Venezuela. Ah, la palabra les aburre. Puedo comprenderlo. Incluso las malas noticias tienen que ser variadas para preservar un cierto interés. Además, la desdicha ajena siempre acaba interpelando la felicidad propia. Y la política todo lo contamina. Pero voy a pedirles un esfuerzo. Por mí y por los que tienen peor suerte que yo, que son millones. Me presento. Soy Luis Magallanes. Tengo 28 años y hasta hace un mes he vivido siempre en el sur de Venezuela. En una provincia llamada Zaraza, del estado de Guárico, en la región de Los Llanos. He visto la pobreza, la miseria y la devastación de un país. He pasado hambre. Mucha. Y mi familia —mi madre, mis hermanos, uno de ellos enfermo, y mi novia, Dayana— todavía lo sufren. A diario. Pero, como les decía, yo sí he tenido suerte. Tengo una buena voz. Soy tenor. Algún día tal vez sea uno de los grandes tenores del mundo. O al menos eso piensa el maestro Plácido Domingo. Mi voz me salvó. Bueno, para ser exactos: mi voz, mi terquedad y un puñado de personas buenas —ángeles terrenales— que lograron sacarme del infierno y traerme a España. Esta es mi historia.

De origen soy un músico popular. Empírico. A los ocho años cantaba la misa del gallo, la del aguinaldo y canciones folclóricas. Como tantos venezolanos. La música es una institución en Venezuela y se ha institucionalizado. Sobre todo, a partir de la fundación del El Sistema Nacional de Orquestas. Yo entré en un coro de El Sistema en 2010. Cantábamos en fiestas locales. De vez en cuando viajábamos a otra provincia para un concierto. Y pronto me contrataron como profesor de canto en mi pueblo. Daba clases a niños y adolescentes, chicos pobres como yo. Fue así, enseñando, como descubrí el canto lírico, la música docta, mi pasión. Encontré una buena profesora y empecé a viajar a Caracas para recibir clases. Pero entonces todo estalló.

La crisis venezolana viene de lejos. Lo sé bien. Pero fue en 2015 cuando empezó la gran depresión. Yo he vivido la hecatombe con los ojos abiertos. Como tomando notas para un reportaje científico. Por ejemplo, el hambre. En Venezuela dejamos de hacer la compra. Hace tiempo que ya nadie va al mercado y que en las neveras sólo hay agua. Si es que la hay, porque en algunas zonas del país ya no llega de forma regular. Tampoco es posible comprar la comida hecha, en la calle, digamos, porque entonces te quedas sin dinero para comer el resto del mes. La comida tiene que ser home-made. Literalmente. Es el caso de la arepa, menú básico del venezolano medio. Lo habitual es prepararla con harina de maíz precocinada, comprada en el súper. Pero no hay. Y la que hay no se puede pagar con un sueldo normal: tres euros al mes, para que me entiendan. Así que hay que hacerla. Mi pobre madre, a su edad. ¿Una pensión digna? Me río por no llorar. Todos los días se levantaba al alba para conseguir leña. Luego ponía el maíz entero a sancochar y cocer. Durante horas. Para que se ablandara. Una vez frío, mis hermanos lo molíamos a mano. Cada uno un rato. Luego a moldear la masa hasta conseguir la arepa. Una mañana de trabajo. Como cuando no existía la más mínima tecnología, como cuando mi madre era niña y vivía en la indigencia rural. Y tú piensas: de desayunar un sándwich rápido en la calle antes de ir al colegio o a la oficina a fabricar la harina a mano. Y luego te asalta la primera pregunta: ¿y con qué comemos la arepa? Muchas familias ya no pueden comprar pollo ni carne ni nada parecido. Sólo comen mantequilla blanca, un derivado del queso, más barato que la mantequilla normal, sabroso pero grasiento y poco nutritivo. Y al poco viene la siguiente duda: ya tengo el desayuno, bien; pero al mediodía, ¿qué voy a comer? Y muchos días no tienes respuesta. Y tus vecinos tampoco. Ves que sólo comen pan. Sin nada. Y hay gente que se viene abajo y se deprime y sólo quiere morir. Yo a veces también. Me veo un mediodía, en posición fetal, diciendo: no quiero hacer nada porque no puedo hacer nada, porque quiero trabajar y no puedo, porque sólo tengo hambre. Y pienso ahora en los niños, mis alumnos. A veces, al llegar a clase, preguntaba: ¿por qué no ha venido hoy fulano? Y me decían: porque no tiene qué comer. Quedas con amigos a los que llevas un tiempo sin ver y los encuentras delgadísimos. Incluso te ves a ti mismo en una foto y dices: no puede ser que sea el mismo. No te reconoces. «Tengo hambre», se ha convertido en una frase recurrente. En cambio, ya nadie dice: «Oye, te invito a un café». O compras el café, o compras la leche o compras el azúcar. Los tres a la vez, imposible.

