En diciembre de 2015, Rubén Amón nos reunió a un grupo de críticos de nuestros respectivos partidos en las tripas/rotativas del diario El País. Irene Lozano vino por el PSOE, Toni Cantó por UPyD, el exjuez Pedro Yllanes por Podemos y yo por el Partido Popular. El reportaje se publicó en portada bajo un título generoso: «Independientes y heterodoxos, no disidentes». Dentro, nuestros puntos de fricción: la servidumbre partidista, la infantilización de la sociedad, la enésima elucubración sobre una reforma constitucional. Al acabar, Rubén me preguntó si a pesar de mi ruptura pública con Mariano Rajoy y salida del Congreso de los Diputados seguía siendo militante del PP. Le contesté con una frase boba pero sincera: «Soy militante no simpatizante». Es quizá lo peor que se puede ser. Y sin embargo ahí sigo, tres años después. No he devuelto al PP mi carné de afiliada, por cierto, firmado por Aznar y Rajoy. No sé si porque el gesto me parecía enfático. O porque en algún rincón tierno de mi cerebro seguía albergando la esperanza de una reconstrucción del centro-derecha español con el PP como motor. Y así, con mi carnet en un cajón, he hecho lo que tantos otros españoles con inquietudes políticas similares. He sido a la vez simpatizante no militante de Ciudadanos. Incluso lo he votado.

El lunes se reúne la Junta Directiva del PP para anunciar la fecha del Congreso extraordinario del que saldrá elegido un nuevo líder. No añado lideresa porque esas servidumbres lingüísticas son ahora patrimonio —¿matrimonio?— de la nueva Gobierna. Como afiliada de base, distrito Salamanca —pijo, pero vanguardia en la exigencia de una mayor democracia interna en el PP— he leído todo lo que ha ido publicándose sobre el Congreso y sobre los tres dirigentes que estarían valorando presentar sus candidaturas. Incluso he rebuscado en la hemeroteca. Un aprendizaje. Por ejemplo, ahora sé los términos exactos del enfrentamiento entre Cospedal y Sáenz de Santamaría. Lo detallaban dos crónicas publicadas en paralelo por El Mundo y El País tras la volatilización de Cifuentes. Las chicas se odian. Una tiene celos de la otra. La otra le quitó a la una la silla —literalmente— en un acto. Una cree que la otra utilizó el CNI contra su marido. La otra acusa a la una de filtrar que el suyo se lucraba en Telefónica. Una, o ya no sé si la otra, no invitó a la otra, o a la una, a un almuerzo con los presidentes regionales del partido. Las dos querían monopolizar la confianza del líder, que ahora descansa en paz, gracias también a ellas. En fin. Que hasta ahora las diferencias entre Soraya y Cospedal han sido pura y visceralmente personales. En ninguna de sus peleas ha asomado nunca la más mínima discrepancia de carácter ideológico o político. No parece que tengan una idea o proyecto de España diferenciado del de su enemiga. Ni tampoco de Rajoy. Si con una mano no han dejado de apuñalarse mutualmente, con la otra no han parado de aplaudir juntas a su jefe. Si acaso, podría decirse que Soraya tiene el estigma añadido de su catastrófica gestión en Cataluña.

Vamos pues con el tercero en liza, Alberto Núñez Feijóo. Según los periódicos, es el deseado, el hombre que podría ganar el Congreso del PP por aclamación. Los periódicos hacen previsiones y pintan mapitas de adhesiones en función de las filias y fobias de los barones territoriales. Será la costumbre, pero es un error. Entre otras cosas, porque esta vez sí votan los afiliados y antes que los compromisarios. Los medios también se entretienen con el clamor de la cúpula del PP: «¡Unidad, ante todo unidad!». Como si un debate ideológico, incluso encendido, no fuera la condición necesaria para que el PP recupere el sentido. Pero volvamos a Feijóo. Frío, inteligente, eficaz, dicen. Un ganador, aunque sea en Galicia. No es poco cuando hasta un twice-loser puede llegar a Moncloa. ¿Pero qué piensa Feijóo exactamente? ¿Cuáles son sus convicciones políticas? ¿Sus objetivos nacionales? A ver. Detalles que podrían interesar no sólo a los que miran por su cargo, sino también por una España con más igualdad y libertad. Feijóo ha dicho que la corrupción le repugna. Estupendo, pero eso es un imperativo ético, no un programa electoral. Su política lingüística no difiere esencialmente de la de cualquier nacionalista. Lo resumió en 2016: «Tenemos algo importante en común: la lengua gallega. Nadie puede ser ajeno a ella». Recientemente, en una entrevista con Jordi Évole —qué necesidad— asumió que el Estado «debería pedir perdón» por las cargas policiales del 1-O. Y ahora ha vuelto a circular un vídeo en el que proclama que «Galicia tiene muchos elementos para considerarse una nación sin Estado». Ah, y mantiene los impuestos de Patrimonio y Sucesiones. Todo esto con mayoría absoluta.

