El 5 de julio de 2008 el Partido Popular de Cataluña se congregó para escoger a su enésimo no líder. Lo hizo en el hotel Barceló que remata por lo alto la estación de Sants. Los nacionalistas se mofaban: «Ahí van los forasteros, con un pie en el AVE a Madrid». Pero además hacía un calor húmedo, diabólico, peor que el de Buenos Aires en el filo de enero. Y el aire acondicionado del hotel, que aún no había sido reformado, reventó. Los sufridos compromisarios salían y entraban de un salón de techos bajísimos, sus camisas empapadas, sus rostros desencajados. El bochorno ambiental no fue nada comparado con el político. Contra todas las maniobras de Génova, al Congreso se habían presentado dos candidaturas: la oficialista de Alicia Sánchez-Camacho y la disidente de Montserrat Nebrera, una histriónica profesora aupada en su día por Josep Piqué que ha acabado encaramada al independentismo. Nebrera hizo un discurso delirante: «¡La mejor manera de crecer es perder! ¡Yo os propongo que crezcamos juntos!» Y logró el 43% de los votos. Sus seguidores la sacaron a hombros, literalmente, entre aullidos de euforia e insultos a Javier Arenas y Ana Mato, representantes de la dirección. En una esquina, el todopoderoso Jorge Fernández Díaz, chorreando, también cinismo, declaró: «El PP está sudando libertad».

 



He recordado este episodio, que viví en directo y con el mismo desasosiego que muchos de mis entonces compañeros de partido, al conocer la noticia de la elección de Alejandro Fernández como nuevo presidente del PPC. Desde la triste defenestración de Alejo Vidal-Quadras, hace 22 años, el PP no había tenido un líder a la altura de Cataluña. Es decir, de España. Consciente de que sus electores no son precisamente los próceres terceristas del Círculo de Economía. Brillante en la tribuna. Con grosor intelectual, sentido estratégico y dominio de la ironía. Autónomo de los hermanos Fernández Díaz y hasta dispuesto a jubilarlos. Un presidente inmune al cumbayá de las corruptas sirenas catalanistas.

 



«¡Troppo tardi!», gritan los escépticos y los de Ciudadanos. Quizás. Los graves errores cometidos por el PP estos años —pasividad ante el 9-N, Operación Diálogo, 155 ultralight— han convertido una empresa difícil en una tarea titánica. Pero aun así. La volatilidad que caracteriza al voto contemporáneo concede un peso decisivo al factor liderazgo. Para bien o para mal, los individuos influyen hoy más que las marcas: Trump, Macron, Bolsonaro. Y fíjense qué curioso. Y qué bonito. En el fango catalán, en la zona cero del nacionalpopulismo, donde la degeneración democrática alcanza cotas de epidemia, coinciden los tres líderes más esperanzadores de la política española: Fernández, Valls y Arrimadas. Cada uno con sus matices: derecha, izquierda y centro. Todos con la Constitución: libertad, igualdad y fraternidad.

 



El mar al sur de Barcelona tiene en otoño un color verdoso, difuminado. Parejas pasean entre los cañaverales, el solito en la cara y el corazón en la boca. Llamé a los viejos amigos que habían acudido a Sitges a votar a Fernández. Estaban contentos, aunque con la duda de si su discurso no había sido demasiado elevado para una militancia con la moral por los suelos. Lo busqué en Youtube. Fernández estudia para pensar, piensa antes de hablar y lo que piensa es exacto. Cataluña no necesita un nuevo 155, como repite Pablo Casado, que un día de estos debería parar, reflexionar y hasta descansar. Lo que necesita, efectivamente, es una política dirigida a ensanchar el espacio no separatista del 53% hasta el 57 o el 60%. Un proyecto capaz de devolver a Cataluña el equilibrio, si es que alguna vez lo tuvo. Hoy el 47% nacionalista ejerce sobre la vida de los catalanes un dominio obscenamente desproporcionado: mimado por PSOE y PP durante cuarenta años, controla la educación, los medios de comunicación, los nombramientos, los ascensos, las subvenciones, todo. El 53% restante no existe: es una mayoría paria. Los constitucionalistas protestan: «¡Gobierno sectario!». Se quedan cortos: Torra no preside un Gobierno, sino un Estado, un ogro filantrópico con los suyos e implacable con los demás, que deambulan desamparados, porque el Estado legítimo, el de todos, ha abdicado. Y ni les cuento bajo Sánchez, promotor de indultos y hasta de amnistías para los golpistas. 

