El nuevo portavoz del PSOE en el Senado se llama Ander Gil y hace unos días hizo unas declaraciones de interés. No me refiero a su comparación entre la bomba de racimo plurinacional sanchista y el modelo territorial australiano. Tiene más gracia y relevancia, como termómetro de la degradación intelectual del PSOE, la analogía boliviana de su bolivariana jefa Lastra: de Alfonso a Adriana y menguando. Me refiero al argumento que esgrimió el portavoz para justificar la icetización terminal del partido: «Hay que ofrecer una vía de salida a un debate que aburre muchísimo a la gente». Está bien visto. El «aburrimiento de la gente» se ha vuelto un factor determinante en la política. Es la gran coartada de los cobardes. Y es también un efecto colateral de la nueva democracia mediática. La política ha quedado reducida a palabras —a marcas— que ganan o pierden espacio público en función de su capacidad para mantener vivo el interés del ciudadano-consumidor. Ha ocurrido con ETA: basta mencionar sus siglas, o incluso a sus víctimas, para que el interlocutor ponga los ojos y la mente en blanco. Ocurre con Cataluña: «¡Vuelve a la corrupción que baja el share!», urge el productor a la presentadora a través del pinganillo. Y ocurre con Venezuela, en un grado creciente y potenciado por el doble y paradójico efecto de la distancia y de Podemos.

Los periódicos traían ayer la noticia de los escalofriantes gritos de Leopoldo López desde una ventana de la cárcel de Ramo Verde: «¡Lilian! ¡¡¡Me están torturando!!! ¡¡¡Denuncien, denuncien!!!» Pero las crónicas y los editoriales rezumaban resignación, ese automatismo estéril del que se alimenta la insólita parálisis internacional. Marchando otra de Venezuela… Y la digestión, en el sofá. Y así van sumándose los días y los muertos. Porque el diablo, más que aburrirse, aprovecha el aburrimiento ajeno.

 

El viernes, después de escuchar la voz de su marido, Lilian Tintori se refugió en su casa. Ella, que es pura fuerza y luz, se desmoronó. Vomitó. No pudo dar la rueda de prensa prevista. En tres años y medio de encierro en una cárcel militar, Leopoldo jamás había denunciado torturas. Y menos así: a gritos, en directo. Sólo una vez su familia tuvo que acudir a la ONU. Fue en julio de 2014, cuando un grupo de bestias con pasamontañas y armas largas irrumpieron en su celda de madrugada. Leopoldo sintió la boca de sus fusiles sobre el pecho. Lo levantaron. Lo zarandearon. Pero no se atrevieron a golpearlo. Torturas psicológicas, en cambio, sí las ha habido. Y de todo tipo. Según su madre, Leopoldo se ha reservado los peores detalles para no inquietar a su familia. Siempre ha minimizado su sufrimiento, evitado el alarmismo. Y esto convierte sus gritos del viernes en un punto de inflexión.

 

Las torturas a Leopoldo forman parte de una espiral de represión totalitaria y tienen responsables. Directos e indirectos. Los directos son, obviamente, el dictador Maduro, su padrino Raúl Castro y la corte narco-terrorista que los protege. Ya son más de 74 los asesinados desde el inicio de las protestas callejeras, hace 80 días. La mayoría, jóvenes. Y de «gasecito», nada. A tiro limpio. Los responsables indirectos forman un grupo más difuso. Y alguno nos toca de cerca.

 

Finales del pasado mes de mayo. Nueve y media de la noche. Ramo Verde ya está a oscuras. Leopoldo López dormita en su camastro. De pronto, un militar aporrea su puerta: «¡Levántese! Han venido a verle la ministra de Exteriores y el presidente Zapatero». Leopoldo baja a la segunda planta. En una sala sórdida, ante una mesita de plástico, conversa con los emisarios de Maduro. No es la primera vez que Leopoldo habla con Zapatero. Hace un año, en junio de 2016, el ex presidente español había logrado lo que ningún otro dirigente venezolano o extranjero: visitar a Leopoldo en prisión. Su misión, apoyada por el Vaticano y el Gobierno de Obama, era impedir el revocatorio de Maduro. Leopoldo defendió el derecho constitucional de los venezolanos, pero otros miembros de la Unidad flaquearon. Y Lilian acabó encadenada a una columna de la Plaza de San Pedro.

 

Esta vez Zapatero opera más sibilinamente. Habla con Leopoldo de política. Más de dos horas. No le pide nada y le hace una oferta difícil de resistir: casa por cárcel. Lilian, los niños, la familia. Le dice que volverá al día siguiente. Y así lo hace. Al menos seis veces en tres semanas. Y paulatinamente la propuesta de Zapatero va desvelando su cara b. Para volver a casa, Leopoldo tendrá que desactivar las protestas callejeras y apoyar la convocatoria de una nueva Asamblea Constituyente. Es decir, renunciar a la salida democrática y aceptar la perpetuación del régimen. Leopoldo vuelve a rechazar el chantaje. Y, a través de dos vídeos, presumiblemente filtrados por guardias afines —que los hay y cada vez más— se reafirma en la resistencia cívica y proclama que las Fuerzas Armadas tienen el derecho y el deber de rebelarse contra la dictadura. La consecuencia es más represión. Fusilamientos en la calle y los gritos del viernes.

 

La semana que viene, Zapatero participará junto a Felipe González y José María Aznar en un foro organizado por el diario ABC. Espero que el moderador le pregunte, por comparación con sus homólogos y como mínimo, ¿por qué? Afán de trascendencia, dicen los ingenuos, que olvidan el reverso táctico de su apuesta por la paz (sic) con ETA. ¿Para quién trabaja?, añaden los demás. Cherchez l’argent. Empresas españolas y extranjeras tienen intereses en la zona. Venezuela y Cuba son un inmenso negocio, salvo para los venezolanos y cubanos.

 

El caso de Venezuela desmiente una de las presuntas ventajas de la globalización mediática: la profusión de imágenes dramáticas no son una garantía de compromiso y movilización. La acumulación diluye. Ante las quejas expresadas en persona por los obispos venezolanos, el sinuoso Bergoglio frena, pero no retrocede. El alfa Trump abofetea a Castro, pero no le exige que retire sus sucias manos de Venezuela. El beta Rajoy se solidariza con la disidencia, pero no desautoriza a Zapatero ni apoya las sanciones económicas contra los represores. El único que ha comprendido el significado profundo del sintagma «comunidad internacional» es el secretario general de la OEA. Luis Almagro ha ofrecido su cargo a cambio de las cuatro condiciones que devolverían a Venezuela su libertad: reafirmación de la Asamblea Nacional, liberación de todos los presos políticos, convocatoria de elecciones presidenciales y apertura de un canal humanitario. Un gesto noble pero inútil después del fracaso de la condena a la dictadura de Maduro en la cumbre de Cancún. La democracia en Venezuela ya sólo depende de la valentía de sus ciudadanos. Nuestro aburrimiento es su soledad.

 

Artículo publicado en El Mundo el 26 de junio de 2017.