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La voz de Luis Magallanes

Venezuela. Ah, la palabra les aburre. Puedo comprenderlo. Incluso las malas noticias tienen que ser variadas para preservar un cierto interés. Además, la desdicha ajena siempre acaba interpelando la felicidad propia. Y la política todo lo contamina. Pero voy a pedirles un esfuerzo. Por mí y por los que tienen peor suerte que yo, que son millones. Me presento. Soy Luis Magallanes. Tengo 28 años y hasta hace un mes he vivido siempre en el sur de Venezuela. En una provincia llamada Zaraza, del estado de Guárico, en la región de Los Llanos. He visto la pobreza, la miseria y la devastación de un país. He pasado hambre. Mucha. Y mi familia —mi madre, mis hermanos, uno de ellos enfermo, y mi novia, Dayana— todavía lo sufren. A diario. Pero, como les decía, yo sí he tenido suerte. Tengo una buena voz. Soy tenor. Algún día tal vez sea uno de los grandes tenores del mundo. O al menos eso piensa el maestro Plácido Domingo. Mi voz me salvó. Bueno, para ser exactos: mi voz, mi terquedad y un puñado de personas buenas —ángeles terrenales— que lograron sacarme del infierno y traerme a España. Esta es mi historia.

De origen soy un músico popular. Empírico. A los ocho años cantaba la misa del gallo, la del aguinaldo y canciones folclóricas. Como tantos venezolanos. La música es una institución en Venezuela y se ha institucionalizado. Sobre todo, a partir de la fundación del El Sistema Nacional de Orquestas. Yo entré en un coro de El Sistema en 2010. Cantábamos en fiestas locales. De vez en cuando viajábamos a otra provincia para un concierto. Y pronto me contrataron como profesor de canto en mi pueblo. Daba clases a niños y adolescentes, chicos pobres como yo. Fue así, enseñando, como descubrí el canto lírico, la música docta, mi pasión. Encontré una buena profesora y empecé a viajar a Caracas para recibir clases. Pero entonces todo estalló.

La crisis venezolana viene de lejos. Lo sé bien. Pero fue en 2015 cuando empezó la gran depresión. Yo he vivido la hecatombe con los ojos abiertos. Como tomando notas para un reportaje científico. Por ejemplo, el hambre. En Venezuela dejamos de hacer la compra. Hace tiempo que ya nadie va al mercado y que en las neveras sólo hay agua. Si es que la hay, porque en algunas zonas del país ya no llega de forma regular. Tampoco es posible comprar la comida hecha, en la calle, digamos, porque entonces te quedas sin dinero para comer el resto del mes. La comida tiene que ser home-made. Literalmente. Es el caso de la arepa, menú básico del venezolano medio. Lo habitual es prepararla con harina de maíz precocinada, comprada en el súper. Pero no hay. Y la que hay no se puede pagar con un sueldo normal: tres euros al mes, para que me entiendan. Así que hay que hacerla. Mi pobre madre, a su edad. ¿Una pensión digna? Me río por no llorar. Todos los días se levantaba al alba para conseguir leña. Luego ponía el maíz entero a sancochar y cocer. Durante horas. Para que se ablandara. Una vez frío, mis hermanos lo molíamos a mano. Cada uno un rato. Luego a moldear la masa hasta conseguir la arepa. Una mañana de trabajo. Como cuando no existía la más mínima tecnología, como cuando mi madre era niña y vivía en la indigencia rural. Y tú piensas: de desayunar un sándwich rápido en la calle antes de ir al colegio o a la oficina a fabricar la harina a mano. Y luego te asalta la primera pregunta: ¿y con qué comemos la arepa? Muchas familias ya no pueden comprar pollo ni carne ni nada parecido. Sólo comen mantequilla blanca, un derivado del queso, más barato que la mantequilla normal, sabroso pero grasiento y poco nutritivo. Y al poco viene la siguiente duda: ya tengo el desayuno, bien; pero al mediodía, ¿qué voy a comer? Y muchos días no tienes respuesta. Y tus vecinos tampoco. Ves que sólo comen pan. Sin nada. Y hay gente que se viene abajo y se deprime y sólo quiere morir. Yo a veces también. Me veo un mediodía, en posición fetal, diciendo: no quiero hacer nada porque no puedo hacer nada, porque quiero trabajar y no puedo, porque sólo tengo hambre. Y pienso ahora en los niños, mis alumnos. A veces, al llegar a clase, preguntaba: ¿por qué no ha venido hoy fulano? Y me decían: porque no tiene qué comer. Quedas con amigos a los que llevas un tiempo sin ver y los encuentras delgadísimos. Incluso te ves a ti mismo en una foto y dices: no puede ser que sea el mismo. No te reconoces. «Tengo hambre», se ha convertido en una frase recurrente. En cambio, ya nadie dice: «Oye, te invito a un café». O compras el café, o compras la leche o compras el azúcar. Los tres a la vez, imposible.

