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«Pero yo venía a hablar con usted de mi abuela y Bernstein»

Políticamente indeseable… no es un juicio de valor, ni un insulto. Es el título de lo que será el libro de Cayetana Álvarez de Toledo (Madrid, 46 años) que aparecerá este otoño en Ediciones B. En sus páginas habla de los sinsabores de la política, de sus visiones entre la realidad y el deseo, de sus ancestros o procedencias y, en esta entrevista que sigue, también.

Pregunta. La última entrevista que le hicimos en EL PAÍS fue un terremoto. La destituyeron de su cargo de portavoz del PP en el Congreso.

Respuesta. Me ratifico en lo que dije entonces. Pero la destitución ya venía fraguándose desde antes. Lo sorprendente es por qué me nombraron… Pero yo venía a hablar con usted de mi abuela y Leonard Bernstein, el director de orquesta.

P. ¡Anda! ¿Lo conoció ella?

R. Fueron muy amigos. Era francesa y se convirtió en una gran violinista. Se relacionó con los músicos y escritores de vanguardia en París. Al huir del nazismo se va con mi padre a Nueva York. Para ganarse la vida, toca el violín y ahí conoce con cincuenta y pico años a Bernstein, que era un joven de veintipocos. Conversaban, se visitaban, se conservan cartas, fotos. Ella era una mujer indómita, de una fortaleza extraordinaria y muy moderna. Su marido, aristócrata arruinado de Nápoles y de ascendencia española, conoció a Marcel Proust. Pertenecían al maravilloso mundo de ayer, que ya se volatilizó.

P. Maravilloso y espantoso, en cuanto al horror y la diáspora a la que veo que usted pertenece.

R. Sí, mi padre me llamaba res nullius, cosa de nadie. Nací en un limbo jurídico. Tenía que haberlo hecho en Buenos Aires pero vine al mundo en Madrid un mes antes de que mi madre volviera. Ella fue una niña rebelde de izquierdas que junto a su pareja de años, el artista Rómulo Macció, se fue a Cuba a hacer su particular revolución. Después conoció a mi padre, un seductor maravilloso que había trabajado en la radio a las órdenes de André Breton y dio la noticia del desembarco de Normandía, se enroló en el ejército y se casó dos veces antes de conocer a mi madre. Cuando a mí me preguntan de dónde soy, digo apátrida hasta los 18 años. Tengo una experiencia antiidentitaria, personal, afectiva e intelectual. Cuando me dicen que ser cosmopolita es un insulto me caigo de espaldas del asombro.

P. Lo suyo es un novelón. Pero si mira usted su página en Wikipedia parece una novela de caballerías o una cosa heráldica de títulos aristocráticos. ¿Es bueno eso hoy para una carrera política?

R. Bueno, pero eso es parte de la caricatura que se hace de las personas, la simplificación y jibarización de las ideas que da lugar a calificativos como: “Cayetana marquesa ultra”. Ser aristócrata no es ser más ni menos que nadie.

P. Tiene la nacionalidad española desde 2008. Para ser reciente, le ha dado fuerte.

R. Soy constitucionalista militante. Sí, creo que la España constitucional es una historia fascinante y conozco la historia de España desde antes de obtener el pasaporte. La estudié a fondo en Oxford pero también viene de mis veranos en Medinaceli, donde nos llamaban las “gauchitas” a mis hermanas y a mí. Hoy soy española por elección, porque pude y quise serlo.

P. ¿En Oxford, dice?

R. Sí, allí llego con mi anglofilia y mis esnobismos franceses a cuestas y empiezo a ir a unas clases de John Elliott sobre la España de los siglos XVI y XVII. Luego, él me dirigió la tesis.

P. Como historiadora, cuando usted escucha que la Guerra Civil no vino de un golpe de Estado, ¿qué piensa?

R. Claro que fue un golpe de Estado. El problema es la simplificación de las cosas. Hay que conocer lo que ocurrió en la Segunda República. Nada es blanco o negro. Hubo gente terrible a derechas e izquierdas pero los hechos son los hechos.

P. Conviene recordar eso cuando vivimos una polarización insoportable a izquierda y derecha. Cuando ambos bandos hablan de guerras culturales, ¿podrían hacer el favor ambos de cambiar el término, no ensuciarlo y hablar de guerra ideológica?

