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Apaciguar es abandonar

El ministro de Exteriores es un hombre útil al periodismo. A diferencia de su predecesor, que presumía de criterio propio y secretos de Estado, Dastis es un hombre sencillo y transparente. Un portavoz, a menudo involuntario, de las ideas e intenciones del Gobierno. Ayer volvió a demostrarlo ante los micrófonos de la Cope. Preguntado por la decisión del Tribunal Supremo de no dictar prisión provisional para la golpista Forcadell, contestó: «Todo lo que contribuya a que el proceso de preparación de elecciones en Cataluña transcurra de manera calmada es una buena noticia». De manera calmada… Apunté la frase, encendí el ordenador y en Google tecleé apaciguamiento. Primera acepción: «Establecimiento de la calma y la tranquilidad en el ánimo violento o excitado de una persona». Luego busqué el transitivo en inglés. Del diccionario Webster: Appease: «1: pacify, conciliate; especially: to make concessions to (someone, such as an aggressor or a critic) often at the sacrifice of principles». A costa de los principios… Y en perjuicio propio. Ahí seguimos.

El apaciguamiento es una política vieja de la que hay ejemplos dramáticos. El clásico es la rendición preventiva de Chamberlain ante Hitler. Pero también está la actitud de los atenienses ante el avance de Filipo II de Macedonia, hace 2400 años. O, ahora mismo, la condescendencia de la izquierda occidental ante un Islam reaccionario, misógino, expansivo y violento. El apaciguamiento tiene una explicación naturalista, pinkeriana. Nos gustaría ser buenos y actuamos como si nuestros agresores también lo fueran. Desconfiamos de nuestra propia fortaleza. Y, por encima de todo, tenemos horror al conflicto. Bueno, unos más que otros. Y este Gobierno, el que más.

La revolución se ha estrellado contra el muro de la realidad. Cierto. Hay que celebrarlo. Pero también habrá que preguntarse por la construcción y propagación de la ficción separatista. La mentira de la independencia low cost tiene dos padres: la alucinación nacionalista y el apaciguamiento democrático. Sí, nosotros somos los grandes cómplices de la fábula de una secesión sin sacrificios. Cuando una y otra vez toleramos el atropello de la ley en Cataluña —desde las sentencias lingüísticas hasta el 9-N—, contribuimos al mito de la impunidad judicial. Cuando aceptamos la letanía europea del «asunto interno español», alimentamos la utopía de Catalunya, nou estat de la UE. Cuando seguimos inyectando fondos del FLA en la Generalidad a pesar de su impúdica malversación en propaganda y embajadas antiespañolas, reforzamos la falacia de una secesión sin coste económico o éxodo empresarial. Cuando negamos al resto de españoles su derecho a intervenir en los asuntos de Cataluña —por ejemplo, a mí la entonces diputada Montserrat— legitimamos la trampa de un perímetro soberano catalán. Y cuando ignoramos la existencia de una Cataluña no nacionalista, sancionamos la primera mentira del proceso: la idea de una comunidad homogénea y por tanto inmune a la fractura social. Por cierto, ni uno solo de los héroes de la larga y árida resistencia catalana ha sido reconocido todavía con la medalla al mérito constitucional. Y la sigue teniendo Pujol.

Lo asombroso, en todo caso, no es la ausencia de autocrítica sino el empeño en el error. La crisis catalana ha dejado dos lecciones importantes para el constitucionalismo, que el constitucionalismo, misteriosamente, se niega a asumir. La primera tiene que ver con la virtud pedagógica de la ley. Horas antes de la decisión del Supremo sobre Forcadell, el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, dijo que el juez debía tener en cuenta la ley y también «el contexto». Es decir, las elecciones autonómicas. Es un ejemplo deplorable de la presión política a la que está sometida la Justicia en España. En el caso de los presuntos corruptos, para encerrarlos. Y en el caso de los seguros golpistas de ideología nacionalista, para soltarlos. Y sobre todo es un reflejo perfecto de la estrategia de apaciguamiento que el constitucionalismo comparte al completo. Ayer remató Borrell: «Cuantos menos responsables políticos estén en prisión, mejor para las elecciones». Y lo mismo opinan los líderes de Ciudadanos, aunque sólo lo digan en privado.