Luego, viajar. Ah, viajar. Mi pueblo está a cuatro horas de Caracas en circunstancias normales. En las actuales, a ocho. Si llegas. Yo tenía que estar todos los sábados en Caracas para mis clases de canto. Mi sueldo no me daba para el autobús. Menos aún para compartir un coche. Si pagaba un coche no comía en un mes. Y luego está el problema técnico de cómo pagar. Sólo sirve el efectivo, pero la inflación es tan enorme, elefantiásica, que ya ni siquiera se consiguen billetes. Y cuando los consigues te pasas horas contándolos. Miles y miles de billetes que no valen para nada.

 

Cada viernes por la noche empezaba mi odisea. Me subía a un coche destartalado de algún conocido. De mi pueblo a otro pueblo. Ahí, autostop. Luego esperar a que pasara un autobús con un asiento libre. O un camión de carga que fuera para Caracas. Y a montarme detrás. Como un paria. Esperando no caerme. Esperando llegar. Queriendo aprender. Queriendo progresar. Y tanta gente tirada por el camino. Literal y metafóricamente.

Los enfermos, por ejemplo. Mi hermano tiene hipertrofia renal. Necesita un trasplante de riñón. ¿Pero quién lo paga? Mi madre trabaja todo el día para comprarle comida. ¿Pero y las medicinas? ¿Y el tratamiento? Cuando oigo a los políticos decir que los problemas en Venezuela son «menores» y «puntuales», digo: no es posible, el mal existe. Una anécdota: una tarde estaba en clase con los niños y de pronto entró otra maestra. Tenía la mirada perdida, la que llevan los locos. Los niños se asustaron. Ella se sentó a mi lado y empezó a hacer lo mismo que ellos. A imitarlos. Y cuando cantamos una canción suavecita, se quedó dormida. Y luego se despertó y sin decir una palabra se marchó. Esa pobre mujer tiene una enfermedad neurológica y hace tiempo que no toma sus pastillas. Porque ya no las venden o porque no puede pagarlas. Otro caso: al lado de mi casa vive una familia con varios esquizofrénicos. Un tema genético. Poco tiempo antes de venirme los vi en la calle. Uno de ellos estaba en plena crisis. Los hermanos intentaban calmarlo. Pero en realidad lo que hacían eran golpearlo. Locos cuidando a locos. Una escena tan terrible, tan desagradable. Mi madre lloraba. Hay mucha gente en situaciones parecidas. Personas que tenían sus enfermedades bajo control y que ahora deambulan, desatadas.

Parecen casos extremos, pero nadie escapa a la humillación. Yo le pedí a mi novia que me remendara los calzoncillos. Nadie reconocería algo así en una red social. Pero así es la vida bajo mínimos. La ropa se ha convertido en un lujo absoluto. Ves cómo se va degradando. Los venezolanos estamos en modo sepia, cada vez más grises. Y luego la higiene personal. He aprendido a partir el jabón en trocitos. Uno para el cuerpo, otro para la ropa. A fabricar mi propio desodorante. Y a dividir la pasta de dientes, para dejar parte a mis hermanos cuando me iba a Caracas. Le hacía un agujero al tubo, sacaba lo que iba a utilizar, y lo sellaba con una grapa.