Luego, viajar. Ah, viajar. Mi pueblo está a cuatro horas de Caracas en circunstancias normales. En las actuales, a ocho. Si llegas. Yo tenía que estar todos los sábados en Caracas para mis clases de canto. Mi sueldo no me daba para el autobús. Menos aún para compartir un coche. Si pagaba un coche no comía en un mes. Y luego está el problema técnico de cómo pagar. Sólo sirve el efectivo, pero la inflación es tan enorme, elefantiásica, que ya ni siquiera se consiguen billetes. Y cuando los consigues te pasas horas contándolos. Miles y miles de billetes que no valen para nada.

 

Cada viernes por la noche empezaba mi odisea. Me subía a un coche destartalado de algún conocido. De mi pueblo a otro pueblo. Ahí, autostop. Luego esperar a que pasara un autobús con un asiento libre. O un camión de carga que fuera para Caracas. Y a montarme detrás. Como un paria. Esperando no caerme. Esperando llegar. Queriendo aprender. Queriendo progresar. Y tanta gente tirada por el camino. Literal y metafóricamente.

Los enfermos, por ejemplo. Mi hermano tiene hipertrofia renal. Necesita un trasplante de riñón. ¿Pero quién lo paga? Mi madre trabaja todo el día para comprarle comida. ¿Pero y las medicinas? ¿Y el tratamiento? Cuando oigo a los políticos decir que los problemas en Venezuela son «menores» y «puntuales», digo: no es posible, el mal existe. Una anécdota: una tarde estaba en clase con los niños y de pronto entró otra maestra. Tenía la mirada perdida, la que llevan los locos. Los niños se asustaron. Ella se sentó a mi lado y empezó a hacer lo mismo que ellos. A imitarlos. Y cuando cantamos una canción suavecita, se quedó dormida. Y luego se despertó y sin decir una palabra se marchó. Esa pobre mujer tiene una enfermedad neurológica y hace tiempo que no toma sus pastillas. Porque ya no las venden o porque no puede pagarlas. Otro caso: al lado de mi casa vive una familia con varios esquizofrénicos. Un tema genético. Poco tiempo antes de venirme los vi en la calle. Uno de ellos estaba en plena crisis. Los hermanos intentaban calmarlo. Pero en realidad lo que hacían eran golpearlo. Locos cuidando a locos. Una escena tan terrible, tan desagradable. Mi madre lloraba. Hay mucha gente en situaciones parecidas. Personas que tenían sus enfermedades bajo control y que ahora deambulan, desatadas.

Parecen casos extremos, pero nadie escapa a la humillación. Yo le pedí a mi novia que me remendara los calzoncillos. Nadie reconocería algo así en una red social. Pero así es la vida bajo mínimos. La ropa se ha convertido en un lujo absoluto. Ves cómo se va degradando. Los venezolanos estamos en modo sepia, cada vez más grises. Y luego la higiene personal. He aprendido a partir el jabón en trocitos. Uno para el cuerpo, otro para la ropa. A fabricar mi propio desodorante. Y a dividir la pasta de dientes, para dejar parte a mis hermanos cuando me iba a Caracas. Le hacía un agujero al tubo, sacaba lo que iba a utilizar, y lo sellaba con una grapa.

Te vuelves un superviviente, casi un caníbal. Y se te va olvidando soñar. Yo soy licenciado en educación. Hace poco me encontré con mis compañeros de universidad y se lo dije: nosotros, que soñábamos con graduarnos, con triunfar, y ahora ni siquiera tenemos para comer. Es peor que una tragedia. Cuando ni siquiera basta con trabajar, el espíritu se derrumba. Hay personas que tienen dos o tres empleos y ni siquiera tienen para dar de comer a sus familias. No lo olvidaré jamás: la mirada de la gente sobre las bolsas de la compra de los demás. Una mirada llena de envidia, lógica pero destructiva. ¿Por qué él puede comprar y yo no? ¿Se lo merece más que yo? Es la degradación del ser humano. Cuando ya nada cuenta. Un muerto más. ¿Y? La gente no se inmuta. Va a llegar un punto en que veremos a un hombre tirado en la calle y le pisaremos la cabeza y seguiremos caminando. Es la deshumanización más profunda y radical. Pero yo me niego a aceptarla. De hecho, me negué.

Hace tres años empecé a escribir a venezolanos influyentes, gente que se había marchado del país. Casi nadie me respondió. Los que lo hicieron me decían: suerte, no te desanimes, sigue adelante… Hasta que escribí a Gabriela.

