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La mujer va a misa

Ocurrió un mediodía de febrero de 1975. El cabo Piris hacía la ronda por la calle Moret de Cáceres cuando de pronto vio a un grupo de chicos del colegio San Antonio con sus narices, todas, pegadas al escaparate de la librería Figueroa. Salivaban comentarios lascivos acerca del cuerpo blanco y sinuoso de una mujer desnuda. Y esa mirada: no hacía falta que su boca dijera nada. Guardián de la virtud y dignidad de las señoritas cacereñas, solidariamente ofendido, incluso asqueado, el cabo Piris irrumpió en el local: «¡Vengo a quitar de ahí esa inmoralidad!» Charo, la propietaria, lo miró con estupor:

– ¿Cuál?

– ¡Esa!

– Pero si es La Maja Desnuda de Goya.

– Pues… ¡Entréguemela!

Una Transición, un Destape y 40 voluptuosos años después, otros cabos Piris -esta vez forales- hicieron la semana pasada su ronda por el centro de Pamplona. Qué moral, qué eficacia en defensa de las jovencitas que, santas inocentes, decidieron acudir a Sanfermines a pesar de La Manada. Lo contaron ellos mismos en Twitter: «Confiscadas chapas con mensajes machistas #SF18. Si venderlas es negocio soez, qué decir de quiénes las compran…». Debajo, la foto de su repugnante y peligrosísimo alijo: 17 pequeños círculos de hojalata con frases como «I love mis tetas», «I love culito», «Mi polla tiene sabor», «Pequeña pero matona» o «I love mi coño». Imagino al chino vendedor:

– Peldón, agente. La chapa de mis tetas, ¿sí podel vendel a lesbianas?

– ¡Tampoco!

– ¿Y la chapa de mi coño? Onanista; no peliglosa pala telcelos.

– ¡Lo ha dicho la vicepresidenta! ¡No es no!

– ¿Y éstas otlas, a favol aglesoles Alsasua?

– Humm… Sí, ésas sí.

Ha quedado claro que no sólo la Transición política va a ser objeto de demolición en esta legislatura corta de tiempo y miras. También lo será su legado cultural: la libertad en el sexo y las costumbres; el alegre fin de un paternalismo que consideraba a las mujeres víctimas de nacimiento, objetos a proteger, porcelana de Lladró. La paradoja es que los libérrimos de entonces son los puritanos de hoy. Será que la izquierda ya sólo goza con la prohibición: del cordón sanitario de Zapatero contra la derecha al cinturón de castidad de Sánchez contra el liberalismo transversal. Pues que giman.

Animemos a las izquierdas gobernantas, que no gobernantes, a aplicar a fondo su celo purificador. A cambiar no sólo las «estructuras mentales» de los españoles -Delgado dixit– sino también su memoria. En esto seguro que colabora con entusiasmo Pixie Garzón. Incáutense todos y cada uno de los ejemplares de Interviú, empezando por el que desplegaba en portada el cuerpo soñado y soleado de Marisol, y quémense en una fastuosa pira pública en la calle Ferraz. Elimínense de todos los archivos físicos y digitales la foto de Tierno Galván cosificado ante el pecho desafiante de Susana Estrada. Destrúyanse las películas de la perturbadora Nadiuska y la divina Victoria Vera. Y deténgase a todo español que haya participado en las Jornadas Libertarias Internacionales de Barcelona, pretexto para el sexo no ya sin consentimiento de la chica, sino ajeno al más mínimo conocimiento mutuo, previo o posterior. Porque los retros deben tener derecho a la retroactividad, incluso cuando les pudiera perjudicar. Es el caso de Pablo Iglesias, un hombre que, de tan ejemplar, se ha vuelto ejemplarizante. Ha propuesto una reforma del Código Penal para multar los piropos y comentarios de carácter sexista en la vía pública. Y hoy quien dice pública, dice privada. Por ejemplo, sobre Montero, Mariló: «La azotaría hasta que sangrase». Nueve meses de multa o 50 días de trabajo en beneficio de la comunidad. Venga, Pablo: a desbrozar los matorrales de Guadarrama.

