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¿Queréis ser libres? Sed españoles

Discurso de agradecimiento por el Premio Sociedad Civil 2017. Ateneo de Madrid, 11 de diciembre de 2017. (Foto: Antonio Heredia)

Estimados patronos de Civismo

Admirado Albert

Queridos amigos

Voy a contarles la verdad. Este premio —que me ha hecho tan feliz y que agradezco tanto— es el resultado de una conversación mía con Julio Pomés después del verano. Julio me preguntó por los planes de Libres e Iguales. Y yo le conté entonces lo que nos había pasado.

A finales de julio fui a visitar a Albert Boadella en su mítica casa de El Llorà, en el pre-Pirineo. Hablamos de Cataluña, naturalmente. Y coincidimos en la necesidad de organizar un acto de Libres e Iguales contra el referéndum del 1 de octubre. Teníamos claro que debía ser a mediados de septiembre y en Barcelona. Pensamos un enfoque —«La Gran Estafa»— y un formato: una sucesión de breves parlamentos, en los que personas vinculadas a Libres e Iguales desmontarían las principales mentiras del separatismo. Entre otras, las siguientes:

—Existe un pueblo catalán y tiene derecho a decidir la liquidación de España.

—Democracia es votar, aunque sea contra la ley.

—España sigue siendo esencialmente franquista y nos roba.

—La independencia será low cost: no se marchará una sola empresa y no habrá fractura social.

—Cataluña, nuevo estado europeo antes de Navidad.

 

Entre parlamento y parlamento, Albert leería una cuidada selección de textos de Jordi Pujol, de los que Arcadi Espada recopiló en su blog bajo el epígrafe 1984. Si no los han leído, háganlo.

Dos ejemplos, a modo de tráiler:

15 de abril de 1960. Pujol escribe:

«El general Franco, el hombre que pronto vendrá a Barcelona, ha escogido como instrumento de gobierno la corrupción. Ha favorecido la corrupción. Sabe que un país podrido es fácil de dominar, que un hombre implicado en hechos de corrupción, económica o administrativa es un hombre comprometido. Por eso el Régimen ha fomentado la inmoralidad de la vida pública y económica. Como es propio de ciertas profesiones indignas, el Régimen procura que todos estén metidos en el fango, todos comprometidos».

Jordi Pujol, tan tierno y ya tan lúcido: «Un país podrido es fácil de dominar», dijo. Y dedicó el resto de su vida a demostrarlo.

 

Otra cita. Esta vez de sus Memorias, publicadas en 2008.

«Ser hijo, familiar o amigo mío ha supuesto, en ocasiones, una desventaja y demasiado a menudo un inconveniente y un motivo de denuncias y calumnias. Estas actitudes me han ofendido profundamente […] Más adelante insistiré en mi denuncia porque me han afectado personalmente y porque son una carcoma maligna que deteriora la política y la sociedad».

¡Desventajas! ¡Inconvenientes! Ningún ciudadano español desde la Transición ha gozado de más privilegios que Jordi Pujol. Hacedor de gobiernos. Vara de medir la moral, la moderación y la modernidad. Español del año. Medalla al mérito constitucional.

La única «carcoma maligna que ha deteriorado la política y la sociedad» ha sido el victimismo nacionalista. Hoy la Justicia considera que la familia Pujol al completo —Jordi Pujol, Marta Ferrusola y sus siete hijos— formaban «una organización criminal». Una estructura dedicada, en efecto, a la gran estafa.

Pero volvamos al acto. Imaginen a Boadella, rompiendo —por la mejor causa— su promesa de no volver a intervenir nunca más en un acto público en Cataluña. Dándole voz a la palabra infectada del Ubú de carne y hueso. Recitando incluso su confesión del 25 de julio de 2014. Esa en la que brilla esta frase flácida y a la vez terminal: «Lamentablemente nunca se encontró —mai es va trobar— el momento adecuado para regularizar esta herencia».

Fíjense bien. Pujol no dice «no encontré». Dice «no se encontró». Hasta el último minuto, un evasor.

