POR QUÉ HOMBRES Y MUJERES NO SOMOS UN JUEGO DE SUMA CERO

 

En noviembre de 2013 los organizadores de los Munk Debates reunieron a cuatro mujeres para debatir ante más de 3.000 personas la siguiente moción: «Queda resuelto: los hombres están obsoletos».[1] A favor de la sentencia capital figuraban la columnista del New York Times Maureen Dowd y la ensayista y colaboradora de The Atlantic Hanna Rosin. En contra, la marxista británica Catherine Roslin y la referente del feminismo amazónico y antipuritano Camille Paglia. El veredicto no fue precisamente tranquilizador para el presunto sexo dominante: si antes del debate el 84% del público se había pronunciado en contra de la moción, después de escuchar a unas y otras el resultado quedó en tablas. Y eso que Paglia brilló, no sólo por su crujiente manejo del lenguaje —originalidad y potencia—, sino por su adulto sentido de la realidad. Frente a los reproches contra el Padre Occidente, recordó la influencia decisiva de la Madre Naturaleza. Y frente a la nueva cultura de odio al macho, recordó lo que el varón ha hecho por la civilización: desde proveer comida al clan en la cueva hasta construir, ladrillo a ladrillo, todas las ciudades del mundo y desarrollar la tecnología que, entre otras cosas, ha permitido a las mujeres su liberación. Pero en el periodismo y la política sólo brilla hoy la purpurina. Como en esta frase de Dowd: «Normal Mailer tenía pánico a que la mujer se vengase de siglos de maltrato. Todo lo que necesitan las mujeres, decía, era unos cien esclavos sementales a los que ordeñar cada día para mantener viva la raza y controlar el mundo. ¡Te equivocaste, Norman! ¡Todo lo que necesitamos son unas pocas células en el congelador junto al vodka con sabor a cereza!». En los últimos años este tipo de retórica tuitera —bravata y troleo— ha ido a más. Y la discusión racional y científica, claro, a menos. El resultado es que ya ni siquiera se habla de una guerra de sexos, o sólo como algo a rematar. Desde lo alto del podio mediático, el nuevo feminismo brama: «¡Hemos ganado! ¡El hombre ha caído! ¡El futuro es nuestro!» Paglia replicaría: con Putin y Trump, creerlo es prematuro; a pesar de Putin y Trump, quererlo es estúpido.

La obsolescencia del hombre es como la obsolescencia programada de cualquier aparato electrónico: una leyenda urbana. O quizá debamos decir rústica. En este caso, promovida por una generación feminista que ha despertado mal de la bacanal del 68. Lo habrán notado y, si no, créanme porque lo he examinado con atención: lo más sorprendente de las conmemoraciones del mayo francés es la ausencia de referencias al impacto de la píldora anticonceptiva sobre la vida de la mujer y la relación entre los sexos. La alegría libertina de entonces no encaja con la cólera puritana de hoy. Sin embargo, la love pillule —por cierto, un invento masculino; del químico Carl Djerassi— fue lo que facilitó la incorporación masiva de la mujer al poder y al placer. A los progresófobos, a los que niegan la maravillosa curva que va desde Bernarda Alba hasta Marisol y de Marisol hasta cualquier chica de hoy, hay que decirles: las mujeres no habían tenido nunca más orgasmos que en los últimos 50 años. Y probablemente tampoco los hombres, salvo que también nos creamos el cuento de que un macho prefiere una muñeca muerta a una mujer libre y consciente.

Pero, como decía, la revolución sexual ha evolucionado mal. Se ha hecho peor que burguesa. Quizá porque su advenimiento coincidió con ese fárrago ideológico llamada posmodernismo. Sus intelectuales —ingenieros sociales— fracasaron en la construcción del hombre nuevo, pero con la otra mitad de la humanidad no se resignan. La mujer nueva: un ser desprovisto de cualquier vínculo con la biología, frágil pétalo de rosa sacudido durante siglos por los vientos de la cultura, barro a esculpir. Eva. A partir de esta visión posmo de la mujer —víctima en legítima busca de venganza contra el varón—, se levanta un hojaldre de mentiras que perjudica a los hombres, desde luego, pero también a las mujeres. En todos los ámbitos: del más sagrado al más profano. De la maternidad al sexo.

