El golpe de octubre de 2017 ha cogido a muchos por sorpresa, lánguidos y desprevenidos. Pero hubo personas que sí lo vieron venir. Y que no fueran escuchadas. Estos son extractos de los más importantes textos de oposición al nacionalismo catalán. Datan de hace más de veinte años, nada para el tango pero mucho para España. Y demuestran dos hechos fundamentales: el nacionalismo catalán siempre trabajó contra la democracia. Y la democracia podría haberse defendido.

 

  1. Federico Jiménez Losantos. Lo que queda de España (Alcrudo Editor, 1979).

Hete aquí cómo cerca de dos millones y medio de españoles van a asistir sin darse demasiada cuenta a la segunda parte de una operación político-cultural monstruosa y brutal para la emigración rural española de las últimas décadas: ver cómo sus descendientes se ven obligados a cambiar de lengua y cultura para acceder a la ciudadanía de pleno derecho, y todo ello sin moverse de España.

No creo que en Cataluña se esté haciendo mucho para entender lo que significan España y el Estado español.

En unos y en otros, en la izquierda que confunde —también ella— españolismo con franquismo y en la derecha que administra los derechos culturales de las autonomías como mercadería política, echamos de menos la auténtica política de Estado que requiere este momento, en el que está en juego el futuro de tantas cosas.

  1. Manifiesto por la igualdad de derechos lingüísticos en Cataluña (conocido como Manifiesto de los 2.300). Redactado por Santiago Trancón. Primer firmante, Amando de Miguel. 25 de enero de 1981.

Los abajo-firmantes queremos hacer saber a la opinión pública las razones de nuestra profunda preocupación por la situación cultural y lingüística de Cataluña.

No nace nuestra preocupación de posiciones o prejuicios anti-catalanes, sino del profundo conocimiento de hechos que vienen sucediéndose desde hace unos años, en que derechos tales como los referentes al uso público y oficial del castellano, a recibir la enseñanza en la lengua materna o a no ser discriminado por razones de lengua están siendo despreciados, no sólo por personas o grupos particulares, sino por los mismos poderes públicos sin que el Gobierno central o los partidos políticos parezcan dar importancia a este hecho gravísimamente antidemocrático.

 

  1. Josep Tarradellas. Carta al director de La Vanguardia, Horacio Sáenz Guerrero. 16 de abril de 1981.

[Pujol] afirmaba una vez más su conducta nacionalista, que era y todavía es hoy de utilizar todos los medios a su alcance para manifestar públicamente su posición encaminada a hacer posible la victoria de su ideología frente a España.

Durante estos últimos diez meses todo ha sido bien orquestado para llegar a la ruptura de la política de unidad, de paz y de hermandad aceptada por todos los ciudadanos de Cataluña. El resultado es que, desgraciadamente, hoy podemos afirmar que debido a determinadas propagandas tendenciosas y al espíritu engañador que también late en ellas, volvemos a encontrarnos en una situación que hace recordar otras actitudes deplorables del pasado [en referencia a la proclamación de la República catalana por parte de Lluís Companys en 1934].

[Los responsables de la Generalitat] están utilizando un truco muy conocido y muy desacreditado, es decir, el de convertirse en el perseguido, en la víctima. Y así hemos podido leer en ciertas declaraciones que España nos persigue, que nos boicotea, que nos recorta el Estatuto, que nos desprecia, que se deja llevar por antipatías hacia nosotros, que les sabe mal y se arrepienten de haber reconocido nuestros derechos e incluso, hace unos días llegaron a afirmar que toda la campaña anti-catalana que se realiza va encaminada a expulsarlos de la vida política. Es decir, según ellos, se hace una política «contra Cataluña», olvidando que fueron ellos los que para ocultar su incapacidad política y la falta de ambición por hacer las cosas bien, hace ya diez meses que empezaron una acción que solamente nos podía llevar a la situación en que ahora nos hallamos.

Es necesario tener el coraje de decirlo, los problemas de la lengua y de la escuela, es la actual Generalitat quien en gran parte los ha provocado, por falta de sentido de responsabilidad y por una alocada política ante el Gobierno.

Si reflexionamos fríamente, estoy seguro de que se dará cuenta de cómo se ha perjudicado y se está perjudicando a Cataluña. La división cada día será más profunda y se alejará más y más de nuestros propósitos de consolidar para nosotros y para España la democracia y la libertad a la vez que los equívocos que surgirán entre nosotros serán cada más graves.

