Domingo de agosto, diez y media de la mañana, un calor español. La autopista de Madrid a Guadarrama está desierta. En el coche canta La Macanita —«Más fuerte que la tristeza son tres minutos de amor…»— y casi me paso el desvío. En la carretera hacia El Escorial hay una fila de coches parados. ¡Pero si van donde voy yo! Arriba, un pequeño cartel: Valle de los Caídos. Delante, un Porsche blanco. A lo lejos, una garita. Abro la ventana para oler los pinos vivos. Iba a ponerme lírica, enfática, atómica, pero me sujeto al recordar un reciente artículo del escritor Manuel Vilas en El País. Este párrafo húmedo: «Vuelvo a la tumba de Franco y la piso con convicción. Debajo de mis pies está el horror, el crimen, la miseria, la humillación. Piso y piso con más fuerza. Debajo de mis pies está la nada. Debajo de mis pies está también el causante del dolor de miles y miles de muertos que yacen aquí por su retorcida voluntad. Sigo pisando la tumba. Me gustaría llegar con mis pies hasta su cráneo y hacerlo estallar en cuarenta y seis millones de gotas de agua». Al Valle de los Caídos hay que entrar desprovisto de narcisismo y adjetivos. Observar. Apuntar. Poco más.

 

Pasan los minutos. Un hombre se impacienta. Sale de su coche y se dirige a la verja a preguntar qué pasa. Vuelve. Ahora soy yo la que le pregunta. Es un habitué del Valle y de la iglesia. «Nada. Es el control de entrada. Los turistas, por un lado. Los demás, por otro… Oye, ¿tú no eres…? ¡Soy muy fan! Pienso exactamente lo mismo que tú en absolutamente todo». La rubia se ríe, ahora de sí misma, y le da las gracias. El Porsche si muove. El camino avanza curva arriba. Desde que vi El resplandor la montaña me gusta lo justo. Sigo las señales hacia la basílica y, olvidando que en el maletero llevo ciruelas y melocotones, aparco a pleno sol. Subo las escaleras hasta la explanada. Ahí están la cruz, qué cruz, los arcos, los escudos y la wannabe pietá. Clic, clic, clic. La gente va llegando, de forma lenta y ordenada, como los que van a misa, que es adonde van. A una misa conventual cantada, para ser precisos. Una de las últimas concelebradas por los huesos de Franco.

 

Me cuelo entre los parroquianos y recojo fragmentos de sus conversaciones. Los nombres de Zapatero y Sánchez. Alusiones a lo que se comentó anoche en La Sexta y la otra mañana en Telecinco. Qué barbaridad. ¿Y cuándo has dicho que lo exhuman? En agosto. ¡Ya, ya! La televisión hace negocio con la política barata. Pero ahí vamos, y opinamos, y nos enzarzamos, y pontificamos. Incluso sobre la memoria y la muerte.

 

En la entrada a la basílica se forma otra cola. Esta vez para pasar el control de seguridad. «Prohibido hacer fotos». Guardo el móvil en el bolso y un minuto después vuelvo a sacarlo junto a un cuaderno y un bolígrafo. Voy apuntando como en una visita escolar: ángeles exterminadores, figuras encapuchadas, tapices de diez metros de largo, las humedades de Vila y esa iluminación tan radicalmente goth. Las hijas de Zapatero adorarían. Una funcionaria espabilada se me acerca: «¿Seguro que usted viene a misa?»

 

Me adentro hasta el fondo de la caverna. Paso junto a la tumba de José Antonio, busco un sitio discreto a la derecha de Dios y me siento. ¿Dónde está Franco? Ahí, ahí: entre el altar y el coro, una lápida, casi una lámina, con dos ramos de claveles frescos. La misa todavía no ha comenzado, pero desde el púlpito un seglar se anticipa: «Pedimos que se preserve este lugar de culto y que no se quebrante la custodia de los restos mortales que en ella están depositados». De la capilla del santísimo salen siete monjes vestidos de celebrantes. Casullas verdes sobre hábito blanco. Uno porta un solideo color púrpura. Será el abad. Otros dos —de negro, centenarios, decrépitos— se arrastran hasta el coro. Llevan bastón y hacen contorsiones para no pisar lo que queda de Franco.