Te vuelves un superviviente, casi un caníbal. Y se te va olvidando soñar. Yo soy licenciado en educación. Hace poco me encontré con mis compañeros de universidad y se lo dije: nosotros, que soñábamos con graduarnos, con triunfar, y ahora ni siquiera tenemos para comer. Es peor que una tragedia. Cuando ni siquiera basta con trabajar, el espíritu se derrumba. Hay personas que tienen dos o tres empleos y ni siquiera tienen para dar de comer a sus familias. No lo olvidaré jamás: la mirada de la gente sobre las bolsas de la compra de los demás. Una mirada llena de envidia, lógica pero destructiva. ¿Por qué él puede comprar y yo no? ¿Se lo merece más que yo? Es la degradación del ser humano. Cuando ya nada cuenta. Un muerto más. ¿Y? La gente no se inmuta. Va a llegar un punto en que veremos a un hombre tirado en la calle y le pisaremos la cabeza y seguiremos caminando. Es la deshumanización más profunda y radical. Pero yo me niego a aceptarla. De hecho, me negué.

Hace tres años empecé a escribir a venezolanos influyentes, gente que se había marchado del país. Casi nadie me respondió. Los que lo hicieron me decían: suerte, no te desanimes, sigue adelante… Hasta que escribí a Gabriela.

En Venezuela todo el mundo conoce a Gabriela Montero. Es una concertista famosa. Y también polémica. Muchos la admiran. Otros la odian por sus críticas a la condescendencia de El Sistema y sobre todo de su principal estrella, Gustavo Dudamel, con el chavismo. Yo tenía trabajo gracias a El Sistema, pero una tarde decidí pedirle ayuda. Había llegado a casa hundido. Me sentía tan mal. Tengo un libro de arias de Mozart. Me quedé mirando el retrato de la portada y me puse a llorar. Y a escribir. Le conté a Gabriela mi vida. Le dije quiero hacer música. Quiero cantar. Tengo tanto por hacer. No quiero morirme de hambre. Quiero triunfar. Y Gabriela me contestó. Me hizo preguntas sobre mi familia y mis objetivos y me pidió que le mandara material, un audio y un vídeo. Me fui volando, bueno, volando… como pude, a Caracas porque en Zaraza no tenía un pianista que pudiera hacerme el acompañamiento. Y así conseguí hacer un vídeo, torpe y casero, y mandárselo.

Yo no lo sabía entonces pero el marido de Gabriela es un excelente barítono irlandés, Sam McElroy. Gabriela le pidió a Sam que me escuchara y Sam se quedó impactado y me escribió. Nunca olvidaré su mensaje. Yo no tenía un teléfono con correo ni Internet en casa. Lo recibí una noche en un cibercafé. Sam me hablaba de mis cualidades técnicas. De mis enormes posibilidades como tenor. Me contaba que otros cantantes a los que había enseñado el vídeo opinaban lo mismo. Entre ellos estaba Plácido Domingo. Yo soy un ahogado al que de pronto una mano desconocida rescató del fondo del agua.

Decidimos montar una campaña de crowdfunding para viajar a España. El plan inicial era ir a Valencia, donde está el Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo. Me pedían otro vídeo, un poco más profesional, y dos retratos, de cara y cuerpo entero. Por supuesto yo no tenía dinero para un buen vídeo ni para una sesión de fotos. Ni siquiera para imprimir las partituras. Pero tenía familia y amigos. Cuando pienso en ellos me emociono. Mi primo, con su camarita; mis hermanos, sosteniendo un pedazo de tela a modo de trasera; y yo con los zapatos que me regaló un amigo argentino porque los míos, los buenos, los de concierto, estaban destrozados.

