El discurso que dio a Pablo Casado la victoria en el congreso del Partido Popular tuvo dos momentos cumbre, como habría dicho Javier Arenas de no haber escogido mal. En términos ideológicos, fue cuando arremetió contra todos los colectivismos, empezando por el de sexo, que hermanaba la candidatura de Soraya Sáenz de Santamaría#AhoraUnaMujer– con las políticas de identidad de la izquierda retro. En términos internos, de partido, fue antes, sobre el minuto 5. La bendición laica de haber quedado segundo en la primera vuelta dio a Casado la oportunidad de intervenir después de S3 y así dar réplica y sepultura a la estrategia más peligrosa de su rival: la apelación a la unidad. “¡Unidad, unidad!”, habían clamado en pie los partidarios de S3 después de que su candidata hubiera levantado el concepto a modo de cuerpo de Cristo, amén. (Un consejo derivado de los sucios tratos de Zapatero con ETA: siempre que alguien te reclame unidad, pregúntale para qué). Casado subió al escenario y lo primero que hizo fue dar a los compromisarios lo que jamás habían tenido, ni ellos ni nadie en el partido: el derecho a discrepar. “Yo no os he llamado a ninguno. No he querido incomodaros como a mí me incomodaban las llamadas cuando iba a un congreso. Yo lo que quiero es que votéis en libertad. Que votéis con el corazón. Con la cabeza. Que votéis lo que queráis, sin indicaciones, sin etiquetas. Que votéis con fuerza. Porque merecéis votar y elegir. Vosotros, no nosotros. ¡Esta es vuestra decisión, soberana, libre, democrática!”. El auditorio estalló. El marianismo hizo puf. Y la unidad quedó como lo que en política realmente es: un complemento útil, no un bien en sí misma y jamás la sustituta de un debate serio en libertad.

No evoco este episodio para subrayar la habilidad política de Casado, un hombre bastante más pragmático y dúctil, incluso oportunista, de lo que sentencian los cazafanáticos. Lo hago porque la liberalidad de Casado con los compromisarios marca una pauta a seguir frente a la principal debilidad de su proyecto: su identificación, en lo social, con el sector más conservador del electorado. Eso que permite a un periodismo inteligente y ácido tachar al nuevo PP como “el Partido de la Vida y la Familia”. A S3 disfrazar su mal perder de malestar ideológico. Y a Ciudadanos presentarse como única luz liberal frente a los reaccionarios de uno y otro signo.

La libertad de voto en asuntos que interpelan directamente a la moral personal -por resumir, el aborto y la eutanasia- favorecería la cohabitación en el PP de sensibilidades muy distintas y encauzaría las tensiones que tan hábilmente estimuló en su día Zapatero. Su puesta en acto no es tan difícil de imaginar: se reúne el Grupo Parlamentario; los diputados y/o senadores que así lo deseen toman la palabra para defender plazos, supuestos, lo que sea; la posición mayoritaria determina la del Grupo en el Pleno, pero cada parlamentario individual se reserva el derecho a votar sí, no o abstención. Fin a las estúpidas multas de 600 euros. Fin a las corrosivas maledicencias off-the-record. Fin a los shows de Celia Villalobos como mártir de la modernidad. Y, sobre todo, fin a un consenso artificial y, como tal, perecedero.

El debate sobre la eutanasia, ya razonablemente regulada por las Comunidades Autónomas -también del PP-, tiene un recorrido limitado. El aborto, en cambio, es y seguirá siendo fuente de divisiones profundas. No sólo en el centroderecha. Y no sólo por razones de fe. Abjuren del apostólico y populista Francisco y lean al ateo y ético Savater. La moral no es patrimonio de los católicos. Si aceptamos que todas las vidas valen lo mismo y no sabemos a ciencia cierta -literalmente- cuándo empieza la vida, entonces la decisión sobre su interrupción requiere, como mínimo, una cierta modestia. Es decir, asumir la complejidad, que es biológica, filosófica y también psicológica. Tan arduos y para adultos son los debates morales que las convicciones de una misma persona varían a lo largo del tiempo. Y no siempre en la dirección que fija el canon mediático. La clave no son tanto las creencias como las experiencias. Están las beatas que claman enfáticamente contra el aborto hasta que sus hijas de 18 años llegan a casa con la noticia. Pero también están las libertinas a las que el triple screening salió mal y que, entre la amniocentesis y su resultado, sufren como un perro, incapaces de olvidar el latido y la ecografía. El aborto es uno de esos dilemas que la tecnología no resuelve, sino que agrava. Imaginen ahora una Nasciturus-App: la evolución del feto en tiempo real, perfectamente visible y audible. ¡Mira, ya tiene ojos! ¡Y ahí, un órgano! Y el corazón, todo el día, pum, pum, pum, pum. Lo progresista es hacer política en función de los hechos y la tecnología es un hecho decisivo. El mayor influencer de la política contemporánea, y no siempre para mal.

Y con esto llegamos al punto de unión entre Ciudadanos y el nuevo PP. Ninguna política identitaria es compatible con la defensa del concepto moderno e ilustrado del ciudadano, hoy atacado desde tantos flancos. El mismo compromiso que por fin distingue a los dos partidos frente a los ultras de la tribu -por cierto, es la primera vez en la historia del PP que coinciden en Madrid y Barcelona dos direcciones igualmente firmes contra el nacionalismo- debería guiar sus políticas en los terrenos del sexo y la fe. Para Rivera eso significa perder el miedo al colectivismo de género. Y para Casado, aparcar los eslóganes y dejar que en los asuntos morales se Haga Oír la polifonía de su electorado y hasta de su núcleo duro, de Maroto a Montserrat. Primero, porque partidos “de la vida” lo son todos. Salvo, quizá, los que llenan las plazas de cruces o exhuman viejas tumbas. Y segundo, porque la libertad de voto tiene una ventaja estratégica. El PP eligió a Casado porque entendió que él sí podía tejer una fuerza hegemónica a partir de los retales que dejó Mariano Rajoy. La reconstrucción del centroderecha pasa por una fusión con Ciudadanos, por lo bajo o por lo alto. Y cualquiera de los dos supuestos excluye absolutamente la renuncia al liberalismo, ni siquiera como etiqueta. La libertad asegura la unidad. La libertad no genera corrientes. Es la corriente. Eléctrica.

Artículo publicado en El Mundo el 28 de julio de 2018. 

Imagen: Bajo de Guía, Sanlúcar de Barrameda, diciembre de 2017.