Empieza la música, amplificada por cientos de pequeños altavoces incrustados en la piedra. No es Silos, desde luego. Estos monjes desafinan. Pero el gregoriano. Ah, el gregoriano. Compensa la ausencia de luz natural. La ausencia de toda belleza o refinamiento. Y hasta la ausencia de cobertura. Y el frío. Mucho. Cada vez más. Lo siente hasta un niño gordito, doblemente atérmico. Lo miro abrazado a su padre y recuerdo la confesión de Juan Luis Cebrián: «De chico yo iba con Gregorio Peces-Barba a las misas de Sábado Santo y Domingo de Resurrección en el Valle de los Caídos».

 

Empiezan las lecturas y, a partir de las lecturas, el sermón. El tema del día es la crisis de valores y su incidencia sobre la moral de los ciudadanos. Moral, en la séptima acepción del Diccionario de la Real Academia. El pesimismo cívico es fruto de la incredulidad, dice el oficiante. Del esnobismo progresófobo, escribe Steven Pinker en su último libro. En cualquier caso, de la mala fe. Ahora me viene a la mente una reciente entrevista en El Mundo a Nicolás Sánchez Albornoz. El periodista le preguntó: «¿Le asedian aún los fantasmas de la represión y de aquellos años bárbaros?» El historiador republicano, fugado de Cuelgamuros hace exactamente 70 años, contestó: «Más que fantasmas lo que tengo es una enorme satisfacción por ver que hoy España es un país distinto a lo que era durante el franquismo. El movimiento feminista está a la orden del día, y eso en 1948 era inconcebible. Y respecto a la homosexualidad, también. Hoy un político puede serlo y decirlo abiertamente y nadie lo criticará por eso. Que algunos piensen lo contrario en privado es distinto, pero eso antes era impensable. Esto supone un gran cambio de mentalidad y en los hábitos sociales. Residuos franquistas los hay todavía, pero ya no imponen su ley. Hoy el 60% de los matrimonios son civiles. ¡Dígame si no hay un cambio!»

 

Un monaguillo, rubio y blanco como Boadella cuando sus travesuras eclesiales —hizo pipí en el vino del cáliz y se lo dio a beber al cura—, agita el incensario. El aire se vuelve incluso más espeso. Llega el credo. Luego las peticiones. El abad dice que hay que «preservar la unidad de España bajo su santa ley» y «fomentar la paz entre españoles», y tiene un recuerdo para los difuntos: Fidela, Baldomero, José… Una cuadrilla de voluntarios pasa el cepillo con sonrisa y sin contemplaciones. Y, de pronto, se apagan las luces. Las apagan. Sólo quedan iluminados, por seis cirios y un foco cenital, el altar y un inmenso crucifijo de madera. Es el momento de la consagración y el preferido de los asiduos al Valle. Por eso van a la conventual cantada en vez de a la misa dominical ordinaria. «Tiene más enjundia, más carga dramática». Como si el entorno no bastara. El rito de la comunión también tiene su idiosincrasia: los fieles no forman fila, sino un círculo alrededor del altar y son los sacerdotes los que van pasando, cuerpo a cuerpo, hostia a hostia, amén a amén.


Los impenitentes nos sentamos a esperar. Observamos a la gente. Especulamos. Cuánto será nostalgia, cuánto morbo teleinducido, cuánto pura curiosidad. El pastor pide a San Miguel Arcángel que arroje a todos los espíritus tenebrosos al rojo fondo del infierno y luego da a los presentes la paz. Los monjes se marchan, su misión cumplida, y el rebaño se disuelve. La mayoría de los feligreses busca directamente la salida, el punto de luz. Otros, unos cincuenta, se acercan a la lápida del dictador. La rodean. Se santiguan, la tocan o simplemente la miran. Por última vez.

La rubia se hace un selfie y se va.
  

Artículo publicado en El Mundo el 20 de agosto de 2018.