El presidente de la catalana Generalidad —que no de Cataluña— publicó el sábado en varios periódicos locales un artículo terminal. Su tesis o evacuación orwelliana puede resumirse así: Cataluña está siendo violentamente atacada por el fascismo español, que no sólo impide a los pobres y pacíficos catalanes votar en libertad sino que, además, los apalea por honrar a sus caídos con cruces amarillas.

 

En cuanto lo leí, al profiláctico bies, me acordé del último párrafo del nuevo libro de John H. Elliott, Scots and Catalans, Union and Disunion (Yale, 2018; Taurus, en otoño): «Dijeran lo que dijeran los independentistas, la España del siglo XXI no era la España del general Franco ni España había sido durante siglos poco más que un aparato estatal represivo. […] Al embarcarse en este infeliz proceso, que con demasiada facilidad se convirtió en el procés, el nacionalismo catalán, por más sonriente que fuera, no pudo ocultar la fealdad detrás de su sonrisa».

 

Elliott ha escrito un libro importante, sí. Y no sólo para los ignorantes y malintencionados. También para las personas que, como el propio autor, alguna vez pensaron que el nacionalismo podía ser herbívoro. O, al menos, susceptible de ser apaciguado con cesiones técnicas o simbólicas. Lee, Sánchez. De hecho, si tuviera que hacer un resumen —y eso es lo único que puedo hacer— diría que Scots and Catalans (la versión española se titulará al revés: Catalanes y escoceses) es fruto del desencanto.

 

Dos apuntes relevantes para cualquiera que conozca la bio y la biblio del autor. El único instante en el que Elliott abandona la voz impersonal del historiador es una referencia sutil, en passant, a una anécdota que tuvo lugar a principios de los años 50 en Barcelona. Con su trajecito liviano y su bigote belle époque, el joven investigador inglés se dirigió en catalán a un policía de tráfico y éste le contestó con un bufido: «¡Hable la lengua del imperio!» A Elliott le impactó la frase, porque acababa de leerla en un panfleto publicado en épocas del conde-duque de Olivares. Y porque venía a corroborar los lamentos —lágrima viva— de su amigo Ferrán Soldevila sobre la ausencia de libertad en Cataluña. Esta anécdota, su experiencia en la Barcelona franquista y quizá su origen anglosajón explican la simpatía que Elliott siempre ha sentido por el catalanismo como expresión cultural o incluso política. Y también su profunda reticencia a participar en el debate abierto por el desafío de la secesión. Sus amigos me avalarán: durante años Elliott ha procurado mantenerse al margen de la polémica, horrorizado ante la posibilidad de que su obra y figura pudieran ser manipulados por unos u otros. Pero los hechos, como él mismo reconoce, afectan la mirada y hasta la actitud del historiador. A veces para bien.

 

El referéndum ilegal de octubre de 2017, que Elliott describe sin contemplaciones como un deplorable ataque a la legalidad y la convivencia en España y dentro de la propia Cataluña, ha tenido una doble utilidad. Ha demostrado que el problema no es tanto España, su forma o fondo, como el nacionalismo, que es insaciable y cuya virulencia supera a la de cualquier otra ideología. Y ha movilizado a los neutrales. Aquí es donde cabe un segundo apunte. En el epílogo, Elliott hace referencia a Jaume Vicens Vives en los siguientes términos: «Es irónico que un historiador que dedicó buena parte de su carrera a combatir el enfoque esencialista sobre el pasado haya adoptado precisamente ese método en su enormemente influyente Noticia de Cataluña». Es una crítica absolutamente justificada —relean Noticia de Cataluña— y a la vez sorprendente. Por el consenso absoluto que existe sobre Vicens Vives como desmitificador de la historiografía nacionalista catalana. Y por la admiración que siempre le ha profesado Elliott, su amigo y mejor discípulo. De hecho, en Haciendo historia, su autobiografía intelectual, Elliott no dice una palabra sobre el esencialismo de Vicens. Al contrario. Destaca su revisionismo antivictimista, matizando que en aquella época él intentaba mantener una posición algo más… equilibrada. De ahí hemos pasado al Et tu quoque, Jaume. Es decir, a una visión no equidistante sino equilibrada de verdad. Por la verdad.

 

Como tantos de su generación, Elliott creyó que el sistema instaurado en la Transición daría satisfacción al nacionalismo. Lo afirma en el libro: «Cataluña pasó a ser [con la Constitución de 1978] lo que la inmensa mayoría de sus habitantes siempre habían querido. Parte integral y con autogobierno de una España democrática, descentralizada y en proceso de modernización». El modelo autonómico —respetuoso de la unidad; generoso con la diversidad— era el sueño catalanista, de Pau Claris a Cambó, hecho realidad. Sin embargo, la historia ha acabado mal. Al menos, de momento. Y eso requiere mirar al pasado. O, en su caso, remirarlo. Es lo que ha hecho Elliott, con precisión y elegancia, siglo a siglo. Desde el matrimonio de los Reyes Católicos en 1469 hasta las elecciones del 22 de diciembre de 2017, con el artículo 155 en vigor y Puigdemont en Bruselas. Los paralelismos con el caso escocés —más diferencias que similitudes— sólo acentúan las conclusiones que el libro arroja sobre Cataluña. Seguimos en modo resumen. Son cuatro:

 

La primera está formulada en términos taxativos: «Cataluña nunca fue una estado soberano independiente en ninguna acepción moderna de la palabra». Y tampoco antigua. Siempre formó parte de una entidad política más amplia, Hispania, la Marca Hispánica, la corona de Aragón, las Españas, España. Esta es la gran diferencia con Escocia: podría haber un Reino Unido sin Escocia, pero no una España sin Cataluña. Salvo la maragallada de procurar un nombre para los despojos: ¿Expaña? Donde Elliott es menos claro, porque no puede serlo, es al defender el uso de la palabra nación para referirse a Cataluña. Es un concepto problemático y febril, desde luego. En el caso de Cataluña, la definición de Benedict Anderson —nación: comunidad imaginada— choca con la imaginación española, del siglo XVI hasta hoy, pasando por Cádiz. Y también con otro elemento, al que Elliott sí confiere la relevancia debida: la radical división que ha lastrado todos los proyectos nacionalistas catalanes. Sin excepción.

