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La abeja Maya

El 10 de febrero de 2009, la entonces presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, intervino ante el pleno del Congreso de los Diputados español, un privilegio reservado a los jefes de Estado extranjeros. Yo era entonces diputada del Partido Popular y asistí a aquella sesión con una mezcla de vergüenza patria y vergüenza de género. La identidad, como sabe el verdadero Savater y no el avatar que Pablo Iglesias arrojó a la cara de Albert Rivera, es una trama. En mi caso, transatlántica. Pero a la palabra «trama» volveremos después. La cuestión es que la señora Kirchner quiso hacerse notar. Y vaya si lo logró. Rompiendo el protocolo, que es como decir el respeto, decidió hablar sentada, con un codo apoyado en la tribuna. El dedo levantado. El desparpajo encendido. La vetusta verborrea comunista. El elogio impúdico de su marido, zurcido a la reivindicación acomplejada de su propia autonomía como política. La vehemencia. La condescendencia. La vulgaridad. Cuando por fin acabó, me incorporé. Supuse que nos veía a los diputados españoles como descendientes de mataindígenas y a sí misma, como la encarnación híbrida de Evita y Perón. Y en un rapto de nostalgia porteña me conmoví: he aquí una víctima del cruce entre el rancio-feminismo y Rousseau. El mismo que segrega la portavoz de Podemos.

La intervención de Irene Montero en la fracasada moción de censura contra el presidente Rajoy ha causado sensación. Es lógico: el machismo sigue tan arraigado en la sociedad española que pocos se han atrevido a juzgarla en sus justos términos. Como lo que es: un discurso político. Un texto sin sexo. Así hay que verlo. O, mejor aún, leerlo: ciegos a las formas, atentos sólo al contenido. Por resumir, la señora Montero traía en su tebeo tres titulares: el PP es un sucio misógino; el PP es una organización criminal; y el PP es un búnker fascista porque se opone al referéndum secesionista catalán. Su conclusión fue que España sufre una situación «de absoluta excepcionalidad, de emergencia democrática». Como Cuba o Venezuela, digamos. Y que «el tiempo del PP se ha acabado». La portavoz Montero todavía no ha comprendido que, si hay un parecido entre Franco y Rajoy, es su prodigiosa capacidad de perpetuación. Con esta oposición, otros 20 años.

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Pantomima

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Desde la carretera de las aguas, Barcelona se difumina como un Rothko blanco y azul. Abajo, junto a un barranco exuberante, magnolios vivos y palmeras muertas, operarios montan una carpa. Camareros van y vienen. Niños estallan de excitación. Casilda, Urruela hasta la médula, cumple 40 años y ha decidido celebrarlo con una fiesta de disfraces. El tema, Hollywood y sus aledaños. Su cuñado es un gran crítico de cine —35 años sobrellevando el festival de Cannes— y preside el jurado. Por una verja desnuda, van llegando personajes, de Julio César a Forrest Gump. Tony Manero se rinde, claro, ante Mia Wallace; un unionista incauto se traviste de Braveheart; y Mary Poppins echa a volar. Entregados los premios —formidables Espantapájaros y la chica de Avatar—, una mujer se refugia del ruido y de las risas en un rincón umbrío de la casa, entre retratos y libros familiares. Vestigios del catalanismo —del mundo— de ayer. Viste un traje de Fortuny verde y oro veneciano, en evocación de la duquesa de Guermantes, y mira por la ventana. Piensa en esta ciudad, que fue centro de la libertad y donde ha sido, y tantas veces sigue siendo, misteriosamente feliz: los paseos por la playa, de la Barceloneta hasta el infinito, paisaje de puro placer posmo; las peregrinaciones a Santa María del Mar, donde dios existe; y una última copa, ámbar de alquimista, con el periodista —¡el escritor!— José María Albert de Paco. El bar Dr. Stravinsky, consagración de la primavera.

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El día después

Los diarios El País y La Vanguardia coincidían ayer en publicar dos editoriales largos, solemnes, alarmados y equidistantes. Nada nuevo, diría el viejo lector. Pero las circunstancias sí lo son. Ambos daban por hecho, con razón, una grave colisión entre la Generalidad y el Gobierno central a cuenta del referéndum de secesión. Uso de la fuerza incluido. Ambos repartían la culpa entre los presidentes Puigdemont y Rajoy: al primero le reprochaban lo obvio, lo que percibe hasta la Comisión de Venecia; al segundo, su «cerrazón», su falta de «generosidad», incluso un perverso cálculo electoral. Y ambos pedían, casi a gritos, una solución política. Eso que durante 40 años hemos llamado «negociación» por no avergonzarnos de nuestra debilidad. Desde el acuerdo de Suárez con Tarradellas y el pacto fundacional de la Constitución —esas sí negociaciones propiamente dichas—, aquí no ha habido más que cesiones en una dirección. Fiscales. Educativas. Lingüísticas. Competenciales. Y hasta sentimentales. El resultado está a la vista: ruptura del pacto fundacional, impugnación del artículo 2 y el constitucionalismo a la defensiva. Destaca, por ilustrativo de la confusión moral de las élites españolas, este párrafo de El País: «Aunque la aplicación y restauración de la legalidad, en caso de quebrarse esta, sea obligatoria, es inevitable anticipar que dicha intervención, legal y legítima, enconará aún más los ánimos y hará más difícil la vuelta del conflicto al ámbito político, de donde nunca debió salir». Y este otro, todavía más audaz: «Promete Rajoy que nada se hará contra la ley. ¿A cuenta de respuestas susceptibles de destruir a la larga toda posibilidad de reconstruir puentes psicológicos, personales y políticos?» Es una lástima que el editorialista no hiciera el esfuerzo racional de contestarse a sí mismo.

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