Si yo fuera Albert Rivera estaría poniendo velas a mis santos laicos para que Soraya Sáenz de Santamaría se convierta en la nueva presidenta del Partido Popular. Sería la garantía de la consolidación de Ciudadanos como principal referente del constitucionalismo o de eso que me encanta llamar el espacio de la razón. Ya no hay izquierda ni derecha: sólo populistas y liberales. Y digo esto porque S3, como la han jibarizado sus simpáticos simpatizantes durante estas falsas primarias, representa —quizá incluso más que el registrador y ya veraneante Mariano Rajoy— el fracaso del Partido Popular. Y no sólo por su desvinculación emocional y práctica de los llamados principios del partido, con los que siempre ha marcado una distancia táctica, coqueta. En mis épocas de Génova me la imaginaba por las mañanas ante el espejo: «¿Qué hace una chica tan guay en un partido tan casposo?» Más relevante y grave de cara a sus presentes ambiciones es su legado tangible: la gestión del desafío separatista catalán, el primer asunto político español, el que ha colocado a la democracia del 78 al borde de otro precipicio histórico y al PP en su más triste oposición. Dice S3 que con ella ganarían España y el PP. Pero si con ella ya han perdido. Y de qué manera.

 

Ayer, entre datos, comentarios y editoriales sobre la pugna interna del PP, los periódicos apenas daban cuenta de la aprobación en el Parlamento de Cataluña de una moción que resucita la Resolución 1/XI, de 9 de noviembre de 2015. Es un desafío inconcebible, que hubiera merecido una respuesta conjunta, inmediata y tajante de todas las fuerzas democráticas, empezando por el Gobierno de la nación. Pero no. Sánchez decidió mantener su cita del lunes con Torra. No dejes que la realidad te estropee una buena distensión, estrategia moralmente espléndida y sobre todo tan original. Cuarenta años lleva el Estado cediendo, integrando, acomodando, apaciguando… ¿Y los seis candidatos del PP? Ninguno dijo nada. El jueves no era el día, claro. Pero es que, en el caso de S3, ese día no puede llegar. Porque si llega, cualquiera, pongamos un Casado o un Rivera, siempre podría replicarle: “Y tú, querida, ¿qué hiciste?”

La Resolución del 9 de noviembre de 2015 puso en marcha el asalto separatista a la legalidad. Hay que releerla despacio. Yo la guardo en mi escritorio porque dio origen a la demanda por desobediencia que Libres e Iguales presentó contra la entonces lobuna presidenta del Parlamento catalán, la ahora abuelita Forcadell. Estos son sus highlights:

  • Declara “solemnemente el inicio de proceso de creación del Estado catalán independiente en forma de república.”
  • Proclama “la apertura de un proceso constituyente […] con el objetivo de preparar las bases de la futura Constitución catalana.”
  • Advierte que “como depositario de la soberanía y como expresión del poder constituyente, esta Cámara y el proceso de desconexión democrática del Estado español no se supeditarán a las decisiones de las instituciones del Estado español, en particular del Tribunal Constitucional.”
  • Insta “al futuro Gobierno de Cataluña a cumplir exclusivamente las normas o mandatos emanados de esta Cámara”.

A pesar de estas líneas pestilentes, y a pesar del referéndum del 9-N que las convertía en algo más que retóricas, S3 decidió poner en marcha la Operación Diálogo. El 22 de noviembre de 2015, se lo anunció a los periodistas en un pasillo del Congreso. “Las herramientas del Gobierno”, dijo, serán “el diálogo y el consenso”. Casi como Carmen Calvo. Y añadió: “Para avanzar en el diálogo voy a abrir un despacho propio en Barcelona”. Así lo hizo unos días más tarde, con esta otra frase antológica, también en primera persona: «Voy a hacerme imprescindible, confundirme con el ambiente». Tanto se confundió que el 27 de febrero le regaló al separatismo y a la posteridad su famosa foto fusionada con Oriol Junqueras en la inauguración del Mobile World Congress.