 

El sentido del acto, por tanto, estaba claro. Sólo faltaba encontrar un teatro en Barcelona. Un lugar céntrico. Bonito. Grande.

Nuestra primera elección fue el Teatro Tívoli, propiedad de la familia Balañá, donde hace diez años nació el partido Ciudadanos.

Un primer correo va. Otro viene. Al principio, todo normal. Nos pasan un presupuesto. Uf. Más de 9.000 euros. Pero en fin, a pesar de las apariencias, y de lo bien que han vivido de las costumbres españolas, los Balañá nunca han sido baratos. A los promotores de Ciudadanos ya les cobraron en su momento 6.000 euros. Y hay que calcular la inflación, y el procés, y…Ya se sabe…  Aceptamos el presupuesto sin protestar. ¡Ya haremos un crowdfunding! O dios proveerá.

Pero entonces empezaron las preguntas:

—¿Y a qué se dedica Libres e Iguales?

—Somos un movimiento cívico transversal, que defiende la democracia y los valores constitucionales, hoy amenazados por el separatismo.

—Ajá… ¿Pero en qué va a consistir el acto, exactamente?

—Será un acto contra el referéndum ilegal que promueve el gobierno de la Generalidad.

La curiosidad dio paso a un recelo viscoso. Y de ahí a un silencio frío y disuasorio.

Les insistí:

—Necesitamos fecha. El día que sea; mañana o tarde.

Y entonces llegó la sentencia:

—El teatro Tívoli no está disponible ningún día del mes de septiembre.

¡Pero un libre e igual no se arredra! Desempolvamos el plan B. Llamé a Paco Mir, del grupo Tricicle. Es socio del grupo Tres por Tres, que gestiona el Teatro Poliorama. En plenas Ramblas. Qué mejor lugar para reivindicar la libertad después de la matanza terrorista de agosto.

Extrañado pero afable, Paco Mir me derivó a la gerente del teatro. Solicitud va. Formulario viene. Y de nuevo las preguntas, precisas, insistentes. «¿En qué consiste el acto?» Volví a explicarlo. «¿Pero quiénes van a participar? Necesitamos saber los nombres».

Me vine arriba: «Mario Vargas Llosa, Fernando Savater, Andrés Trapiello, Arcadi Espada, Albert Boadella y yo misma, entre otros».

La lombriz se retorcía. «A ver…Ehh… Esperamos la confirmación de otro cliente. Si prefiere buscar otro teatro lo entenderíamos perfectamente…» Contesté que preferíamos esperar. «El Poliorama es nuestra prioridad», cargué la suerte. Pasaron los días. Insistí. Largas. Volví a la carga. Por fin contestaron:

—La fecha que usted ha solicitado está reservada. Lo sentimos.

Pero estaba preparada y contraataqué:

—Cualquier día de septiembre o de octubre en cualquiera de vuestros teatros, incluido el Victoria, nos vendría bien. Nos adaptamos.

La respuesta cayó como una fruta podrida:

—No queda ninguna fecha disponible, en ningún teatro, ni en septiembre ni en octubre.

Cada día, durante una semana, un amigo se apostó sigilosamente a las puertas del teatro. Escenario vacío. Movimiento mínimo. De fondo, ric, ric, el ruido de la carcoma que ha corroído la libertad en Cataluña.

 

Todo esto se lo conté a Julio. Y Julio, conmovido, se lo contó al resto del patronato de Civismo, y entre todos decidieron concederme este premio. Debería interpretarlo como un consuelo. Pero lo hago, primero, como un reconocimiento a todas las personas que han apoyado a Libres e Iguales desde su fundación en julio de 2014. Segundo, como un estímulo personal. Y por fin como un homenaje a la responsabilidad de los ciudadanos.