R. Yo reivindico el término en cuanto a una cultura transversal, democrática, que es lo que nos une para poder convivir en paz. Si promovemos una concepción identitaria que lo rompe, debemos oponernos. Soy beligerante en eso. No soy moderada en defensa de la libertad individual y los principios básicos. El nacionalismo y las políticas identitarias merecen ser combatidas ahí. Lo que no entiendo es la actitud de la izquierda a la hora de reescribir la historia.

P. Bueno, reescribir la historia es decir que la Guerra Civil no se produjo tras un golpe de Estado.

R. Hay que entender lo que fue el horror de la Guerra Civil, la dictadura y el golpe de Estado, como historiadores y con verdad fáctica. Lo que no se puede pretender es utilizar eso para ganar hoy batallas perdidas de entonces. No se pueden romper los consensos generales. Pero uno de los problemas de la derecha en estos últimos 30 años es que lleva pidiendo perdón y asumiendo una superioridad moral de la izquierda demasiado tiempo.

P. Otro término discutible. ¿Superioridad moral de la izquierda? ¿Desde cuándo? ¿O el nacionalcatolicismo no fue superioridad moral de la derecha?

R. Eso es una revancha. Pero, ¿por eso debe existir ahora una nueva superstición en esos términos de la izquierda? ¿Por existir eso debe ahora crearse en sentido contrario? Eso estuvo mal, soy una acérrima adversaria de ese concepto y lo mismo de la superioridad moral que exhibe la izquierda, que ahora vuelve a ser mojigata, puritana, inquisitorial, pendenciera, dando lecciones a todo el mundo. No puede ser.

P. ¿Se podría llegar a una síntesis entonces?

R. Sí, la Constitución. O una plataforma como fue Libres e Iguales, donde había gentes de izquierda y derecha. Ese es el pacto de convivencia posible.

P. De sus tres pasaportes, francés, argentino y español, ¿qué tanto por ciento hay de cada nación en usted?

R. Mezcla rara, que diría el tango. De hecho falta el británico, porque soy muy anglófila. Pero no tengo interés en ir acumulando pasaportes. La infancia la pasé en Inglaterra y mi edad adulta llegó allí, en la universidad. Mi manera de entender la política y la vida del individuo en la sociedad es muy anglosajona.

P. ¿Thatcheriana?

R. Desde luego, en lo maravilloso: la responsabilidad del individuo en su destino.

P. ¿Y el leve acento argentino que le queda?

R. Eso no determina la ciudadanía, es un rasgo de parte de quien soy y de mi vínculo con Argentina. A mis hijas les hace gracia. La identidad es un caldo variable en el que todo se mezcla y cambia muchísimo a lo largo de la vida. A mí me emociona escuchar a Adriana Varela, a Mayte Martín y a Oscar Peterson o a Bernstein a partes iguales. Buscan lo universal en la música: un fonema, una sintaxis universal frente a la vuelta a la tribu. La música es un camino para eso.

P. El tribalismo está en Vox, con quien su partido pacta.

R. Está en muchas expresiones identitarias y a mí no me gusta, siempre lo digo, el tribalismo de Vox como reacción esencialista española a la centrifugación nacionalista periférica. La visión orgánica de la nación es una equivocación.

P. ¿Perdonó a Carmena lo de la Cabalgata de Reyes?

R. Al año siguiente…, cuando vi a los reyes magos con trajes plisados de Fortuny. Aquello fue un tono irónico y como yo no uso emoticonos… Odio los emoticonos.

P. ¿Cómo disfruta de la vida? Transmite usted una imagen agria.

R. Claro, porque la política te endurece y te amarga. El combate externo contra el rival natural no lo sufro, lo disfruto. Lo que es muy duro es la batalla interna en los partidos.

P. ¿Ha perdido el tiempo en política?

R. No, no me arrepiento nada. Ni de haber estado ni de seguir. He disfrutado de la primera línea política.

P. ¿De su protagonismo?

R. No lo banalice…

P. ¿Del liderazgo…?

R. Nunca quise ser número uno. Lo que me interesa es debatir, preocuparme por el futuro del país. Luego viene lo demás, con sus luces y sus sombras. Hay una parte de eso que te chamusca y te destroza. A todos, pero no hay que quejarse.

