Al día siguiente de la proclamación de Trump como presidente fui a visitar, de rodillas, el Newseum, el museo de las noticias. Sus siete plantas son un recorrido por la historia del periodismo y de la libertad. Las mejores portadas desde Gutenberg, una sala dedicada al movimiento de los derechos civiles, otra al 11-S y, en un muro teatralmente iluminado, esta frase de Lincoln: «Dejad que el pueblo conozca los hechos y la nación estará segura». Pensé en POTUS, claro. Pero también en España.

Si una democracia son sus periódicos, la española cruje por la base. Ningún periódico vende al número ya más de 100.000 ejemplares, mientras su sustituto no acaba de nacer. Por sustituto me refiero a una herramienta capaz de buscar la verdad, denunciar la mentira y ordenar un mundo cuya complejidad habría estremecido a Lippmann. La digitalización y las redes sociales no son sinónimos de democracia y libertad. A veces incluso sirven a sus enemigos. Pero como la autoflagelación es una vulgaridad, vamos a ser constructivos.

Yo quiero un periódico que entienda que la naturaleza del poder ha cambiado y que ese cambio exige aplicar a la turba los mismos criterios que al Leviatán. No por numerosos, anónimos o históricamente relegados tienen los nuevos empoderados la razón. Lo mismo vale para los jueces, los policías o los periodistas, por citar tres colectivos a los que el populismo ad hominem absuelve de antemano. Hay que analizar sus actos y, en su caso, denunciarlos. Como, por cierto, acaba de hacer el director del Newseum en un devastador informe sobre la censura impuesta en los campus por los hipersensibles millenials. Y como en su día hizo el liberal Ignatieff. Preguntado por los periódicos que difundieron las revelaciones de Snowden, contestó: «Yo no me fío de ellos. No más que de los gobiernos».

Yo quiero un periódico que no compita con la mentira sino que proteja la verdad. La imprecisión, la simplificación y la exageración propias de la nueva jungla mediática son, para un periódico, el click de hoy y la irrelevancia de mañana. Informaciones para tumbar el sistema se publican a diario sin pena ni gloria para sus autores y, sobre todo, sin consecuencia. Y así, de escándalo en escándalo y de filtración en filtración, el periodismo va degradándose hasta convertirse en la vida según Macbeth. La verdad es compleja pero limpia. Quizá hoy el único valor añadido de un periódico. El hecho diferencial, nunca mejor dicho.

Finalmente, yo quiero un periódico que desmienta la afirmación de aquel astuto director: «Nuestro oficio es política sin responsabilidad». El periodismo, como la democracia, debe luchar con una mano atada a la espalda. Difundir conjeturas, escudarse en la autoridad —¡en el poder!— de la fuente, atropellar la presunción de inocencia o el derecho a la intimidad… es hoy más fácil que nunca. La competencia, cruel, lo fomenta. La tecnología, fértil, lo facilita. Y la ley, benigna, lo permite. Pero qué claudicación. Frente al gimoteo que arropa tantos abusos, asoma una realidad exigente y positiva: la responsabilidad individual del periodista nunca había sido tan decisiva. De la firmeza de su compromiso ético —impermeable a cualquier presión política, empresarial o del llamado ambiente— depende el futuro de un oficio crucial. Frente al doble populismo político y mediático, un periodismo de élite.

Artículo publicado en todos los periódicos del Grupo Vocento con motivo de su 15 aniversario.