«Presidente, ¿está preparado para ir a la cárcel por sedición?» Silencio. «Insisto, presidente: ¿Está preparado para ingresar en prisión por su masiva agresión a la democracia?» Puigdemont, el gesto duro y vencido, no me contestó. Siguió avanzando lentamente, entre el tumulto, por el túnel. Intentaba girar la cara, pero mi perfil y las preguntas seguían ahí. Sus escoltas, alterados, me pidieron que me callara y a él que saliera a la luz. El trayecto se le hizo largo y a mí demasiado corto.

Puigdemont había regresado al polideportivo de San Julián de Ramis (Gerona) para recibir y dar consuelo. «¡Nosotros, los perseguidos, las víctimas!». Es el viejo truco nacionalista, como advirtió hace ya 36 años su predecesor Tarradellas. Provocan el drama. Lloriquean. Y siempre acaban recibiendo los mimos de la izquierda oportunista y desleal. Ayer, Iceta.

La intención de Puigdemont era votar a las 9:30 de la mañana en el polideportivo de su pueblo. Una foto para la historia: el Líder Supremo deposita su papeleta en un ambiente festivo, triunfal, propio de la neo-democracia catalana. Y cumple su promesa. Su voto es la prueba —no definitiva pero desde luego crucial— de que la Cataluña milenaria por fin ha podido ejercer su soberanía.

Durante un largo rato de tensión y desamparo la fantasía separatista se hizo pesadilla democrática. Un tractor bloqueó la puerta del polideportivo. No había policía a la vista, salvo dos mossos demudados, que esperaban instrucciones detrás de un paredón: ¡cuerpo a tierra! Y los vecinos formaron una cadena que pronto devino en muro. Su expertise. Pero en eso llegó la Guardia Civil. En una acción rápida, higiénica, literalmente espectular, la fuerza legítima del Estado irrumpió en el escenario y desbarató la . Bueno, más que desbaratarla, la ordenó. Un orden limpio. Liberal. Y, dadas las miserables circunstancias, conmovedoramente proporcional. Un niño utilizado por su padre como escudo y obsceno reclamo mediático fue delicadamente puesto a salvo. Los insurrectos fueron apartados, uno a uno. Hubo empujones y caídas, claro. Es lo que tiene la fuerza, incluida la legítima: provocarla es una estupidez. «¡Han reducido a una mujer!», gritó un alma refractaria a cualquier forma de igualdad. Le susurré al oído: «Las chicas también delinquimos». Liberados el tractor y el polideportivo, los sediciosos pudieron desahogarse: insultos, escupitajos, burlas, selfies con «los fachas», el cansino Segadors y también, a coro, una amenaza: «Visca Terra Lliure!». Apunté en mi cuaderno «terrorismo» y me increparon.

Los sediciosos no estaban contentos, no. Llevaban horas preparando la votación de Puigdemont con amor a la tribu y desprecio a la ley. Los descubrimos en plena conspiración la noche anterior. Llegamos a San Julián con la última luz. El polideportivo pedía a gritos un precinto policial. En un lateral, qué caxondoViva España y ole mi xoxo. Arriba, en colorines design: «Sí, sí, sí, sí, sí». Las puertas estaban abiertas. La luz encendida. Una niña jugaba con su peluche mientras los vecinos acumulaban víveres para la vigilia revolucionaria: una empanada flácida y la película Venganza. En una esquina, mesas electorales esperaban la coronación de las urnas. Fuera, entre sombras, el comité local repartía órdenes: «Haremos relevos. Los mossos no moverán un dedo. Que nadie haga la guerra por su cuenta». «¡Fuenteovejuna!», apuntó un hombre mayor. «¡Eso! Votarem, votarem!» Hasta que alguien nos reconoció.

Los sediciosos reaccionan a la crítica con paranoia y estupor. Apenas han conocido el Estado democrático. Llevan años de impunidad intelectual, política y moral. Lo comprobé a las puertas del polideportivo; en tres centros electorales de Gerona capital, avanzada la noche; y durante el advenimiento de la Guardia Civil. «¿Qué hacéis aquí?» Hemos venido a ver si el Estado es capaz de defender el derecho a decidir de todos los españoles. «Soy del diario Ara. Dicen que habéis estado grabando y vigilando a los vecinos». Debería haberse hecho, sí. «¡No toméis fotos de nuestro centro electoral!» No entiendo: ¿queréis un referéndum vinculante o uno clandestino? «¿No seréis del CNI? Enseñadme vuestros carnés de prensa». Me parece que el que tendrá que enseñar el DNI mañana eres tú. A la policía.

Los sediciosos no están acostumbrados a la réplica. Su envalentonamiento es el hijo tarado del consenso y la abdicación. El paradigma nacionalista ha engendrado individuos carentes de cualquier juicio crítico, sometidos a la tiranía de los sentimientos. El primero y dominante, la xenofobia. Cumplido su objetivo, los guardias civiles se marcharon de San Julián de espaldas para seguir dando la cara. Les gritaban «españoles», «sucios», «corruptos». A mí, algo más. Cuando me iba, una pareja me asaltó:

–Tú eres de Madrid, evidentemente. No entiendes nada de lo que pasa aquí. Vete. Ya. Y no vuelvas.

—Que no, que no es de Madrid. Es peor. Es argentina. Y todo argentino es hijo de una puta y un español.

La restitución del orden democrático, aunque sea por la fuerza, nunca es un error. La alternativa habría sido letal para el Estado y por tanto para la libertad de cada español. Otra cosa son las graves lecciones que deja esta jornada. Cómo pudimos perder tanto tiempo. Cómo pudo el Gobierno pensar que Puigdemont no llevaría sus planes, mil veces anunciados, hasta sus últimas consecuencias. Cómo es posible que el Partido Popular, el Partido Socialista y Ciudadanos no hayan entendido cuál es el verdadero desafío español. La culpa del 1-O la tienen todos los que durante 40 años han confundido el Estado con la violencia y el nacionalismo con la moderación.

 

Artículo publicado en El Mundo el 2 de octubre de 2017.