La realidad es exactamente la contraria: la ley no moviliza a los separatistas; es lo único que los frena. Y por si no bastaran los últimos 40 años para demostrarlo, ahí está lo ocurrido la noche del jueves, en una gélida y fantasmal plaza de la villa de París. No fue el apaciguamiento lo que empujó a Forcadell a pulverizar los límites de la dignidad, acatar el 155 y aceptar el marco constitucional. No fue el diálogo ni la promesa de una nueva negociación sobre competencias, financiación o el derecho a decidir. Fue la amenaza seca y concreta de la cárcel. Es decir, la máxima expresión de la fuerza del Estado. La prueba de su disposición a asumir el conflicto como parte inevitable de la defensa de la democracia.

La segunda lección clave para el constitucionalismo afecta a la relación con sus propias bases. Los partidos siguen pensando que Arriola tiene razón. Es decir, anteponen la desmovilización del voto ajeno a la movilización del propio. Esta convicción tiene un asidero histórico: las elecciones vascas de 2001. Ahora bien, ¿qué hubiera ocurrido si en lugar de una reagrupación constitucional de alto voltaje, Jaime Mayor y Nicolás Redondo hubieran concurrido por separado y de perfil? Probablemente, no hubiera habido base para el posterior desalojo del PNV del poder. Lo que sí sabemos es que Rajoy logró gobernar en 2016 gracias a la movilización de su electorado contra Podemos. Y que Ciudadanos se convirtió en líder de la oposición en Cataluña con un discurso limpio de confrontación con el nacionalismo. El cambio de ciclo no se conseguirá con guiños al separatismo. Y mucho menos mediante el maltrato sistemático a los constitucionalistas, característica insólita de esta campaña electoral. Y aquí brilla el ministro del Interior.

Lo escribió ayer Santiago González: para esto mejor haber dejado a Trapero. Zoido no sólo calificó como «muy equilibrada» y «proporcional» la pasividad de los Mozos durante la huelga del miércoles; su abyecta complicidad con los saboteadores. También dijo que «no era el día para caer en provocaciones» y que esta vez los independentistas no pueden quejarse porque «no hubo un solo lesionado». Es decir, avaló la versión histérica del 1 de Octubre. Y, peor aún, despreció a los cientos de miles de catalanes cuyos derechos sí fueron salvajemente lesionados. Los trató como votantes cautivos cuando su deber es defenderlos, protegerlos, cautivarlos. Sus palabras son la expresión sucia, concreta y devastadora del apaciguamiento, que siempre abandona y enciende a los inocentes. Porque esa es la clave y la trampa innoble de la política de apaciguamiento: el apaciguamiento nunca es general. Sólo se apacigua a un lado. Al que no lo merece ni lo agradecerá.

El apaciguamiento marca la campaña catalana y también lo que vendrá. Una vez más, Dastis. El miércoles le dijo a la BBC: «Hemos creado un comité en el Parlamento para explorar la posibilidad de reformar la Constitución y ser capaces de acomodar las aspiraciones de parte de los catalanes». Es evidente a qué parte se refería. A la de siempre. A la que lleva el veneno, por citar a Juncker. La comisión de Estudio para la reforma constitucional inicia sus trabajos el próximo miércoles en el Congreso. Sería deseable que, como preámbulo, sus señorías releyeran la oración fúnebre de Pericles: «Imitad a estos ahora vosotros, cifrando la felicidad en la libertad y la libertad en la valentía, sin inquietaros por los peligros de la guerra». Porque hay un tipo de paz que promueve la guerra y un tipo de guerra que asegura la paz.

 

Artículo publicado en El Mundo el 11 de noviembre de 2017. 