 

  1. Mario Vargas Llosa, Psicodrama en España. Crítica de la obra Operación Ubú, de Els Joglars. Publicada en varios periódicos. 26 de abril de 1981.

Al mismo tiempo que el teniente coronel Tejero y sus doscientos guardias civiles irrumpían en el palacio de las Cortes de Madrid para protagonizar el tremebundo espectáculo que, gracias a la televisión, ha dado la vuelta al mundo, en el antiguo y popular barrio de Gracia, en Barcelona, un grupo de actores del Teatro Lliure interpretaba ante un público más reducido —pero no menos hechizado por lo que veía— una farsa concebida y montada por Albert Boadella: Operación Ubú.

Un alto personaje político de Cataluña —«El Excelso»— aquejado de un tic en la cara que estropea sus presentaciones públicas, se pone en manos de un psiquiatra, el doctor Oriol. […] Reticente y angustiado al principio, el Excelso termina por personificar, con total plausibilidad y evidente placer, al sanguinario Ubú, dando libre curso a sus tendencias reprimidas que, en las sesiones psicodramáticas, afloran irresistiblemente por sobre su apariencia de hombre suave, educado, idealista, laborioso y pacífico.

Su frenética ambición de poder, riqueza y gloria, libre de los frenos conscientes, se desparrama a chorros en la acogedora impunidad de las sesiones que inspira la batuta del doctor Oriol. En un sentido, se trata de una acerba crítica de la visión parroquial, mezquina, auto-complaciente que tiene una cierta clase social catalana. En otro, de una llamada de atención, de corte libertario, sobre los peligros del poder y los cataclismos que puede provocar si no se lo mantiene siempre circunscrito y vigilado.

 

  1. Félix de Azúa, Barcelona es el Titanic. Articulado publicado en El País. 14 de mayo de 1982.

El caso es que Barcelona está yéndose a pique. Que sus noches son cada vez más breves, y una tristeza de perdedores de Liga se va amparando en las Ramblas. Que esa insoportable ñoñería que los forasteros llaman seny, y que es un defecto de las capas más prehistóricas de la burguesía catalana, está acabando con la ironía, que es la única virtud del pueblo catalán que ha dado muestras de verdadero talento: la ironía es lo vivificante de Pla, de Foix, de Carner, de Brossa, de Ferrater, y corto por no ponerme pesado.

Dentro de poco esta ciudad parecerá un colegio de monjas, regentado por un seminarista con libreta de hule y cuadratín de madera, a menos de que las capas más vivas de la ciudad salgan de su estupefacción. […] Pero la astucia de los poderosos nos está devolviendo la misa de doce en Pompeya, el paseo por la Diagonal, el verano en S’Agaró y la esquiva mirada de un proletariado tiznado de hollín espiritual.

 

  1. Josep Tarradellas. Una entrevista de Iván Tubau. Magazine de Diario 16. 15 de agosto de 1982.

La gente de este país no quiere saber la verdad, quiere que la sigan engañando.

La política sectaria que hoy se hace, discriminatoria como es evidente, ha hecho que se separen la comunidad catalana y la no catalana.

Los castellanos llevan 400 años gobernando y nosotros lo único que hacemos es llorar y decir disparates. El arte de gobernar consiste en gobernar, no en gritar cosas que después no podrán cumplirse. Los catalanes siempre perderemos, siempre hemos perdido a través de la historia, porque nos entusiasmamos demasiado, porque no tenemos rigor y creemos que nuestras ilusiones son realidades.

Lo que hay ahora en Cataluña es una especie de dictadura blanca. Las dictaduras blancas son más peligrosas que las rojas. La blanca no asesina, ni mata, ni mete a la gente en campos de concentración, pero se apodera del país, de este país. Un día u otro esto se acabará, supongo. ¿Y qué se verán obligados a hacer los que vengan detrás? Pues tendrán que deshacer lo que éstos de ahora han hecho. Ésta es la realidad.

 

  1. Manifiesto por la Tolerancia Lingüística, 21 de mayo de 1994. Autor y primer firmante, Antonio Robles.

La omnipotente propaganda nacionalista, a la que colabora en gran medida parte de la prensa local catalana, ha introducido en la población castellanohablante injustificados sentimientos de culpa, deuda e inferioridad, reduciendo a estos ciudadanos a la falsa categoría de recién llegados, y haciéndoles perder, en gran medida, el sentimiento de autoestima hacía sus valores culturales y su forma de hablar.