P. ¿Ni ahora que parece eso una trituradora?

R. Porque estás más expuesto. El día que no pones un tuit te lo recriminan y eso evita la profundidad, quedas en el griterío, la inmediatez, un escándalo sucede a otro… No pasa nada. Todo se devalúa, no cala, tenemos memoria de pez.

P. ¿Le asquea?

R. Es una palabra muy fea, pero me genera inquietud.

P. ¿Infelicidad?

R. Esa es una palabra demasiado importante como para meterla aquí en medio. Necesitamos devolver racionalidad, la argumentación al discurso público.

P. Así, ¿tendrían ustedes el PP un éxito como el de Díaz Ayuso?

R. ¿Por qué? Ella no es una intelectual, no los hay en política. Pero le caracterizan dos cosas: una intuición y una actitud. Mantener la idea de apertura fue una intuición y luego le aplicó una actitud de valor. En política se puede ser cualquier cosa menos cobarde. Y ella mantuvo su posición frente a un blindaje general en tabla rasa y la gente lo premió.

P. ¿Damos la razón a quienes dicen de usted que su defecto es la soberbia?

R. Es un clásico, sí. Que lo que piensa la gente de mí es que soy soberbia. Pero soy más solitaria y misántropa. Tímida y frágil. Aunque me sobrepongo a mis inseguridades.

P. ¿Ganas de provocar?

R. No, no lo es, lo prometo. Puede parecerlo, pero no lo es.

 

Entrevista de Jesús Ruiz Mantilla para El País, 30 de agosto de 2021. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lo es

«¿Clasista yo? Clasista es el nacionalismo catalán»

Portavoz del Partido Popular en el Congreso hasta su cese el verano pasado y diputada por Barcelona, antepone una conversación a un baile en una discoteca y acusa a la izquierda de aferrarse a «la identidad como neoDios ante el que hay que arrodillarse»

 

¿Se va a poner las gafas de bucear para la foto?

Uy, no. Primero, llevo todo el año con una mascarilla como para ahora taparme la otra mitad de la cara.

Y segundo, recomiendo a todo el mundo que vea el vídeo de Margaret Thatcher con una periodista sueca. Ésta le pide que haga un pequeño saltito y ella se niega. La periodista insiste: «No, no, pero haga un saltito, que eso es simpático». Y Thatcher le dice «no, no pretendo caer bien. He tardado años y décadas en conseguir que la gente me respete por lo que hago y no necesito ser simpática ni hacerme la graciosa». Y lo mismo digo yo. Creo que hace falta una revolución de la seriedad. Los políticos se tienen que tomar a sí mismos en serio para que los ciudadanos empiecen a tomarles a ellos en serio.

¿Los políticos tienen prohibido sonreír en la situación actual?

No, somos seres humanos. Reímos y lloramos. Es como si estuviéramos obligados a llorar en pandemia. Seguro que la gente también sonreía en medio del Blitz en Londres mientras caían las bombas.

La canción más escuchada este año en España es ‘Todo de ti’, de Rauw Alejandro.

Hubiera dicho una de C Tangana, de El Madrileño. Le conocí el otro día, otro hombre serio (risas).

También está muy de moda el trap argentino.

¿Sí? Los argentinos tienen una gran capacidad para estar a la vanguardia de las modas. El Papa acaba de anunciar que ha reescrito a Cristo, lo cual sólo puede hacerlo un argentino como él. Ha dicho que los panes ya no se pueden multiplicar, sino compartir.

Sólo un argentino.

Sólo un Bergoglio. No todos los argentinos son como Bergoglio. Insisto, las identidades colectivas no existen.

Usted es agnóstica. ¿Marca la casilla de la Iglesia?

Sí. Pero por ejemplo, la actitud de los obispos en Cataluña apoyando los indultos me ha parecido una profunda abyección moral y da serios motivos para no marcarla. Mucha gente dentro de la Iglesia hace una labor social extraordinaria, pero ese tipo de decisiones políticas terrenales, contra los principios democráticos básicos y morales más esenciales, me parece que merecen una seria repulsa.

¿A qué político le falta clase?