A todos ellos muchas veces he temido defraudar. Lo temí con motivo y todas mis fuerzas cuando Gabriela me envió un mensaje diciendo que el crowdfunding no iba bien. Uno de los patrocinadores se había dado de baja. No teníamos dinero para el billete de avión. Leí esas cuatro líneas una vez, dos veces, tres. Era de noche y me senté en un murito a llorar. Me dije a mí mismo: cómo regreso ahora a casa, cómo le explico a toda la gente que me ha ayudado que ya no voy a España, que he fracasado. A mi madre, al que me dio un poco de arroz, al que me regaló los zapatos. Pero Gabriela y Sam insistieron. Había que seguir adelante con la campaña y en todo caso estaban dispuestos a pagar ellos mismos el billete de avión. Tenían una estrategia, que entonces yo no conocía. Que yo viniera primero a España, a su casa. Que me tomase un tiempo para la pura recuperación física: comer, dormir. Y que el 1 de septiembre empezara el curso en el Royal Irish Academy of Music de Dublín, uno de los conservatorios más antiguos y prestigiosos del mundo. Así lo haré. ¿Que cómo voy a pagarlo? Tarra Erraught, gran mezzosoprano, me ha ayudado a conseguir una beca de estudios de dos años. En cuanto a la manutención, ya veremos. Gabriela y Sam me han montado otra campaña de crowdfunding, y Gabriela y Sam obran milagros.

El 3 de mayo pasado cogí el avión y dejé Venezuela.

No hay ningún venezolano que alguna vez no haya gritado hacia sus adentros: quiero marcharme, como sea, donde sea, para lo que sea. Pero cuando llega la hora las piernas y el corazón tiemblan. El aeropuerto de Caracas parece una funeraria. Gente despidiéndose sin saber si volverán a verse. Personas con más de 60 años que dejan atrás todo lo que han conocido para empezar de cero. Y, sobre todo, los que se quedan. Los presos. Presos del hambre, la angustia y la desesperanza. Cada día pienso en ellos. En mi madre, mis hermanos y en Dayana, claro. Pero también en los treinta millones de venezolanos, los nuevos parias de Occidente. Me gustaría salvarlos a todos, uno a uno. Traerles a Barcelona, a Madrid, a España. ¡Quiero tener superpoderes! Y sólo tengo mi voz.

Artículo publicado en El Mundo el 16 de agosto de 2018. 

Para ayudar a Luis: https://www.gofundme.com/luis-magallanes-2yr-postgrad-fund

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un mundo que nunca fue

El presidente de la catalana Generalidad —que no de Cataluña— publicó el sábado en varios periódicos locales un artículo terminal. Su tesis o evacuación orwelliana puede resumirse así: Cataluña está siendo violentamente atacada por el fascismo español, que no sólo impide a los pobres y pacíficos catalanes votar en libertad sino que, además, los apalea por honrar a sus caídos con cruces amarillas.

 

En cuanto lo leí, al profiláctico bies, me acordé del último párrafo del nuevo libro de John H. Elliott, Scots and Catalans, Union and Disunion (Yale, 2018; Taurus, en otoño): «Dijeran lo que dijeran los independentistas, la España del siglo XXI no era la España del general Franco ni España había sido durante siglos poco más que un aparato estatal represivo. […] Al embarcarse en este infeliz proceso, que con demasiada facilidad se convirtió en el procés, el nacionalismo catalán, por más sonriente que fuera, no pudo ocultar la fealdad detrás de su sonrisa».

 

Elliott ha escrito un libro importante, sí. Y no sólo para los ignorantes y malintencionados. También para las personas que, como el propio autor, alguna vez pensaron que el nacionalismo podía ser herbívoro. O, al menos, susceptible de ser apaciguado con cesiones técnicas o simbólicas. Lee, Sánchez. De hecho, si tuviera que hacer un resumen —y eso es lo único que puedo hacer— diría que Scots and Catalans (la versión española se titulará al revés: Catalanes y escoceses) es fruto del desencanto.

