¿Qué es peor? ¿Señalar a una mujer o a un inmigrante? No lo pregunto por la presunta asesina Ana Julia Quezada, que reúne las dos condiciones y, además, la de negra, y de ahí el lío político-mental que se han hecho algunos portavoces de nuestra hipertrofiada progresía: demasiada minoría para tan poca bondad. La cuestión se ha planteado esta semana en el Reino Unido con motivo de una exclusiva del Sunday Mirror: cientos de niñas y adolescentes de la localidad obrera de Telford fueron sometidas a los peores abusos —drogadas, golpeadas, violadas, comercializadas— por bandas de hombres «de procedencia asiática». Sin eufemismos: paquistaníes, musulmanes. Los abusos empezaron en los años 90 y en algunos casos acabaron en funeral. Lucy Lowe —13 años cuando la engancharon— tomó la píldora del día después hasta dos veces por semana durante más de un año. Se quedó embarazada, abortó y a los 16 murió junto a su madre y su hermana cuando su torturador prendió fuego a su casa. Los profesores, los servicios sociales, la policía… Mucha autoridad conocía la cara b de Telford. Ninguna hizo nada. Y cuando un agente y una trabajadora social amagaron con acudir a la prensa, fueron castigados: «¡A casa y a callar!, que ellas son putitas y a nosotros nos llamarán racistas».

El silencio de Telford se une a los de Rotherham y Rochdale. Y al de Colonia en Nochevieja. Y a tantos otros que aún no conocemos a pesar de la catarsis feminista. Seis meses lleva ya en marcha y de moda el #MeToo. Según nos ha informado con goloso detalle este periódico, la ola lila ha llegado hasta Corea del Sur. Balance provisional: un actor admiradísimo, auto-ahorcado en su garaje; un candidato al Nobel de Literatura, expulsado de su universidad y hasta de su pueblo; un ganador del León de Oro, reducido a esquirlas de hojalata. Y sobre todo mucho, mucho clic, clic. Los ángeles caídos son carne de portada; unas chicas lumpen violadas por musulmanes, no tanto. Ni una sola de las glam actrices anglo que han denunciado a sus paradigmáticos depredadores «para proteger a otras niñas del machismo represor» han abierto la boca sobre Telford. Los mismos medios que dedicaron suplementos especiales a analizar si la mano del ministro Damian Green había rozado mucho, poquito o nada la rodilla de la periodista Kate Maltby apenas han encontrado hueco para las historias, concretas y atroces, de casi mil víctimas. El caso más ridículo, por decir algo, ha sido la BBC.

Las víctimas de Telford, o mejor dicho sus victimarios, no encajan en el perfil #MeToo. No son machos blancos poderosos. Ministros conservadores. Weinstein. O, uf, qué gozada, ¡Trump! No son exponentes del heteropatriarcado. Son una micro-minoría, otro colectivo a sobreproteger, la primera categoría víctima del rodillo occidental. En Francia ocurre estos días algo parecido. El presidente Macron anunció mano dura contra la violencia sexual, incluidas multas para el acoso verbal en la calle. Todo le monde aplaudió, hasta que alguien, ligeramente incómodo, apuntó que el piropo agresivo ya no es monopolio del albañil francés sino del joven musulmán. Y se hizo el silencio. En una sociedad carcomida por la obsesión identitaria sólo hay una cosa peor que el machismo: la islamofobia.

Pero volvamos a España. Y sobre todo vayamos a los datos. Fuente: La política criminal contra la violencia sobre la mujer pareja, 2004-2014 (Tirant lo Blanch, 2017), de J. L. Ripollés, A. I. Cerezo y M. J. Benítez. Capítulo 3.c.1: Las inmigrantes sufren hasta tres veces más agresiones de sus parejas que las españolas. Y los inmigrantes agreden hasta tres veces más a sus parejas que los españoles. Y l@s extranjer@s que más sufren y más agreden, en una proporción elevadísima, son l@s latinoamerican@s y l@s magrebíes. Y esas agresiones tienen una relación directa con la pobreza y la marginalidad. Nada nuevo bajo el sol, salvo que estos datos permanecen en la sombra por decisión de las élites políticas y mediáticas. En su infinita condescendencia, los medios no cuentan los hechos al público, sino que negocian entre los hechos y el público. Hasta el punto de que, a veces, incluso se transmutan en público. Pocos ejemplos más embarazosos —y perdonen el adjetivo, compañeras— que el 8-M, con sus periodistas feministas, huelguistas, protagonistas de la noticia. Y la verdad, a la espera de tiempos peores.

¿Se acuerdan del Sida? No quisimos reconocer que afectaba sobre todo a hombres homosexuales. Nuestra corrección política fue para muchos una condena a muerte. Hasta que llegó la verdad, terapéutica. Lo mismo ocurre con el vínculo biológico entre masculinidad y violencia, y con la relación cultural entre violencia e inmigración. No se asume la evidencia. No se debate con madurez. No se identifican los grupos de riesgo. No se aplican terapias específicas. No se resuelve nada. Y todo se agrava. Porque la verdad proscrita siempre acaba reapareciendo. En forma de disturbio social o de explosión institucional, a lo Brexit y otras involuciones. El populismo es la venganza que la realidad se cobra sobre la corrección política. Y es una venganza caliente.

El populismo pulveriza los tiempos braudelianos. Es la minuscule durée. La urgencia febril. El tuit. No admite el medio o largo plazo, con su probada capacidad para atenuar la barbarie e impulsar la civilización. Grita: ¡Esto se resuelve así! ¡Abajo las élites! ¡Abajo el sistema! Abajo los de arriba y fuera los de fuera. Las mentiras de los ultracorrectos fecundan las mentiras de la incorrección ultra. Ayer leí el discurso de Marine Le Pen en el reciente Congreso donde fue reelegida como líder del Frente Nacional. Son veinte folios de falsedades hábilmente apiladas sobre las vacilaciones de sus adversarios. Una siniestra pira nacionalista en cuyo centro arden los derechos individuales y la paz europea:

  • «Debemos anteponer el nosotros al yo».
  • «La transmisión del alma y de la identidad de Francia es un deber sagrado».
  • «La inmigración legal tampoco es sostenible».
  • «Para imponer su modelo, la Unión Europea está dispuesta a todas las violencias, a todas las brutalidades, a todos los cinismos».
  • «Ha llegado la hora de la gran clarificación política. No sólo en Francia, sino en toda Europa el enfrentamiento izquierda/derecha ha sido sustituido por el enfrentamiento nacionales/mundialistas. Entre uno y otro, no habrá nada».

Debe haberlo. Y para que lo haya, lo primero es desmentir la frase de Hélie de Saint Marc que cita con fervor Le Pen y que comparten tantos presuntos progresistas: «No hay verdades tranquilas». Sí las hay. De hecho, la verdad sólo es tranquila. Y en su tranquilidad, radicalmente exigente. Incompatible tanto con el silencio como con el sensacionalismo. Sólo apta para políticos y periodistas que estén dispuestos a asumir hoy el coste de tener razón también mañana.

Artículo publicado en El Mundo el 17 de marzo de 2018. 

Foto: Un paseo por la Gran Vía. CAT.