Feijóo puede ser el nuevo líder del Partido Popular, pero tendría que hacer su propio proceso de reconstrucción, por utilizar la expresión de Aznar que tanto ha irritado a sus ex propios y para siempre ajenos. Porque el desafío nacionalista es el problema más grave y urgente de España. Y la tibieza en su combate el mayor lastre electoral del PP.

En la Cope, Rajoy le contestó a Aznar que el centro-derecha no necesita una reconstrucción porque tiene 137 escaños. La ambición nunca fue la principal virtud ni tampoco el principal defecto del ex presidente del Gobierno. La necesidad de un Rassemblement, en este caso anti-lepeniano, de y para la razón, es evidente. Esa operación podría tener tres vectores. Sin embargo, salvo giro de última hora, Vox es un partido lepeniano. En cambio, Ciudadanos —con todos sus regates retóricos y tácticos, y sus clamorosas limitaciones técnicas— es un partido liberal, europeísta, atlantista y enemigo del populismo y el nacionalismo. Tiene mucho en común con el mejor Partido Popular. Y por eso más que perpetuar su enfrentamiento, lo que deberían hacer Albert Rivera y el próximo líder del PP es sentar las bases para una fusión. Inmediata.

Después del almíbar mediático, la realidad. Los socialistas podrán centrarse, pero sólo será de forma táctica y temporal. El PSOE de Sánchez no puede reconstruir el espacio español de la razón por dos motivos. No tiene un proyecto para España y no es de fiar. Es un partido que escoge a un pro-ruso como director de Seguridad Nacional y a un periodista rosa como ministro de Cultura. Que fía su imagen, es decir toda su política, a la identidad, con impúdicas cuotas territoriales y sexuales. Que no sólo pacta con el partido de ETA para llegar al poder —su vergüenza imperecedera—, sino que lo hace a lomos de una mentira. La sentencia de Gürtel no condena penalmente al PP. Y, sobre todo, es un partido que el primer día en el Gobierno levanta el control sobre las cuentas de la Generalidad y queda con el racista Torra a tomar el té. Hola, Borrell.

Frente a un Gobierno de mentira hace falta una Oposición de verdad. Y esa oposición requiere una fusión política. No es una operación fácil. Es una papeleta, por la rigidez propia de los partidos y el carácter de los implicados. ¿Pero no decía siempre Rivera que imposible es sólo una opinión? Se habla del blindaje del sistema político español. Otro mito. Es más permeable incluso que Francia, con su En Marche de Macron. En apenas unos años han irrumpido Podemos, el propio Ciudadanos, hasta el Foro Asturias de Cascos. ¿Por qué no un nuevo partido reagrupado por elevación? Por necesidad, por el bien mutuo y común. ¿Cómo se llamaría? Piensen opciones. Jueguen con las siglas y los colores. Qué más da. Lo importante es que ese partido entienda lo que quiere y necesita la mayoría social española: la restauración de la verdad en el centro de la vida pública. La lucha contra las políticas identitarias, donde convergen el nacionalismo y la izquierda reaccionaria. La defensa de España como una suma de ley, convivencia y paz: el único paisaje donde la libertad y la igualdad son posibles. Un partido que cuando Sánchez convoque elecciones —más pronto que tarde— ofrezca a los españoles una sola papeleta para ganar y gobernar. Me lo decía mi padre: mejor ser ingenuos que cínicos.

Artículo publicado en El Mundo el 9 de junio de 2018.