Menu Close

Apollinaire en el banquillo

Hoy se reanuda el juicio del Proceso separatista. Qué felicidad. Sigo sus sesiones con el mismo morbo que los espectadores de El Pueblo del Estado de California contra Orenthal James Simpson. Además, comparecen el secretario de Estado Nieto y el guardia civil Pérez de los Cobos, el dúo al que el ex Gobierno del PP ha pasado la patata arrugada de la presunta represión del 1-O. Así mueren los días: juzgando por violencia al Estado y no a los golpistas. Pero vamos antes con los protagonistas de la semana pasada. Hilvanadas, sus comparecencias conforman un argumentario para el exilio.

Gabriel Rufián: A primera hora, escuché la voz de un periodista en la radio: «Gran expectación ante el testimonio del diputado Rufián». ¿Gran expectación? No puede ser, pensé, este país va muy mal. Pero me equivoqué. Es imprescindible escuchar y leer a Rufián. Incluso hacer ambas cosas a la vez, como hice yo. Así, le oí admitir que él y sus maquis pretendieron alumbrar la Nueva República Libre de Catalana mientras merendaban. Pijos de Embassy. Le vi también inflarse como un pavo en Sálvame cuando la abogado del Estado le preguntó por su cargo: «¿No ve usted la tele?». Y sobre todo leí su réplica al tuitero Pastrana, que se había mofado del tiempo que el ilustre diputado llevaría preparando su comparecencia. Escupió Rufián: «Casi tantos meses como los que han pasado desde que se sabe que eres un ex alcalde del PP de una pedanía de Teruel». Deténganse ahí. No en la alusión al PP como causa de inhabilitación moral: golpe de payaso viejo. Me refiero al coletazo: «…de una pedanía de Teruel». Estas cinco palabras condensan una visión de España y de los hombres. La visión del catalanista. Es decir, del xenófobo.

 

Dante Albano Fachín: Mi doble compatriota, mi hermano de ambos hemisferios, debo solidarizarme con él. El juez Marchena, hombre pulcro, elegante y amable, lo llamó primero «Señor Fachini» y para acabar «Señor Dante». Qué comedia divina. Ahora entiendo que, preguntado por su estado, Albano gruñera: «precario».

Iñigo Urkullu: El prodigioso caso de un presunto mediador que defiende exactamente las mismas ideas y objetivos que una de las partes: el derecho a la autodeterminación (sic). Para que nos entendamos mejor: sería como recurrir a Txapote para negociar con Thierry. Y C’s, en demasiadas ocasiones mediador entre la verdad y el voto, incurrió en la vulgaridad de echárselo en cara a Rajoy.

Ada Colau: La alcaldesa de Barcelona, yo, mí, me, conmigo, no tengo abuela, plural mayestático, dijo en el juicio: «Si estamos aquí por el 1-O, deberíamos estar millones». Y yo me acordé de Evita y su legendario «Volveré y seré millones». En realidad la frase es apócrifa, un verso del poeta Castiñeira de Dios, pero se convirtió en lema del peronismo. Ada, nuestra Eva, sin los Christian Dior, pena.

Jordi Cuixart: El presidente de Òmnium Cultural iba mascullando y aullando que él le había dicho al juez Llarena que se arrepentía, pero que eso fue porque entonces quería salir de prisión, pero ahora ya no, ahora quiere seguir dentro, bien dentro, “porque ya no es mi prioridad salir de la cárcel”, “porque soy un preso político”, y porque Cataluña y la democracia y el récord Guinness de la desobediencia civil y Cristo Redentor y tal y cual, y yo iba pensando ¿a quién me recuerda este hombre…? Y de pronto me vinieron a la memoria las playas doradas de la Barceloneta y el caballero de la Blanca Luna. Y entendí: es el Quijote. El Quijote con cinco chutes de criptonita. Claro que Junqueras también se pasea en círculos por el patio de la cárcel, repitiendo: «El junquerismo es amoooorr, el junquerismo es amoooorr…»

Carmen Forcadell: Aferrada al reglamento del Parlamento catalán como si fuera un misal, llegó a pedir al Tribunal, que no es precisamente el de la Inquisición, un acto de fe. Dijo que no leyó lo que votó: la resolución de ruptura con España. Y que no votó lo que leyó: el preámbulo de la Declaración Unilateral de Independencia. De Victoria de Samotracia del proceso, a ratita presumida volando por la borda.

