(Foto: Puente sobre el Paseo de la Castellana de Madrid, Día de la Fiesta Nacional, 2017. CAT.)

Me quedé un rato mirando fijamente la imagen. Siniestra, acongojante. Siete muñecos que simulaban cadáveres amortajados colgaban por los pies de un puente sobre una autopista de Barcelona. Llevaban en el pecho, perfectamente visibles, las siglas del PP, Ciudadanos y el PSC. Arriba, negro sobre hormigón, una pintada a favor de la liberación de los «presos políticos». Levanté la vista. Por la ventana, junto a la fachada amable y barroca de Las Salesas, un tumulto de furgones policiales y cámaras de televisión esperaba la decisión del Tribunal Supremo sobre Oriol Junqueras y los demás golpistas. Pensé: A ver qué decide el lunes el juez Llarena; su liberada Forcadell no sólo se presenta a las elecciones autonómicas, sino que lo hace en una lista impúdicamente subversiva. Cuando estaba a punto de bajar a la calle me acordé de Miquel Iceta.

El candidato del PSC tiene una estrategia y un eslogan. La estrategia consiste en acaparar titulares como sea. Nada que reprocharle. Es su obligación y que lo consiga, demérito de sus adversarios, que ayunos de propuestas políticas propias se enredan en la reprobación técnica de las ajenas. Había que leer ayer el editorial de La Vanguardia, desesperado ante el interés mediático que despiertan las ocurrencias del PSC. ¡No son nuevas, no son nuevas!, clamaba en el páramo. Es cierto. Pero lo que sí es nuevo es el contexto. Y también el envoltorio. Es decir, las palabras con la que el candidato Iceta —en esto sí tan fieramente socialdemócrata— reviste sus extravagancias. La condonación de la deuda y la creación de una Hacienda catalana, ha explicado, son necesarias para recuperar la confianza y lograr «la reconciliación». La reconciliación, el eslogan. Bien. La sutura debería ser la prioridad de cualquier dirigente político en estos tiempos de tensión y fractura. Pero reconciliación, ¿entre quiénes exactamente? ¿Entre los cadáveres amortajados y sus simpáticos verdugos?

Reconciliación es un viejo eufemismo de apaciguamiento, una trampa tercerista manejada hasta la náusea en el caso de ETA. Equipara a los agresores con los agredidos. En este caso, la responsabilidad de los que han violentado la ley y todos los pactos autonómicos con la de quienes los respetan y protegen. Él te pega y ambos pedís perdón, ¿vale? Y yo me pregunto: ¿De qué tendrán que disculparse Teresa Freixas o Dolores Agenjo? O incluso Eduardo Mendoza, que acaba de descubrir el drama catalán y su propia equidistancia. La jugada tiene, en este caso, una ventaja añadida. Y es que el coste de la reconciliación no sólo lo sufragarían los simétricamente enfrentados, según el perímetro de Iceta, sino también los de fuera: el resto de los españoles. Sería una reconciliación a costa de España.

La reconciliación entre catalanes tardará décadas en llegar. Y sólo será posible a partir de una previa reconciliación de los catalanes con la realidad. Y la primera realidad que deberán asumir es la naturaleza xenófoba del nacionalismo. Su negación del otro. Y ni siquiera por lo que ese otro dice o piensa, sino por lo que es. Ojalá con el tiempo, cuando miremos hacia atrás, las botas limpias de barro, podamos decir que este otoño siniestro alumbró un nuevo realismo político. El golpe del 1 de octubre ha desenmascarado la mayor ficción española: la de un nacionalismo moderno, europeísta e integrador. Buenos ciudadanos han descubierto que tienen no sólo dirigentes sino también vecinos intolerantes, egoístas e insolidarios. Personas que educan en el odio y que predican la segregación. Es una revelación atroz. Equiparable a encontrar una cruz pintada en la puerta de tu casa. Y está empujando a los catalanes en una dirección inédita.

Muchos catalanes se han reconciliado con su rey. Lo vimos en Barcelona: personas de izquierdas dando vivas a Felipe VI como si fuera Marianne. El Partido Popular de Cataluña se ha reconciliado con la verdad, escogiendo como lema de campaña «España es la solución»: ni en las fantasías más salvajes de Alejo Vidal Quadras. Ciudadanos se ha reconciliado con sus orígenes: contra el adoctrinamiento y el Cupo, y viva el 155. Y el resto de los españoles se ha reconciliado con los catalanes, a los que hasta ahora habían mantenido en el rincón oscuro de la sinécdoque, víctimas del peor boicot, el de la indiferencia.

Pero sobre todo la gran reconciliación, la más emocionante y decisiva, es la de los catalanes con la bandera de España como símbolo de igualdad y libertad. Esta reconciliación tiene una trascendencia histórica, revolucionaria, en el caso de la izquierda sociológica. La encarnó el comunista Frutos en su discurso de Barcelona y la ha defendido Alfonso Guerra en el último número de la revista Tiempo.

Está reconciliación, que se está gestando por la base y en sentido contrario a las divagaciones de Podemos, tendrá consecuencias políticas. Al constatar que la imprescindible reconciliación entre la izquierda y la derecha no sólo no cuaja sino que se aleja, los españoles empiezan a buscarla por otras vías. En unas siglas distintas. En un voto común, español y nítidamente antinacionalista. Esa es la reconciliación catalana. La que curiosamente la candidata de Ciudadanos todavía no ha explicado a nadie.

En cuanto a Iceta, su problema no es de pedagogía sino de posición. Desempolva viejas propuestas nacionalistas, pujolismo insolidario, porque no quiere formar parte del bloque constitucionalista. Nos dice: yo soy distinto, más abierto, transversal… Es un empeño conmovedor en lo personal. Ah, sentirse aceptado, incluso querido, por todos. Pero en lo moral es reprobable y en lo político, inútil. En una comunidad contaminada, los bloques no los definen los hombres racionales sino los fanáticos. Son ellos los que construyen el enemigo, los que lo señalan y colocan en su sitio. Y para ejemplo, el canónico: los judíos en la Alemania nacionalsocialista. Muchos intentaron rebelarse contra su identificación en un colectivo racial. «¡Pero si yo soy de derechas, un buen alemán!» «¡Y yo de izquierdas, un ciudadano ejemplar!» Bah, les contestaron, ante todo eres judío: estrella va. Lo mismo ocurre en esta Cataluña corrompida por décadas de xenofobia. El nacionalismo catalán no discrimina. El conciliador y campechano Iceta está en exactamente el mismo lugar que el facha Albiol y la falangista Arrimadas. Si quiere averiguar dónde, no tiene más que mirar hacia el puente.

Artículo publicado en El Mundo el 2 de diciembre de 2017.