España es un pájaro rebelde

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Mi abuela paterna Yvonne —marsellesa, libérrima, excelente violinista, modernísima— se casó con un marqués napolitano idealista y arruinado, y juntos se sumaron a las vanguardias parisinas, de Stravinski a Proust. La recuerdo en su pisito del Seizième, orgullosa de su Legión de Honor, casi ciega, desbordante de ternura y de sentencias: «Ahhh, la Carmén de Bizet… Quel bonheur!» Era su ópera preferida. Y con ese nombre llamaron a mi hermana pequeña. Justo homenaje póstumo, también a la España de ayer.

«Carmen, la de España y no la de Mérimée, y no la de Mérimée», insistía Manuel Vázquez Montalbán. Y siguen coreando muchos. Incluso los que ahora, gracias al esperpento separatista, han descubierto la hispanofobia angloespañola. Como si fuera nueva: cinco siglos ya. Como si fuera realmente peligrosa: la fortaleza institucional de España no está sometida ni a las fantasías exóticas de los corresponsales ni a los rebuznos de un partido retrocomunista. No dependemos de los imitadores de Hemingway ni de los exhumadores de Lorca ni de los negadores de Orwell. Dependemos, exacta y exclusivamente, de nuestra propia mirada y de su correspondiente acción.

Estaba en un palco lateral y no podía ver el escenario completo. Me asomé todo lo que pude sobre el terciopelo rojo y los oboes. En la esquina izquierda, una Carmen voluptuosa y pagliana empezaba a cantar su famosa habanera: «L’amour est un oiseau rebelle…». Qué placer. Las provocaciones de Calixto Bieito resultaron ser fantasías frustradas de una prensa pueril. El montaje no me pareció ni una denuncia de la violencia de género ni otra vulgar sátira sobre la España atávica. Y si pretendía serlo, sus efectos, en este impresionante otoño de 2017, fueron los contrarios. Las piernas desnudas de las cigarreras meciendo una ola hipnótica en el borde del escenario. La lascivia, inexorable, de los legionarios. El toro de Osborne, santo y seña; como todo símbolo, sujeto a deconstrucción. La bandera española, cruda como la de mi ventana. El toreador Escamillo, valeroso, vitoreado, doble y crucial aportación de los libretistas de Bizet. La pasión viva y hasta la muerte de Don José. Y sobre todo la sensualidad radical, indómita, de Carmen. La España de Mérimée no es una realidad contemporánea ni una vergüenza histórica, sino una visión fantástica y hasta luminosa.

Pocos países evocan tanto a tantos como España. Ni la Francia de Marianne, sein nu, ni la Italia de la Dolce Vita y el Gatopardo. La condescendencia de los medios ingleses confirma su fascinación. Una forma de confesión subyugada. Desean, necesitan una España tópica, caliente. Pero nosotros también. Siesta y fiesta es sol y playa: nuestra primera industria —por encima de la autoflagelación— y un complemento estético al atributo español de hoy: la razón.

En año y medio, España ha dado varias lecciones al mundo y a sí misma. Ha frenado al populismo de Podemos en las urnas —junio de 2016— y al nacionalismo separatista en los tribunales —Maza y Lamela—. Me lo dijo un amigo del Partido Popular de Cataluña: «Hoy, y de la mano de un nuevo rey, hemos dejado de ser una pseudodemocracia corporativa para pasar a ser una democracia plena donde si la haces la pagas, te llames Nixon o Clinton». Si no lo cito es porque la dirección del partido ha pedido a sus dirigentes un silencio prudente, electoral. Y aquí es donde empiezan los problemas.