Mariano Rajoy: Me veo patrióticamente obligada a dirigirme al juez Marchena: el hecho de que el ex presidente del Gobierno no haya concedido a los precedentes, advertencias y hechos del Proceso la gravedad que merecían; el que haya dicho que el operativo policial, bah, no iba con él; el que descartara el estado de sitio y vacilara ante el 155… no significa que el 1-O no haya sido un pedazo de rebelión violenta. Mariano es así. Un spectateur non engagé. Siempre encuentra terceros a los que culpar: Acebes, Zaplana, Pizarro, Aznar, El Tato. Y siempre rebaja la calificación de la realidad: el 9-N, un pantomima; el 1-0, un lío. En su comparecencia, Artur Mas dijo que jamás imaginó que Rajoy impediría el 1-O a la fuerza. Rajoy tampoco.

Soraya Sáenz de Santamaría: Qué bien iba todo. Qué íntima y pública era la satisfacción de la ex vicepresidenta. Angora líquida. Cómo jugueteaban las comisuras de sus labios. Hasta que de pronto apareció un letrado armado de sesos y hechos. De su testimonio, tres momentos estelares. Cuando aseguró que la Operación Diálogo fue para «reforzar la presencia del Estado en Cataluña»; en su día, y en el diván, declaró: «Voy a confundirme con el paisaje, hacerme imprescindible». Cuando insistió en que trató a todas las Comunidades Autónomas por igual. Claro, por eso abrió despachos también en Badajoz, Murcia y Valladolid. Y cuando reconoció que ella, vicetodo, ministra para Cataluña y jefa del CNI, no tenía la más remota idea de cómo pretendía el Estado impedir la votación del 1-O. Y ahora es miembro del Consejo de Estado.

José Ignacio Zoido: El ejemplo de que el ejemplo cunde. Lo raro es que no lanzara la patata, ya puré, a Moragas y Senillosa, dos catalanes que ocupaban entonces los cargos de jefe de Gabinete de Rajoy y Consejero de Seguridad Nacional. De su interrogatorio me quedo con la justificación de por qué el Gobierno sólo envió 6.000 policías para abortar el referéndum: «No se podía desproteger al resto de la Nación». Como es sabido, el 29 de septiembre había avisos de un tsunami en Tenerife, dos ataques terroristas coordinados en Vigo y Zaragoza, y tres consultas ilegales para la independencia en La Rioja, Andalucía y Aragón.

Cristóbal Montoro: A todo chulo le llega su malversación. El ex ministro de Hacienda tuvo que admitir que su fama de sabueso implacable adolece de una cierta hiperinflación. El 31 de agosto de 2017 había proclamado: «Cataluña no destina ni un euro al referéndum». El 15 de septiembre había insistido: «Ni un euro irá a pagar una actividad ilegal». El 16 de abril de 2018 había rematado: «Yo no sé con qué dinero se pagaron esas urnas de los chinos ni la manutención de Puigdemont. Pero sé que no con dinero público». En el juicio, en cambio, no sólo reconoció una posible malversación; se erigió en tribunal y sentenció que la hubo. Pa’ Marchena, yo.

Los abogados de Vox: Son los Fernández y Fernández del juicio de Proceso, santos varones, qué decepción. No sólo dilapidaron jurídicamente los interrogatorios a los acusados. No sólo desaprovecharon políticamente los testimonios del Gobierno del PP. Es que asumieron mansamente los insultos del cupero Baños, un tipo que comparte filiación política con asesinos de Terra Lliure. Recordémoslo: Baños se negó a contestar a las preguntas de Vox por «dignidad antifascista». Y Marchena, en lugar de multarle directamente, preguntó a los abogados de Vox si aceptarían que él les hiciera de ventrílocuo, una figura reservada para plácidas cuestiones ordinarias, como cuando una de las partes quiere plantear una pregunta pasado su turno. «Ningún problema, señoría», contestaron Fernández y Fernández. Y el escarnio desembocó en esperpento. Baños dijo que la vox de Marchena tampoco le valía y el juez, atribulado, decretó cuatro minutitos de receso.