 

Dos apuntes relevantes para cualquiera que conozca la bio y la biblio del autor. El único instante en el que Elliott abandona la voz impersonal del historiador es una referencia sutil, en passant, a una anécdota que tuvo lugar a principios de los años 50 en Barcelona. Con su trajecito liviano y su bigote belle époque, el joven investigador inglés se dirigió en catalán a un policía de tráfico y éste le contestó con un bufido: «¡Hable la lengua del imperio!» A Elliott le impactó la frase, porque acababa de leerla en un panfleto publicado en épocas del conde-duque de Olivares. Y porque venía a corroborar los lamentos —lágrima viva— de su amigo Ferrán Soldevila sobre la ausencia de libertad en Cataluña. Esta anécdota, su experiencia en la Barcelona franquista y quizá su origen anglosajón explican la simpatía que Elliott siempre ha sentido por el catalanismo como expresión cultural o incluso política. Y también su profunda reticencia a participar en el debate abierto por el desafío de la secesión. Sus amigos me avalarán: durante años Elliott ha procurado mantenerse al margen de la polémica, horrorizado ante la posibilidad de que su obra y figura pudieran ser manipulados por unos u otros. Pero los hechos, como él mismo reconoce, afectan la mirada y hasta la actitud del historiador. A veces para bien.

 

El referéndum ilegal de octubre de 2017, que Elliott describe sin contemplaciones como un deplorable ataque a la legalidad y la convivencia en España y dentro de la propia Cataluña, ha tenido una doble utilidad. Ha demostrado que el problema no es tanto España, su forma o fondo, como el nacionalismo, que es insaciable y cuya virulencia supera a la de cualquier otra ideología. Y ha movilizado a los neutrales. Aquí es donde cabe un segundo apunte. En el epílogo, Elliott hace referencia a Jaume Vicens Vives en los siguientes términos: «Es irónico que un historiador que dedicó buena parte de su carrera a combatir el enfoque esencialista sobre el pasado haya adoptado precisamente ese método en su enormemente influyente Noticia de Cataluña». Es una crítica absolutamente justificada —relean Noticia de Cataluña— y a la vez sorprendente. Por el consenso absoluto que existe sobre Vicens Vives como desmitificador de la historiografía nacionalista catalana. Y por la admiración que siempre le ha profesado Elliott, su amigo y mejor discípulo. De hecho, en Haciendo historia, su autobiografía intelectual, Elliott no dice una palabra sobre el esencialismo de Vicens. Al contrario. Destaca su revisionismo antivictimista, matizando que en aquella época él intentaba mantener una posición algo más… equilibrada. De ahí hemos pasado al Et tu quoque, Jaume. Es decir, a una visión no equidistante sino equilibrada de verdad. Por la verdad.

 

Como tantos de su generación, Elliott creyó que el sistema instaurado en la Transición daría satisfacción al nacionalismo. Lo afirma en el libro: «Cataluña pasó a ser [con la Constitución de 1978] lo que la inmensa mayoría de sus habitantes siempre habían querido. Parte integral y con autogobierno de una España democrática, descentralizada y en proceso de modernización». El modelo autonómico —respetuoso de la unidad; generoso con la diversidad— era el sueño catalanista, de Pau Claris a Cambó, hecho realidad. Sin embargo, la historia ha acabado mal. Al menos, de momento. Y eso requiere mirar al pasado. O, en su caso, remirarlo. Es lo que ha hecho Elliott, con precisión y elegancia, siglo a siglo. Desde el matrimonio de los Reyes Católicos en 1469 hasta las elecciones del 22 de diciembre de 2017, con el artículo 155 en vigor y Puigdemont en Bruselas. Los paralelismos con el caso escocés —más diferencias que similitudes— sólo acentúan las conclusiones que el libro arroja sobre Cataluña. Seguimos en modo resumen. Son cuatro:

 

La primera está formulada en términos taxativos: «Cataluña nunca fue una estado soberano independiente en ninguna acepción moderna de la palabra». Y tampoco antigua. Siempre formó parte de una entidad política más amplia, Hispania, la Marca Hispánica, la corona de Aragón, las Españas, España. Esta es la gran diferencia con Escocia: podría haber un Reino Unido sin Escocia, pero no una España sin Cataluña. Salvo la maragallada de procurar un nombre para los despojos: ¿Expaña? Donde Elliott es menos claro, porque no puede serlo, es al defender el uso de la palabra nación para referirse a Cataluña. Es un concepto problemático y febril, desde luego. En el caso de Cataluña, la definición de Benedict Anderson —nación: comunidad imaginada— choca con la imaginación española, del siglo XVI hasta hoy, pasando por Cádiz. Y también con otro elemento, al que Elliott sí confiere la relevancia debida: la radical división que ha lastrado todos los proyectos nacionalistas catalanes. Sin excepción.

