Llovía con rabia sobre el monasterio del Escorial. El viejo profesor cruzó a trotecito lento el patio de los reyes y se dirigió a las salas capitulares. Allí, arropado por Tiziano, Tintoretto, El Greco y un centenar de españoles vivos, recibió de manos de Felipe VI el primer premio internacional de las órdenes reales. A su lado, amarillo como una figura de cera, languidecía el todavía ministro Catalá. Sir John Elliott agradeció la distinción y habló de lo que más sabe y ha enseñado. Es decir, del autoodio, enfermedad crónica de España. A la misma hora, en la sede de la amenazada soberanía nacional, el PSOE registraba una moción de censura que entierra la paz civil del 78.

España ha tenido gobiernos mejores y peores, débiles y audaces, liberales y autoritarios. Lo que no había tenido nunca, hasta hoy, es un Gobierno netamente antiespañol. El odio a España ha echado a un presidente y ha investido a otro. Y lo ha hecho sin manierismos hipócritas. Cara al sol. El padrino de Pedro Sánchez no es Jordi Pujol, un racista en la intimidad, sino Torra, explícito y bestial. No es Ibarretxe, con su marciano raca-raca, sino el consorcio PNV-Bildu, ahora económica y hasta moralmente rearmado por el propio Estado al que pretende disgregar. Y tampoco es el viejo comunismo, amansado por el tiempo y la Transición, sino un populismo embravecido, disolvente y degenerado. Especialmente ilustrativo para cualquier español, y sobre todo para las víctimas del terrorismo, fue escuchar a la misma señorita de Bildu que pidió «un chaparrón de aplausos» para los terroristas de la T4 invocar la «higiene democrática» para ungir a Sánchez, por cierto, colega del mutilado Madina y el asesinado Lluch. El nuevo Gobierno es peor que el Frente Popular contra el que tantas veces predicó Jaime Mayor Oreja en el desierto de Génova. Y su presidente hará bueno a Zapatero. También a Mariano Rajoy.

«Voy a echarlo de menos», pensé el jueves por la mañana, mientras veía cómo trocitos de un tal Ábalos se incrustaban en el cielo del hemiciclo. Pero luego me acordé. De todo. Quince años al frente del Partido Popular. Seis en el Gobierno. Cuatro con mayoría absoluta. Cuántas veces hemos visto a Rajoy brillar en el Parlamento y huir por, y de, la calle; encerrarse real y metafóricamente en el reservado de un restaurante. El ex presidente del Gobierno ha sido siempre una rara mezcla de inteligencia, egoísmo y cobardía. Y nunca ha creído en la política. Sólo la ha ejercido contra su voluntad y antes del 2008. Su despedida de ayer fue peor que patética: ofensiva para su partido y sus votantes, y aferrada a una mentira. Esto encantará al neofeminismo dominante, ahora también de iure: Rajoy ha llorado como una mujer lo que no ha defendido como un hombre. No deja una España mejor. Incluso antes que su y nuestro Bruto, es responsable de la entrada de España en una fase de crisis máxima.

Rajoy no se ha ido por la corrupción. El impacto de la sentencia de Gürtel es una pura desproporción, obra cumbre del sensacionalismo mediático. Rajoy ha caído porque se negó a combatir el paradigma ideológico y cultural de la anti-España. Que es el mismo de la anti-democracia. Para empezar, nunca asumió la verdad sobre el nacionalismo. No denunció su proyecto liberticida, xenófobo y radical. No cuestionó su insólito papel de árbitro de la moderación española. En Cataluña, aceptó el 9-N. Insistió en la vía cegada del diálogo. Retrasó la intervención económica y política de una Generalidad en rebeldía. Convocó elecciones en lugar de aplicar a fondo el 155. No intervino TV3. Y permitió la investidura del holograma de Puigdemont. En el País Vasco, más de lo mismo. Liquidó al sector del PP que conjugaba ética y eficacia. Aceptó una paz sucia y publicitaria que ha servido para blanquear a la vez a ETA y a la moción de censura. Y le regaló al PNV el dinero y la oportunidad para traicionarle. El error de Rajoy, lo que ha acabado con su carrera política y ya veremos si también con su partido, es haber subestimado tanto la fuerza ilegítima del nacionalismo como la fuerza legítima del Estado para derrotarlo. Le faltó convicción en España. Y la anti-España lo tumbó.

Hay más, e incluso sus críticos tenemos hoy el derecho a hacer leña del árbol caído. El ex presidente Rajoy tampoco hizo política contra el populismo. Alimentó la Justicia ejemplarizante (sic), contra Camps, contra Rita, contra Rato y a final contra sí mismo. Aquella frase de Catalá: «El juez de La Manada tiene un problema singular», resume el fracaso del Gobierno. «Ya verás el problema que vais a tener vosotros», pensaron jueces menos rigurosos que Rodríguez. Y de los medios mejor ni hablar. O sí. El Gobierno del PP confundió la neutralidad de Televisión Española con su inanidad. Descubrió demasiado tarde lo que hacía y deshacía La Sexta. No hizo nada para contraprogramar la pornografía política y el golpismo en red. Y se refugió en el líquido amniótico del plasma. La derrota de Rajoy es el resultado de su abdicación en la defensa de una alternativa. No ya de centroderecha. Simplemente ciudadana.

Y aquí aparece Albert Rivera. Se vio en la entrevista que le hizo Emilia Landaluce y en el debate de la moción de censura, que en realidad lo ha sido de cesura. Rivera es escurridizo y oportunista. No tiene claro lo que quiere hacer con la Constitución ni con los impuestos ni con los huesos de Franco ni con el español en Cataluña. Y su patriotismo arrastra la tara de haber aprobado los Presupuestos pro-PNV que resucitaron la legislatura antes de entregársela a Sánchez. Y, sin embargo, no es un populista mainstream, como dice el coqueto Alain Minc. Es mainstream sin más: fácil y consensual como Stefan Zweig. El mínimo común denominador de España y de momento su única esperanza.

Albert Rivera tiene una responsabilidad, y perdonen el adjetivo, histórica. Ya no se trata de ofrecer amparo sólo a los constitucionalistas en Cataluña, el País Vasco y Navarra. [Por cierto, ayer se publicó la sentencia de Alsasua: María José, yo sí te creo, hermana.] Ahora hay huérfanos por todo el territorio nacional. El bipartidismo se ha acabado, sí. Pero la polarización va a dispararse. Y a partir de ahora el juego —el enfrentamiento— ya no será entre dos grandes corrientes ideológicas, sino existenciales. Entre España y la anti-España. Con el agravante de que la segunda es Gobierno y la primera, Oposición. Y así, digerida la noticia, superado el shock de ver a Rajoy hacer sus cajas y Sánchez tomar posesión, habrá que ponerse en marcha. A lo Celaya. En la Oposición, ya no puede haber distingos entre liberales, conservadores y socialdemócratas; entre Ciudadanos, el viejo Partido Socialista y si acaso un nuevo Partido Popular. Hay que buscar un denominador común, aunque sea mínimo, y la máxima movilización: llamémonos españoles y salgamos a la calle.

 

Artículo publicado en El Mundo el 2 de junio de 2018.