Y así, españoles, llegamos a la cuarta semana de un juicio que no sólo decidirá el futuro de nuestra simpática nación, sino que además marcará un hito en la lucha de la democracia, como sistema, contra su gran enemigo contemporáneo. Que ya no es la fuerza bruta, sino la fuerza blanda. Hoy las democracias no se destruyen con bombas y tiros, sino con sonrisas y lágrimas. Una viejecita votando con el corazón en un puño tiene más peligro que un tricornio con pistola. Las defensas —animadas por piezas tan oportunas y sutiles como la de Vidal-Folch ayer en El País– afirman que en el Proceso no hubo violencia. Y yo, lega, me fui a los textos. Primero abrí mi viejo Código Penal, artículo 472: «Son reos del delito de rebelión los que se alcen violenta y públicamente para cualquiera de los fines siguientes: 1º Derogar, suspender o modificar total o parcialmente la Constitución. […] 5º Declarar la independencia de una parte del territorio nacional». Luego entré en la web del Diccionario de la RAE. Violencia: «Cualidad de violento». Violento: «Dicho de una persona que actúa con ímpetu y fuerza y se deja llevar por la ira. Que implica el uso de la fuerza, física o moral». Moral, inmoral. Y finalmenate, aprovechando que el Tribunal Supremo pasa por la Plaza de la Villa de París, me senté en un banco a canturrear Le pont Mirabeau de Apollinaire: «Comme la vie est lente et comme l’espérance est violente». El catalanismo no quiso esperar. Impaciente, exaltado, emprendió el atajo sentimental. Y ejerció así contra la democracia española la violencia más letal: la de las fake esperanzas y las emociones sin ley.

 

Artículo publicado en El Mundo el 4 de marzo de 2019. 

 

La responsabilidad de proteger

Dejé atrás el Puente de la Unidad con la misma frustración de los miles de voluntarios que esperaban para cruzarlo. No es que tuviéramos un especial interés en morir acribillados. Yo, por ejemplo, me he vuelto pinkeriana también en lo personal. Pero a esa hora la grieta entre las expectativas y la realidad era un foso. Apretados en una sala de crisis, los presidentes habían observado a través de tres pantallas lo ocurrido en los demás pasos: gases, disparos, dos camiones en llamas. Y habían decidido abortar el operativo sobre el puente más simbólico y, por los malditos contenedores, el más difícil de cruzar. Y así, la caballería colombiana acabó formando un cordón para bloquear el avance de los voluntarios. Un grupo de mujeres de blanco tiró sus rosas al suelo y se postró de rodillas a rezar. El resto, la mayoría hombres, decidió actuar: “Vamos donde está el lío”. Y me apunté.

El concejal de Cúcuta Juan Capacho me hizo de guía: “Toma este bote de vinagre y esta toallita. Apenas sientas el gas, moja la toalla y colócatela sobre la nariz, la boca y los ojos. Sé rápida”. En cuanto nos bajamos del coche comprendí la dimensión del desastre. Lo primero que vi, bajo una pequeña carpa convertida en hospital de campaña, fue el cuerpo de un joven chorreando sangre por la ingle. Estaba tumbado sobre unos sucios cartones, su cabeza apoyada en una bolsa con botellas de agua. Dos sanitarios intentaban taponarle la herida con unos trapos, mientras un tercero le introducía algo parecido a suero por el brazo. “¡Concejal, necesitamos refuerzos!”, le gritó una coordinadora del operativo a mi amigo. “Éste tiene perdigones, pero acaban de llevarse a uno herido de bala”. Seguimos caminando entre la muchedumbre hacia dentro, hacia el lío. Me fijé en la gente: una legión desharrapada, seres humanos reducidos a carne de cañón, sin dirección, sin una misión a esta hora del fracaso decretado. Chicos en chanclas con el torso desnudo y la cara cubierta iban y venían desde el puesto fronterizo. Allí les esperaban los hombres de Maduro, un combo de criminales comunes y militares irrecuperables. Asesinos puros. Primero disparaban bengalas al aire y luego directamente perdigones y balas a la cara. Nos acercamos hasta el cordón de policías colombianos, a unos 50 metros de los enfrentamientos. De pronto, ‘boom’, ‘boom’. Y una nube de gas. “¡¡Corre, corre, por la derecha, baja la cabeza, ponte el vinagre, por la dereeecha, por la dereeeeecha!!” Hice lo que pude. A cinco metros, otro chico caía con un tiro en la frente. Un grupo de voluntarios se abalanzó sobre él y lo quitó del camino para intentar reanimarlo. Vi cómo se lo llevaban atado a una camilla naranja.