Algunos planteamientos del Gobierno parecerán estúpidos, pero no son inocentes. Cuando Carmen Calvo dice que tenemos «una Constitución en masculino, que invisibiliza a las mujeres», contribuye a la insistente y esta sí peligrosa deslegitimación del sistema legal y democrático español. De Otegi a Torra, el tribalismo aúlla de placer. Y cuando sugiere añadir en la Constitución el término «españolas», como si no estuviera ya incluido en el genérico «españoles», ahonda en la fragmentación del sujeto soberano y en la atribución a cada subgrupo de derechos y obligaciones distintos. Véase la Ley de Violencia de Género, monumento a la discriminación por razón de sexo. Y véase sobre todo la intención del Gobierno de importar a España una ley sueca que convierte a los varones en violadores por defecto y a los jueces en superfluos. La versión de la mujer va a misa. Literalmente.

Buscando las fuentes de inspiración o expiración política de Carmen Calvo tropecé con la Red Feminista de Derecho Constitucional, donde entre otras milita María Luisa Balaguer, desde el año pasado magistrada del TC a propuesta del PSOE. Entre los últimos documentos publicados en su web hay una propuesta de proceso constituyente. Es fantástica. Ahí se afirma que la historia del constitucionalismo español «es la historia de la exclusión y subordinación de las mujeres». Ahí está la aberración de convertir a las mujeres en «sujetos constitucionales» diferenciados de los hombres. Y ahí asoma la idea de que la forma de Estado «no puede ser la Monarquía parlamentaria, por su fundamentación claramente patriarcal no solo en la sucesión a la Corona, sino que debe ser la República». Esta es una más de las rústicas mentiras de la izquierda reaccionaria y anti-Transición. La República es exactamente lo contrario de la mezcla de mojigatería y guerra sexual que propone el retro-feminismo. Lo explicó hace unos años, en un mitin contra el uso del velo islámico en Francia, el pronto candidato a la alcaldía de Barcelona Manuel Valls. La imagen de la República es Marianne como la representó Delacroix: valiente y sensual, con una bandera en la mano y los pechos desnudos. La bandera, símbolo de la nación de ciudadanos, claro. Los pechos desnudos, no tanto de la lactancia como de la libertad. Pero no demos más ideas a Sánchez. Es capaz de mandar a sus Piris en una doble misión especial al Prado y el Louvre.

 

Artículo publicado en El Mundo el 16 de julio de 2018.

Imagen: Portada del número especial de despedida de Interviú, 29 de enero de 2018, con una versión en blanco y negro de la mítica foto del desnudo de Marisol, publicada por primera vez el 16 de septiembre de 1976.

Unidad de la buena

Si yo fuera Albert Rivera estaría poniendo velas a mis santos laicos para que Soraya Sáenz de Santamaría se convierta en la nueva presidenta del Partido Popular. Sería la garantía de la consolidación de Ciudadanos como principal referente del constitucionalismo o de eso que me encanta llamar el espacio de la razón. Ya no hay izquierda ni derecha: sólo populistas y liberales. Y digo esto porque S3, como la han jibarizado sus simpáticos simpatizantes durante estas falsas primarias, representa —quizá incluso más que el registrador y ya veraneante Mariano Rajoy— el fracaso del Partido Popular. Y no sólo por su desvinculación emocional y práctica de los llamados principios del partido, con los que siempre ha marcado una distancia táctica, coqueta. En mis épocas de Génova me la imaginaba por las mañanas ante el espejo: «¿Qué hace una chica tan guay en un partido tan casposo?» Más relevante y grave de cara a sus presentes ambiciones es su legado tangible: la gestión del desafío separatista catalán, el primer asunto político español, el que ha colocado a la democracia del 78 al borde de otro precipicio histórico y al PP en su más triste oposición. Dice S3 que con ella ganarían España y el PP. Pero si con ella ya han perdido. Y de qué manera.

 

Ayer, entre datos, comentarios y editoriales sobre la pugna interna del PP, los periódicos apenas daban cuenta de la aprobación en el Parlamento de Cataluña de una moción que resucita la Resolución 1/XI, de 9 de noviembre de 2015. Es un desafío inconcebible, que hubiera merecido una respuesta conjunta, inmediata y tajante de todas las fuerzas democráticas, empezando por el Gobierno de la nación. Pero no. Sánchez decidió mantener su cita del lunes con Torra. No dejes que la realidad te estropee una buena distensión, estrategia moralmente espléndida y sobre todo tan original. Cuarenta años lleva el Estado cediendo, integrando, acomodando, apaciguando… ¿Y los seis candidatos del PP? Ninguno dijo nada. El jueves no era el día, claro. Pero es que, en el caso de S3, ese día no puede llegar. Porque si llega, cualquiera, pongamos un Casado o un Rivera, siempre podría replicarle: “Y tú, querida, ¿qué hiciste?”