No voy a hacer política ad hominem. La aborrezco, como por ejemplo la declaración de persona non grata. Es una política de exclusión que hacen también los nacionalistas. Me parece profundamente antidemocrática esa demonización de la persona. En la política española falta clase, evidentemente, respeto a las palabras, a los hechos y a los argumentos, y sobra visceralidad, emoción, estridencia y vulgaridad.

¿En el PP, el independentismo es usted?

(Ríe). Yo soy una mujer independiente que ejerce su libertad al máximo que la política lo permite. Creo en la libertad del político, los grupos parlamentarios no son sectas, no estamos cortados todos con la misma tijera, no somos un ejército de clones sin conciencia.

Leo un titular sobre usted: «La diputada menos trabajadora del PP».

Me hubiera gustado mucho ir al hemiciclo y trabajar, pero ha sido una decisión de mi grupo político que yo no lleve ninguna iniciativa ni pueda estar físicamente allí.

¿La barba hace más maduro a Pablo Casado?

Lo siento por ti, pero no soy muy partidaria de las barbas (ríe). Pero esa es una cuestión estética y no política, la barba no determina si un político es maduro o inmaduro. El revestimiento no determina el fondo.

¿España está preparada para vivir en una República?

Nuestra monarquía parlamentaria, que es profundamente republicana en su defensa de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre españoles, está perfectamente preparada para aguantar mucho tiempo más. Eso le molestaba mucho a Rufián y compañía, pero quien mejor ha defendido los valores republicanos estos últimos años, y particularmente el 3 de octubre de 2017, ha sido Felipe VI. Los que defienden la discriminación, la desigualdad, la falta de libertad y la ruptura de los lazos fraternos entre españoles no son republicanos. Son republicanos de hojalata y reaccionarios.

En el independentismo, ¿quiénes son el bueno, el feo y el malo?

A ver… Hay uno que se ha ido de rositas, que es Artur Mas. Bueno, no de rositas, sino de baños en Mallorca habiendo malversado mucho dinero de los contribuyentes. El padre es Pujol, Pater Patriae, y Puigdemont es un personaje casi de novela. Y luego Junqueras no voy a decir que es el feo, pero quizás sí asumiría ese rol. Y el drama es que el Gobierno, al indultarles, les ha dado legitimidad y una razón moral para continuar en un empeño condenado al fracaso. Mantiene a Cataluña en una ficción adolescente, en el lamento constante en lugar de permitirle cerrar una etapa e iniciar otra que de verdad ofrezca la libertad y el bienestar económico que la comunidad pudo tener en otras épocas. Si miras a los setenta, Cataluña era el centro de la libertad en España y hoy hay un evidente proceso de decadencia íntimamente ligado con el nacionalismo.

¿En qué época le hubiera gustado vivir?

En esta.

Eso no vale…

Soy optimista racional, de la escuela de Ridley, Pinker y esta gente que cree que vivimos en el mejor tiempo posible. Frente a los pregoneros del apocalipsis, yo digo «no». Este momento es extraordinario porque es hijo de la democracia, de la constitución, de la pertenencia a Europa… Y por eso es tan importante defenderlo. Si quisiera vivir en otro tiempo no sería tan beligerante en la defensa del actual marco legal, político y social.

¿Vivimos mejor después del 15-M?

Para mí el 15-M fue, como dijo Raymond Aron sobre mayo del 68, un carnaval.

¿Sabía que ‘La Casa Fuerte’ (Es XIV marquesa de Casa Fuerte) es un programa de televisión?

¡Lo sé! Su promotor me tiene una especial simpatía.

¿No sacaría el nombre de usted?

Eso se lo tienes que preguntar a él. No presumiría yo tanto (risas).

¿Echa de menos las discotecas?

La verdad es que no. Me gustan las cenas con amigos, esa cosa muy española de cenar fuera. Discoteca de vez en cuando sí, pero tanto como para echar de menos… No.

¿Charla o baile?

Bailar sí, pero me gusta la conversación polémica, intensa, con gente inteligente y con chispa. Me gustan los optimistas, falta en España optimismo y falta un proyecto político optimista, con una agenda de profundas reformas adultas que partan de un principio fundamental que es decir la verdad.

¿Ese proyecto tiene siglas?