El 23-F no fue el Día-D. Al caer la noche, los heridos, físicos y psicológicos, se reunían en sus casas y bajo las tapias para hacer balance. Unos criticaban el exceso de ingenuidad de Guaidó y el que hubiera generado unas expectativas imposibles de cumplir. Otros se lamentaban de que no hubiera aprovechado el concierto, su ambiente de paz y fiesta, para encabezar, esa misma tarde, una marcha sobre el Puente de la Unidad.

El fiasco de Cúcuta coloca el proceso de recuperación de la democracia venezolana ante el espejo. Y ningún político responsable, ni venezolano ni extranjero, puede dejar de mirarlo de frente. La reflexión atañe al coste de la libertad. ¿Es posible derrocar una dictadura sin mandar a decenas o incluso cientos de personas al matadero? Lo diré crudamente porque los eufemismos son letales. Cuando la madrugada del 6 de junio de 1944, el general Eisenhower dijo ‘Let’s go’, sabía que los primeros soldados en desembarcar en Normandía serían fusilados sin piedad. A media mañana sus cuerpos se pudrían ya sobre la playa, mártires de una operación que asumió que la salvación de muchos pasaba por la muerte de algunos. En Venezuela han muerto cientos de miles de personas en los últimos años. Y siguen muriendo, por la violencia, la enfermedad y la desnutrición. La principal diferencia es que esos muertos no los vemos: no se producen una mañana concreta, sobre un puente, ante las cámaras de medio mundo, y como consecuencia -indirecta, si se quiere, pero consecuencia al fin y al cabo- de la decisión de uno de “los nuestros”. ¿Debería haber hecho Guadió como Eisenhower o Churchill? ¿Debería haber dicho: “20, 30 o 40 muertos, en los puentes o a las puertas del palacio de Miraflores, bien valen el fin de una tiranía asesina? Es una pregunta dramática para un demócrata. Pero ha de hacerse y contestarse con sinceridad.

La comunidad internacional también tiene pendiente una grave reflexión. Y debe hacerla ya, a partir de la reunión del Grupo de Lima que se celebra mañana, aquí en Bogotá. ¿Está dispuesta a apoyar alguna forma de intervención en Venezuela? Hasta ahora, ese debate se ha visto sepultado por histéricas alusiones a la injerencia. Los europeos en esto se llevan la palma. En parte, por una culpa mal digerida que ha convertido la abjuración del eurocentrismo en el mejor aval de los dictadores de otros continentes. En parte, por desmarcarse de Estados Unidos: hasta Felipe González no pudo evitar un pellizco a Trump en su vibrante alegato a favor de Guaidó en el World Law Congress. Y en parte, también, por pura hipocresía. ¡Contra la injerencia!, braman las mismas bellas almas que permiten que Cuba lleve 20 años manoseando y vampirizando la vida venezolana. Las mismas que han avalado todos los procesos de diálogo impulsados por Zapatero en beneficio de Maduro. Y también los que no han tenido escrúpulos a la hora de venderle a Venezuela fragatas y otras armas. Todo eso también es injerencia, aunque lo llamen mediación, solidaridad, comercio o turismo del ideal. Pero volvamos a la intervención.