La Resolución del 9 de noviembre de 2015 puso en marcha el asalto separatista a la legalidad. Hay que releerla despacio. Yo la guardo en mi escritorio porque dio origen a la demanda por desobediencia que Libres e Iguales presentó contra la entonces lobuna presidenta del Parlamento catalán, la ahora abuelita Forcadell. Estos son sus highlights:

  • Declara “solemnemente el inicio de proceso de creación del Estado catalán independiente en forma de república.”
  • Proclama “la apertura de un proceso constituyente […] con el objetivo de preparar las bases de la futura Constitución catalana.”
  • Advierte que “como depositario de la soberanía y como expresión del poder constituyente, esta Cámara y el proceso de desconexión democrática del Estado español no se supeditarán a las decisiones de las instituciones del Estado español, en particular del Tribunal Constitucional.”
  • Insta “al futuro Gobierno de Cataluña a cumplir exclusivamente las normas o mandatos emanados de esta Cámara”.

A pesar de estas líneas pestilentes, y a pesar del referéndum del 9-N que las convertía en algo más que retóricas, S3 decidió poner en marcha la Operación Diálogo. El 22 de noviembre de 2015, se lo anunció a los periodistas en un pasillo del Congreso. “Las herramientas del Gobierno”, dijo, serán “el diálogo y el consenso”. Casi como Carmen Calvo. Y añadió: “Para avanzar en el diálogo voy a abrir un despacho propio en Barcelona”. Así lo hizo unos días más tarde, con esta otra frase antológica, también en primera persona: «Voy a hacerme imprescindible, confundirme con el ambiente». Tanto se confundió que el 27 de febrero le regaló al separatismo y a la posteridad su famosa foto fusionada con Oriol Junqueras en la inauguración del Mobile World Congress.

Y ni aun así escarmentó. La Operación Diálogo siguió su curso, teatral y estéril. Los pobres ministros tuvieron que estudiarse al detalle el pliego de 45+1 exigencias presentadas por la Generalidad —un monumento al victimismo, el cinismo y la posverdad— y luego remitir a la vicepresidenta y de facto Alta Comisionada para Asuntos Catalanes sus creativas propuestas de distensión. Esta vez los esfuerzos inútiles no desembocaron en un mar de melancolía sino en algo mucho peor: en los plenos golpistas de septiembre y en la votación ilegal del 1-O.

Me dirán que a pesar de todo esto los militantes del PP han escogido a S3. No la mayoría. Y por eso, además de una injusticia aritmética y una estafa reglamentaria, sería nocivo para el PP que el proceso de elección de su nuevo líder quedara abortado en la primera vuelta. Por decirlo en términos que S3 entenderá, después de la Operación Diálogo no puede haber una Operación Unidad. “¡Integración!, generosidad!”, clamaban el jueves de madrugada sus partidarios, incluido el ex candidato García Hernández. Me recuerda lo que hacía José Luis Rodríguez Zapatero, de negra memoria e in-Maduro presente, cuando sus negociaciones con ETA. Le exigía al Partido Popular unidad con el único objetivo de cerrarle la boca, de impedir una confrontación que es parte imprescindible de la democracia, y también de los partidos políticos. No es cierto que la discrepancia sea sinónimo de debilidad. De hecho, si hay algo que el Partido Popular necesita hoy es un debate ideológico y político de fondo. No lo hubo durante la primera vuelta. Y tampoco Casado lo planteó. Sí habló en líneas generales y generalmente acertadas de su proyecto. Hizo gestos elocuentes: Alsasua, Ermua, la Policía Nacional en Barcelona… Pero no se atrevió a ir hasta el final. No dijo a los afiliados toda la verdad. Sobre la crisis del partido, sobre la responsabilidad de sus rivales o incluso sobre la suya propia, portavoz y secretario de Comunicación. Y, claro, tampoco lo hizo su ahora gran adversaria. Ella y los suyos se limitaron al off the record: “Que lo van a imputar; que no es un tipo de fiar…”

La segunda vuelta es una segunda oportunidad para un debate de ideas en el PP. Y unos y otros harían bien en encararlo de forma limpia y adulta. La alianza contra S3 no valdrá de nada si se limita a una salvaje batalla personal por el poder. Sólo la verdadera autocrítica, sólo la verdad, puede resituar al PP en el camino no ya de la victoria, sino de la supervivencia.

