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Mi abuela paterna Yvonne —marsellesa, libérrima, excelente violinista, modernísima— se casó con un marqués napolitano idealista y arruinado, y juntos se sumaron a las vanguardias parisinas, de Stravinski a Proust. La recuerdo en su pisito del Seizième, orgullosa de su Legión de Honor, casi ciega, desbordante de ternura y de sentencias: «Ahhh, la Carmén de Bizet… Quel bonheur!» Era su ópera preferida. Y con ese nombre llamaron a mi hermana pequeña. Justo homenaje póstumo, también a la España de ayer.

«Carmen, la de España y no la de Mérimée, y no la de Mérimée», insistía Manuel Vázquez Montalbán. Y siguen coreando muchos. Incluso los que ahora, gracias al esperpento separatista, han descubierto la hispanofobia angloespañola. Como si fuera nueva: cinco siglos ya. Como si fuera realmente peligrosa: la fortaleza institucional de España no está sometida ni a las fantasías exóticas de los corresponsales ni a los rebuznos de un partido retrocomunista. No dependemos de los imitadores de Hemingway ni de los exhumadores de Lorca ni de los negadores de Orwell. Dependemos, exacta y exclusivamente, de nuestra propia mirada y de su correspondiente acción.

Estaba en un palco lateral y no podía ver el escenario completo. Me asomé todo lo que pude sobre el terciopelo rojo y los oboes. En la esquina izquierda, una Carmen voluptuosa y pagliana empezaba a cantar su famosa habanera: «L’amour est un oiseau rebelle…». Qué placer. Las provocaciones de Calixto Bieito resultaron ser fantasías frustradas de una prensa pueril. El montaje no me pareció ni una denuncia de la violencia de género ni otra vulgar sátira sobre la España atávica. Y si pretendía serlo, sus efectos, en este impresionante otoño de 2017, fueron los contrarios. Las piernas desnudas de las cigarreras meciendo una ola hipnótica en el borde del escenario. La lascivia, inexorable, de los legionarios. El toro de Osborne, santo y seña; como todo símbolo, sujeto a deconstrucción. La bandera española, cruda como la de mi ventana. El toreador Escamillo, valeroso, vitoreado, doble y crucial aportación de los libretistas de Bizet. La pasión viva y hasta la muerte de Don José. Y sobre todo la sensualidad radical, indómita, de Carmen. La España de Mérimée no es una realidad contemporánea ni una vergüenza histórica, sino una visión fantástica y hasta luminosa.

Pocos países evocan tanto a tantos como España. Ni la Francia de Marianne, sein nu, ni la Italia de la Dolce Vita y el Gatopardo. La condescendencia de los medios ingleses confirma su fascinación. Una forma de confesión subyugada. Desean, necesitan una España tópica, caliente. Pero nosotros también. Siesta y fiesta es sol y playa: nuestra primera industria —por encima de la autoflagelación— y un complemento estético al atributo español de hoy: la razón.

En año y medio, España ha dado varias lecciones al mundo y a sí misma. Ha frenado al populismo de Podemos en las urnas —junio de 2016— y al nacionalismo separatista en los tribunales —Maza y Lamela—. Me lo dijo un amigo del Partido Popular de Cataluña: «Hoy, y de la mano de un nuevo rey, hemos dejado de ser una pseudodemocracia corporativa para pasar a ser una democracia plena donde si la haces la pagas, te llames Nixon o Clinton». Si no lo cito es porque la dirección del partido ha pedido a sus dirigentes un silencio prudente, electoral. Y aquí es donde empiezan los problemas.

 

La decisión de solapar el artículo 155 con las elecciones autonómicas ha sido calificada por algunos maestros como una jugada maestra. El 21 de diciembre sabremos si lo fue. Por lo pronto, el separatismo ya cuenta con el apoyo no sólo del populismo antiespañol sino del viejo tercerismo para convertir las elecciones en un plebiscito por la libertad de los golpistas encarcelados. Queda excluido el diario El País, que ayer se elevó con un impecable editorial a favor de la Justicia y en contra del matonismo y del miedo. Pero ahí están todos los demás. El moderado Errejón. El bueno de Évole. El madrileño Juliana. Y el proporcionado Iceta, al que vi saltar la valla —literal, metafórica y, como me temía, provisionalmente— en la última gran manifestación de Barcelona. Al frente del pelotón, la figura inequívoca de la alcaldesa Colau. Sentadita en su columpio, proclama a Puigdemont «legítimo presidente de la República» para serlo ella.

Decir que un juez debe mancharse la toga con el polvo del camino revela un impúdico desprecio por la separación de poderes. En este caso es también una forma de abdicación. Incluso de complicidad. Por lo que se ve, hay quienes piensan que el golpismo es menos grave que la corrupción. Que un ex presidente catalán merece mejor trato judicial que uno navarro, madrileño, valenciano o balear. Que la prisión preventiva está reservada a tipos flamencos como Granados. O que las ideas nacionalistas son un atenuante o incluso un eximente de los peores delitos. Quizá se hayan acostumbrado a la impunidad. Sería un motivo añadido para celebrar el baño de realidad judicial. Y la realidad es implacable. Decir «Junqueras no debería ir a la cárcel» es exactamente lo mismo que decir «Tejero no debería haber ido a prisión». Igual de estúpido. Igual de infame.

Y, sin embargo, el constitucionalismo de bandera, el que anteayer celebraba la convocatoria de las autonómicas como una oportunidad para la restauración de la democracia en Cataluña, ha empezado a titubear. Un sudor frío recorre sus filas. Asoman las vacilaciones y los cálculos; los perfiles se difuminan. Hablan de «un día triste». Balbucean que a ellos tampoco les «agrada» ver a políticos entre rejas. Vuelven a pedir perdón. Siguen sin entender que nada refuerza más el victimismo separatista que el remordimiento de sus presuntos victimarios. La histeria táctica de los golpistas no va a perjudicar a los constitucionalistas en las urnas. Lo único que realmente puede perjudicarles es que no defiendan con determinación y orgullo democrático la decisión de los tribunales. Su limpia independencia. Su protección de las libertades civiles y por supuesto políticas. Su contribución decisiva a la reafirmación de España como una nación moderna, en la que nadie, por ningún motivo, está por encima de la ley.

España está perfectamente capacitada para derrotar a las fuerzas reaccionarias. Su victoria depende sólo de que los ciudadanos, pueblo y élites, mantengan el pulso y la movilización. De momento la revolución separatista ha quedado en una cacerolada y un ridículo formidable. Sus líderes gastaron millones de euros en propaganda para acabar en un fichero policial o en la portada de Le Canard Enchaîné. Puigdemont es hoy el Major Tom de Space Oddity: vaga por el espacio, sus circuitos averiados, desconectado no ya de España sino de la realidad. Junqueras duerme y reza en Estremera. Y Forcadell se prepara para lo peor: Audiencia 10 – Supremo 10. El problema español de imagen es hoy Cataluña. La de esta otra Carmen, y no la de Mérimée, y no la de Mérimée.

Artículo publicado en El Mundo el 5 de noviembre de 2017.