Si hay algo que Guaidó no puede permitirse es que la Gran Esperanza generada a partir del 10 de enero acabe en otra Gran Depresión. Y él lo sabe. La noche del sábado, reconoció que ni su legitimidad ni la incontestable razón ética de su causa bastan para derrocar a un régimen criminal: “Los acontecimientos de hoy me obligan a tomar una decisión: plantear a la Comunidad Internacional de manera formal que debemos tener abiertas todas las opciones para lograr la liberación de esta patria que lucha y seguirá luchando”. Todas las opciones, otro eufemismo, esta vez de intervención militar.

Una intervención en Venezuela plantea problemas de todo tipo. Logísticos, desde luego. No es fácil imaginar una operación en Caracas como la que derrocó a Noriega en Panamá. Pero sobre todo el desafío es político. Frente al maniqueísmo del ‘No a la guerra’ existe un concepto jurídico que sitúa la defensa de los Derechos Humanos en su justo lugar. Me refiero a un concepto que Almagro ha explicado en muchas ocasiones y que se conoce como “la Responsabilidad de Proteger” o R2P. Nació como consecuencia de las tragedias de Ruanda y los Balcanes. Se formuló por primera vez en 2001, en un Informe de la Comisión Internacional de Inatervención y Soberanía Estatl (CIISE). Y se consagró en una resolución de la Asamblea Nacional de la ONU de 2005. En síntesis, el R2P establece que la comunidad internacional tiene la responsabilidad, no sólo de asistir a los Estados en la protección de su población, sino también de intervenir y tomar medidas determinantes en caso de que un Estado manifiestamente no lo haga. El precepto se aplicó en Siria. Esta frase de la resolución 2139 del Consejo de Seguridad: “Hacer padecer hambre a los civiles es una práctica de guerra prohibida por las leyes internacionales humanitarias”. Y, desde el pasado septiembre, ya está en discusión para el caso de Venezuela. La votación a favor de incluirlo en la agenda de Asamblea General de la ONU fue abrumador: 93 a 16.

De lo que se trata, pues, es de animar a la Comunidad Internacional a que asuma su responsabilidad. La R2P no fija un límite a partir del cual deberá aplicarse. No dice: de 50.000 muertos para allá, adelante. Deja a la Comunidad Internacional que tome la decisión en base a un análisis objetivo de la situación. Se dirá: Venezuela no es Ruanda. Pero yo puedo añadir y añado: si el R2P se hubiera aplicado, tampoco Ruanda sería Ruanda.

Venezuela es hoy un infierno estadístico. Un país en el que los Derechos Humanos no son violados porque ya no existen. Y esto no sólo emplaza a las democracias del mundo. Las obliga. Y ahora un apunte pensando otra vez en las bellas almas. Quienes se nieguen a asumir su responsabilidad de proteger a los venezolanos deberán al menos asumir su envés: la responsabilidad de decirles a la cara: “Queridos amigos, hemos decidido que no merecéis el amparo del Derecho Internacional Humanitario frente a la mafia criminal que en Roraima asesinó a indígenas enfermos y hambrientos, y que en Cúcuta convirtió dos camiones llenos de comida y medicinas en una pila de cenizas”. Atrévase, ministro Borrell.

 

Artículo publicado en El Mundo el 25 de febrero de 2019. 

Foto: en el Puente Simón Bolívar.

El puente, el muro

Cuando llegué al puente todavía había poca gente: algunos periodistas y muchos policías. A 100 metros, dos ominosos contenedores soldados con estúpida saña al suelo. Desde lo alto de uno de ellos nos enfocaban tres cámaras de la televisión del tirano. Miré a los lados: dulces montañas de Táchira, filtradas por una agobiante luz blanca. Y abajo, el río, casi seco. Un amigo, de los muchos que se hacen en el límite, me dijo, divertido: “Venga, vamos a recordar nuestros días universitarios”. Pero en Oxford no corríamos delante de los grises ni de los matones de Maduro. Imitábamos, pedantes, a Sebastian Flyte. Un drone sobrevoló mi cabeza en dirección Venezuela. Pero frenó en seco. ¿Qué habrá visto?, mascullé. ¿Un Ejército?