 

La decisión de solapar el artículo 155 con las elecciones autonómicas ha sido calificada por algunos maestros como una jugada maestra. El 21 de diciembre sabremos si lo fue. Por lo pronto, el separatismo ya cuenta con el apoyo no sólo del populismo antiespañol sino del viejo tercerismo para convertir las elecciones en un plebiscito por la libertad de los golpistas encarcelados. Queda excluido el diario El País, que ayer se elevó con un impecable editorial a favor de la Justicia y en contra del matonismo y del miedo. Pero ahí están todos los demás. El moderado Errejón. El bueno de Évole. El madrileño Juliana. Y el proporcionado Iceta, al que vi saltar la valla —literal, metafórica y, como me temía, provisionalmente— en la última gran manifestación de Barcelona. Al frente del pelotón, la figura inequívoca de la alcaldesa Colau. Sentadita en su columpio, proclama a Puigdemont «legítimo presidente de la República» para serlo ella.

Decir que un juez debe mancharse la toga con el polvo del camino revela un impúdico desprecio por la separación de poderes. En este caso es también una forma de abdicación. Incluso de complicidad. Por lo que se ve, hay quienes piensan que el golpismo es menos grave que la corrupción. Que un ex presidente catalán merece mejor trato judicial que uno navarro, madrileño, valenciano o balear. Que la prisión preventiva está reservada a tipos flamencos como Granados. O que las ideas nacionalistas son un atenuante o incluso un eximente de los peores delitos. Quizá se hayan acostumbrado a la impunidad. Sería un motivo añadido para celebrar el baño de realidad judicial. Y la realidad es implacable. Decir «Junqueras no debería ir a la cárcel» es exactamente lo mismo que decir «Tejero no debería haber ido a prisión». Igual de estúpido. Igual de infame.

Y, sin embargo, el constitucionalismo de bandera, el que anteayer celebraba la convocatoria de las autonómicas como una oportunidad para la restauración de la democracia en Cataluña, ha empezado a titubear. Un sudor frío recorre sus filas. Asoman las vacilaciones y los cálculos; los perfiles se difuminan. Hablan de «un día triste». Balbucean que a ellos tampoco les «agrada» ver a políticos entre rejas. Vuelven a pedir perdón. Siguen sin entender que nada refuerza más el victimismo separatista que el remordimiento de sus presuntos victimarios. La histeria táctica de los golpistas no va a perjudicar a los constitucionalistas en las urnas. Lo único que realmente puede perjudicarles es que no defiendan con determinación y orgullo democrático la decisión de los tribunales. Su limpia independencia. Su protección de las libertades civiles y por supuesto políticas. Su contribución decisiva a la reafirmación de España como una nación moderna, en la que nadie, por ningún motivo, está por encima de la ley.

España está perfectamente capacitada para derrotar a las fuerzas reaccionarias. Su victoria depende sólo de que los ciudadanos, pueblo y élites, mantengan el pulso y la movilización. De momento la revolución separatista ha quedado en una cacerolada y un ridículo formidable. Sus líderes gastaron millones de euros en propaganda para acabar en un fichero policial o en la portada de Le Canard Enchaîné. Puigdemont es hoy el Major Tom de Space Oddity: vaga por el espacio, sus circuitos averiados, desconectado no ya de España sino de la realidad. Junqueras duerme y reza en Estremera. Y Forcadell se prepara para lo peor: Audiencia 10 – Supremo 10. El problema español de imagen es hoy Cataluña. La de esta otra Carmen, y no la de Mérimée, y no la de Mérimée.

Artículo publicado en El Mundo el 5 de noviembre de 2017. 

Elecciones por bandera

Desde primera hora de la tarde, recién proclamada la República independiente de Cataluña, TV3 mantuvo en un rincón de su pantalla un plano fijo de las dos banderas que ondean a lo alto del palacio de la Generalidad. El nacionalismo sabe de símbolos. Y su televisión, esa obscena máquina de propaganda, todavía más. Esperaban la imagen que representa mejor que ninguna lo sucedido ayer: la arriada de la bandera de España en una parte crítica y fundacional de su territorio. Al cierre de esta edición, la rojigualda seguía en su mástil. Y ahí debe seguir durante todo el periodo electoral inaugurado ayer por Mariano Rajoy en aplicación del artículo 155 de la Constitución.

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