Han convertido la recuperación del catalán en cruzada contra los valores culturales y lingüísticos de buena parte de los ciudadanos de Cataluña. […] Este hecho no sólo traiciona los criterios por los que se regía la recuperación del catalán, sino que borra de la memoria colectiva de nuestros escolares cualquier hecho histórico que no cuadre con los sueños de la ideología nacionalista. Y eso no sirve para educar al niño en los valores de tolerancia, que todo ciudadano necesita para saber respetar y exigir ser respetado en la Cataluña plural de hoy, sino para convertirlo en una marioneta del aventurismo nacionalista.

Es tan grave esa manipulación del pasado, que una mañana cualquiera pudiera suceder que, sin explicarnos bien cómo ha sido posible, nos miremos en nuestros hijos y no nos reconozcamos.

 

  1. Albert Boadella. El Virus. Artículo publicado en El País. 26 de agosto de 1994.

Esta situación, por su persistencia, empieza a revelarse como una epidemia general.

El virus provocador fue reactivado hace unas décadas a la sombra de los cultos laboratorios montserratinos y financiado por una banca hasta su extenuación. A pesar de que su composición es simple y algo casera, puede esconder reacciones violentas, como la eliminación sistemática de los anticuerpos discrepantes, algunas veces a través de la compra (directa o con un cargo) y otras con la marginación que presupone el sobrentendido de traidor a la gran causa.

El virus no inocula simplemente catalanismo, que en mayor o menor grado lo tiene ya cualquier afectado que convive desde hace siglos con esta esquizofrenia de si se es más catalán que español o viceversa. El virus añade un nuevo componente que estimula los genes tribales a fin de restablecer un comportamiento tipo para todo habitante de la tribu, si quiere ser digno de ella.

Las normas del buen aborigen se sintetizan en un solo principio: por el hecho de ser catalán se tiene la razón. Si uno habla, escribe, pinta, juega, compone o representa en catalán, es de por sí un valor añadido siempre que no se enfrente al jefe de la tribu.

El gran jefe posee ideas muy concretas de cómo tiene que ser la tribu, y todo aquel que no se ajusta al esquema sufre marginación, es decir, se convierte matemáticamente en enemigo de Cataluña.

Si son unas viruelas o un sarampión sin consecuencias seremos afortunados, pero mucho me temo que estos virus sintéticos producen lesiones irreversibles. Si es así, a unos cuantos sólo nos quedará la opción de romper la baraja y pedirle asilo político a Rodríguez Ibarra.

 

  1. Arcadi Espada, Contra Catalunya (Editorial Flor del viento) 1997.

Los primeros que confundieron a Pujol con Cataluña fueron los socialistas de Cataluña. Se trató de una gran desgracia para todos. El PSC se sometió a lo dictado por las cien mil personas —no hubo más— que orillaban el camino de Jordi Pujol desde el Parlamento hasta la plaza de Sant Jaume: había otro pueblo fuera de allí. Pudieron ensayar con él una cierta alianza de la razón, si es que no tenían razones sentimentales para aliarse. […] Nunca se dirigieron a ese pueblo y a otros muchos pueblos ausentes aquella tarde y todos esos pueblos consideraron justo no dirigirse tampoco al PSC.

Aquella tarde los socialistas inauguraron en Cataluña una nítida manera de hacer las cosas en la política: tratar de ponerse delante de las masas, dijeran éstas lo que dijeran, aunque lo que dijeran fuera contra el estilo y las convicciones propias. Encima: ni eran masas ni ellos consiguieron de modo alguno ponerse delante.

Escribo, según parece, desde lo que llaman aquí el autoodio. Debe de ser un término con un pedigrí interesante. Su formulación es una nueva prueba de la bondad, de la capacidad de cuidado nacionalista. Cuando lo han probado todo ensayan con ese lazareto moral. Bien está: hay soluciones peores. Ahí van quedando los que no supusieron reconocerse, los impedidos, tal vez los deslumbrados: no ser nacionalista ya no es sólo odiar a tu patria. Es odiar a tu patria como a ti mismo, el segundo mandamiento conclusivo de la ley de Dios.

España ya no genera ruido de patria, pero Cataluña, en estos últimos quince años, poca otra cosa ha generado. No se trata de tambores, ni de clarines, ni siquiera de himnos trémulamente entonados. Se ha tratado, se trata, de una sonsònia: penetrante, continua y monótona. Va repitiendo, en cualquier circunstancia, con la menor excusa, que este país y aquellos de sus habitantes adheridos forman un nirvana provincial donde el error o el mal sólo se apoderan de los otros. No hay novedad: en torno del oasis no se extiende más que el desierto.

 

Recopilación publicada en El Mundo el 17 de noviembre de 2017.