Voy a contarles una breve historia de sacrificio, compromiso, hipocresía y desvergüenza. Una de esas historias que sólo llegan a los periódicos gracias a la intervención siempre infravalorada del azar.

Hace dos años estuvo en Madrid la pianista y compositora Gabriela Montero. Vino a presentar Ex Patria, una metáfora musical de la hecatombe democrática y humanitaria de su país, Venezuela. Por la noche ofreció un recital privado en una casa culta y canchera de la calle del Prado. Fue una noche excepcional, en sus dos acepciones. Entre conciertos, grabaciones, vuelos y su trabajo como cónsul honorario de Amnistía Internacional, Gabriela tiene poco tiempo para las amistades ligeras. Pero se volcó. En la penumbra, vino y velas, primero tocó un repertorio clásico: Bach, Schumann, Rajmáninov. Y luego, sonriente y sensual como una mujer con un secreto, demostró por qué su fama es mundial y su cerebro, objeto de estudio: «Decidme un tema. El que queráis: pop, rock, tango, bolero…» Y así, a partir de un título o tres notas, como hacían Mozart o Liszt, con una libertad orgánica, atávica, se lanzó a improvisar. A crear música con una textura reconocible, pero nueva y de una torrencial belleza. Calificarla de fusión sería una vulgaridad.

Cuando Gabriela bajó la cabeza, me acerqué al piano. Quería ver sus manos y preguntarle por su vida. Me habló con la mezcla justa de timidez y orgullo. Me contó que empezó a tocar el piano a los siete meses. Apenas se sentaba. Era Navidad y sus padres habían comprado un piano de juguete para una prima algo mayor. Pero la intuitiva insistencia de su abuela hizo que se lo regalaran a ella y lo colocaran en su cuna. Todas las noches, como todas las madres, la madre de Gabriela le cantaba canciones. Y todos los días, la niña —un bebé— se pasaba horas intentando reproducirlas de oído en su piano. Sus padres alucinaron.

Con año y medio, Gabriela ya tocaba piezas reconocibles. Con cuatro, tuvo su primer profesor. Con cinco, debutó en público. Y a los ocho, con orquesta: el concierto en Re mayor de Haydn. El resto está en Google. Sus giras. Sus premios. El patrocinio de Marta Argerich. La Inauguración de Obama. Y la lucha por la libertad de Venezuela.

Pocos artistas se significan contra la izquierda: socialismo es sinónimo de subvención. Cuando esa izquierda trasmuta en tiranía, el silencio se blinda. Gabriela se rebeló. Hace ocho años, se enfrentó al corrupto régimen venezolano. Llamó cleptócrata a Hugo Chávez en la portada del New York Times y puso su música y su reputación al servicio de la democracia. Eso fue Ex Patria, su debut como compositora: un intento de combatir la indiferencia internacional respecto a la tragedia venezolana a través del impacto emocional de la música. Está dedicada a los 19.336 venezolanos asesinados a lo largo de 2011. Pocos comparados con los que ahora mueren por el hambre, la falta de medicinas y la represión. Venezuela es un Réquiem del que sólo se benefician individuos como Zapatero. Y algunos chicos buenos. Gabriela también denunció la cobardía y complicidad de sus colegas y amigos. En 2014 publicó una carta abierta al director de orquesta y prodigio de moda Gustavo Dudamel: «La música, la ambición y la fama no valen de nada al lado del sufrimiento humano. No más excusas. No más aquello de ‘los artistas están por encima o más allá de todo’». Dudamel calló. Y cuando por fin reaccionó —el verano pasado, tras el asesinato de un joven violinista en una manifestación— ella le reprochó la tardanza y hasta el oportunismo. Gabriela Montero es una autoridad moral. Sabe que no hay improvisación sin libertad y que la libertad no se improvisa.

Y ahora la hipocresía y la desvergüenza.