El 23-F o, mejor, Día-D había empezado poco antes de las 20:00. A esa hora llegamos al descampado junto al Puente de la Unidad, que parecía un paisaje post-Woodstock. Decenas de botellas de agua aplastadas evocaban la felicidad de la víspera. Frente a un gran hangar de hormigón, 10 camiones esperaban perfectamente alineados el inicio de una de las operaciones más insólitas que cualquiera pudiera imaginar: una vuelta de tuerca al soft-power, un intento de rescatar la democracia con métodos no ya pacíficos sino angelicales. Cruzar cuatro puentes. Es todo. Y es épico. Miré los camiones: me inspiraron ternura. Viejos, alguno incluso destartalado y con morro años 50, puro ‘vintage’. Unas lonas negras y marrones atadas con sogas cubrían sus acoplados. Debajo, el arma de la libertad: 600 toneladas de comida y medicina.

De pronto, ese revuelo tan reconocible. “¡Llegan los presidentes!” Me pegué a David Smolansky, otro de los héroes políticos venezolanos en el exilio y hoy comisionado de Migraciones y Refugiados de Venezuela bajo el patrocinio de Luis Almagro. Me dijo: “La operación de hoy tiene, además, un profundo valor simbólico; por estos mismos puentes han huido millones de venezolanos. Nuestra crisis de refugiados es superior a la de Somalia o Sudán del Sur.” Escuchen, feligreses de La Sexta. Smolansky es un hombre tranquilo, bálsamo en horas inciertas, cuando las noticias de dura represión aquí o allá se cruzan con tuits sobre deserciones. “No son deserciones”, me corrigió un diputado de la Asamblea Nacional, “son reconciliaciones con la Constitución”. Bien. Y qué bien. A primera hora de la mañana, en el Puente Simón Bolívar, a unos tres kilómetros de donde estábamos, un grupo de militares se había pasado de bando, de país y de régimen político. Habían dejado tirada la tanqueta y se habían hecho demócratas. Un pequeño paso para un soldado, un gran salto para la libertad, pensé. Pero de Ureña, otro de los pasos fronterizos, empezaron a llegar noticias sórdidas: gases, tiros, violencia, la dictadura ‘unplugged’. Y a lo largo del día fue a peor.

Entramos en el hangar. Duque, Guaidó, Piñera, Almagro y el presidente de Paraguay, cuyo nombre nos cuesta a todos recordar, se reunieron con sus equipos en una pequeña sala convertida en puesto de mando operativo. Fuera, cientos de periodistas esperaban estoicamente bajo un sol ácido. Y a mí se me empezaron a acumular las preguntas. ¿Qué pasará en mi puente? ¿Y cómo quitaremos los contenedores? ¿Y habrá disparos? ¿Y qué hecho bastaría para cantar victoria, para llamar a este día San Crispín? La víspera, Diosdado Cabello había montado un ridículo show del otro lado de la frontera: más que contra-concierto, un concierto ‘fake’ con cantantes y público virtuales. Esta vez sus invectivas no habían alcanzado la categoría de declaración de guerra, pero quién sabe. Muchos matones vigilan la zona y están desquiciados. El primero, Freddy Bernal, el hombre encargado de controlar la frontera, un tipo criminal.

La reunión del mando se trasladó a otro edificio y se prolongó más de lo que los nervios y el calor exterior aconsejaban. A la espera de que empezara la rueda de prensa, me senté bajo un hilo de sombra a recordar lo ocurrido la víspera, en los suaves compases finales del concierto. Y me di cuenta de su trascendental importancia.