En un ensayo pulcro y pinkeriano, la joven francesa Laetitia Strauch-Bonart explica cómo, analizada la longue durée, los hombres han perdido sus dos principales asideros: la prima que otorga la fuerza física y el control de la procreación.[2] Es cierto. Vivimos en un mundo tierno, tan blando por fuera que se diría todo de algodón, donde el uso de la violencia ha retrocedido frente a la búsqueda del consenso y la comunicación, atributos esencialmente femeninos. Y, sobre todo, estamos en un tiempo en el que la decisión más importante de la vida de una persona —tener o no tener hijos— ya no es cosa de dos. Y no sólo por cómo vemos y regulamos el aborto, un privilegio que las mujeres han ganado, a la vez, contra la iglesia y la igualdad. El «nosotras decidimos» también se impone cuando sí parimos. Si la píldora provocó el divorcio entre la maternidad y el sexo, las técnicas de reproducción asistida han provocado el divorcio entre la maternidad y el otro sexo. Un banco de semen y a los nueve meses: Enhorabuena a la mamá. En los países en los que la inseminación artificial y la fecundación in vitro están permitidas para las madres solteras o las uniones de lesbianas, el padre pasa de anónimo sólo en lo biológico a anónimo sin más. De ahí al sueño de Maureen Dowd —mujeres clonando a mujeres en una orgía de partenogénesis hasta ahora sólo protagonizada por especies como el dragón de Komodo o el tiburón martillo— queda sólo un paso científico. Pequeñito para el nuevo feminismo, ¿gigantesco para la Humanidad?

Y así asoma una paradoja, como todas, ácida: el nuevo dominio de la mujer sobre la procreación convive con un discurso que menosprecia la maternidad. La idea de que tener niños es de ñoñas impregna la retórica feminista. Desde luego, no existe una ética de la maternidad, como la que propone Julia Kristeva, previa y desvinculada de las madonnas cristianas, que entienda que el cuerpo materno es algo más que un receptáculo o conjunto de procesos técnicos que pueden replicarse en un laboratorio.[3] Pero, además, la maternidad se presenta como un lastre para los objetivos vitales de una mujer. El prototipo del éxito femenino está copiado del patrón masculino: trabajo, carrera, dinero. Y se inculca desde el primer minuto en los colegios y en ese monumento a la incongruencia —es imposible educar en el victimismo y el exitismo a la vez— en que se han convertido muchas universidades de élite. No sólo en Estados Unidos. El tabú lo rompió, una vez más, Paglia: «No estamos permitiendo que mujeres ambiciosas, inteligentes y con talento puedan tener hijos pronto».[4] Exigimos a los hombres que se ocupen más de los niños —¡conciliación, conciliación!— y al mismo tiempo despreciamos a las mujeres que lo hacen —¡fracasadas!—. El trabajo a tiempo parcial no es un oprobio sino una oportunidad. No todas las mujeres aspiran a la vida del CEO de Apple o Goldman Sachs. Muchas buscan un equilibrio entre el trabajo y la familia.[5] Donde más, en la progresista e igualitaria Holanda. ¿Son por ello peores? ¿Mujeres de segunda, poco evolucionadas, a tratar clínica o ideológicamente? Dijo Simone de Beauvoir: «Ninguna mujer debería estar autorizada a quedarse en casa para criar a los hijos. Las mujeres no deberían tener esa opción, precisamente porque si la tuvieran demasiadas la escogerían».[6] Se empieza negando la realidad y se acaba ejerciendo el liberticidio.

Madres solteras con trabajo a tiempo completo, en un ecosistema cultural que infravalora la maternidad y mide el prestigio en función del reconocimiento público: no parece un buen negocio, no. Aunque peor lo tienen los hombres, sobre todo los de abajo. De Christina Hoff Sommers a Jordan B. Peterson, hay un creciente consenso académico sobre la existencia de una crisis de la masculinidad en la América rica y Europa. [7] Más fracaso escolar que las chicas, salarios en retroceso, menos protagonismo en la procreación y también en la crianza de los hijos como consecuencia de la progresiva sustitución de la vieja institución del matrimonio por las más efímeras uniones civiles… Quizá hablar de una crisis del macho suene exagerado. O recurrente: la película Ciao Maschio de Marco Ferreri es de 1978. [8] En todo caso, basta señalar la absoluta omisión en el debate público de todo lo que, como colectivo, afecta a los hombres. Y no sólo cuando es para mal.

He aquí un asunto que las Dowd deberían celebrar. Su visión del hombre obsoleto, inútil tanto para el sustento como para la reproducción, reduce al hombre a la categoría de objeto sexual. Bien. Pero entonces, señoras, ¿por qué no nos cobramos venganza en su terreno? ¿Por qué no aplaudimos uno de los hitos más importantes en la historia de la sexualidad? ¡Viva la Viagra! Descubierta de forma fortuita, a partir de un medicamento para la hipertensión, esta nueva love pillule azul ha hecho con el sexo y la edad lo mismo que la píldora con el sexo y la procreación: separarlos. Ha acabado con la impotencia como drama real y literario. Y ha otorgado a millones de hombres la posibilidad de prolongar y mejorar su vida sexual. Esto debería deleitar al feminismo que tiene al hombre por mero muñeco o surtidor de espermatozoides. Pues no. Ningún interés. Incluso un cierto desprecio. Como si la erección fuese la expresión de la corrupta falocracia o el preludio inevitable de una violación. Como si las mujeres no fueran las principales beneficiarias de la capacidad sexual masculina. Como si no les gustara el sexo. ¿Y si a las que no acabara de gustarles es a la feministas?