El jueves, mientras los militantes del PP se acercaban a sus sedes, movilizados unos por sus simpatías y otros por Javier Arenas, Albert Rivera conversaba con Mario Vargas Llosa sobre España, Europa y el mundo en la Casa de América. Le vi mejor de lo habitual. Con un discurso más hondo y más compacto. Su derrota frente a Pedro Sánchez —porque eso también fue la moción de censura contra Rajoy— parece haberle aportado una madurez nueva. Una capacidad de distinguir entre el alcohol de los sondeos y la seca ley de la política. Entre los tuits y los votos. Entre el postureo y el proyecto. Si no me equivoco, si Ciudadanos se robustece, y si el Partido Popular lleva hasta el fondo y hasta final su proceso de reconstrucción ideológica, entonces sí tendrá sentido poner en marcha una Operación Diálogo e incluso una Operación Unidad. De los liberales entre sí y por España.

 

Artículo publicado en El Mundo el 7 de julio de 2018. 

Foto: Forcadell, Puigdemont, el Rey, Sáenz de Santamaría y Junqueras, el 27 de febrero de 2016 en el Mobile World Congress. ANDREU DALMAU EFE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escorpiones

Y todavía hay quienes se preguntan cómo hemos llegado a este sucio rincón de la historia. Quizá se lo preguntara también el propio Rey el jueves, mientras cruzaba los campos de Gerona, tan bucólicos, tan beligerantes: caretas de elefante en evocación de la doble caída, al suelo y en desgracia, de Botsuana; efigies suyas hechas trizas y cenizas al borde del camino; muchos lazos amarillos, casi tantos como banderas estrelladas; y en el acto de la Fundación que ahora lleva el nombre de su hija y heredera, apenas un magro ministro, un navegante espacial.

Letizia, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? La respuesta está en los detalles que casi nadie recuerda.

En dos ocasiones ya, el partido de Pedro Sánchez ha declarado a Felipe VI persona non grata en Gerona. La primera vez fue el 24 de octubre de 2017. El pleno del ayuntamiento se reunió para votar cuatro lindas mociones presentadas conjuntamente por Esquerra Republicana y la CUP.

  1. Contra la aplicación del infame artículo 155 de la Constitución.
  2. Por la inmediata liberación de los heroicos líderes de Òmnium Cultural y la ANC.
  3. En repudio de la brutal violencia policial del 1 de Octubre.
  4. Para la proclamación de personas non gratas en Gerona del delegado del Gobierno, nuestro paisano Enric Millo, y sobre todo del vil Borbón.

El PSC votó a favor de las tres primeras iniciativas. Sí, Señor. Y en la cuarta, uy, se abstuvo. La intervención de su portavoz, Silvia Paneque, fue un festival de la más pueril y sórdida equidistancia: “Esto no es un conflicto entre buenos ni malos”. “Lo que hacen mal unos no justifica lo que hacen peor los otros”. “Yo me siento catalana y socialista”. Es decir, ni española ni facha.

Y el Rey, desterrado.

La segunda traición del PSC se consumó el 13 de marzo de 2018. Hace pocos telediarios. Y esta vez fue por activa. El grupo municipal de Ciudadanos en Gerona había presentado un recurso para anular la declaración de Felipe VI como persona non grata en la ciudad. Los servicios jurídicos del Ayuntamiento lo rechazaron y el pleno avaló sus conclusiones con un apoyo abrumador. Juntos y disueltos en un miasma no antimonárquico sino antidemocrático, los cuatro votitos del partido de Iceta, Batet y Borrell. La portavoz Paneque volvió a deslumbrar a la afición. Se quejó del empeño de los grupos en debatir asuntos relacionados con sus “creencias políticas”, oh, y atacó a Ciudadanos por no respetar los acuerdos del pleno. Es decir, la denigración del Rey.

Que el nacionalismo fue y será una gran mentira, ya lo sé. En el quinientos seis y en el tres mil, también. Lo que no tenía por qué ser, y ha sido, es la asunción de parte de esas mentiras por los partidos e instituciones obligados a combatirlas. Lo han hecho para agradar. Para contemporizar. Para ganarse la paz, la piedad o al menos el perdón de los mentirosos. Y aquí la responsabilidad no es sólo del PSC, viejo escorpión.