Bueno, a mí me gustaría que fuera el Partido Popular quien encabezara ese proyecto, pero esto tiene que trascender al PP porque no hay mayoría suficiente. En torno al PP debería construirse un gran proyecto alternativo para las próximas décadas españolas.

¿Qué hay en el extremo de Vox?

La pregunta me recuerda a una frase muy bonita: «There be dragons». Lo ponía en los mapas antiguamente. ¿Qué hay más allá? «Hay dragones». Es decir, están los separatistas, Bildu, Podemos… En fin, todos los socios de SánchezYo tengo muchas diferencias que siempre he destacado con naturalidad y a su vez algunos asuntos que creo que hay que acordar con Vox y que tampoco tengo problema en subrayar.

¿Ha perdonado ya a Manuela Carmena?

¡Siempre espero este momento! Mira, te voy a contar. Al año siguiente de ese tuit estaba yo en Venecia, en Navidades, con mis hijas. Las llevé a visitar todo lo que me gusta, el Museo Peggy Guggenheim, los maravillosos Carpaccios de San Giorgio Schiavoni y el Museo Fortuny, gran diseñador español. Diseñaba unos trajes fabulosos de terciopelo cuajado de granadas y otros de seda pisada. Y al día siguiente me mandaron una foto de los Reyes Magos de Madrid y llevaban unos trajes imitación Fortuny, de sedas pisadas y terciopelos cuajados de granadas. Ahí la perdoné. ¡Cómo no la voy a perdonar!

¿Los 8 de marzo desayuna algo especial?

No. ¡No desayuno hombres el 8 de marzo! He leído que Colau va a crear unas escuelas para enseñar la masculinidad positiva, porque al parecer por naturaleza estáis llamados a ser gente negativa, destructiva e insensible, cuando no violadores y asesinos. Entonces he pensado que si no responden adecuadamente al tratamiento se les procederá a la castración química preventiva. Esa es la mentalidad que está detrás de estos movimientos absurdos que buscan la demonización de la mitad de la población, y produciría risa si no afectara a los derechos y la igualdad de los ciudadanos. Una mujer no tiene más derechos que un hombre por nacer mujer, como no lo tiene un hombre por el hecho de nacer hombre. La izquierda contemporánea se ha vuelto una mojigata y matonesca vanguardia de la reacción.

Te quejarás. Luego vienen los políticos y no dicen nada (ríe). No se atreven. El problema de los políticos es que dicen una cosa en público y otra en privado, tratan a los ciudadanos como si fueran menores de edad.

¿El sanchismo es el monstruo final del videojuego para el PP?

Todo es susceptible de empeorar (ríe). Yo soy optimista y lo que hago es luchar contra los monstruos de videojuego y contra los reales.

Durante su viaje a Estados Unidos, Sánchez señaló que «la oposición sólo grita»

Sánchez dice muchas memeces y, cuando se va fuera, todavía más. No me impresiona nada de lo que diga. Es como una caja de resonancia vacía, sacando conejos de chisteras. Irte a Estados Unidos a decir que la oposición grita… Oiga, ¿le ha recibido a usted Biden?

¿Cuándo ha sido usted más pobre?

He tenido la suerte de no serlo. Mi padre sí lo fue. Pasó penuria, trabajó muchísimo. Tiene una historia muy dura como tantos europeos de la guerra y los años de entreguerras. Se fue con su madre exiliado cuando los alemanes invadieron París. Se fueron al sur de Francia y luego cruzaron a España en tren. Mi padre recordaba cómo los niños de los pueblos corrían desnudos esperando que desde los trenes les lanzaran una piel de plátano del hambre que tenían. Llegaron a Lisboa y cruzaron a Nueva York. Y allí estuvieron varios años protegidos por la gente culta y civilizada, por el mundo musical y artístico de la ciudad. Y con 18 años se alistó en el ejército para defender la libertad contra el nazismo. Es la historia de un siglo.

¿Estamos volviendo a la guerra?

No vamos a volver por más que se empeñen cuatro locos. Es absurdo. Cuando el señor Bolaños dijo el otro día que «esta Ley que presentamos es para evitar una nueva Guerra Civil» es un delirio apocalíptico. Por supuesto que España no volverá a una Guerra Civil y el mero enunciado ofende a la conciencia colectiva.