Estaba cantando Alejandro Sanz, cuando Iván Duque me guiñó el ojo: “Está a punto de llegar un amigo, un muy buen amigo…”. De pronto, rodeando la esquina de un puesto de migraciones convertido en centro de producción del ‘Venezuela Aid Live’, apareció un coche blindado con luces rojas y azules, histéricas. Avalancha de fotógrafos, desesperación de escoltas, fans corriendo, y entendí: no es otro artista, es Guaidó y lo ha conseguido. Incluso más delgado que la última vez que lo vi, hace tres semanas en Caracas, Guaidó se acercó a nuestro grupo con sus largos brazos extendidos y se fundió con el presidente de Colombia. Luego con el de Chile y por fin con el de Paraguay. Son sus homólogos, con la diferencia de que él acababa de recorrer 800 kilómetros de película. Cuando pude, en una carpa detrás del escenario, le pregunté cómo había sido el viaje. “Duro, durísimo”, me dijo. “Tenemos heridos en el equipo, también de bala. Tuvimos que escondernos, burlar la vigilancia, cambiar de coche, refugiarnos en distintas casas. Si no es por la bravura de nuestra gente, y la ayuda de algunos militares, no estaría ahora aquí”. “¿Y cómo vas a regresar?”, insistí. Hizo una pausa, miró el horizonte y sonrió: “Por Maiquetía”.

Guaidó es un líder curtido por las circunstancias y también por la fuerza telúrica de una ciudadanía esperanzada como nunca. Un millón de venezolanos se registraron como voluntarios para distribuir la ayuda humanitaria. Es una cifra descomunal y conmovedora. Se han trasladado, dios sabe cómo, a esta frontera y a la de Brasil y frente a Curazao, con la misión de recibir los insumos y llevarlos a miles de puntos de distribución pintados sobre el ancho mapa del país. Los imagino ahora del otro lado de los contenedores, donde no alcanzo a ver, esperando la ayuda y arriesgando sus vidas.

Frente a una montaña de periodistas, Guaidó volvió a emplazar a las Fuerzas Armadas venezolanas a colocarse del lado correcto de la Historia y señaló a Maduro: “Será responsable de cualquier acto de violencia que tenga lugar hoy”. Luego se hizo la foto subido a uno de los camiones, que a bocinazos, como en una feria, anunciaron el inicio de la operación.

Al margen de cómo acabe este día, la mera presencia del presidente legítimo de Venezuela en Colombia es un hecho político capital. Decisivo. Es la primera ruptura física y simbólica del cerco de Maduro. Y también un doble mensaje: a los ciudadanos venezolanos, sobre su coraje personal y sobre el que todos ellos deberán demostrar para acabar definitivamente con la tiranía. Y a la comunidad internacional, sobre el papel que la nueva Venezuela quiere desempeñar en el mundo: verdadera hermana de Colombia, sólida aliada de las grandes democracias y dispuesta a seguir apretando a Cuba. Nos lo dijo el viernes, bajo una luna amarilla y golosa, el canciller colombiano, Carlos Holmes Trujillo: “Cuba es el factor perturbador de Venezuela. Pero se está jugando su suerte. Está a un segundo, pero a un segundo, de que vuelvan a meterla en la lista de países terroristas”. Del deshielo al infierno. El lunes tendrá lugar en Bogotá una nueva reunión del Grupo de Lima. A diferencia de todas las anteriores, esta vez asistirá en persona el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence. Maduro se puede preparar.

Levanté la vista del teclado. Los contenedores seguían en su sitio. Las cámaras del tirano, también. Del otro lado, la marea de voluntarios, con sus bolsitas de comida y sus rosas blancas, esperaban instrucciones que no llegaban. “Todo está ocurriendo en los otros puentes”, me dijo un periodista de la CNN. Me sentí como el corresponsal de guerra que acaba entrevistando viejecitas en el barrio de Salamanca. De pronto escuché un alarido. “¡¡¡Ahí, ahí, ahí!!!” Salté en dirección del dedo. Tres soldados venezolanos corrían por debajo del puente hacia territorio colombiano. Llevaban un rifle y varias granadas, y sus cuerpos reventaban de tensión. Sobre sus chalecos antibala, en letras gordas blancas, pude leer: “Guardia Nacional Bolivariana”. Este es el Ejército de Maduro. Y se está entregando.

 

Artículo publicado en El Mundo el 24 de febrero de 2019. 

Foto: contenedor sobre el Puente de la Unidad

Older Posts