 

Hubo división en 1640, con la revuelta de los segadores y el asesinato del virrey —catalán— Santa Coloma. Hubo división durante la guerra de sucesión, que Elliott califica con razón como «una guerra civil española», con partidarios de los Borbones también en Cataluña. Hubo división en el siglo XVIII, con Antonio de Capmany como mejor expresión de ese doble patriotismo que según Elliott fue prevalente: «Cataluña es mi patria; España es mi nación». Hubo división durante las guerras carlistas, con una Cataluña reaccionaria y rural, y otra liberal y urbana. Incluso hubo, para desgracia de Torra y sus guionistas, lo que Elliott llama «una guerra civil catalana dentro de la guerra civil española». Sí, una Cataluña franquista. Y, como bien sabemos y debemos recalcar, hay división ahora: Ciudadanos, primer partido catalán. Es una división positiva en cuanto que la alternativa sería la victoria del nacionalismo por incomparecencia, pero terriblemente peligrosa por el carácter de la facción que ostenta el poder.

 

Esta es la tercera conclusión que arroja el libro de Elliott: la irresponsabilidad endémica de las élites políticas catalanas. Su torpeza y frivolidad. En casi todas las encrucijadas históricas han escogido el peor de los caminos. En 1640, rompieron con los Austrias para convertirse en un protectorado francés. En 1701, optaron por el bando austracista hasta que los ingleses los dejaron tirados. El siglo pasado, bajo Maciá y Companys, protagonizaron dos asonadas, a cual más grotesca. Elliott describe el golpe del 34 como un «farcical episode». Y los sucesos de octubre de 2017 directamente como un «act of folly». Hay que leer lentamente este párrafo: «La declaración unilateral de independencia fue un acto de locura […] A pesar de los numerosos errores del Gobierno de España y de la clase política española a lo largo de muchos años, la responsabilidad principal de esta situación trágica la tiene una parte del establishment catalán. Un sector de la élite decidió tomarse la ley por su propia mano y seguir adelante con sus planes sin valorar el precio a pagar. En muchos aspectos, en efecto, ni siquiera era consciente del precio porque vivía en un mundo de fantasía». Enajenados, hijos de la ficción.

 

Esta es la cuarta conclusión que puede extraerse de Scots and Catalans: en lo único que realmente ha destacado el nacionalismo catalán es en la construcción de una narrativa. Eso sí, a base de medias verdades, muchas mentiras y toneladas de victimismo. Elliott explica con detalle sus orígenes, tras la crisis de 1640, y peculiar evolución. El impacto del Romanticismo: «Las circunstancias a finales del XIX eran propicias para la invención de una nación». Ojo, invención. La duradera influencia de la falsa distinción de Prat de la Riba: Cataluña, nación orgánica; España, Estado artificial. Y el adoctrinamiento implacable de Pujol. En 1999, Pujol entregó a Elliott la Creu de Sant Jordi en una ceremonia en la que citó trozos de su Revuelta de los catalanes de forma selectiva. Hoy Elliott lo considera el responsable último del desastre. El origen del proceso independentista, afirma, está en el documento «Estrategia para la catalanización», encargado por Pujol en 1990. Los nacionalistas han sentido «nostalgia por un mundo que nunca fue». Y han hecho a los cuerdos pagar la factura.

 

Pero las falsas narrativas no sólo tienen padres; también padrinos. Y Elliott los encara. En un párrafo lapidario, el más importante hispanista vivo acusa a la prensa extranjera de asumir, sin más, la versión separatista. Concretamente, sobre la presunta violencia policial del 1-O: «Ante un bombardeo de imágenes manipuladas e información falsa, la verdad contó poco. Líderes de opinión extranjeros, muchos de los cuales no sabían casi nada de la situación doméstica catalana ni del trasfondo del movimiento de secesión, no dudaron en aceptar las imágenes e historias que difundían los separatistas. Muchos ni siquiera estaban al tanto de la campaña de acoso e intimidación que sufrían los no independentistas». Ahí siguen: unos, en la resistencia; otros, en la propaganda; los terceros, en la desinformación.

 

Haciendo balance, Elliott se lamenta de que la España constitucional no haya sido capaz de construir un relato comparable al del nacionalismo catalán. Es un reproche frecuente. Hasta podría hacérsele a Olivares. Esta maravillosa cita que Elliott recupera de su biografía: «No soy ningún nacional; eso es para niños». Y, sin embargo, precisamente esta actitud, ligeramente nonchalante, respetuosa de los matices, reacia a la simplificación, es la que hoy distingue a España como nación cívica, liberal y adulta. Ya se contó sus mentiras cuando Primo de Rivera y Franco, como también recuerda Elliott. Hoy le basta con afirmar los hechos, con rigor y respeto a la complejidad. Y esa ya no es tanto una tarea de los historiadores como de los líderes políticos. ¿Dónde están? Ese es otro artículo. En este sólo queda preguntar: ¿Por qué ha tenido Elliott que escribir otro libro sobre Cataluña? Porque el nacionalismo es enemigo de la Historia. Y a sus 88 años Elliott sigue buscando la verdad.

 

Foto: Sir John H. Elliott en el claustro del Monasterio del Poblet, marzo de 2017.