Pocas cosas resultan más irritantes que las lecciones políticas con acento extranjero. Lo sé porque me lo han reprochado muchas veces. En las redes y a la cara. Recuerdo ahora la mañana del 1 de octubre de 2017 en San Julián de Ramis. Indignados por mis loas a la Guardia Civil —sediciosos neutralizados, niños a salvo, tractores fuera, bravo—, una pareja de reaccionarios me encaró:
— Tú eres de Madrid, evidentemente. No entiendes nada de lo que pasa aquí. Vete. Ya. Y no vuelvas.
— Que no, que no es de Madrid. Es peor. Es argentina. Y todo argentino es hijo de una puta y un español.

A Mario Vargas Llosa le ocurrió algo similar tras su arenga anti-nacionalista en la manifestación del 8 de octubre en Barcelona. Un escupitajo tuitero: «¿Qué cojones hace un peruano opinando sobre nosotros? ¡Vete a casa!» La xenofobia es un impulso atávico, como explica Jonathan Haidt. Forma parte de nuestro cableado tribal y eso hace que sea especialmente difícil de reprimir. Sobre todo en circunstancias de grave polarización política. Y sobre todo, todo, cuando no se tienen claros —o no se comparten— principios básicos de la sociedad civilizada.

El martes pasado, el líder de Vox, Santiago Abascal, fue interrogado por un estúpido comentario del secretario de Organización de Podemos, Pablo Echenique. Abascal podría haber triturado el tuit de Echenique, denunciado su sectarismo y hasta su vileza. Pero no. Decidió coger un atajo. Sórdido:
— ¿Qué le diría usted a Echenique?
— Pues que nosotros a los extranjeros, aunque hayan obtenido la nacionalidad, que deciden atacar las libertades o acabar con el sistema democrático y la unidad nacional, haremos todo lo posible para que sean expulsados de España.

A los que dicen que Vox y el Partido Popular son prácticamente intercambiables, matrioshkas hispánicas: ¿Se imaginan una respuesta así del Aznar más alfa? Ya. ¿Y qué diferencia real hay entre el comentario de Abascal y los exabruptos xenófobos de Nuria Gispert contra Inés Arrimadas, a la que ha señalado ya tres veces el caminito a Jerez? Ah, que Arrimadas defiende la unidad de España y Echenique la ataca. ¿Pero desde cuándo las ideas determinan la ciudadanía? Y si lo hicieran, ¿adónde deportamos al vasco Otegi, al catalán Torra y al madrileño Iglesias? ¿O es que el DNI español de Echenique tiene una tara —bestial— de origen? Entonces el mío también. Y yo que me creía española. Incluso españolaza. Orgullosa de que en mi país la sucia clasificación de los ciudadanos por sexo, raza, religión, ideología o lugar de nacimiento fuera patrimonio exclusivo del nacionalismo separatista y la ultraizquierda identitaria. Se ve que ya no. A la sombra del proceso y de la cobardía real y presunta de los buenos, ha brotado un colectivismo dispuesto a segregar a los ciudadanos en el nombre de España. Todavía no se ha desmelenado: unos días se jacta de sus reuniones con Wilders y Lepen; otros las oculta, balbuceante. Y en el manejo de la paranoia sigue siendo bisoño. Este maravilloso cruce de Abascal con Leyre Iglesias, ayer, en Crónica:
— ¿Cuanta fue la inmigración ilegal en 2017?
— No lo sé…
— El 4.5% del total, según Interior. ¿No están engordándolo [el problema]?
— Ponemos en cuarentena los datos porque creemos que hay una clara intención de llamar a la inmigración masiva y que hay también una determinación de gente como George Soros de financiarla.
— Dice que la mayoría de quienes roban a las abuelas son extranjeros. ¿Es un dato, una convicción?
— Es una convicción que nace de la observación de las noticias. Queremos saber los datos.

Los datos, en cuarentena; las sensaciones, desabrochadas; la conspiración, en marcha; las noticias, uf. Es una política basada en convicciones, ciertamente. Y una novedad que interpela al nuevo líder del PP. Pero no por su presunta afinidad con Vox, como alegan a dúo la izquierda y la derecha, sino por lo contrario. ¿Cuál debería ser la actitud de Pablo Casado ante un partido político cuya esencia —esencialista— le vincula con las fuerzas reaccionarias que dice combatir?

Casado no sabe cómo tratar a Vox. Albert Rivera tampoco. El primero lo abraza, el segundo lo ignora y ambos observan el horizonte con la boca seca. Desde el apaciguamiento del señor Cameron hasta las embestidas de la señora Clinton —y qué decir de Italia, Polonia, Austria, México y Brasil—, todas las estrategias de contención del populismo han fracasado, salvo la de Macron y ya veremos. Es cierto que cada país tiene su idiosincrasia y que debemos «afinar en el diagnóstico», como ha señalado con su habitual elegancia David Jiménez Torres en El Español. Pero es evidente que hay un movimiento telúrico y no me refiero ahora a los planes de Bannon. Estamos en pleno bandazo. Décadas de despótica ultracorrección política han estallado en una bacanal de incorrección ultra. Años de corrosivo identitarismo centrífugo han cebado un histérico identitarismo centrípeto. A las rancias mentiras del posmodernismo se contraponen ahora las mentiras recalentadas del neo-nacionalismo. Vuelvo a Vox. Sus 100 propuestas son un pastiche populista, votos para hoy y frustración para mañana. No hace falta que las lean. Basta esta promesa, tan bonita y barata, vistosa e inviable, como un unicornio de papel: «Transformar el Estado autonómico en un Estado de Derecho unitario, con un sólo Gobierno y un solo Parlamento». O esta otra, puramente trumpiana en su enfática forma y quimérico fondo: «Levantar un muro infranqueable en Ceuta y Melilla».