La semana que viene —26 y 27 de abril— tendrá lugar en el Circo Price de Madrid la octava edición de Mentes Brillantes, un foro efervescente e innovador. Científicos, intelectuales, artistas, activistas, gente inteligente y heterogénea debaten los big issues of our time en un formato cool y ágil tipo Ted Talks. Las entradas no son baratas: entre 75 y 250 euros. Pero suelen asistir unas dos mil personas y la implicación de la revista National Geographic le garantiza una repercusión global. Entre sus patrocinadores están el Corte Inglés, la ONCE y el Fondo Social de la Unión Europea. Y entre sus participantes en anteriores ediciones, el cofundador de Apple, Steve Wozniak, Ferran Adrià, Bernard-Henri Lévy, varios premios Nobel y la niña del Napalm. De los españoles que actúan este año destacan Antonio Escohotado, Fernando Sánchez Dragó y Santiago Segura. A mí también me invitaron. Pero conozco a Gabriela Montero.

En noviembre de 2014, Joaquín Zulategui —un abogado con aficiones eclécticas, que incluyen por igual la organización de Mentes Brillantes como la inversión en equipos de fútbol (el Betis, el Extremadura, ahora el Córdoba), y al que le gusta proclamarse hombre de principios, «liberal comprometido»— invitó a Gabriela a su congreso. Gabriela vivía entonces en Los Ángeles, por lo que llegaron a un acuerdo sancionado por contrato: ella no cobraría honorarios, pero la empresa El Ser Creativo, dueña de Mentes Brillantes, se haría cargo de parte de los gastos de su traslado: «3.155 euros contra factura emitida». La factura se emitió. Gabriela vino a Madrid, intervino con su voz y con su piano —disfrútenla en Internet— y se marchó. Hasta nunca, debió pensar Zulategui.

Durante tres años y medio, una mente brillante y generosa hasta el extremo de que acoge en Barcelona a varios jóvenes músicos venezolanos ha intentado sin éxito que un individuo de la peor tradición ibérica, la de los pícaros y embusteros, le pague lo que le debe. Su correspondencia produce estupefacción y vergüenza ajena. Pretextos. Largas. Falacias. Silencios. En enero de 2016 —más de un año después de la participación de Gabriela en Mentes Brillantes— Zulategui llegó a alegar que su socio le había estafado —«se ha llevado hasta los cajones»— para pedir una nueva prórroga. Cuatro meses después, Gabriela insistió: «Estoy perpleja». Él se comprometió: «Tienes toda la razón». Ella esperó. Y él se esfumó. El pasado febrero, un representante de Gabriela volvió a dirigirse a Mentes Brillantes. Esta fue la respuesta: «Mentes Brillantes era un evento de la empresa El Ser Creativo, pero a mediados de 2017 lo adquirió TPI, una empresa de comunicación independiente que no tenemos nada que ver con El Ser Creativo ni con Joaquín Zulategui.»

Falso. Por esas mismas fechas, Zulategui se puso en contacto conmigo para invitarme a participar en Mentes Brillantes. Quería que diseñase los contenidos, moderase los debates, invitase a personalidades con tirón: «¡Boadella, por favor! ¡Mario, que venga! ¡Y Pinker! Nosotros no pagamos fees, pero sí viaje en Business y estancia». El azar es así de perverso o feliz. Una amiga común, un concierto en el Auditorio Nacional, un whatsapp y Gabriela me relató lo ocurrido. En estas semanas hemos intentado que Zulategui pague su deuda. Primero negó tenerla. Luego se comprometió a pagarla «mañana mismo». Después pidió la factura que ya tenía. Y por fin se desenmascaró. Intentó embarrar el campo. Acusó a Gabriela de «defender la libertad cobrando 8.000 euros por pasaje». Cifra inventada; descaro infinito. Y cuando se le dijo, santa ingenuidad, que ojalá nunca más pueda engañar a nadie, ni siquiera a Hacienda, con la que tiene una relación delicada, se explayó en un andaluz pata negra: «¡Ojú!».

Y después de todo esto yo me pregunto: para qué se inflarán algunos el currículum. Con lo rentables que pueden ser los realmente brillantes currículos ajenos.

Artículo publicado en El Mundo el 14 de abril de 2018. 

Audio: una improvisación de Gabriela Montero, 5 de abril de 2018.