La Gran Estafa nacionalista no habría sido posible sin la complicidad activa de una sociedad dispuesta a ser estafada. Sin empresarios, actores, profesores, periodistas y profesionales de todos los ámbitos dispuestos a colaborar en la ficción y sus excrecencias: la discriminación y la censura. Algunos habrán actuado por temor a las represalias. Otros por pura codicia. Aunque lo cierto es que ni siquiera pagando pudimos ejercer nosotros nuestro derecho a discrepar. Y como nosotros, tantos otros durante décadas. La mayor victoria del nacionalismo no ha sido la propagación en Cataluña del miedo sino de una mentira letal: la de que la libertad no compensa.

 

Mi padre —al que añoro todas las noches y esta noche doblemente— me enviaba a menudo libros y recortes de periódico subrayados. Una de sus últimas remesas incluía la autobiografía de Simone Veil. Eran amigos y él admiraba su inteligencia, su coraje y por supuesto su belleza. Dentro del libro venía una pequeña nota. La traduzco del francés.

«Cayetana, querida:

He aquí un esbozo de una vida que cubre, aproximadamente, si no las circunstancias, sí los tiempos y los acontecimientos de la mía. De él extraigo, esencialmente, la confirmación de la que ha sido siempre mi convicción: el individuo siempre contará más que la colectividad. Y deberíamos dedicarnos a hacer individuos, mal que le pese a los que buscan mayorías, que ya vendrán después».

 

Hacer individuos antes que buscar mayorías.

Es una consigna saludable. Desafía la práctica política contemporánea, que consiste en acumular packs de votos a costa del individuo. Y, aplicada con paciencia y energía, podría habernos ahorrado muchos espectáculos como los del Tívoli y el Poliorama.

Big data. Redes sociales. Ismos de todo sexo, categoría y color. Nadie apela ya al individuo. Nadie invoca su libertad ni mucho menos su responsabilidad. Es el resultado de la corrección política y de la obsesión identitaria: los dos enemigos de la democracia moderna.

La corrección política es un viejo corsé victoriano que presuntos progresistas utilizan para ahogar la verdad e imponer su ley. Opera en las universidades, en los medios de comunicación y en la política, a la que ha convertido en un parque infantil y vulgar.

No puede haber política cuando la verdad —por áspera o cruda que sea— queda proscrita del debate. Cuando se prohíbe afirmar, por ejemplo: que es profundamente injusto que, por el mismo delito, un hombre pague más que una mujer. O que el islam no es una religión de paz. O que el Estado hace muy bien en impedir, incluso por la fuerza, que una pobre viejecita vote en un referéndum ilegal.

Frente a la corrección política, que es un eufemismo de la mentira, sólo hay un antídoto: la verdad. Y la primera verdad es que la libertad tiene un coste. Pero que ese coste compensa. Porque la libertad, su anhelo y su ejercicio, es lo que nos distingue, nos iguala y nos vincula.

Todos las presuntas identidades, étnicas o técnicas, son de una manera u otra artificiales. Y nos segregan y nos enfrentan. La raza, el sexo, la lengua, la religión… Nada de esto determina la identidad de un individuo, que varía según la personalidad, la experiencia, las circunstancias y hasta el humor.

Carles Puigdemont y Albert Boadella son dos varones, blancos, heterosexuales y catalanes. ¿Esto les iguala? Oriol Junqueras y Jaime Mayor Oreja son dos católicos practicantes. ¿Qué colectivo forman? Inés Arrimadas e Irene Montero son dos mujeres, jóvenes y políticas. ¿Las emparejarían? ¿Fernando Savater y Arnaldo Otegi son vascos. Qué digo: guipuzcoanos. ¿Eso les asimila? El vicealcalde de Barcelona, Pisarello, y yo somos argentinos y somos españoles. ¿Qué tenemos en común?

Hacer individuos significa cultivar lo que nos hace únicos y distintos. No el cultivo del capricho libertino, del yo egoísta y emocional, sino el cultivo de la libertad intelectual que nace del uso adulto de la razón. Hacer individuos significa promover el pensamiento crítico. Despreciar las opiniones regurgitadas. Ejercitar el escepticismo. Traer el método científico a la política y a la vida. Recelar siempre de las apelaciones automáticas a la autoridad. Y sobre todo no caer jamás en el vulgar atajo de los sentimientos.