Y ni aun así escarmentó. La Operación Diálogo siguió su curso, teatral y estéril. Los pobres ministros tuvieron que estudiarse al detalle el pliego de 45+1 exigencias presentadas por la Generalidad —un monumento al victimismo, el cinismo y la posverdad— y luego remitir a la vicepresidenta y de facto Alta Comisionada para Asuntos Catalanes sus creativas propuestas de distensión. Esta vez los esfuerzos inútiles no desembocaron en un mar de melancolía sino en algo mucho peor: en los plenos golpistas de septiembre y en la votación ilegal del 1-O.

Me dirán que a pesar de todo esto los militantes del PP han escogido a S3. No la mayoría. Y por eso, además de una injusticia aritmética y una estafa reglamentaria, sería nocivo para el PP que el proceso de elección de su nuevo líder quedara abortado en la primera vuelta. Por decirlo en términos que S3 entenderá, después de la Operación Diálogo no puede haber una Operación Unidad. “¡Integración!, generosidad!”, clamaban el jueves de madrugada sus partidarios, incluido el ex candidato García Hernández. Me recuerda lo que hacía José Luis Rodríguez Zapatero, de negra memoria e in-Maduro presente, cuando sus negociaciones con ETA. Le exigía al Partido Popular unidad con el único objetivo de cerrarle la boca, de impedir una confrontación que es parte imprescindible de la democracia, y también de los partidos políticos. No es cierto que la discrepancia sea sinónimo de debilidad. De hecho, si hay algo que el Partido Popular necesita hoy es un debate ideológico y político de fondo. No lo hubo durante la primera vuelta. Y tampoco Casado lo planteó. Sí habló en líneas generales y generalmente acertadas de su proyecto. Hizo gestos elocuentes: Alsasua, Ermua, la Policía Nacional en Barcelona… Pero no se atrevió a ir hasta el final. No dijo a los afiliados toda la verdad. Sobre la crisis del partido, sobre la responsabilidad de sus rivales o incluso sobre la suya propia, portavoz y secretario de Comunicación. Y, claro, tampoco lo hizo su ahora gran adversaria. Ella y los suyos se limitaron al off the record: “Que lo van a imputar; que no es un tipo de fiar…”

La segunda vuelta es una segunda oportunidad para un debate de ideas en el PP. Y unos y otros harían bien en encararlo de forma limpia y adulta. La alianza contra S3 no valdrá de nada si se limita a una salvaje batalla personal por el poder. Sólo la verdadera autocrítica, sólo la verdad, puede resituar al PP en el camino no ya de la victoria, sino de la supervivencia.

El jueves, mientras los militantes del PP se acercaban a sus sedes, movilizados unos por sus simpatías y otros por Javier Arenas, Albert Rivera conversaba con Mario Vargas Llosa sobre España, Europa y el mundo en la Casa de América. Le vi mejor de lo habitual. Con un discurso más hondo y más compacto. Su derrota frente a Pedro Sánchez —porque eso también fue la moción de censura contra Rajoy— parece haberle aportado una madurez nueva. Una capacidad de distinguir entre el alcohol de los sondeos y la seca ley de la política. Entre los tuits y los votos. Entre el postureo y el proyecto. Si no me equivoco, si Ciudadanos se robustece, y si el Partido Popular lleva hasta el fondo y hasta final su proceso de reconstrucción ideológica, entonces sí tendrá sentido poner en marcha una Operación Diálogo e incluso una Operación Unidad. De los liberales entre sí y por España.

 

Artículo publicado en El Mundo el 7 de julio de 2018. 

Foto: Forcadell, Puigdemont, el Rey, Sáenz de Santamaría y Junqueras, el 27 de febrero de 2016 en el Mobile World Congress. ANDREU DALMAU EFE