La traición del socialismo no es tanto una consecuencia del discurso del Rey del 3 de octubre, como del carácter absolutamente excepcional de ese discurso. Del hecho de que nunca antes, en cuarenta años, los máximos responsables de la democracia española habían hablado de la situación en Cataluña sin tópicos, trivialidades ni subterfugios. Con la verdad que merecen y necesitan las sociedades adultas. El Rey lo hizo asomado al abismo, para frenar una revolución posmoderna. Y no lo ha vuelto a hacer. Tampoco el embajador Morenés.

Sigamos el orden cronológico. Primero, Washington.

Las loas al discurso de Pedro Morenés en respuesta a los insultos de Torra son un síntoma más de la orfandad española. Léanlo con cuidado. No es que no fuera ofensivo para nadie; es que fue netamente defensivo. En lugar de explicar todo lo que ha hecho el separatismo catalán contra la libertad y la ley, el embajador se empeñó en explicar lo que no hace la España constitucional. En coloquial: “Os lo juro, amigos americanos. Los españoles no aplastamos la diversidad, no prohibimos la lengua catalana, no violamos los derechos humanos, no encerramos a la gente por sus ideas, no somos el monstruo fascista que pintan los nuevos publicistas de la Leyenda Negra. Y esto no lo digo yo, eh. Lo dicen Freedom House, The Economist, Amnistía Internacional, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos… Gentes, entes, de fuera, mucho más fiables que cualquier español.”

Y junto con la auto-justificación doliente y defensiva, chorros de adulación barata. Estas frases hiperbólicas, alimento para el narcisismo nacionalista: “Celebramos la grandeza de la cultura catalana”. “Presenciamos aquí una cultura milenaria”. “Y esto es sólo una pequeña muestra de la enorme riqueza que atesoran las tradiciones, las expresiones artísticas y las creaciones del prolífico pueblo catalán a través de los siglos”. Amén.

Visto lo visto, no sorprende tanto que el Smithsonian Institute decidiese suspender de un plumazo equidistante los dos discursos previstos para el día siguiente, el del camorrista y el del caballero. Si tú no te afirmas, ellos se abstienen.

Y ahora a los maizales de Vilablareix.

Al leer las palabras del Rey en la entrega de los premios de la Fundación Princesa de Gerona me acordé de una reciente crónica de Lucía Méndez: “Su intervención del 3 de octubre en la crisis catalana sigue pesándole sobre la espalda, ahora que se ha levantado el artículo 155.” Eso parece, tristemente. Vuelven las frases largas y flácidas: “Cataluña, que tanto ama el catalán, que, en diálogo permanente, sincero y enriquecedor con el castellano, es un elemento sin el cual es imposible entender la cultura de esta tierra que tanto estima sus tradiciones.” Vuelven los halagos en áspera contradicción con lo que ven y viven a diario millones de ciudadanos: “Cataluña, tierra de acogida, inclusiva e integradora, respetuosa con la diferencia, abierta y plural, que ha estado siempre a la vanguardia de la cultura y la economía.” Vuelven el voluntarismo, la condescendencia y la fantasía. Es el discurso no sé si de un hombre pero sí de una institución replegada.

Más allá de cualquier anuncio o presagio sobre futuras cesiones a los golpistas —acercamientos de presos, indultos, reforma de la Constitución, lo que sea—, la llegada de Pedro Sánchez al Gobierno ya ha tenido dos efectos deletéreos para la democracia española. Y no sólo porque se empeña en mantener su ofensiva cita con el camorrista, el próximo 9 de julio. En menos de un mes, Sánchez ha abortado el único intento de introducir elementos de verdad en el discurso público sobre lo que ocurre en Cataluña. Y ha logrado la desmovilización del espacio de la razón, ese que por primera vez tomó la calle después del asalto separatista de octubre. La oposición deambula dividida entre pasmados y postrados. Las asociaciones cívicas están calladas, inhibidas. Y la corona ha vuelto a quedar reducida a ventrílocua de la posverdad. Es tradición que, rodeados por el fuego, los escorpiones —incluso jóvenes– acaben clavándose mortalmente el aguijón.

Artículo publicado en El Mundo el 30 de junio de 2018.

Foto: Gerona, la víspera del referéndum del 1 de octubre de 2017. CAT.

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