soberbia y menos inclinación hacia ella. En la prosa y en el trato. No sé cuántos escritores, jóvenes y viejos, brillantes y mediocres, se habrán beneficiado a lo largo de las décadas de su consejo y aliento. Miles, supongo. Pero sí sé cómo Mario concede y reparte y distribuye las oportunidades entre los que se acercan a él para pedirle ayuda. Cómo entrega, a manos llenas, lo más valioso que tiene: su talento y su tiempo. Con qué modestia y qué generosidad.

Bien. Pero con esto no cumplo mi encargo. Julio Pomés me pidió que fuera original y yo a Julio procuro hacerle caso. Además, sé que lo que voy a decir ahora le gustará, porque va a misa.

Por encima de la libertad, por encima de la igualdad, incluso por encima de la literatura, la palabra que mejor define a Mario Vargas Llosa es la fraternidad. La menos citada y sólo aparentemente la menos sexy de la luminosa tríada de la Ilustración.

Su actitud ante el 8 de octubre fue la expresión de una disposición intelectual y moral. Mario es, ante todo, un hombre fraterno. Y en ese adjetivo cabe un mundo. Literalmente.
Cabe España, desde luego, como la celebramos esta semana.

La España de la Constitución de 1978 es la España de los hermanos reconciliados. Es un país que dejó atrás la muerte, el odio y la división. Que se refundó sobre el reconocimiento no sólo de la libertad y la igualdad de todos los españoles, sino también de su condición de hermanos. Hermanos no de sangre. No de raza. De la historia y de la cultura en un sentido ancho, ciertamente. Pero sobre todo de la ley. Hermanos de ciudadanía.

Esa manera de entender la fraternidad española es la que está hoy bajo asedio. Desde varios frentes. Y en todos ha lidiado y lidia Mario, con pasión pero sin vulgares atajos sentimentales.

Para empezar, la fraternidad de Mario es un antónimo y un antídoto del nacionalismo. Y de la xenofobia. Y de la segregación. Y de esa enajenación moral que lleva a un hombre a calificar a sus conciudadanos como “bestias con forma humana, carroñeras, víboras, hienas, con un pequeño estremecimiento en su cadena de ADN”. La misma que llevó a ETA a matar vascos en nombre del pueblo vasco. O a un socialista —un socialista— a decir que “Cataluña es diferente de España como Dinamarca del Magreb”.ç

El hombre fraterno es el que es capaz de superar el instinto tribal propio de la naturaleza humana para mirar al otro con curiosidad, respeto y empatía. Es el que contrarresta los intentos de exclusión no con una histérica venganza identitaria sino con una apelación inclusiva a la común humanidad.

Exactamente así es Mario: implacable con el nacionalismo por pura fraternidad. Por pura civilidad. Porque entiende que los españoles o siguen siendo hermanos en ciudadanía o dejarán de ser ciudadanos.

Segundo. La fraternidad de Mario es también contraria al cainismo, esa vieja manía española de matarse unos a otros. O, como mínimo, de enterrarse civilmente. Daba un cierto pudor escuchar anoche a Pablo Iglesias invocar la fraternidad con el puño cerrado y guiños ocultos a la autodeterminación… de los ricos. Todavía no ha entendido que su doble agresión a la fraternidad española es la causa de su derrota.

Ingenua de mí. Iba a decir que debería leer un poco a Mario. Aunque sea escucharlo.

No sé si es paradójico o simplemente sintomático. En todo caso es curioso, y maravillosamente oportuno, que una de las voces más claras y constantes en defensa de la Transición exhiba un ligero acento extranjero. Peruano. Cito una de las tantas entrevistas en las que Mario ha reivindicado la obra cumbre de la fraternidad española frente a sus frívolos flageladores internos: “Es una monstruosa injusticia que se descalifique la Transición. Fue una de las mejores experiencias políticas de la historia de España. Ustedes pasaron de la dictadura a la democracia. Del tercermundismo a la prosperidad. De la división a la civilización.”

Fíjense bien en sus palabras. De la división a la civilización. La yutxaposición no es fortuita: sólo fraternos seremos civilizados.

Por último, la fraternidad de Mario es el antídoto a una plaga que, lamentablemente, empieza a extenderse de Europa a España, y que todavía hoy sigue contaminando la actitud de muchos españoles hacia América Latina. Me refiero al racismo. Hace algunos años, preparando una intervención parlamentaria, descubrí una conferencia que Mario pronunció hace 35 años en Cartagena de Indias. Es un texto imponente. Una versión del “Yo acuso” de Zola que mantiene plena vigencia.

Todavía hoy hay quienes asumen, o incluso promueven, para América Latina lo que jamás tolerarían para España o Europa. Quienes braman contra un dictador muerto hace 43 años pero se pasean extasiados por La Habana y hacen suculentos negocios con un dictador vivo. Quienes lloriquean ante las imágenes de refugiados sirios mientras, con sus falsos diálogos, dan oxígeno a un narco-Estado que ha provocado la mayor diáspora del siglo: 4 millones de personas. Quienes denuncian la intolerable pobreza infantil en Madrid mientras aplauden lo que llaman “drásticos avances” democráticos, sanitarios y hasta gastronómicos de Venezuela. Tres comidas al día dijo Iñigo Errejón que hacen los venezolanos gracias a Nicolás Maduro. Y se felicitó.

Hace 30 años Mario calificó este doble rasero moral como “un racismo visceral” y lo sigue denunciando, y combatiendo, en América y en Europa, con una entrega y una paciencia admirables. Su lucha es una actualización del célebre título de Sarmiento: fraternidad o barbarie. No hay fronteras morales.

Acabo ya. A los liberales se nos suele imputar un cierto egoísmo. Una ligera altanería. Mario es la prueba de que el buen liberalismo es cordial y afable y fraterno. O más aún: Mario es la demostración de que el liberalismo es el verdadero aliado de la fraternidad. Sólo quien mira y valora al otro como un individuo, y no como parte de un colectivo étnico, sexual o racial, puede tratarlo como un hermano. Es decir, como un igual.

Libertad. Igualdad. Fraternidad. La revolución francesa alumbró la figura de Marianne como símbolo de los tres principios que han impulsado la etapa de mayor progreso de la humanidad. Y los mejores 40 años españoles.
Marianne: mujer valiente y sensual, con una bandera en la mano y los pechos desnudos. La bandera, símbolo de la nación de ciudadanos. Los pechos, de la libertad.

Qué coincidencia etimológica tan afortunada. Tan feliz. En esta España extraña, donde los valores republicanos los encarna un Rey y donde el feminismo patrocina la censura, Marianne es un hombre y se llama Mario.

Y así, con mi admiración, con mi gratitud, con todas mis esdrújulas y con un abrazo fraternal, hago entrega del Premio Sociedad Civil 2018 del think tank Civismo a Mario Vargas Llosa.