Y hacer individuos significa contraponer el concepto de ciudadanía a la trampa identitaria. Lo ha dicho la valerosa Ayaan Hirsi Ali: «Desde un punto de vista identitario yo soy un compendio de minorías: mujer, negra, musulmana, apóstata… Pero no. Yo soy mucho más que todo eso. Soy un individuo. Una ciudadana. Tengo libertad y responsabilidad. No soy una víctima».

El victimismo es un concepto clave. La corrección política y las políticas identitarias son el líquido amniótico de la modernidad. Convierten a los ciudadanos en párvulos a perpetuidad. Potenciales víctimas de un otro, al que se define, señala y dota de un falso carácter agresor. El victimismo es el culto a la irresponsabilidad. Y pocas personas conocen mejor sus mecanismos y sus efectos que ese adulto que a veces se disfraza de niño, Albert Boadella.

 

Boadella es un mal catalán, dicen ellos. Albert es el mejor español, digo yo. Y deberíamos decir a coro. Porque hoy de pronto, ante el drama de Cataluña, que se acumula al del País Vasco, ser español ha adquirido un valor nuevo: el valor de la libertad, el valor de la igualdad y el valor de la fraternidad. Ya ven: valores revolucionarios. Universales. Ilustrados.

La democracia tiene la obligación de reconocer a sus héroes. Y Albert es de los más lúcidos, constantes y valientes. Su vida es una obra de arte: el amor y la guerra en perfecta sintonía, con la libertad como guía y el humor como espada.

Sus palabras de esta noche son el regalo más valioso que me han hecho nunca. Se las agradezco con el corazón y la cabeza. Y sobre todo le agradezco lo que ha hecho por España, por nosotros.

Ahora que el Estado se sorprende. Ahora que los poderes fácticos se movilizan. Ahora que proliferan los libritos exprés para descifrar el misterio catalán, eso sí, con coqueta equidistancia…. hay que volver a las fuentes. Albert sí lo vio venir. No es el único. En esta sala hay otros. Permítanme que los cite por sus nombres: Federico. Mario. Félix. Antonio. Santiago. Arcadi. Nicolás. Jaime. María. Todos ellos llevan décadas denunciando la traición del nacionalismo catalán a los valores y pactos constitucionales, y reclamando a los sucesivos gobiernos y a la ciudadanía una reacción.

Y la reacción ha tardado. Hasta hace nada, a tierras de aquel Pujol sólo se llegaba pidiendo permiso o perdón. El nacionalismo ha sido el ídolo de la corrección política española. La figura intocable. El primer tabú. Ni siquiera hoy, después del primer pánico y el penúltimo esperpento, existe un consenso mayoritario sobre la naturaleza devastadora del nacionalismo.

El peor boicot a Cataluña ha sido el de la indiferencia española, esa actitud, tan típica de las élites madrileñas, entre el complejo y la indolencia. El problema, si lo había, debía resolverlo otro: el Estado, los partidos, los propios catalanes… Nunca nosotros.

Fuimos profundamente anticatalanes. Profundamente anticatalanes. Y traicionamos también el pacto fundacional de España.

Aceptamos el nacionalismo como animal de compañía. Le entregamos la educación, la televisión y la cultura, a costa de la libertad y las oportunidades de nuestros conciudadanos. Le cedimos poder estructural a cambio de apoyo coyuntural. Toleramos la violación de los derechos y las sentencias lingüísticas. Reivindicamos la diversidad de España, pero jamás la de Cataluña. Esa la menospreciamos y anulamos. Nos empeñamos en extender al conjunto de los catalanes los atributos de los nacionalistas. Primero pensamos que eran todos modernos y moderados y cool y mejores que los murcianos. Y luego dimos por hecho que eran todos tan xenófobos, radicales e insolidarios como Carod Rovira. Hicimos esfuerzos notables por encajar a Cataluña, sí. Pero no dentro de la democracia nacida en la Transición —la de la Constitución, la libertad y la ley—, sino dentro de su antónimo, el segregracionismo. Nunca hubo respecto a Cataluña una movilización similar a la que se volcó con el País Vasco. El presunto pacifismo del nacionalismo catalán sirvió de coartada para el abandono. Y permitió que se fuera extendiendo en Cataluña una violencia sorda: el adoctrinamiento, el señalamiento, el odio y la xenofobia.