 

Hubo división en 1640, con la revuelta de los segadores y el asesinato del virrey —catalán— Santa Coloma. Hubo división durante la guerra de sucesión, que Elliott califica con razón como «una guerra civil española», con partidarios de los Borbones también en Cataluña. Hubo división en el siglo XVIII, con Antonio de Capmany como mejor expresión de ese doble patriotismo que según Elliott fue prevalente: «Cataluña es mi patria; España es mi nación». Hubo división durante las guerras carlistas, con una Cataluña reaccionaria y rural, y otra liberal y urbana. Incluso hubo, para desgracia de Torra y sus guionistas, lo que Elliott llama «una guerra civil catalana dentro de la guerra civil española». Sí, una Cataluña franquista. Y, como bien sabemos y debemos recalcar, hay división ahora: Ciudadanos, primer partido catalán. Es una división positiva en cuanto que la alternativa sería la victoria del nacionalismo por incomparecencia, pero terriblemente peligrosa por el carácter de la facción que ostenta el poder.

 

Esta es la tercera conclusión que arroja el libro de Elliott: la irresponsabilidad endémica de las élites políticas catalanas. Su torpeza y frivolidad. En casi todas las encrucijadas históricas han escogido el peor de los caminos. En 1640, rompieron con los Austrias para convertirse en un protectorado francés. En 1701, optaron por el bando austracista hasta que los ingleses los dejaron tirados. El siglo pasado, bajo Maciá y Companys, protagonizaron dos asonadas, a cual más grotesca. Elliott describe el golpe del 34 como un «farcical episode». Y los sucesos de octubre de 2017 directamente como un «act of folly». Hay que leer lentamente este párrafo: «La declaración unilateral de independencia fue un acto de locura […] A pesar de los numerosos errores del Gobierno de España y de la clase política española a lo largo de muchos años, la responsabilidad principal de esta situación trágica la tiene una parte del establishment catalán. Un sector de la élite decidió tomarse la ley por su propia mano y seguir adelante con sus planes sin valorar el precio a pagar. En muchos aspectos, en efecto, ni siquiera era consciente del precio porque vivía en un mundo de fantasía». Enajenados, hijos de la ficción.

 

Esta es la cuarta conclusión que puede extraerse de Scots and Catalans: en lo único que realmente ha destacado el nacionalismo catalán es en la construcción de una narrativa. Eso sí, a base de medias verdades, muchas mentiras y toneladas de victimismo. Elliott explica con detalle sus orígenes, tras la crisis de 1640, y peculiar evolución. El impacto del Romanticismo: «Las circunstancias a finales del XIX eran propicias para la invención de una nación». Ojo, invención. La duradera influencia de la falsa distinción de Prat de la Riba: Cataluña, nación orgánica; España, Estado artificial. Y el adoctrinamiento implacable de Pujol. En 1999, Pujol entregó a Elliott la Creu de Sant Jordi en una ceremonia en la que citó trozos de su Revuelta de los catalanes de forma selectiva. Hoy Elliott lo considera el responsable último del desastre. El origen del proceso independentista, afirma, está en el documento «Estrategia para la catalanización», encargado por Pujol en 1990. Los nacionalistas han sentido «nostalgia por un mundo que nunca fue». Y han hecho a los cuerdos pagar la factura.

