Pedro Sánchez Castejón fue investido presidente del Gobierno el 1 de junio de 2018. Es decir, no ha cumplido ni 100 días al frente de los destinos de España. Pero qué mas da. En estos tres meses ha logrado hacer de todo y por su orden. Este es su historial.

El presidente es un hombre modesto, con un saludable sentido del ridículo. Su primera medida al frente del Gobierno es la difusión de una foto de sí mismo en el interior del avión oficial con gafas de sol.

El presidente es un estadista planetario. Se reúne con Angela Merkel en Berlín y su equipo publica una foto de sus extremidades superiores bajo el siguiente tuit: «Las manos del Presidente marcan la determinación del Gobierno».

El presidente es un feminista viral. Ficha como community manager a la mujer que, desde la cuenta oficial de la Policía Nacional, acusó a un miembro de La Manada de intentar renovar su pasaporte para huir de España. Era falso. #AsíNo.

El presidente es un talento cazando talentos. Nombra al ministro más efímero de la democracia y forma un Gobierno de mujeres cuyos nombres nadie recuerda. Por cierto, ¿alguien sabe dónde está Borrell?

El presidente sí tiene el monopolio de los sentimientos. Acoge por «imperativo humanitario» a los primeros 600 inmigrantes del Aquarius y abandona a los siguientes «porque España no es puerto seguro».

El presidente es una ONG con piernas. Su ministro del Interior anuncia la «inmediata retirada» de las concertinas de las vallas de Ceuta y Melilla. Arrecian las pateras y los asaltos masivos a la verja, con cal y violencia. El Gobierno desempolva un convenio en desuso para expulsar a 116 inmigrantes a Marruecos. En caliente.

El presidente es el más implacable azote de la corrupción. Utiliza un Falcon de las Fuerzas Aéreas Españolas para acudir con su mujer al Festival Internacional de Benicàssim a ver a The Killers. Viene y va, viene y va, cuatro vuelos en total.

El presidente es histórico. Cuarenta y tres años después de la muerte de Franco, decreta la exhumación urgentísima de sus huesos y anuncia la transformación del Valle de los Caídos, primero, en un Centro Nacional de la Memoria con mayúsculas y, al final, en un cementerio civil con cruz.

El presidente es el guardián de la convivencia y un hombre de y con futuro. Anuncia la creación de una Comisión de la Verdad sobre la Guerra Civil y la dictadura franquista que hasta los expertos consultados por El País rechazan por sectaria e inútil.

El presidente es un demócrata militante y un patriota. Dice que España es una nación de naciones. Ofrece al separatismo un diálogo sin condiciones. Recibe en La Moncloa a un racista con lazo amarillo en la solapa. Pone en marcha una comisión bilateral Estado-Generalidad para negociar nuevas concesiones al nacionalismo. Y, lo más bonito, no mueve un dedo para defender la elemental neutralidad de los espacios públicos.

El presidente es un paladín de la información pública independiente, plural, de calidad y tal. Aprueba otro decretazo, ahora para la renovación de RTVE. Primero le entrega en secreto la presidencia a Podemos. Luego pacta con los nacionalistas y separatistas. Dos candidatos borran decenas de miles de tuits en vano: mueren chamuscados. Ocho plenos extraordinarios y nadie sabe cuántos presuntos presidentes después, Rosa María Mateo es nombrada administradora provisional única del ente. Empieza la purga.

El presidente entiende que las formas perfeccionan la verdad. En otro decretazo, este sin precedentes, altera aspectos sensibles del Código Civil en materia de patria potestad y la relación entre progenitores. Hasta las juristas feministas lo consideran una violación. De la Constitución.

El presidente es el mejor intérprete de Montesquieu. Pacta con el partido chavista una reforma exprés de la Ley de Estabilidad Presupuestaria para liquidar el veto del Senado donde tiene mayoría el PP.

El presidente es el baluarte del Estado de Derecho español. Deja tirado al juez Llarena frente a la maniobra fraudulenta de los golpistas para llevarlo ante un tribunal belga en base a una traducción fake. Solo reacciona cuando la Abogacía del Estado y las asociaciones de jueces y fiscales se sublevan. Y luego difunde maliciosamente lo que podría costar al erario la defensa del juez. Como si importara.

El presidente es un superhéroe sin fronteras. Su ministra de Justicia crea un consejo asesor para recuperar la jurisdicción universal. Es pequeño, íntimo. Lo forman el juez que redactó la sentencia de Gürtel para tumbar a Rajoy, el abogado de uno de los matones de Alsasua y —según destaca la propia nota del Ministerio— un «asesor de la Fundación Internacional Baltasar Garzón».

El presidente es también un Robin Hood local. Anuncia una contundente subida del IRPF a los ricos y sus socios del PDeCAT lo rechazan. Sánchez ens roba.

El presidente es un enemigo de la prostitución. Su suegro fue propietario de la Sauna Adán y el Boletín Oficial del Estado recoge la constitución del primer sindicato español de trabajadoras sexuales. Gol.

El presidente antepone el mérito a la lealtad, siempre. Lo dijo en 2014: «El enchufismo y la endogamia van a acabar». Ahora atiborra La Moncloa de asesores y lidera la mayor operación de colonización partidista de empresas y organismos públicos de la democracia. Su jefe de Gabinete, presidente de Correos. El responsable de Programas del PSOE, presidente del CIS… Y así. La ministra de Hacienda lo justifica ante el Congreso: «Ocurre en todos los países y en España ha ocurrido siempre».

El presidente es un acérrimo defensor de los derechos humanos. De gira por América Latina, no se atreve a llamar dictadura a la dictadura venezolana. Decide no reunirse con los líderes de la oposición venezolana exiliados en Bogotá. Y —en contra del criterio de Colombia, Chile, Argentina y ahora también Costa Rica— dice que no hay que ampliar las sanciones contra Maduro y su banda ni llevarles ante la Corte Penal Internacional.

El presidente sí que es un hombre de paz. Aquí y allá. Prepara un acercamiento masivo de terroristas de ETA para el otoño y urge al nuevo presidente de Colombia a retomar las fallidas negociaciones con el ELN. Es más, se ofrece como «facilitador del proceso» y a Madrid como sede de las conversaciones. España, la nueva Cuba.

El presidente es un hombre de palabra. En su investidura se comprometió a convocar elecciones «cuanto antes». Hace un par de días su vicepresidenta explica que «no hay elecciones porque no conviene a los ciudadanos y ciudadanas». Y añade: «O la democracia es Estado del Bienestar o estamos hablando de contar votos malamente». Toma que toma (‘amonó). Malamente (eso, es) (¡’illo!). Mal, muy mal, muy mal, muy mal, muy mal. Malamente (¡uh!).

El presidente se está afeando.

 

Artículo publicado en El Mundo el 3 de septiembre de 2018.

Foto: Il Babuino, Roma, verano de 2018.