Proposición no de ley por la que se insta al Gobierno a exigir la liberación inmediata de los presos políticos en Venezuela

Señor Presidente, Señorías,

Conviene llamar a las cosas por su nombre ya que la razón empieza por la verdad. Venezuela es hoy una dictadura. Ni democracia populista ni democracia híbrida ni democracia formal: una dictadura. Una dictadura que, ante la imagen que devuelve implacable el espejo de la realidad —miseria, violencia, colapso institucional—, ha decidido quitarse la última máscara. Si las consecuencias no fueran dramáticas, habría que agradecerle a Nicolás Maduro este ejercicio de transparencia.

 

Hace casi dos meses, el alcalde de Caracas Antonio Ledezma fue detenido de manera impúdicamente arbitraria. Más de cincuenta agentes armados irrumpieron en su despacho oficial. Se lo llevaron sin orden judicial. Lo encerraron en una cárcel militar. Sin garantías. Sin tribunales independientes a los que acudir.

Su calvario se añade al del centenar de dirigentes, opositores y estudiantes encarcelados por ejercer el derecho a la discrepancia política.

Se añade al de Leopoldo López, preso hace más de un año, privado de un juicio justo, aislado, vejado.

Se añade al de María Corina Machado, despojada de su condición de diputada y perseguida bajo acusaciones grotescas.

Se añade al de Julio Borges, al que también pretenden echar de la Asamblea Nacional y procesar.

Se añade al de Kluivert Roa, de 14 años, muerto de un disparo policial en la cabeza durante una protesta. Con su muerte son ya 43 las víctimas de la represión en Venezuela.

 

Señorías,

El drama venezolano nos interpela directamente. Nos coloca a todos los demócratas, y especialmente a quienes somos parlamentarios, frente a nuestra responsabilidad.

Hace unas semanas el Parlamento Europeo se pronunció de forma inequívoca y solemne sobre la situación política en Venezuela. La inmensa mayoría de diputados votó a favor de exigir el fin de la represión. Algunos, sin embargo, votaron en contra.

Hay políticos en España que mantienen con el chavismo una relación de intimidad antidemocrática. Que han sido sus asesores y sus beneficiarios. Y que se atreven a impugnar la democracia española pero no quieren -o no pueden- condenar la dictadura chavista.

También hay grupos, representados en esta Cámara, que se empeñan en justificar la violencia ejercida por el régimen de Maduro y que llaman golpistas a los líderes de la oposición. Hoy tenían la oportunidad de corregirse y han optado por aumentar su descrédito con la presentación de una enmienda obscena y falaz.

Unos y otros, neopopulistas y retrocomunistas, deberían pedir perdón a los venezolanos por los estragos provocados por quince años de chavismo.

 

Señorías,

Nuestro voto esta tarde dirá más sobre nosotros que mil discursos. Votar a favor de la Proposición no de Ley presentada por mi grupo, y que hoy actualizamos mediante una enmienda acordada con el Grupo Socialista, es votar a favor de la democracia. Votar en contra es votar contra la democracia. Y abstenerse es abstenerse frente a la democracia.

Hoy no es un buen día para los alquimistas de la equidistancia. Porque no existe un punto medio entre democracia y dictadura, como no lo existe entre libertad y servidumbre, ni entre la ley y la selva. Y porque la democracia no admite adversativas, como no admite presos políticos, ni jueces de parte, ni medios amordazados.

La democracia es. Y debe ser defendida de quienes la pretenden destruir. Allí y aquí.

Los venezolanos lo saben bien. La democracia no es un estado natural ni un bien conquistado a perpetuidad. Ningún país está a salvo de una regresión autoritaria. Venezuela era una democracia y dejó de serlo. Se convirtió en una dictadura ante la mirada indolente del resto de las democracias del mundo. Chile era un estado de derecho, dejó de serlo y tuvo que pagar un alto precio para recuperar su libertad.

La democracia es poderosa, pero frágil. Tiene que ser cuidada. E, insisto, debe defenderse ante los que pretenden destruirla. Y eso exige un compromiso firme, como el que hoy nos emplaza.
Señorías,

Los españoles tenemos una obligación con los venezolanos. Esa obligación no deriva de nuestros profundos vínculos históricos, culturales o biográficos. Es consecuencia de nuestra pertenencia a una misma comunidad moral. Defender la democracia venezolana es defender nuestra propia democracia.

Así lo han entendido dos de nuestros ex presidentes del Gobierno, José María Aznar y Felipe González, comprometidos individualmente, y ahora también juntos, en la reconstrucción de la democracia en Venezuela.
Hace 30 años, en una histórica conferencia en Cartagena de Indias, Mario Vargas Llosa formuló una versión del “Yo acuso” que sigue siendo plenamente válida y que hoy mi grupo hace suya.

Todavía hay en Europa -y aquí en España- quienes aceptan o incluso promueven para América Latina aquello que jamás tolerarían en su propio país.

O dicho al revés: quienes consideran que lo que es bueno y conveniente para ellos mismos –un sistema democrático con separación de poderes e instituciones representativas fuertes, sin censuras ni dirigismos de ningún tipo- no es bueno ni conveniente para los cubanos, los bolivianos o los venezolanos.

Este doble rasero no revela tanto una doble moral como la ausencia de moral. Concretamente revela lo que Vargas Llosa identificó como “un racismo visceral”. Un prejuicio, nunca formulado pero profundo, acerca de la capacidad de algunos países latinoamericanos para otorgarse un sistema de derechos y libertades como el que disfrutamos los europeos.

Como si la pobreza hiciera a los hombres ineptos para la libertad. Como si la democracia liberal fuera un privilegio, un lujo, de los países desarrollados. Como si unos estuviesen condenados a la barbarie y otros -nosotros- bendecidos con la civilización.

Este prejuicio, este insoportable sentimiento de superioridad, es el que hoy, con la aprobación de esta proposición no de ley, debemos contribuir a erradicar.

En la tribuna de invitados nos acompañan demócratas venezolanos, representantes de distintos partidos y colectivos sociales, a los que saludo con admiración, con respeto y con toda la solidaridad y el afecto de mi grupo.
Digámosles a ellos y a todos los venezolanos que tienen exactamente el mismo derecho y exactamente la misma capacidad que nosotros para vivir en democracia.

Digámosles que defendemos para ellos lo mismo que exigimos para nosotros: un gobierno limitado, una justicia independiente, un sistema plural de partidos, unos medios libres, una sociedad abierta.
Digámosles que vamos a dejar de lado la condescendencia cómplice, el tacticismo estéril y la retórica hueca. Que sabemos que es rentable ser decente; que no hay más alto interés nacional que la defensa de los principios; y que en política exterior, como en política interior, lo moral es lo eficaz.

Digámosles que condenamos sin matices la escalada de represión y violencia emprendida por Nicolás Maduro y que exigimos la liberación de todos los presos políticos venezolanos. La liberación inmediata de Leopoldo López, Antonio Ledezma, Daniel Ceballos y cada uno de los ciudadanos que padecen en la cárcel por reclamar de forma legítima y pacífica su derecho a vivir como nosotros.

En definitiva, señorías, digámosles que somos libres y demócratas y que también queremos para ellos democracia y libertad.

Muchas gracias.