La xenofobia no es teórica. La pierna de Federico. Los cipreses de Albert. Y esa frase impresionante —siniestra— del delegado de la Generalidad en Lérida. El traslado de las obras de arte de Sijena —ha advertido— puede «pasar factura a los de Aragón»: «Hay servicios que presta Cataluña de forma generosa, como el servicio sanitario… Después de esto podemos decir: pues mira, nos lo repensamos». Es, en realidad, lo que han dicho siempre, solo que ahora obscenamente expresado: «Pues mira, la solidaridad nos la repensamos»

La verdadera mayoría silenciosa no ha sido la catalana. Ha sido la española. El silencio español acalló a los que en Cataluña reclamaban su derecho a vivir en democracia y libertad. Como nosotros. Como europeos.

Pero seamos optimistas. Yo quiero serlo. ¡Pinkeriana! Y España, casa común y casa fuerte, no me lo pone tan difícil.

Cuando era pequeña mi padre me llamaba, entre risas, Res nullius: cosa de nadie. Era su forma de referirse a mi peculiar condición jurídica. Hasta los 18 años no tuve nacionalidad. Y no fue hasta el año 2007 cuando —por un empeño personal y tras el papeleo correspondiente— pude por fin ser española.

Soy, como he comentado muchas veces, española por convicción. No comparto el desaliento que cíclicamente se apodera de los españoles. Esa desidia burocrática, ese tacticismo gallináceo, esa fofa equidistancia. Rechazo —por estúpidos e inmorales— los intentos de destruir una nación que sigue dando lecciones de tolerancia, apertura y modernidad. Y sobre todo admiro de España lo que un día Libres e Iguales describió como «esa obstinada voluntad de vivir juntos los distintos».

Esta empecinada voluntad de convivencia, esta idea de España como un vínculo vivo, ha vuelto a exhibirse. Como en los grandes momentos españoles. Como en Caspe, Viena, Cádiz, Vergara o la Transición.

La manifestación del pasado 8 de octubre en Barcelona marca un hito que los estadistas, si los hubiera, tienen la obligación de convertir en el inicio de un tiempo nuevo.

Cataluña ya no es un asunto interno de Cataluña. Por primera vez, los españoles se han movilizado masivamente en su defensa. Se han desplazado a Barcelona, física y sentimentalmente. Han asumido el asunto catalán como algo propio. Lo han convertido en tema de conversación familiar, de inquietud personal y hasta en fuente de share. El perímetro moral se ha derrumbado. La costra de la corrección política se ha caído. El ídolo se tambalea.

En la propia Cataluña, la movilización ha dejado imágenes difíciles de olvidar. De un hondo valor político y emocional. Jóvenes que se pasean por las calles cantando «yo soy español», sin caspa y sin complejos. Mujeres que arrancan publicidad separatista de farolas y escaparates bajo una suave luz mediterránea. Familias que se acercan a dar ánimos y las gracias a los policías y guardias civiles que defendieron sus derechos. Amigos que agudizan el ingenio para mofarse de los separatistas, al mejor estilo Boadella. Y sobre todo banderas, miles de banderas españolas, en las calles y en los balcones de todas las ciudades catalanas. Esta sí es una revolución feliz. Una reconciliación.

Despreciada por la izquierda, la bandera española evocaba para muchos una España pretérita y parcial. Hoy es símbolo de libertad, de igualdad y también de fraternidad. Sus colores evocan los derechos y deberes del individuo. El compromiso de que ningún español será nunca más que otro. Y la paz civil.