El sexo es como su época y nuestra época es fragmentaria, consumista, tiqui-taca y banal. Para muchos jóvenes, un polvo es como un tuit: un desahogo y poco más. Esa frivolidad no es necesariamente mala. Ya llegará el amor, grave y severo. El problema surge cuando a la ligereza se suma la puerilidad. Cuando el sexo no es tratado como lo que es —un juego para adultos— sino como un pasatiempo infantil. Ahí es donde surgen los malentendidos. Y sobre todo donde proliferan las gobernantas, las que obtienen un gozo incalculable de tratar a los ciudadanos —y sobre todo a las ciudadanas— como menores de edad, diciéndoles cómo, cuándo y con quién. Son las justicieras del #MeToo; las que contra la común experiencia, incluida probablemente la suya propia, dicen que hasta un silencio es un no; las que promueven ese ridículo cinturón de castidad llamado consentimiento previo, que aniquila la seducción. Todo su razonamiento parte de dos premisas. La primera es demencial: todo hombre es un agresor. La segunda, desoladora: la mujer por defecto dice no porque la mujer por defecto no quiere sexo. Al menos con un varón. En el caso de algunas destacadas feministas, es difícil no evitar la sospecha de que estamos ante una pura estrategia de reclutamiento: decretada la obsolescencia masculina, el sexo se vuelve intragenérico. Incluso autorreferencial.

Al final, hay algo profundamente narcisista en el nuevo feminismo. Tampoco en esto se aleja demasiado del paisaje cultural que lo rodea. El último verano, en la playa de Tarifa, el sol de despedida, un grupo de chicas paseaba en topless, la melena larga, la sonrisa abierta, los pies en el agua. Iban haciéndose selfies, ni siquiera grupales, cada una con su móvil. Los chicos las miraban pasar, en silencio, anonadados. Esta es la fantasía del nuevo feminismo: una era del sexfie, onanismo y segregación.

Toda autarquía es una utopía. Y un infierno. Lo cierto es que los hombres seguirán ahí. Y, sobre todo, los seguiremos necesitando. En The Uses of Pessimism, Roger Scruton desmonta uno de los mitos contemporáneos: la falacia de que la felicidad de unos seres humanos provoca automáticamente la infelicidad de otros. Su advertencia es aplicable a todas las expresiones organizadas del rencor. Y sobre todo al feminismo de tercera ola. Tratar la relación entre hombres y mujeres como un juego de suma cero es, además de un desvarío técnico, una abdicación. Es descartar la posibilidad no ya de la felicidad conyugal, sino del orgasmo en pareja. Del orgasmo simultáneo ya ni hablamos.

 

 

 

[1] El debate se publicó bajo el título Are Men Obsolete? You decide (Ebury Press, 2014).
[2] Laetitia Strauch-Baron, Les hommes sont-ils obsolètes?, p. 15-16. (Fayard, 2018).
[3] Julia Kristeva, L’érotisme maternel et son sens aujourd’hui (Les Rencontres Philosophiques de Monaco, 2018).
[4] Are men obsolete, p.
[5] El estudio ya clásico sobre este fenómeno es The Sexual Paradox, de Susan Pinker (Scribner Book Company, 2009).
[6] «Sex, Society, and the Female Dilemma», dialogo entre Betty Friedman y Simone de Beauvoir, The Saturday Review, junio 1975.
[7] La filósofa estadounidense Christina Hoff Sommers fue de las primeras en advertir sobre la crisis de la masculinidad, en su obra The war against boys: How misguided feminism is harming our young men (Simon & Schuster, 2001). Más recientemente, la obra que más repercusión ha tenido en el debate sobre esta cuestión es 12 Rules for life: An Antidote to Chaos (Penguin Random House, 2018) del psicólogo clínico canadiense Jordan B. Peterson.
[8] En la primera escena de Ciao Maschio el protagonista masculino es violado por un grupo de feministas enragées. Para una lectura feminista de la película, Áine O’Healy, «Gender and feminism in the films of Marco Ferreri», Romance Languages Annual, 2 (1990), pp. 258-63.

 

Artículo publicado en la Revista Claves de la Razón Práctica, septiembre/octubre 2018.

Foto: una tarde mansa (CAT).