 

Pero las falsas narrativas no sólo tienen padres; también padrinos. Y Elliott los encara. En un párrafo lapidario, el más importante hispanista vivo acusa a la prensa extranjera de asumir, sin más, la versión separatista. Concretamente, sobre la presunta violencia policial del 1-O: «Ante un bombardeo de imágenes manipuladas e información falsa, la verdad contó poco. Líderes de opinión extranjeros, muchos de los cuales no sabían casi nada de la situación doméstica catalana ni del trasfondo del movimiento de secesión, no dudaron en aceptar las imágenes e historias que difundían los separatistas. Muchos ni siquiera estaban al tanto de la campaña de acoso e intimidación que sufrían los no independentistas». Ahí siguen: unos, en la resistencia; otros, en la propaganda; los terceros, en la desinformación.

 

Haciendo balance, Elliott se lamenta de que la España constitucional no haya sido capaz de construir un relato comparable al del nacionalismo catalán. Es un reproche frecuente. Hasta podría hacérsele a Olivares. Esta maravillosa cita que Elliott recupera de su biografía: «No soy ningún nacional; eso es para niños». Y, sin embargo, precisamente esta actitud, ligeramente nonchalante, respetuosa de los matices, reacia a la simplificación, es la que hoy distingue a España como nación cívica, liberal y adulta. Ya se contó sus mentiras cuando Primo de Rivera y Franco, como también recuerda Elliott. Hoy le basta con afirmar los hechos, con rigor y respeto a la complejidad. Y esa ya no es tanto una tarea de los historiadores como de los líderes políticos. ¿Dónde están? Ese es otro artículo. En este sólo queda preguntar: ¿Por qué ha tenido Elliott que escribir otro libro sobre Cataluña? Porque el nacionalismo es enemigo de la Historia. Y a sus 88 años Elliott sigue buscando la verdad.

 

Foto: Sir John H. Elliott en el claustro del Monasterio del Poblet, marzo de 2017.

La libertad es la corriente

El discurso que dio a Pablo Casado la victoria en el congreso del Partido Popular tuvo dos momentos cumbre, como habría dicho Javier Arenas de no haber escogido mal. En términos ideológicos, fue cuando arremetió contra todos los colectivismos, empezando por el de sexo, que hermanaba la candidatura de Soraya Sáenz de Santamaría#AhoraUnaMujer– con las políticas de identidad de la izquierda retro. En términos internos, de partido, fue antes, sobre el minuto 5. La bendición laica de haber quedado segundo en la primera vuelta dio a Casado la oportunidad de intervenir después de S3 y así dar réplica y sepultura a la estrategia más peligrosa de su rival: la apelación a la unidad. “¡Unidad, unidad!”, habían clamado en pie los partidarios de S3 después de que su candidata hubiera levantado el concepto a modo de cuerpo de Cristo, amén. (Un consejo derivado de los sucios tratos de Zapatero con ETA: siempre que alguien te reclame unidad, pregúntale para qué). Casado subió al escenario y lo primero que hizo fue dar a los compromisarios lo que jamás habían tenido, ni ellos ni nadie en el partido: el derecho a discrepar. “Yo no os he llamado a ninguno. No he querido incomodaros como a mí me incomodaban las llamadas cuando iba a un congreso. Yo lo que quiero es que votéis en libertad. Que votéis con el corazón. Con la cabeza. Que votéis lo que queráis, sin indicaciones, sin etiquetas. Que votéis con fuerza. Porque merecéis votar y elegir. Vosotros, no nosotros. ¡Esta es vuestra decisión, soberana, libre, democrática!”. El auditorio estalló. El marianismo hizo puf. Y la unidad quedó como lo que en política realmente es: un complemento útil, no un bien en sí misma y jamás la sustituta de un debate serio en libertad.

No evoco este episodio para subrayar la habilidad política de Casado, un hombre bastante más pragmático y dúctil, incluso oportunista, de lo que sentencian los cazafanáticos. Lo hago porque la liberalidad de Casado con los compromisarios marca una pauta a seguir frente a la principal debilidad de su proyecto: su identificación, en lo social, con el sector más conservador del electorado. Eso que permite a un periodismo inteligente y ácido tachar al nuevo PP como “el Partido de la Vida y la Familia”. A S3 disfrazar su mal perder de malestar ideológico. Y a Ciudadanos presentarse como única luz liberal frente a los reaccionarios de uno y otro signo.

