No sé cuántos militantes habrán respondido a la tómbola que el Partido Popular anuncia en su página web. Pero habrá que ver con ternura sus vídeos, escuchar sus argumentos y reconocerles el mismo mérito que a los seguidores del Atlético en las temporadas más oscuras. Militar en el PP se ha convertido en una forma de masoquismo. Y pocas ocasiones mejores para comprobarlo que esta convención invernal e infernal en Sevilla.
 
Ya ni siquiera quedan presuntas sucesoras con las que hacerse selfies para matar el tiempo entre ponencias: Soraya, kaput; Cifuentes, fin de máster. Para el estoico afiliado, como para el periodista, la alternativa será medir el grado de vacío que le hacen a la ¡todavía! presidenta de la Comunidad de Madrid sus compañeros de partido, empezando por su líder, y perdonen la hipérbole. En cuanto al discurso de clausura, esta vez la expectación está justificada. Atentos a cómo reivindica Rajoysu gestión en Cataluña. Puede centrarse en su vigorosa defensa del derecho de los castellano-parlantes. En su enérgica reacción frente a los sabotajes cometidos por los Comités para la Defensa de la Rebelión, que no de la República. En su heroica decisión de cerrar TV3. En su diligente limpieza de los edificios públicos de lazos amarillos y otra propaganda separatista. O -lo más probable- en su eficacísima reafirmación del Estado de derecho español frente a los golpistas prófugos.
 
En las últimas 48 horas no ha explotado nada. Simplemente han quedado expuestos el vacío y la flacidez de uno de los últimos diques de nuestro sistema democrático, en su doble vertiente: Gobierno y partido. Vacío de liderazgo, por supuesto. Pero sobre todo vacío de proyecto, de criterio, de estrategia, de táctica, de cualquier cosa que pueda identificarse mínimamente con la política entendida como algo más que la mera supervivencia personal.
 
El golpe asestado a España desde Alemania es una catástrofe europea, sí. Demuestra que el Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia no es más que una suma de palabras bellas. Que Europa sigue siendo un espejismo, una visión romántica, la mía, porque no existe no ya confianza mutua, sino buena voluntad recíproca. Pero sobre todo es un fracaso nacional. De los que avalan leyendas negras y alimentan depresiones colectivas: los males endémicos de España. El Gobierno de Rajoy ha sido respecto a Bruselas, y concretamente respecto a Berlín, un alumno aplicado. Ha cumplido todas sus instrucciones económicas, incluso más allá de lo conveniente, como durante la atolondrada reforma del sistema financiero. A cambio no ha exigido nada. Ni siquiera respeto.
 
En estos años críticos, España no ha hecho valer no ya su peso como país, sino tampoco su esfuerzo en aras de un proyecto de civilización que echó a andar gracias a la economía pero que nació de la política. Europa se fundó contra el nacionalismo y la alteración unilateral de las fronteras. Todo lo que favorezca a estos últimos, perjudica a la primera. El Gobierno no lo ha explicado. Ni dentro ni fuera. No ha hecho nada por convertir el desafío separatista catalán en un examen de la fortaleza europea. Nunca interpeló pública y enfáticamente a sus aliados necesarios. No les preguntó: “Y ustedes en nuestra situación, ¿qué harían? ¿Ah sí? ¿Juzgarían a un golpista por malversación? ¿De verdad? ¿En Córcega? ¿En el Ulster? ¿En Flandes? ¡¿En Baviera?!” El resultado es el peor de los posibles: el triunfo del nacionalismo; un quebranto de Europa sobre el quebranto español.
 
La decisión ultra-exprés del tribunal de Schleswig Holstein es un reflejo de las lánguidas indecisiones del Gobierno de España. Juntas, anulan la movilización constitucionalista de octubre, la más importante desde la Transición. Puigdemont, un golpista, será juzgado como un corrupto cualquiera, de los que cada mediodía condena La Sexta. Es cierto que algunos de sus colegas y subordinados tendrán que responder por los delitos de rebelión y sedición. Pero a ver qué juez, qué tribunal y sobre todo qué político de los que hoy tiene España va a aguantar la acusación de cultivar un odioso doble rasero. Los indultófilos y los socialistas, valga la redundancia, ya están al acecho.
 
Y con la impunidad, la legitimación de la violencia política. No sólo la de los últimos meses. Si el asalto televisado a la Consejería de Economía y la usurpación de la Policía Autonómica para fines explícitamente delictivos no son formas de violencia, ¿qué serán entonces los otros ingredientes del proyecto separatista? Me refiero a los suciamente soterrados: la agitación de la xenofobia, el hostigamiento de los discrepantes, la movilización de las masas contra la legalidad, las pintadas en casa de Llarena, los cipreses mutilados de Boadella. ¿Expresiones de convivencia democrática? ¿Y cuál será el impacto de este descalabro sobre el País Vasco, Navarra, Valencia, Baleares…? ¿Y sobre la política nacional en el corto plazo? Especulemos.
 
El gol político de Puigdemont al Estado -el segundo después de las elecciones que le regaló Rajoy- puede enrocar todavía más al separatismo, dificultando la formación de un Gobierno en Cataluña. Esto forzaría al Gobierno a mantener el artículo 155 en vigor y blindaría los sibilinos pretextos del PNV. El bloqueo catalán provocaría así el definitivo bloqueo español: por primera vez en la historia, los Presupuestos Generales del Estado podrían ser devueltos, derribados. Rajoy podrá pensar: “Prorroguemos. Total, qué más da. Todo es un lío…” Sería propio de su carácter, pero impropio de su cargo, el paso casi póstumo de una trayectoria singular. No se ha dicho lo suficiente: pocos políticos han generado más caos en la política española que el aparentemente conservador Rajoy. Y con el caos acumulativo, la erosión institucional. La de su país y su partido.
 
Bajemos un momento a Sevilla y a las alcantarillas. Abrazos y declaraciones públicas al margen, Génova y Moncloa intentan ahora desmarcarse de Cifuentes. Es una maniobra inútil. La devastación del PP madrileño es la devastación del PP nacional. Y antes su consecuencia que su causa. Contra lo que ellos quisieran y ella cree, Cifuentes es una política convencional, del mainstream marianista. Su concepción de la política también es la negación de la ideología, sobre todo de la propia. Ha confundido la lucha contra la corrupción -puro estuco- con la defensa de un proyecto, cuando la ética en política no se propone, se presupone. Ha abusado del victimismo como un nacionalista cualquiera: primero «me hago la rubia» y luego grito “¡machismo!”. Y ha acabado expuesta como lo que es: un fake. Eso sí, con la lección bien aprendida: «¿Dimitir, yo? ¿Por un máster? Si a Mariano le han un dado un golpe de Estado y ahí sigue».

 
La resistencia egoísta no es lo único que une a Cifuentes y Rajoy. Ninguno de los dos tiene sucesor interno. De ambos lo será Albert Rivera. Con un inconveniente. El líder de Ciudadanos también es proclive a la táctica. Y, dado el panorama, podría pensar que el secreto del éxito en política es hacer lo mínimo posible. No moverse. Quedarse completamente quieto mientras tu rival se despedaza a sí mismo. Eso pensó el Partido Popular después de la inmolación económica de Zapatero. Y así estamos. Pasmados. Con la inaudita soga de Europa al cuello.

 

Artículo publicado en El Mundo el 7 de abril de 2018.