Infranqueable: es un buen adjetivo, sí. Describe con precisión el carácter del muro que debería separar al PP de Vox y de todos los partidos que tratan a los ciudadanos «como si fueran insectos que se pueden clasificar» (G. Orwell, Anotaciones sobre el nacionalismo) o como párvulos a perpetuidad, seres no sujetos a las reglas de la realidad y la razón. ¡Oh, un muro! ¡Una línea roja! Nítida, como la que el PSOE debió trazar ante Podemos, por el bien de España y de sí mismo. Y a la vez seca, porque las formas también distinguen y porque para aspavientos ya están las ministras socialistas y La Sexta. Bastaría con que Casado afirmase una sola vez y con la solemnidad de un compromiso presidencial: yo soy un patriota, no un nacionalista; yo rechazo todas las formas de colectivismo porque atacan la libertad de los ciudadanos y su igualdad ante la ley; y yo sí digo a los españoles la verdad.

«¡Pero es que los españoles no quieren oír la verdad!» Vamos allá. Uno de los motivos del triunfo del populismo es el consenso en torno a la infalibilidad supra-papal de «la gente». Para todos los partidos, sin excepción, el votante es como el cliente: siempre tiene la razón. Todos sus sentimientos son legítimos. Todas sus decisiones están justificadas. Sus vísceras son sesos. Y así, de halago en halago, hasta el disparate final: el inmenso poder institucional de Podemos, el referéndum unilateral de independencia y la irrupción mediática de Vox.

Los españoles que el domingo pasado llenaron Vistalegre son gente normal —faltaba más—, pero no tienen razón en jalear lo que jalearon. El PP de Pablo Casado no es el de Mariano Rajoy. La solución al golpismo no es sumarse a la liquidación de la mejor Constitución de la historia de España. El modelo autonómico no es incompatible con la bajada de impuestos o el aumento de las pensiones. La inmigración ilegal es para España un grave desafío técnico, no una amenaza existencial. Rechazar las cuotas sexuales para el Congreso y promover las cuotas étnicas o lingüísticas para la inmigración es peor que una incoherencia: puro pujolismo. La Europa del cuarteto de Visegrado no es un avance político, sino una «contrarrevolución cultural», como reconoce el propio Kaczynski. Y desde luego no es lo mismo decir «viva España» que «la España viva».

Puedo imaginar la réplica: «Ya, ya, pero los simpatizantes de Vox son patriotas cabreados». Muchos sí. Y Casado debería interpelarlos directamente, como un buen líder y no como una mala madre. Animar a cada uno de ellos a preguntarse como un adulto ante el espejo: ¿Cuáles son los motivos concretos de mi cabreo? ¿Son todos igualmente justos? ¿Y tienen solución? ¿Cuál, exactamente? Los que no son nacionalistas ni ignorantes ni racistas contestarían con sentido. Y asumirían su responsabilidad, que es máxima. Superior al de las flácidas élites que encarna el empresario Rosell. Los votantes son dueños de la soberanía nacional y, por tanto, de la libertad, paz y prosperidad de la nación. Deberían aprender de Torcuato Fernández-Miranda, que explicó así el éxito de la Reforma Política: «De la olla hirviente del corazón vivo pueden surgir nieblas que turben a la cabeza. Por eso hay que tener embridado el corazón, sujeto y en su sitio». No podemos imitar la frivolidad de los que patean el tablero con un gesto Pantene/Podemos, la misma coleta: porque yo lo valgo, porque tengo derecho, porque los de enfrente son peores, porque sí. ¿Significa esto resignarse a la «derechita cobarde» o a la «veleta naranja»? Al contrario. Supone mantener intacto el nivel de exigencia. Con todos. No perdonar a un Casado lo que censuramos a una Soraya. No aceptar de un Rivera lo que nos irrita de un Sánchez. Pero tampoco aplaudir de un Abascal lo que deploramos de un Torra.

La identidad es una palabra peligrosa, escribió Tony Judt en sus memorias. Hoy vuelve a ser una realidad letal ante la que hay que aguantar la posición. Sólo los que, frente al sokatira identitario, defienden la supremacía del individuo merecen respeto y apoyo. Quizá pierdan algún voto a corto plazo. Pero habrán conservado algo mucho más decisivo en la permanente batalla de la civilización contra los reaccionarios de todo signo: lo que los argentinos, incluso los nacionalizados españoles, llamamos la rasón.

 

Artículo publicado en El Mundo el 15 de octubre de 2018.