 


«Elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es plenamente normal». Cataluña tiene pendiente su Transición, desde luego. Como primera medida, Fernández propuso en Sitges un plan de incentivos paralelo al de los nacionalistas. Defínase: una red de Institutos Cervantes-Pla, una TV4 plural… Bien, aunque todo eso requiere un Gobierno español que de momento no tenemos. Y además no concede al discurso del nuevo PP catalán ningún valor añadido frente al de Ciudadanos.


Es cierto que Ciudadanos ha sido menos consecuente y metódico de lo que esperaban sus votantes. A Arrimadas le pasa un poco como a Rajoy: deslumbra en el Parlamento pero no lidera la calle. Pudo hacerlo, pero no quiso. Ganó las elecciones del 21-D. Pero primero renunció a hacer un discurso de investidura para la Historia: «Sí, señores, de Olot, Madrid o Bruselas: esta mitad existe y ha ganado, y es la única que tiene un proyecto compatible con la paz civil de Cataluña y su prosperidad». Y de enero a junio se limitó al puro debate dialéctico. No mantuvo viva la movilización del 8 de octubre. No impulsó iniciativas para ampliar la base del constitucionalismo. Se plegó a la estrategia nacional de Albert Rivera de macerar a Rajoy en la Gürtel hasta que… Ups, Sánchez presidente. Qué fiasco. Y, sin embargo, de todo se aprende. Por escarmiento o pura necesidad, desde el verano Ciudadanos ha vuelto. A la Plaza Sant Jaume, al corazón sucio de Alsasua y hasta a la portada de El País. 


 


Fernández no lo tendrá fácil para competir con Arrimadas en firmeza constitucionalista. Ni en atractivo político. Ni en atractivo. En cambio, hay un terreno donde sí puede hacer un discurso diferenciado. Y electoralmente eficaz. Y políticamente decisivo. Y atractivo, guapo, guapo. El nacionalismo es ante todo una intervención, una injerencia, una invasión de lo colectivo en la libertad individual. El fáctico Estat català es un inmenso engranaje burocrático, una versión mediterránea del socialismo del siglo XXI. Pisotea la vida privada. Exige absoluta fidelidad ideológica. Avasalla en las aulas. Manosea los libros de texto. Okupa los platós de televisión. Sepulta a los ciudadanos bajo una losa de entidades, consorcios, institutos, fundaciones, embajadas y observatorios, que cuestan una fortuna en impuestos y que actúan como agencia de colocación y fábrica de estómagos agradecidos. El nacionalismo ha creado un Estado iliberal y no sólo por antidemocrático. Y aquí es donde Fernández juega con ventaja. El liberalismo de Ciudadanos es de etiqueta: táctico, ondulante, transaccional; el suyo es auténtico. Hasta el punto de que se proclama «thatcheriano», lo que hoy en Cataluña es incluso más subversivo que reconocerse «españolazo». 



El 21-D, Fernández se quedó fuera del Parlamento catalán. Durante tres días, hasta el recuento del voto exterior, creyó que su carrera política había terminado. Nada como la visión del abismo para convertir la lucidez en acción. Algo parecido le pasó al Rey el 3 de octubre. Un año después, sigue librándose en Cataluña una batalla cotidiana y agónica entre la sociedad abierta y sus enemigos. Más que la continuidad de España, lo que está en juego es la libertad de elegir. Las políticas identitarias balizan un nuevo camino de servidumbre. Adelante, pues, Fernández, hombre del PPC: no importa que te llamen dominguero los taxistas al pasar; la carretera liberal es tuya. Y es una carretera nacional.


Foto: El delta del Llobregat. Otoño, 2018.