En Venezuela todo el mundo conoce a Gabriela Montero. Es una concertista famosa. Y también polémica. Muchos la admiran. Otros la odian por sus críticas a la condescendencia de El Sistema y sobre todo de su principal estrella, Gustavo Dudamel, con el chavismo. Yo tenía trabajo gracias a El Sistema, pero una tarde decidí pedirle ayuda. Había llegado a casa hundido. Me sentía tan mal. Tengo un libro de arias de Mozart. Me quedé mirando el retrato de la portada y me puse a llorar. Y a escribir. Le conté a Gabriela mi vida. Le dije quiero hacer música. Quiero cantar. Tengo tanto por hacer. No quiero morirme de hambre. Quiero triunfar. Y Gabriela me contestó. Me hizo preguntas sobre mi familia y mis objetivos y me pidió que le mandara material, un audio y un vídeo. Me fui volando, bueno, volando… como pude, a Caracas porque en Zaraza no tenía un pianista que pudiera hacerme el acompañamiento. Y así conseguí hacer un vídeo, torpe y casero, y mandárselo.

Yo no lo sabía entonces pero el marido de Gabriela es un excelente barítono irlandés, Sam McElroy. Gabriela le pidió a Sam que me escuchara y Sam se quedó impactado y me escribió. Nunca olvidaré su mensaje. Yo no tenía un teléfono con correo ni Internet en casa. Lo recibí una noche en un cibercafé. Sam me hablaba de mis cualidades técnicas. De mis enormes posibilidades como tenor. Me contaba que otros cantantes a los que había enseñado el vídeo opinaban lo mismo. Entre ellos estaba Plácido Domingo. Yo soy un ahogado al que de pronto una mano desconocida rescató del fondo del agua.

Decidimos montar una campaña de crowdfunding para viajar a España. El plan inicial era ir a Valencia, donde está el Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo. Me pedían otro vídeo, un poco más profesional, y dos retratos, de cara y cuerpo entero. Por supuesto yo no tenía dinero para un buen vídeo ni para una sesión de fotos. Ni siquiera para imprimir las partituras. Pero tenía familia y amigos. Cuando pienso en ellos me emociono. Mi primo, con su camarita; mis hermanos, sosteniendo un pedazo de tela a modo de trasera; y yo con los zapatos que me regaló un amigo argentino porque los míos, los buenos, los de concierto, estaban destrozados.

A todos ellos muchas veces he temido defraudar. Lo temí con motivo y todas mis fuerzas cuando Gabriela me envió un mensaje diciendo que el crowdfunding no iba bien. Uno de los patrocinadores se había dado de baja. No teníamos dinero para el billete de avión. Leí esas cuatro líneas una vez, dos veces, tres. Era de noche y me senté en un murito a llorar. Me dije a mí mismo: cómo regreso ahora a casa, cómo le explico a toda la gente que me ha ayudado que ya no voy a España, que he fracasado. A mi madre, al que me dio un poco de arroz, al que me regaló los zapatos. Pero Gabriela y Sam insistieron. Había que seguir adelante con la campaña y en todo caso estaban dispuestos a pagar ellos mismos el billete de avión. Tenían una estrategia, que entonces yo no conocía. Que yo viniera primero a España, a su casa. Que me tomase un tiempo para la pura recuperación física: comer, dormir. Y que el 1 de septiembre empezara el curso en el Royal Irish Academy of Music de Dublín, uno de los conservatorios más antiguos y prestigiosos del mundo. Así lo haré. ¿Que cómo voy a pagarlo? Tarra Erraught, gran mezzosoprano, me ha ayudado a conseguir una beca de estudios de dos años. En cuanto a la manutención, ya veremos. Gabriela y Sam me han montado otra campaña de crowdfunding, y Gabriela y Sam obran milagros.

El 3 de mayo pasado cogí el avión y dejé Venezuela.

No hay ningún venezolano que alguna vez no haya gritado hacia sus adentros: quiero marcharme, como sea, donde sea, para lo que sea. Pero cuando llega la hora las piernas y el corazón tiemblan. El aeropuerto de Caracas parece una funeraria. Gente despidiéndose sin saber si volverán a verse. Personas con más de 60 años que dejan atrás todo lo que han conocido para empezar de cero. Y, sobre todo, los que se quedan. Los presos. Presos del hambre, la angustia y la desesperanza. Cada día pienso en ellos. En mi madre, mis hermanos y en Dayana, claro. Pero también en los treinta millones de venezolanos, los nuevos parias de Occidente. Me gustaría salvarlos a todos, uno a uno. Traerles a Barcelona, a Madrid, a España. ¡Quiero tener superpoderes! Y sólo tengo mi voz.

Artículo publicado en El Mundo el 16 de agosto de 2018. 

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