La libertad de voto en asuntos que interpelan directamente a la moral personal -por resumir, el aborto y la eutanasia- favorecería la cohabitación en el PP de sensibilidades muy distintas y encauzaría las tensiones que tan hábilmente estimuló en su día Zapatero. Su puesta en acto no es tan difícil de imaginar: se reúne el Grupo Parlamentario; los diputados y/o senadores que así lo deseen toman la palabra para defender plazos, supuestos, lo que sea; la posición mayoritaria determina la del Grupo en el Pleno, pero cada parlamentario individual se reserva el derecho a votar sí, no o abstención. Fin a las estúpidas multas de 600 euros. Fin a las corrosivas maledicencias off-the-record. Fin a los shows de Celia Villalobos como mártir de la modernidad. Y, sobre todo, fin a un consenso artificial y, como tal, perecedero.

El debate sobre la eutanasia, ya razonablemente regulada por las Comunidades Autónomas -también del PP-, tiene un recorrido limitado. El aborto, en cambio, es y seguirá siendo fuente de divisiones profundas. No sólo en el centroderecha. Y no sólo por razones de fe. Abjuren del apostólico y populista Francisco y lean al ateo y ético Savater. La moral no es patrimonio de los católicos. Si aceptamos que todas las vidas valen lo mismo y no sabemos a ciencia cierta -literalmente- cuándo empieza la vida, entonces la decisión sobre su interrupción requiere, como mínimo, una cierta modestia. Es decir, asumir la complejidad, que es biológica, filosófica y también psicológica. Tan arduos y para adultos son los debates morales que las convicciones de una misma persona varían a lo largo del tiempo. Y no siempre en la dirección que fija el canon mediático. La clave no son tanto las creencias como las experiencias. Están las beatas que claman enfáticamente contra el aborto hasta que sus hijas de 18 años llegan a casa con la noticia. Pero también están las libertinas a las que el triple screening salió mal y que, entre la amniocentesis y su resultado, sufren como un perro, incapaces de olvidar el latido y la ecografía. El aborto es uno de esos dilemas que la tecnología no resuelve, sino que agrava. Imaginen ahora una Nasciturus-App: la evolución del feto en tiempo real, perfectamente visible y audible. ¡Mira, ya tiene ojos! ¡Y ahí, un órgano! Y el corazón, todo el día, pum, pum, pum, pum. Lo progresista es hacer política en función de los hechos y la tecnología es un hecho decisivo. El mayor influencer de la política contemporánea, y no siempre para mal.

Y con esto llegamos al punto de unión entre Ciudadanos y el nuevo PP. Ninguna política identitaria es compatible con la defensa del concepto moderno e ilustrado del ciudadano, hoy atacado desde tantos flancos. El mismo compromiso que por fin distingue a los dos partidos frente a los ultras de la tribu -por cierto, es la primera vez en la historia del PP que coinciden en Madrid y Barcelona dos direcciones igualmente firmes contra el nacionalismo- debería guiar sus políticas en los terrenos del sexo y la fe. Para Rivera eso significa perder el miedo al colectivismo de género. Y para Casado, aparcar los eslóganes y dejar que en los asuntos morales se Haga Oír la polifonía de su electorado y hasta de su núcleo duro, de Maroto a Montserrat. Primero, porque partidos “de la vida” lo son todos. Salvo, quizá, los que llenan las plazas de cruces o exhuman viejas tumbas. Y segundo, porque la libertad de voto tiene una ventaja estratégica. El PP eligió a Casado porque entendió que él sí podía tejer una fuerza hegemónica a partir de los retales que dejó Mariano Rajoy. La reconstrucción del centroderecha pasa por una fusión con Ciudadanos, por lo bajo o por lo alto. Y cualquiera de los dos supuestos excluye absolutamente la renuncia al liberalismo, ni siquiera como etiqueta. La libertad asegura la unidad. La libertad no genera corrientes. Es la corriente. Eléctrica.

Artículo publicado en El Mundo el 28 de julio de 2018. 

Imagen: Bajo de Guía, Sanlúcar de Barrameda, diciembre de 2017.

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