¿Nos inventamos algunas guerras?

Sí, de todo tipo, porque no tenemos las verdaderas, gracias a Dios o a quien sea. Somos quejicas y victimistas. Una de mis críticas a este feminismo de tercera ola es que es victimista y yo no lo acepto. Como hombre y como mujer te levantas, te sacudes y continúas. Y el destino está en tus manos.

Una aplicación de móvil que recomiende.

Mmm… Uso todo el día Spotify, pero todo el mundo la conoce. (Indaga en su móvil…). Qué otra podría tener por aquí…

¿TikTok?

No (sonríe). Mis hijas son muy fans, pero yo todavía no he entrado en eso. Twitter lo uso, pero es verdad que hay muchos políticos que están más pendientes de Twitter que de sus propios discursos, o que hacen discursos de tuits hilvanados… ¡Y columnistas! Los detecto. Escriben columnas primero con tuits y luego las publican. Hay una ausencia de pensamiento profundo inevitable. Y en Instagram o TikTok pues es la fascinación por la imagen, lo evanescente, lo fragmentario, lo banal y lo rápido. Cuesta mucho más el pensamiento profundo, dedicar dos o tres horas a leer, a la ópera, estas cosas se hacen cada vez más difíciles para la gente que no está acostumbrada a prestar atención tanto tiempo a un tema.

¿Ha sido más rebelde ahora que en su adolescencia?

¿Tú crees que soy rebelde?

Políticamente, quizás.

Soy un espíritu crítico y no me importa ir contracorriente si hay que hacerlo. No me gusta la gente cobarde. No acepto los dogmas y las ideas recibidas. Que la autoridad te dice que esto es así, ¿por qué? Déjame llegar a mis propias conclusiones.

¿Eso se lo decía también a sus padres?

Mi madre era una niña rebelde en los 60-70 en Argentina. De una familia convencional de la oligarquía porteña. Se fue a estudiar Filosofía y Letras en la época dura de izquierdas en la universidad. Fue a vivir con un pintor de vanguardias de la época, se fueron a Cuba a hacer la revolución, luego a mayo del 68… Era rebelde. Yo nunca fui de izquierdas, siempre fui liberal, pero lo que sí tengo, porque el sistema británico lo inculca, es una natural desconfianza de la autoridad y el poder. Tuve una adolescencia sana y normal. Salía, hacía mi vida… Ni adolescencia conflictiva ni triste. Para nada. Una adolescencia feliz, si no es una contradicción en términos, que la adolescencia es sufrir.

¿Le molesta el nombre de ‘Cayetanos’?

¡Nada! Me hacía gracia que a los treinta pobres de Núñez de Balboa les llamaran así porque, de hecho, estaban reivindicando su derecho de vivir en libertad.

«Todos mis amigos se llaman Cayetano», dice la canción.

Es intentar equiparar el ansia de libertad con lo pijo. Si sólo los pijos quieren libertad pues… Es una simplificación absurda.

¿Ha bajado el nivel de la política?

En picado. También tiene que ver con las condiciones que se ponen para el ejercicio de la política y con qué tipo de gente se dedica a la política. A la mayoría no les contratarían en otro sitio. La política de zasca, emoticono y capítulo de Netflix. Hay que elevar el nivel. Nuestra obligación es dignificar el Parlamento, eso lo echo de menos.

¿Usted nunca baja el nivel? ¿Ni en privado?

¡Sí! Pero el reto es emocionar desde la razón. Se añora la época de los grandes oradores de la Transición y luego cuando surgen personas que respetan las formas se les llama elitistas. Dicen que hace falta más independencia en los partidos y políticos que hablen con autonomía y cuando sale uno le llaman ‘verso suelto’ (ríe). Eso lo he vivido.

¿Es usted elitista?

En el sentido de defender la inteligencia y una aspiración a mejorarnos sí. En el sentido de desprecio a lo popular evidentemente no.

¿Y clasista?

¿Clasista? Clasistas son los nacionalistas catalanes, que establecen clases distintas. Si naces catalán eres de la casta catalana pero si naces extremeño o manchego eres la plebe o el vulgo. Soy lo contrario a clasista. Libres e iguales.

¿Ni machismo ni feminismo?

