Felipe VI es un rey prudente. Pero hoy recibe en La Zarzuela al ministro de Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez. Al representante de una vieja y sórdida dictadura, que desde el concierto de los Rolling Stones en La Habana no ha dado un paso hacia la apertura democrática. Y que sostiene a Nicolás Maduro en plena espiral de represión. Millones de venezolanos han tomado pacíficamente la calle en Semana Santa para defender su derecho a vivir en libertad. Bajo la lluvia. Contra los tanques. Entre gases lacrimógenos lanzados desde helicópteros. Al menos seis han muerto, baleados por matones. Tres de ellos eran menores de 20 años y Brayan Principal apenas había cumplido los 14. También fueron heridos varios diputados, en primera línea de fuego. Conmueven las imágenes de Freddy Guevara, el coordinador de Voluntad Popular, forcejeando con tres guardias bolivarianos para impedir la detención de un manifestante. Y conmueve, también, el vídeo de la BBC frente a la cárcel de Ramo Verde. Leopoldo López responde a la llamada de su madre: «¡Queremos democracia! ¡Queremos votar! ¡Queremos elecciones!» Los militares intentan tapar su voz con silbidos, pero es inútil. López, tres años preso ya, continúa: «¡No hay elecciones porque el gobierno sabe que las pierde! ¡Tenemos la fe de que con elecciones vamos a salir adelante! ¡Que viva Venezuela!». El equipo de la BBC fue expulsado del país. Otro manotazo estéril. A estas horas cientos de periodistas extranjeros viajan rumbo a Caracas para cubrir la manifestación del próximo miércoles, la más grande, ojalá la decisiva.

Y España, con Cuba.

Es cierto que el rey, buen vasallo, no fija su agenda oficial. Lo hace el Gobierno. Y la política exterior de este Gobierno oscila entre el continuismo, el seguidismo, el tacticismo y la nada. El ministro Dastis, al que llaman un técnico por no decir un mal político, es el brazo ejecutor de la Moncloa y la Moncloa es un emmental estratégico. Urge una visión de la responsabilidad internacional de España y falta un compromiso efectivo con los principios que se invocan. Cuando un sector de Europa propuso abandonar la Posición Común sobre Cuba promovida en su día por el PP, España no opuso resistencia. Cuando murió Fidel Castro, el Gobierno envió a La Habana al rey emérito, pensando que Obama, padre del deshielo, mandaría una imponente delegación oficial. Fueron dos asesores de segunda y a título personal.

 

La condescendencia de la democracia española con el castrismo es, desde Fraga, un mal transversal. Pero, ¿con el chavismo? Del ex presidente Zapatero no puede esperarse nada políticamente limpio. Del Gobierno del PP, sí. Pero su actitud ante el drama venezolano es vacilante. Desconcertante. No se entienden los balbuceos del ministro Dastis ni su empeño en defender el falso y ya fracasado diálogo de Zapatero. Tampoco que el presidente Rajoy despachara el atropello a la Asamblea Nacional con un lánguido tuit. Ni la respuesta, infantil, diminuta, de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría a Albert Rivera en la sesión de control: «¡Nosotros recibimos a Lilian Tintori primero!»

El apoyo de la Casa Blanca al diálogo sirvió durante mucho tiempo como argumento contra la firmeza española. Pero la llegada de Trump ha supuesto un punto de inflexión. Para Venezuela, positivo. Es verdad que Tom Shannon, el delegado de Obama para asuntos venezolanos, no ha sido aún sustituido. Pero Trump ha recibido a Tintori en el Despacho Oval. El viernes santo se reunió por sorpresa con los ex presidentes colombianos Uribe y Pastrana, ambos críticos con el diálogo-trampa y defensores de un cambio de régimen en Venezuela. Y la presión diplomática sobre México empieza a funcionar. El presidente Peña Nieto, antes complaciente con Maduro, se ha sumado al argentino Macri y al peruano PPK. Por primera vez ha pedido la liberación de los presos políticos y la fijación de un calendario electoral. América se está alineando en defensa de la democracia venezolana. Sin el liderazgo ni el estímulo ni el aliento de España.

