Desde el minúsculo aeropuerto de Bahía Blanca hasta la tranquera de Santa María hay unos 60 kilómetros. Un tercio son de tierra; ahora, con el verano ya muerto, pura piedra y polvo. A cada lado, la mirada se abre entre vestigios de trigales y pastos amarillos. Un montecito rasga cada tanto el horizonte. Intento recordar cuántos años han pasado desde la última vez que vine. ¿Diez? No, tienen que ser quince. Antes de emigrar, o de volver, venía cada verano, adolescente y eterno. De pronto, veo el perfil de la gran avenida de eucaliptus. Árbol vulgar, pero querido. «Me acuerdo cuando los plantamos. Papá nos mandaba quitarles los bichos canastos, uno a uno.» Es la voz de mi madre y su recuerdo tiene exactamente 70 años. Atravesamos el túnel ventoso. El coche cruje sobre cortezas y cáscaras secas hasta que llegamos al parque. «Estancia». «Casco». «Parque». Explico a las niñas la jerga del campo argentino y de pronto aparece, detrás de un velo de aguaribays, la casa, tan colonial y romántica. Bajo un techo de dos aguas de chapa gris —en origen era roja—, se extiende una galería ancha de madera blanca abrazada por viejos rosales. En el centro, grabadas con orgullo sobre el muro de adobe, sus fechas: 1883-1923. La casa de Santa María fue construida por los Corbett, una familia escocesa de las que llevaron el ferrocarril al Sur, fertilidad y promesa. Su primer inquilino fue el administrador de la estancia, que entonces tenía unas diez mil hectáreas sin un solo potrero: la última alambrada era el océano. El tiempo, su ruina, ha ido devorándola. Como a todos. Los Corbett tuvieron que vender. Mi bisabuelo compró. Y después de una sucesión y un divorcio, Santa María quedó en manos de mi abuela, que hizo de ella su proyecto de vida y nuestro lugar de encuentros y desencuentros familiares.

Aparcamos donde una vez hubo una higuera. Pregunto por ella. A un lado, el puente de hormigón y hiedra, deshecho, que une la segunda planta —los cuartos de los niños, leoneras— con la libertad. Entramos por el patio de la cocina, siempre revuelto, bullicioso, alegre, junto a la antigua lechería. Huelo la capa de espuma recién ordeñada. La brisa sacude las cortinas a cuadritos blancos y rojos de la fiambrera. Son las mismas de mi infancia. «¡Chicos!» Es Beba. Hace unos días cumplió 99 años y no desconecta jamás.

Los primos se miran, miden y olfatean como animalitos de la misma especie y corren juntos hacia dentro. Los sigo en busca de mi memoria. Todo me sorprende por pequeño y manoseado por la entropía. El office de nuestros desayunos y meriendas, con sus grabados de cacerías inglesas. El salón, custodiado por la pintura irónica del añorado Rómulo: «Van Gogh en la Pampa, Figari de Macció». La escalera, qué miedo nos daba. Y el escritorio del abuelo Pipo: oscuro, adulto, con chimenea, mi favorito.

Salimos al parque y a la luz por la pequeña puerta de la fachada. Dos caballos criollos, las crines como el cepillo de un limpiabotas, cabecean atados bajo un árbol. No llevan silla. Apenas una piel de corderito y una cincha. Los niños se montan y nos dirigimos lentamente hacia el Bajo. Las casitas de ladrillo están vacías. Una sirve de depósito de muebles viejos. De sus paredes todavía cuelgan las literas donde dormían los jornaleros. Primero hubo ovejas, decenas de miles. Luego un criadero de visones: estaba de moda. Ahora sólo quedan unos cuantos novillos para carne. Seguimos hacia la Quinta. ¡Un bosque entero de membrillos! Los haremos esta tarde al horno o en compota.

De pronto, un mensaje en el móvil. «Movistar info: revise su gasto acumulado datos roaming llamando al…». Mejor no llamar y, sobre todo, dejar de acumular. Sé que la consigna popular que tan poco gustó a Borrell se ha hecho por fin realidad en una democracia militante. Que el tal Torrent se ha confirmado como el brazo tonto de la legitimidad. Que comandos de falsos republicanos no acaban de atreverse con la violencia abierta: en Cataluña sigue vigente la mentalidad soixante-huitarde de la revolución gratis total. Y que el Gobierno de España se ha ido de vacaciones. Yo también. Sin Wifi, sin Orbyt, sin Kiosko, sin Gmail y, por supuesto, sin Twitter. Durante 48 horas deambulo como una adicta: ávida, famélica, todos mis automatismos a cuestas. Pero luego desconecto. Yo sí.

Almorzamos a la sombra de las acacias sobre un mantel de hilo. Beba, en su silla de ruedas, con unas grandes gafas negras, qué guapísima era. La mayor de cuatro hermanas, nieta de Cayetana de Álzaga y heredera de su fuerza. Llegan los choripanes y luego el cordero a la cruz, cristal jugoso. Beba apenas oye y, cuando habla, todos callan. Evoca una Argentina de camas con mosquitero y camisones de piel de ángel. Un país que empezaba a creerse condenado al éxito pero que todavía no se había tumbado en el diván. Desde Buenos Aires llegan noticias de manifestaciones a favor de la memoria histórica y contra el aborto. Todo muy convencional. Una de mis primas, limpia y politizada, despotrica contra Cristina Kirchner. La ahora senadora está acusada de pactar la impunidad de Irán en el atentado contra el centro judío AMIA —85 muertos, 300 heridos— y de robar miles de millones de dólares: el enésimo desfalco patrio perpetrado en nombre de la justicia social. Comento que, precisamente estos días, Pablo Iglesias pasea su retropopulismo por Buenos Aires y que se ha hecho una foto con la desaforada, espero que pronto también en el sentido jurídico. Me explican que, de momento, la principal baza política de Macri es la división del peronismo. Y me acuerdo de Rajoy. Y también de Rivera y de Aznar. Los tres visitan Argentina en abril.

Los niños quieren ir a pescar y los niños hoy mandan. Cortamos unas ramas y les atamos tanza, anzuelo, corcho y plomada. En una bolsa, la carnaza; en otra, tortas negras: pan tierno bajo una costra de azúcar quemada. El río se llama Sauce Grande. Es estrecho y manso, y lo atraviesan álamos muertos; toca la espalda de la casa y luego se pierde hacia las quebradas. Nos abrimos paso entre los árboles hasta alcanzar una zona de hierba fresca, despejada de cardos. Tenemos poca fe, pero a ver quién se la quita a ellos. Tiramos las cañas. Pasan varias familias de patos, un carpincho remolón y… ¡Pica! ¡Picaaaa! El balance de la tarde son cuatro dientudos, tres bagres y un pez rarísimo del que Casimira, presunta experta, sentencia: «Piraña». La infancia estalla.

Cuando cae la noche, cae también el viento norte en la playa de Pehuen-Có, a unos veinte minutos de Santa María en coche. Fuera de temporada, el pueblo merece una banda sonora de Ennio Morricone. En el único bar abierto, España golea a Argentina. Y del barco hundido ya sólo quedan dos perfiles oxidados, que se confunden con las rocas. Los valientes se bañan. Los demás paseamos hasta los médanos y juntamos caracolas blancas, intactas, inverosímiles. Como la que Amadeo Vives se acerca al oído en la última escena de una de las obras más sublimes y poéticas de Boadella. Albert… El sábado —hoy para ustedes— habrá acto de desagravio en Jafre, su pueblo. Necesito Wifi.

Artículo publicado en El Mundo el 31 de marzo de 2018.