«Siéntate». Obedecí lentamente. El portavoz del Grupo Parlamentario Popular se mantuvo de pie. Una fiera enjaulada en su propio despacho. Cogió el periódico y lo tiró sobre la mesa. «¿Cómo se te ocurre publicar esto?» No seguí su gesto con la mirada. Para qué. Sabía que mi artículo no iba a gustar a la dirección del partido, pero qué remedio. La Junta Directiva de la víspera —7 de abril de 2015— había sido un despropósito democrático. Unos 500 cargos públicos hacinados en la segunda planta de Génova, todos con el frío de una derrota inminente en el cuerpo. Ninguno había tomado la palabra. Presidentes regionales, secretarios generales, candidatos a unas elecciones locales y autonómicas que pintaban negras… Nadie había sentido la necesidad o la obligación de expresar —de forma leal, constructiva, elegante— la más mínima inquietud o sugerencia. Nada. Y cuando una diputada, atónita ante el mutismo de sus compañeros, había levantado la mano, la habían aplastado. Como se aplasta en los partidos viejos y nuevos: «¡Bravo, presidente, muy bien! Clap, clap, clap, clap, clap…» Al abandonar Génova, la diputada había convertido los apuntes que apretaba en la mano en un breve texto titulado Lo que me habría gustado decir, presidente y se lo había enviado a un periódico. A este. El artículo no decía nada muy original ni que sus colegas no comentasen en privado, mañana y tarde, entre sí y a la propia prensa: «Abandonemos el apaciguamiento, hagamos política de alto perfil, encaremos el desafío separatista con firmeza, ojo con Ciudadanos, está en juego la supervivencia del PP.»

Todavía de pie, genuinamente atribulado, ​Rafael Hernando volvió a sacudir el periódico, como si quisiera reescribirlo. «De verdad, ¡¿cómo pudiste publicar esto?¡ ¡¿Y yo qué hago ahora?! ¡¿Cómo voy a permitir que tú defiendas en el Pleno la proposición sobre los presos políticos venezolanos?!» Lo miré con una mezcla de tristeza y afecto: «Si quieres, hazlo: convoca una rueda de prensa y explica por qué me retiras la iniciativa. Será una prueba más de nuestra deriva».

Recordé este episodio de mi fecundísima vida política al tropezar con un tuit de una periodista lamentando que nadie hubiera tomado la palabra en la Junta Directiva del PP celebrada el pasado lunes para valorar la situación electoral y política en Cataluña. Nada nuevo, pensé. Pero sí, qué drama. Mariano Rajoy resiste mientras su partido se desangra. Los focos apuntan al líder, pero meditándolo bien es evidente que la responsabilidad es compartida. El off the record se ha convertido en el burladero de los dirigentes del PP, que acuden a él como banderilleros de pueblo. Crítica va. Reproche viene. Un festival de filtraciones. Pero en los momentos decisivos, cuando y donde importa, ninguno da la cara. Unos no comparecen: Oh, interpretad nuestra ausencia, qué valientes somos. Los demás callan. Ninguno reconoce públicamente la realidad: el PP es hoy en Cataluña una fuerza residual. Y ninguno plantea el verdadero desafío, que es existencial: su sustitución por Ciudadanos en toda España. Como si la negación de un problema fuera la garantía de su solución. Como si la política del suflé, fracasada respecto del adversario separatista, fuera a triunfar respecto del rival constitucionalista. Y los periódicos, encantados: con estos entrecomillados anónimos y un par de adornos a lo Wolff nos hacemos una portada de fin de semana.

La ausencia de un debate abierto y adulto en el PP es especialmente dramática porque se proyecta sobre el primer problema español. Ayer, entre el café y la tostada, escuché a Fernando Martínez Maíllo en el programa de Alsina. Preguntado por la situación del partido en Cataluña y el silencio muerto de la Junta Directiva, contestó: «Hay que posponer el debate hasta después de la investidura del nuevo presidente de la Generalitat». Por debate no se refería exclusivamente al futuro de García Albiol, infeliz fusible. Se refería, primero, a la revisión autocrítica de todos los hitos de este vía crucis del ridículo: 9-N, Operación Diálogo, Operación Junqueras, 1-O, 155 electoral… Y segundo —y todavía más relevante— a la articulación de una estrategia frente a nuestro particular Saint Denis, presunto «descabezado» cuyos paseos y sonrisas soportamos un día tras otro. El primer partido español está obligado a debatir y explicar cómo va a evitar que Puigdemont se erija en Presidente virtual de Cataluña en una era en la que la confusión entre lo virtual y lo real es generalizada. En la que Twitter y las televisiones influyen tanto como el Boletín Oficial del Estado.

Hasta ahora, y en su línea plana, el Gobierno ha invocado los reglamentos, las leyes y las decisiones de letrados y jueces. La voz de la vicepresidenta: «Puigdemont sólo podrá ser elegido mediante una flagrante vulneración de la ley». Ya. Pero y si establece un Gobierno Bipolar: parcamente legal por dentro, retóricamente legítimo por fuera. Y si acude a un testaferro, como sería propio de una organización criminal. Y si convierte a Bruselas —no a Quito, no a Freetown, no a Moscú, a la capital de Europa— en la primera plataforma política y mediática de la República Catalana, en un efervescente plató antiespañol. Ah, que eso ya lo ha hecho.

El Gobierno sigue sin entender que la responsabilidad de los jueces no deroga la de los políticos. El juez Llarena cometió un error garrafal al retirar la euroorden contra Puigdemont. Pero qué hizo el Gobierno para evitarlo. Y qué ha hecho para remediarlo. Qué presión política explícita, insoportable y como tal eficaz ha ejercido sobre Bélgica para que lo extradite. Qué apoyo concreto y útil ha obtenido de Macron, May o Merkel. Qué ha logrado que declaren o, mejor aún, hagan las instituciones europeas. Y, sobre todo, qué va a hacer el próximo lunes, cuando Puigdemont, según lo anunciado ayer, viaje a Dinamarca con el propósito explícito de redoblar sus agresiones a España. Digieran el comunicado que anuncia su advenimiento en la democracia de Borgen: «El Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Copenhague se complace en anunciar la celebración de un debate con el 130 presidente del Gobierno de Cataluña, Carles Puigdemont […] El debate será moderado por el profesor y jefe del Departamento, Mikkel Vedby Rasmussen […] Les recomendamos llegar con mucha antelación para asegurarse un asiento». Pas mal para un golpista prófugo. Pero nosotros tenemos Tabarnia. Ja, ja. Y una buena refriega entre constitucionalistas, garantía de entretenimiento. Las peleas entre Ciudadanos y el PP —primero sobre la investidura de Arrimadas, luego sobre la cesión de un diputado al PP, mañana ya veremos— son el síntoma de un país disminuido, desorientado, que ha perdido la noción de lo importante. Y que se empeña en confirmar que el mal prospera cuando el bien descansa.

La inacción del Gobierno explica la supervivencia de Puigdemont. Y el cobarde uso y abuso del off the record explica que Mariano Rajoy pueda ejercer, desde hace años, un hiperliderazgo del vacío. Y que se ría de los suyos y de todos. Esta semana, entre copas y corros en Moncloa, parece que una periodista preguntó al presidente por las críticas internas. Con media sonrisa y toda la razón, contestó: «Yo no he oído ninguna crítica. ¿Usted?»

Artículo publicado en El Mundo el 20 de enero de 2018.