 

La actitud del Gobierno genera especulaciones inquietantes. El ex ministro Margallo justifica con crudeza algunas decisiones sobre Cuba: «Hoteles, energía, infraestructuras. Tenemos que estar ahí». En Venezuela está, sobre todo, Repsol. El pasado octubre, en plena ofensiva del régimen contra el revocatorio, Repsol llegó a un acuerdo con Maduro para inyectar 1.000 millones de euros en su joint venture con la petrolera estatal y asegurarse la repatriación de dividendos. Lo anunciaron juntos, en el palacio de Miraflores, el consejero delegado de Repsol, Josu Jon Imaz, y el dictador. Hoy el balance de Repsol tiene una exposición a Venezuela de más de 2.300 millones de euros. La dictadura no es un buen negocio. También en política exterior lo moral es lo eficaz.

 

Pero la responsabilidad del presidente Rajoy no exime al rey Felipe de la suya. La foto del jefe del Estado con el canciller cubano llega en el peor momento posible. Maduro volvió a refugiarse en La Habana la semana pasada. Junto a Raúl Castro acusó a la oposición de urdir un golpe de Estado. Y con su ayuda pretende neutralizar los esfuerzos de Luis Almagro por movilizar a la OEA en defensa de una Venezuela democrática. El castrismo es más que un aliado del chavismo. Es su padrino, su mentor, el autor intelectual de su estrategia represiva. Durante la histórica visita de Obama a Cuba, en marzo de 2016, se planteó en privado la liberación de Leopoldo López. Raúl Castro contestó: «No es negociable». Castro es el carcelero de la principal figura política venezolana. Y hoy España agasaja a su enviado «con alfombra roja», como titula el Diario de Cuba. Lo reciben el rey, Rajoy y la presidenta del Congreso: las tres máximas autoridades del país.

 

En su proclamación, Felipe VI asumió un compromiso con la regeneración. Ese compromiso empieza por la defensa de la democracia y afecta también a Iberoamérica. Lo dijo una vez su padre: «España es una nación europea y americana». Lo es también por su presente. La España contemporánea es heredera de la Constitución de Cádiz. Un referente, ahora para los ciudadanos «de ambos hemisferios». Durante demasiado tiempo la retórica hispanoamericana de la madre patria ha servido para justificar a sátrapas y populistas de todo tipo. Un perverso paternalismo ha convertido los tradicionales lazos de amistad en lazos al cuello de los ciudadanos. Dictadura, democracia: dos hemisferios morales donde sólo debería haber uno.

 

La última maniobra de Maduro consiste en ofrecer elecciones a gobernadores y alcaldes para enfriar la marcha del miércoles y ganar tiempo. Habrá quien lo acepte. En algunos despachos empieza a cuajar la idea de una transición tutelada. Como si el pueblo venezolano fuera menor de edad. Como si sus líderes no estuvieran preparados para gobernar. Lo están y lo merecen. La única opción para Venezuela son unas elecciones presidenciales, sin presos políticos, en 2017.

A Mariano Rajoy le gusta recordar que fue el primer presidente que recibió a Lilian Tintori. Costó que lo hiciera y en aquella ocasión lo hizo en la sede de su partido y no en La Moncloa. Pero el gesto fue importante. Hoy los focos interpelan al rey. La mujer de Leopoldo López representa el compromiso con un orden democrático de libertad en ambos hemisferios. Es un símbolo de civilización. Un encuentro entre Felipe VI y Lilian Tintori en La Zarzuela sería la manera más eficaz de decir a la dictadura, definitivamente, por qué no te callas.

Artículo publicado en El Mundo, el 17 de abril de 2017.