Por supuesto. Ciudadanía. Es como la ‘sororidad’… Dicen que antes que nada somos mujeres, que nos definen nuestros órganos sexuales y por tanto somos un colectivo que nos tenemos que defender unas a otras… Salvo que salga una que piense distinto, entonces hay que lapidarla. La fraternidad es mucho más cívica que la sororidad, que se utiliza de manera vengativa. «Es que los hombres nos maltrataron durante siglos», ¿y entonces vas a tomar revancha tú maltratando a los hombres otros mil años para que podamos llegar a la igualdad? Todo este revanchismo nuevo que hay también en políticas raciales. ¿Por qué un blanco nacido hoy es culpable de lo que hicieran los blancos hace 100 o 500 años en América? Un hombre nacido hoy nace libre e igual ante la Ley, y una mujer, un indígena, un negro, un homosexual… El gran problema contemporáneo es que la izquierda, con el colapso comunista, se aferra a la identidad como nuevo tótem. Es el neoDios ante el que nos tenemos que arrodillar. La identidad es la nueva religión contemporánea.

 

En Camisa de Once Varas, El Mundo, 5 de agosto de 2021

Entrevista de Abraham Romero

Foto de Antonio Heredia

Tenemos un plan

El penúltimo mantra que repiten los muecines monclovitas es que el Partido Popular no tiene un plan para Cataluña. La única política posible, dicen, es la que desgranó Pedro Sánchez, primero en las penumbras del Liceo y luego, con párrafos copiados, pegados y repetidos, en el diario El País. Bien. Como casi todas las consignas elaboradas en la corte de nuestro presidente, es pegajosa y falsa. Para empezar, la estrategia que promueve Sánchez es exactamente la misma que nos ha traído hasta aquí. Es la que ha empujado a Cataluña por el barranco de la revolución, la ruina y el ridículo, y la que tiene a España chapoteando en una adolescente crisis de autoestima. Con el intenso paréntesis que va del 1 de octubre de 2017 al levantamiento del artículo 155, el Estado sólo ha ensayado una política en Cataluña desde 1978: el apaciguamiento. Y su fracaso ha sido espectacular.

El apaciguamiento ha sido una fábrica de separatistas. Incluso de golpistas. Pregúntenselo a los propios expresos: acabaron en la cárcel y, ahora que los han sacado, insisten en que lo volverían a hacer. Su vida, un bucle: ratones en la noria identitaria. Tenemos que dar a Junqueras, al prófugo y a todos los catalanes la oportunidad de pasar página de verdad. Aunque sea por compasión cristiana, para que el jefe de la CEOE deje de lloriquear y los obispos de fomentar el ateísmo y destruir devociones. Lo que el Gobierno de España debería haber hecho —lo que algún día haremos— es ensayar, de forma profunda y perseverante, la única alternativa moral, eficaz y no derrotista a los problemas catalanes. Esa alternativa es el Constitucionalismo.

El Constitucionalismo no puede seguir siendo la respuesta, conmovedora pero efímera, a una agresión radical: léanse el formidable discurso del Rey, la impresionante manifestación del 8 de Octubre o la movilización electoral que dio una victoria histórica a Ciudadanos. También tiene que dejar de ser sinónimo de resistencia, con sus connotaciones de clandestinidad y fracaso. Debe convertirse en una política de Gobierno y de Estado. Sólidamente financiada, enérgicamente ejecutada y sostenida con paciencia en el tiempo.

La Política Constitucionalista —esta sí es una “nueva política”, la nueva política— tiene tres ejes. En primer lugar, tenemos que revertir el inaudito y claudicante repliegue del Estado. El Estado tendrá que volver a Cataluña, extendiendo su benéfica presencia —parezco de izquierdas— a todos los ámbitos. De lo simbólico a lo concreto. Del más elemental cumplimiento de la Ley al más subjetivo aprecio por lo común. Un ejemplo, que descubrí con estupor durante mi segunda campaña como candidata del PP por Barcelona: la Alta Inspección del Estado cuenta hoy con un solo funcionario para hacer cumplir las leyes educativas en todos los colegios de Cataluña. El resultado lógico es la violación sistemática de esas leyes y el desprecio creciente por lo que los catalanes tienen en común. Entre ellos y con el resto de los españoles.

