Barcelona volverá a ser mañana, por unas horas, la ciudad que fue desde el ocaso de la dictadura hasta la consolidación de la democracia y su estúpida entrega al nacionalismo. Cosmopolita. Moderna. Excitante. Heterogénea. Desinhibida. Vital. La Barcelona previa al Ubú de Albert Boadella, al Titanic de Félix de Azúa y al Contra Catalunya de Arcadi Espada. Mañana, miles de demócratas españoles viajarán a Barcelona desde todos los puntos del país, y hasta del extranjero, para decir simplemente: Cataluña sí me importa porque Cataluña es España y España es la libertad.

La respuesta a la manifestación convocada por la plataforma Sociedad Civil Catalana —a las 12 horas, en la plaza Urquinaona— no tiene precedentes. Nunca antes los españoles se habían movilizado por Cataluña como lo han hecho en estos febriles y memorables días de octubre. Aviones llenos, trenes ampliados y añadidos, autobuses y más autobuses. Es una reacción insólita, fraterna y radicalmente optimista porque desafía por primera vez el dogma fundacional del nacionalismo: la idea de que Cataluña es un asunto interno de Cataluña. Los nacionalistas siempre han considerado que los catalanes eran los únicos que podían discutir su futuro y decidir sus fronteras. Ha sido su primer acto de soberanía. Un ejercicio de autodeterminación concreto y hasta ahora exitoso, del que arranca su extravagante monopolio de las palabras democracia y libertad.

Mañana la xenofobia volverá a la carga. Los nacionalistas dirán de la manifestación: «La mayoría eran españoles; es decir, gente de fuera». Y curiosamente algunos españoles, de aquí y de allá, les darán la razón. El mayor error de los españoles desde 1978 ha sido la aceptación de un fantasmagórico perímetro político y moral catalán. Ocurrió, pero menos, con el País Vasco. Los españoles sí consideraban suyas a las víctimas del nacionalismo de txapela. Se movilizaban en su nombre en Sevilla, Santiago y San Sebastián. Con Cataluña, en cambio, la mezcla de resignación y abandono ha durado hasta hoy. Por culpa, complejo, cansancio o cobardía, a tierras de Pujol siempre se había llegado pidiendo permiso o perdón. La verdadera mayoría silenciosa era la española. Y algunos insisten.

He oído decir de la manifestación de mañana: «Quizá no convenga un desembarco español». «Sería mejor que sólo acudieran los lugareños; una cosa puramente local». «Deberíamos complementar la presencia de Mario Vargas Llosa con la de un intelectual… catalanista». Mario, Nobel de Literatura y si lo hubiera de la Libertad; símbolo de lo que España tiene de mestiza y recuerdo de lo que Barcelona tuvo de universal. Sí, todavía hay muchos buenos españoles con una débil autoestima democrática. Por su bien y el de los valores que dicen defender, deberían buscar un diván, tumbarse y reflexionar. Si la llegada masiva de españoles a Barcelona es una invasión, ¿cómo hay que calificar las operaciones de la Policía y la Guardia Civil? Las del 1 de Octubre y las que inevitablemente habrá que ordenar si los sediciosos declaran la independencia. Y si un murciano no tiene plena legitimidad para opinar sobre lo que pasa en Cataluña, ¿por qué han de tenerla un presidente del Gobierno gallego o un Rey nacido en Madrid? Los complejos españoles tienen su reflejo simétrico en el reproche de Puigdemont a Felipe VI: su «Així no» fue en realidad un «Aquí no».

La movilización que desbordará mañana la Vía Laietana —una ovación, por favor, ante la jefatura de la Policía Nacional—, tiene otras ventajas profilácticas. Es el reverso y antídoto de la manifestación del pasado 26 agosto. El separatismo convirtió la marcha contra el terrorismo islamista en una manifestación contra España y su Rey. Exhibió su fanatismo, ensució la imagen de Barcelona y destrozó la unidad civil. La manifestación del 8 de octubre busca lo contrario. Quiere reivindicar el orden constitucional que garantiza la convivencia en una nación moderna, precursora y espejo de la Europa unida y diversa. Quiere alentar a todos los catalanes a los que el nacionalismo ha sometido y silenciado durante décadas. Quiere arrancar la costra —gruesa, uniforme, artificial— que las Diadas encuadradas han impuesto sobre la piel plural de Barcelona. Quiere lanzar una grave advertencia a los secesionistas, de que no van a seguir encontrando como aliada la indiferencia española. Y queriéndolo o no, va a señalar al Gobierno el camino que hasta ahora no ha deseado o sabido emprender.

Hace unos días, el presidente Rajoy preguntó a uno de sus colaboradores: «¿Y qué pasa si aplico el artículo 155 de la Constitución y no me hacen caso?» El Gobierno no acaba de entender ni la naturaleza del poder ni las exigencias de la posmodernidad. El poder es la demostración de la autoridad. La posmodernidad requiere movilización. En vez de convocar al conjunto de los españoles contra el secesionismo xenófobo y la tiranía de los sentimientos; en vez de apoyarse en los ciudadanos para reafirmar que aquí manda el Estado democrático, el Gobierno vacila, espera y calcula. Sólo actúa cuando no tiene más remedio —el 1 de Octubre— y a veces incluso recula. Acepta cabizbajo la versión populista sobre la represión policial. Ayer, el delegado Millo. Se deprime ante la frívola arrogancia de la prensa internacional. Oh, oh, el New York Times. Y somete sus próximos y decisivos pasos al visto bueno del Partido Socialista. Para eso, dirá la gente, que gobierne Pedro Sánchez. La actitud del Gobierno da una medida de su confianza en sí mismo y en los ciudadanos de España.

El abatimiento es el viejo mal español. La causa de su intimidad con el fracaso, del siglo XVII para acá. Y aun así, crisis va, golpe viene, la nación sigue en pie. España no va a fracasar. Ni las maniobras de una minoría revolucionaria ni el spleen de unas élites mortecinas pueden derribar a un Estado que desde 1978 goza además de una tajante y conmovedora superioridad moral. Y quienes cultiven la derrota o el derrotismo serán barridos por la realidad. Le ha ocurrido a Artur Mas, que ayer admitió que Cataluña «no está lista para la independencia». Empieza a ocurrirle a Oriol Junqueras, aterrado ante el colapso económico que tanto ha contribuido a provocar. Le ocurrirá a Puigdemont, candidato firme a entrar en la cárcel. E incluso podría ocurrirle a Rajoy si sigue haciendo ganchillo en la retaguardia. Los españoles libres e iguales se han activado a pesar del Gobierno. En el futuro, además, tendrán que reagruparse. Un Rassemblement a la francesa para defender la España de la igualdad, la libertad y la fraternidad. La del Rey, la nuestra. Frente al macilento 98, el ejemplo del 2 de mayo de 1808 y el levantamiento del 8 de octubre de 2017.

Artículo publicado en El Mundo el 7 de octubre de 2017.