Hay semanas en las que para digerir la realidad hacen falta pastillas.

 

  1. Incluso ETA puede degenerar. Su último comunicado incluye una frase que describe bien su tiempo crepuscular y el nuestro: «Los y las ex militantes de ETA continuarán con la lucha por una Euskal Herría reunificada, independiente, socialista, euskaldún y no patrialcal». No patrialcal… Con erratas o en chino mandarín, ETA se apunta al #MeToo. Con un extra. Para ellos y ellas, como para sus camaradas podémicas y separatistas, patriarcal conjuga patria y patriarcado: España ya no es una, grande y libre, sino uno, fálico y opresor. El Estado macho autoritario al que van a seguir combatiendo. «Acumulación de fuerzas», «acuerdos entre diferentes», «activación popular»… Otegi, Puigdemont, Iglesias y alguna hermana más, juntas y revueltas por la centrifugación final. El Procés ya tiene su Prozesu. Y España será juzgada a la posmoderna manera de La Manada y, sobre todo, de sus jueces: en los medios y en la calle, cumpliendo el veredicto social.

 

  1. Vieja marxista impenitente —hoy se cumplen 200 años del nacimiento de su barbudo inspirador—, ETA distingue a las víctimas por clases. El problema es que una parte de la sociedad española también. Comparen la reacción política, mediática y ciudadana a los juicios de Alsasua y La Manada. María José, pareja del teniente agredido en Alsasua y ella misma golpeada, tuvo que soportar un interrogatorio implacable por parte de los abogados de los acusados. Incluso fue sometida a una prueba contrapericial en la que un psicólogo le preguntó por su ideología. ¿Alguien ha protestado? ¿Alguna asociación feminista, siempre vigilantes ante cualquier abuso y sobre todo ante cualquier oportunidad de subvención? ¿Alguna periodista, de las que a todas horas pontifican sobre el ser y sentir femenino? ¿Alguno de los 1.800 terapeutas y terapeutos que firmaron contra el «insoportable sesgo patriarcal machista» de los jueces navarros? Mira, Alsasua también está en Navarra. Pues no. A todos ellos les pareció normal, razonable y hasta imprescindible para un juicio justo que conozcamos a fondo la vida de la víctima, incluidos detalles irrelevantes para los hechos investigados. Venga, yo también me apunto: ya sé con quién se acuesta María José, ahora quiero saber a qué partido vota. «A la izquierda» ¡Ohhh…! Ahora prueben hacer lo mismo con la víctima de la Manada. Si algún amigo en busca de shock y share les enseña fotos y vídeos de los agresores —calentando motores y no sólo motores en Sevilla, el culo al aire en Barcelona, haciendo el guarro en Pamplona— atrévanse a reclamarle coherencia. Pregúntenle por un aspecto de la vida de la víctima que sí tiene relación con el caso. Pongamos, sus gustos sexuales. ¿Es como tantas adolescentes, que confunden la libertad con el libertinaje? ¿Que cuando llegan lejos ya no saben cómo volver? ¿Que no calculan ni anticipan el factor agresión, porque no les hemos dado una explicación biológica de las diferencias cruciales entre hombres y mujeres? Verán qué respuesta: ¡Machista! ¡Fascista! ¡Hereje! ¡Fundador de Ciudadanos! A la hoguera de Twitter, a recibir lecciones morales de un Rufián, una Rahola y hasta de lo que una vez fue el Partido Socialista Obrero Español. Como diría la nueva ETA, en la plataforma junto a las vías del tren: «Pasen, pasen. Delante las víctimas VIP, las que hayan sufrido abusos por parte de cualquier estamento del Estado opresor. Detrás, las que tengan vínculos con la Guardia Civil. Y cualquiera que solo lleve faldas en Escocia».

 

  1. España o El Prodigioso Caso del Patriarcado Huérfano. Podría ser el título de un relato corto con final abierto. (El optimismo es una consigna vital). Salvo cuatro togas y tres plumas, el presunto patriarcado español se ha disuelto en el pueblo. Y perdonen el plagio a ETA. Ahora que ha sustituido las bombas por el seny pujoliano, ahora que ha decidido hacer como Franco y no meterse en política, vamos a tratarla como merecen todos los indentitaristas. Sin respeto, en sus tres acepciones: veneración, miramiento y miedo. Precisamente lo que no hacen los patriarcas españoles, autoemasculados, Bobbits de sí mismos. El ataque del ministro Catalá al juez Ricardo González es un golpe bajo. Sí, en las partes más sensibles del Estado, donde los poderes se separan. Y en el momento más sensible, cuando los lobos acechan en manada. Catalá lo sabe, pero no quiere rectificar. Como el presidente del Gobierno, como los pobres diputados del Partido Popular, cree que el 8-M es un nuevo 15-M y ha decidido someterse. Ojos cerrados. Que pase pronto. Que escampe. Que parezca consentido. Como hacen todas las chicas cuando acaban con cinco maromos a la vez, según la nueva especialista en sexo, sentencias y violaciones Ana Patricia Botín. Pero no escampará. Lo comprobé anoche desde el balcón de mi casa: una horda se congregó a las puertas del Supremo con el objetivo indisimulado de intimidar a los jueces que deberán decidir sobre los recursos contra la sentencia de La Manada. Gritaban un eslogan guerracivilista reciclado: «Madrid será la tumba del machismo». Es decir, «del fascismo». Es decir, del PP y Ciudadanos. Un Estado democrático puede superar toda clase de desafíos políticos, sociales y hasta territoriales, con una condición: que sus defensores no se apunten al jolgorio de su descrédito.

 

  1. Y mientras tanto, allende los Pirineos, el regocijo. ¡El Parlamento Europeo debate! ¡La ONU denuncia! ¡Alemania rechaza! ¡Francia acoge! ¡El Reino Unido disfruta! Ahora con La Manada, literalmente. Nos quejamos de que la prensa anglosajona llame separatistas a los terroristas y demócratas a los golpistas. Es un lamento estéril. La responsabilidad de la imagen de España es de los españoles, desde Bartolomé de las Casas hasta cualquiera de los políticos y periodistas que hoy cultivan, mezquinos y miopes, el fracaso español. El autoodio interno potencia la inmensa fuerza exterior del tópico. Volvamos a La Manada. Pocas historias estimularán más el fértil imaginario anglosajón sobre España. Todo encaja e incluso se supera: no sólo hay fiesta, alcohol y desenfreno en Sanfermines. Hay tricornios. Y militares. Y hasta ese exótico trasfondo sevillano, que enlaza directamente con Carmen, los gitanos y la muerte. ¿Cómo no excitarse? ¿Cómo palpar este cuerpo con la frialdad y la precisión del viejo periodista? ¿Cómo aceptar que la democracia española no se hace la sueca, sino que lo es; que trata a denunciantes y denunciados —ya sean terroristas, separatistas, machos o hembras— de manera idéntica, con escrupuloso respeto a las leyes, garantías y procedimientos? O más difícil aún: ¿cómo asumir el vertiginoso doble movimiento pendular de la sociedad española, primero de Arias Navarro a Pedro Almodóvar y ahora hacia un histérico puritanismo de campus americano? ¿Una España victoriana? ¿El país donde gozó Ava Gardner convertido en un matriarcado de corsé y carné de baile, en el que incluso un puede ser un no? Esto no hay anglo febril que lo aguante. Ni mujer española y libre que deba darle su consentimiento.

Artículo publicado en El Mundo el 5 de mayo de 2018.