Es una bandera ilustrada y una bandera limpia, como ha dicho otro fundador de Libres e Iguales, nuestro querido Eduardo Arroyo. Y es la bandera de todos. Y por eso de todos es responsabilidad que siga ondeando, libremente, en todos los rincones de España.

 

El próximo 21 de diciembre hay elecciones en Cataluña.

Son, más que nunca, unas elecciones españolas. Y deben servir para el fortalecimiento de España y de su democracia. Debemos cuidar y cultivar a la Cataluña que por fin tiene voz y visibilidad. Rendirle homenaje. Si acaso, pedirle perdón y luego pedirle su voto para hacer algo grande. Para propiciar un cambio que se extienda al resto de España. Para acabar con la gran estafa. Y con el miedo y con la mentira de que la libertad no compensa. Para combatir la corrección política y la xenofobia identitaria. Para colocar al nacionalismo en el lugar que corresponde a una ideología primaria: en el rincón de pensar. Y para acabar definitivamente, o al menos por un tiempo largo y fértil, con ese rito tan español, o mejor dicho tan hispanófobo, de escupir al cielo.

Digamos a los catalanes: ¿Queréis ser libres? Sed españoles.

Y seámoslo también nosotros.

Muchas gracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Colgado del puente

(Foto: Puente sobre el Paseo de la Castellana de Madrid, Día de la Fiesta Nacional, 2017. CAT.)

Me quedé un rato mirando fijamente la imagen. Siniestra, acongojante. Siete muñecos que simulaban cadáveres amortajados colgaban por los pies de un puente sobre una autopista de Barcelona. Llevaban en el pecho, perfectamente visibles, las siglas del PP, Ciudadanos y el PSC. Arriba, negro sobre hormigón, una pintada a favor de la liberación de los «presos políticos». Levanté la vista. Por la ventana, junto a la fachada amable y barroca de Las Salesas, un tumulto de furgones policiales y cámaras de televisión esperaba la decisión del Tribunal Supremo sobre Oriol Junqueras y los demás golpistas. Pensé: A ver qué decide el lunes el juez Llarena; su liberada Forcadell no sólo se presenta a las elecciones autonómicas, sino que lo hace en una lista impúdicamente subversiva. Cuando estaba a punto de bajar a la calle me acordé de Miquel Iceta.

El candidato del PSC tiene una estrategia y un eslogan. La estrategia consiste en acaparar titulares como sea. Nada que reprocharle. Es su obligación y que lo consiga, demérito de sus adversarios, que ayunos de propuestas políticas propias se enredan en la reprobación técnica de las ajenas. Había que leer ayer el editorial de La Vanguardia, desesperado ante el interés mediático que despiertan las ocurrencias del PSC. ¡No son nuevas, no son nuevas!, clamaba en el páramo. Es cierto. Pero lo que sí es nuevo es el contexto. Y también el envoltorio. Es decir, las palabras con la que el candidato Iceta —en esto sí tan fieramente socialdemócrata— reviste sus extravagancias. La condonación de la deuda y la creación de una Hacienda catalana, ha explicado, son necesarias para recuperar la confianza y lograr «la reconciliación». La reconciliación, el eslogan. Bien. La sutura debería ser la prioridad de cualquier dirigente político en estos tiempos de tensión y fractura. Pero reconciliación, ¿entre quiénes exactamente? ¿Entre los cadáveres amortajados y sus simpáticos verdugos?

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Boinas carlistas

Es sabido que una boina negra y tóxica se ha instalado sobre la capital de España. Hay muchas cabezas dispuestas a calzarla. El catedrático Santiago Muñoz Machado, que ha propuesto una reforma constitucional regresiva. Los asistentes al comeback de Josep Antoni Duran i Lleida en el Ritz. Los responsables del último cupo vasco. Miquel Iceta, con su cordón sanitario al cuello. O Enric Juliana bajando la calle Barquillo. La cuestión es que en Madrid falta aire limpio. Personajes que no evoquen fracasos. Ideas que alumbren caminos nuevos. Políticas en sintonía con la nueva actitud de la sociedad.

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