Nevaba sobre los suburbios de Madrid con saña soviética. Una larga fila encogida bajo paraguas negros esperaba con impaciente devoción frente a la garita. Era ya de noche y no se distinguían sus caras ni su edad ni su sexo. Pensé: son los cadáveres del Gulag ártico, liberados de su sepulcro de hielo. Y me alegré al verles llenar el auditorio, protagonistas como lectores de algo más que un éxito editorial. En apenas dos semanas, Federico Jiménez Losantos ha vendido siete ediciones de su Memoria del Comunismo. Son muchos ejemplares de un libro gordo, denso, académico y también conmovedor por su delicado fondo biográfico y su cruda utilidad social. Federico no sólo guía a los tiernos españoles de la generación instagram por los sótanos del siglo totalitario. Paternal y patriota, también los arma intelectual y moralmente para combatir la amenaza de Podemos: Mal disfrazado de Bien. Para rechazar, sin abstenciones coquetas, la represiva vuelta de tuerca socialista a la Ley de la Memoria Histórica. Y para celebrar que Jaume Roures, el padrino mediático de Podemos y mayor rentista del fracaso español, sea por fin señalado por su apoyo al golpe del 1-O. El resultado es alentador: clic, clic, clic, clic en Amazon y colas en el Corte Inglés.

Escribió Santa Teresa que «se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas». La frase le sirvió a Truman Capote para escribir una novela salvaje, sexy e inacabada; pero no es exacta. Hoy en España son las plegarias desatendidas las que más daño causan. Y las que explican un fenómeno que empieza a extenderse: la movilización espontánea de los ciudadanos y su búsqueda de respuestas al margen de los partidos políticos. El éxito del libro de Federico es un ejemplo. Hay más. Y una frase suya sirve de link.

«La única forma intelectualmente respetable de acercarse al comunismo es a través de sus víctimas». Lo mismo ocurre con ETA, que para algo es marxista. Patria, de Fernando Aramburu, ha vendido más de medio millón de ejemplares en España y ahora arrasa en el Buenos Aires querido y en Berlín. Sin embargo, la costra política y mediática sigue a lo suyo y a la greña. Esto, típico: «Bah, lo de ETA ya no interesa a nadie». Esto, elocuente: el presupuesto del Instituto Gogora, montado por el Gobierno del PNV para diluir la historia de ETA en un potaje de violencias equiparables, es cuatro veces mayor que el del Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, creado por el Estado para preservar la verdad. Y esto último, tan lamentable: el Tribunal Europeo de Derechos Humanos enmendó esta semana la plana al Tribunal Supremo y colocó a España al nivel de Turquía por presuntas vejaciones a los etarras de la T4. ¿Y qué pasó? ¿El Gobierno anunció un recurso ante la Gran Sala? No. ¿Los partidos constitucionalistas interpelaron al desleal López Guerra? ¿Recordaron que la Audiencia Nacional, como el Supremo, no encontró prueba alguna del maltrato? ¿Señalaron que el propio jefe de ETA reconoció la falsedad de la denuncia? Tampoco. Lo que hicieron todos a coro —editorialistas incluidos— es felicitarse de que la Justicia funcione bien.

Siguiente libro, misma brecha. Imperiofobia y leyenda negra, el ensayo que ha convertido a una profesora malagueña de instituto en una conferenciante estrella. Los libros de Elvira Roca no se venden, se ingieren. Prozac para españoles deprimidos. O más bien hartos de la letanía sobre la España corrupta, fanática y fachita. La que ululan no sólo los viejos enemigos de España, externos e internos, sino también referentes de la buena sociedad democrática. El sectarismo es la gasolina de la hispanofobia doméstica. El PSOE prefiere un Guindos derrotado que un compatriota en el BCE. Y Felipe González y Juan Luis Cebrián, que tanta firmeza han demostrado contra el golpe separatista, vuelven a recaer en los tics de El Futuro no es lo que era: ¡Ojo con el león dormido! ¡Que viene el nacionalismo español! ¡Abajo la recentralización! ¿Recentralización? ¿Qué recentralización? ¿La de Mariano Rajoy respecto a Ciudadanos?

Cuarto ejemplo, al frente un genio. En la rueda de prensa de Albert Boadella como presidente de Tabarnia en el exilio no cabía un micrófono más. Y el ambiente era cálido, cómplice, humano. Albert —el humor al servicio de la razón– hacía política grande sin el lenguaje pastoso de los políticos. Con frases limpias. Contra la xenofobia de los rasgos diferenciales. Atiende, Baños. Contra el adoctrinamiento devenido en doma. A favor de un 155 veraz. Y sobre todo por el cierre de TV3 y una educación en libertad. De lo primero nadie habla. De lo segundo nos quedamos de momento en la casilla de salida. Literalmente. El Gobierno balbuceó ayer que «garantizará» el derecho a escoger la lengua vehicular en la enseñanza en Cataluña. No dijo cómo. Y sus palabras desprendían un cierto tufo táctico: jiji, vamos a pillar a Ciudadanos y vamos a animar al independentismo moderado (sic!) a prescindir de Puigdemont… Nada ha sido ni será más decisivo para el futuro de la libertad y la igualdad en España que la movilización de los ciudadanos en defensa propia.

Último caso, para que nos vayamos preparando. Dos días después de su rueda de prensa en Madrid, Boadella estrenó su ópera El Pintor, un homenaje a la belleza y al orden frente al caos. Una sucesión de escenas sublimes, de la danza entrelazada de las señoritas de Aviñón al rito de coronación de los grafiteros, logra el milagro cultural de la desmitificación de Picasso. Alentada, autorreferencial, me acordé del libro de Jordan B. Peterson, 12 Rules for life, an Antidote to Chaos. Consciente de su impacto, pendiente de lo viral, Planeta ha cerrado esta semana la compra de los derechos en español. Lo publicará en septiembre. Ojalá lo hiciera ya. Hasta ahora ningún partido español ha tenido no ya la valentía sino la inteligencia estratégica de combatir la nueva tiranía colectivista que pretende imponerse bajo el rótulo intocable —¡puritano!— de feminismo. Tarde o temprano tendrán que hacerlo. Y si no vean hasta dónde ha llegado la marea. El próximo 8 de marzo habrá «huelga de mujeres». Las convocantes —un abanico rojo, rojo— no sólo pretenden que las mujeres no vayamos a trabajar. También nos exigen una huelga de consumo de productos femeninos: venga chicas, todas cuperas, gabrielas y primitivas. Una huelga de cuidados: que se apañe la vieja con su alzhéimer. Y falta saber si una huelga de celo. No es una huelga pro-mujer sino anti-humana.

El comunismo mató al individuo. Metafórica y literalmente. Cien años, cien millones de muertos. Muchos de esos cadáveres tuvieron una doble muerte: la del comunismo y la del nacionalismo. Las élites españolas, tan posmodernas, han olvidado la lección. Pero algo se mueve bajo la superficie. Como aquel joven de Teruel que en 1976, en un campo de concentración de las afueras de Pekín, ante la mirada de una muchacha condenada, se conjuró contra su biografía y contra la corriente, los españoles empiezan a defender su «derecho a decir que no sin sufrir por ello». No a Podemos. No a ETA. No a la autoflagelación. No al nacionalismo. No a la dictadura identitaria de cualquier género. Y a la libertad y a la responsabilidad que la sostiene. Han decidido atender sus propias plegarias.

 

Cuadro: Noches de Hollywood en Moscú, de Rómulo Macció.

Artículo publicado en El Mundo el 17 de febrero de 2018.