En segundo lugar, tenemos que trabajar para la deslegitimación del nacionalismo. La vieja batalla cultural, que tanto me gusta y apenas unos héroes han librado en solitario. Esto exige dos cosas. Por un lado, tenemos que combatir no sólo los objetivos de los nacionalistas –la independencia de Cataluña—, sino también sus ideas reaccionarias. Acabar con el único vergonzante hecho diferencial español: el insólito prestigio del que goza en nuestro país una ideología que en el resto de Europa y del mundo es repudiada por egoísta, xenófoba y tribal. En paralelo, tenemos que reivindicar y promover su antítesis: el liberalismo. En un orden liberal, la autonomía política está al servicio de la libertad de los ciudadanos, no de la identidad del territorio. Esto es lo más importante que distingue hoy a Madrid de Cataluña, lo que explica su efervescencia económica y cultural. Sí, el liberalismo es el antídoto frente a la involución identitaria, en la que hoy convergen Sánchez y el separatismo. Y no, Cataluña no está condenada a vivir bajo una costra proteccionista y asfixiante. Una Cataluña liberal es posible y necesaria.

Finalmente, lo más importante, el tercer eje del plan que el Partido Popular sí tiene, mal que le pese a la neurona de la vicepresidenta Calvo. Lo dije mil veces en campaña, pero habrá que insistir: hemos de reconocer que Cataluña está rota —dividida en dos— y otorgar a la mitad constitucionalista lo que nunca ha tenido: Presencia, Prestigio, Presupuesto y Poder. De estas cuatros Ps, la más sexy es la tercera, inevitablemente. El Estado tiene que invertir en la democratización de Cataluña. Y debe facilitar que los empresarios también lo hagan mediante incentivos y recursos. Ser nacionalista en Cataluña es, desde hace décadas, el más eficaz ascensor social, un salvoconducto, un chollo, una fuente de lucro e influencia. Y ser constitucionalista, al revés, es una ruina: la condena a una vida áspera, a contracorriente, del aula a la tumba. Esto se ha de acabar, por injusto pero también por inútil. El “reencuentro” que predica Sánchez sencillamente no es viable a partir de la humillación de la mitad de los catalanes. Sólo será posible cuando la mitad constitucionalista —la que respeta la ley y las opiniones ajenas, la que entiende el profundo valor ético y político de vivir juntos los distintos— tenga, como mínimo, el peso que le corresponde en la esfera pública y privada. Los abrazos se dan entre iguales. Lo otro es Breda. Y que me perdone Ambrosio Spínola por la comparación.

Naturalmente, el fortalecimiento del constitucionalismo no haría desparecer el nacionalismo. Esas son ficciones correlativas. El narcisismo identitario seguiría anidando en el sector más cerril de la sociedad, como el miedo y el odio habitan en el fondo oscuro del cableado humano. Pero ese sector se haría cada vez más débil, más pequeño, como ahora el constitucionalista. Y luego ocurriría otra cosa. Nos evitaríamos el sórdido espectáculo de un Gobierno justificando el indulto de sus socios golpistas en el hecho, hoy indiscutible, de que “tienen una gran relevancia política y social”, ergo, votos. Se lo escuché ayer en directo al ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, en el programa de Alsina. La réplica es evidente. Su argumento del apoyo electoral… ¿Vale también para un corrupto con votos? ¿Y para un agresor sexual con votos? ¿Y para un terrorista con votos? Mejor no mentemos a Bildu. El nombre menos ofensivo que se me ocurre para este razonamiento es la Doctrina Jesús Gil.

Ya para acabar, y sobre todo para que nadie nos acuse de sepultar la ausencia de ideas bajo una montaña de palabras, lo diré de forma sintética: el Estado debe convertirse en una fábrica de constitucionalistas. Hay que frenar la involución identitaria y dar a la libertad en Cataluña una oportunidad. Ese es nuestro plan. Y tiene una última virtud frente a las vacuas rogativas de Sánchez, que sólo pueden arrastrar a los muy creyentes como Javier Cercas: es real.

 

Artículo publicado en El Mundo el 25 de junio de 2021

Foto tomada por mí desde la cabecera de la histórica manifestación del 8 de octubre de 2017 en Barcelona.

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