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Ayaan Hirsi Ali interviewed on her new book -

Ayaan Hirsi Ali: «Necesitamos un Voltaire en el Islam y nuevos Voltaires en Occidente»

No pudimos conversar en persona. La intelectual más crítica con el islam acaba de tener un bebé. Oculta. Blindada. Vive así desde que rompió con su religión. Nacida en Somalia, sufrió el fanatismo en carne propia. Literalmente. Su padre le impuso una boda y ella se fugó. Acabó de diputada en Holanda. Su socio fue asesinado y ella, amenazada de muerte. Pero no se arredró. Ahora vive en EEUU, donde en nombre de los valores de la Ilustración defiende una reforma del islam. Y de Occidente.

La reacción política y mediática al atentado de Barcelona fue: “No criminalicemos al islam. El islam es una religión de paz”. ¿Lo es?
Cada vez que contesto esta pregunta pienso: “Uf, estoy perdiendo el tiempo”. Casi nadie está dispuesto a escuchar. ¡Pero insistiré!

Le agradezco.
La clave es distinguir entre los musulmanes y el islam. Entre personas e ideas. Hay 1.500 millones de musulmanes. Por supuesto, no todos son fanáticos ni misóginos ni violentos. Los musulmanes son tan diversos entre sí como cualquier otro presunto colectivo: cristianos, judíos, mujeres, gays, hombres heterosexuales blancos… Y la inmensa mayoría son pacíficos y tolerantes. Otra cosa es el islam. El atentado de Barcelona es la expresión del islam político. Sus autores fueron fieles al Corán. Siguieron exactamente las consignas de la segunda etapa de la vida de Mahoma.

La que transcurrió en Medina.
Eso es._La vida de Mahoma tiene dos fases. Primero vive en La Meca. Funda una religión como la entendemos ahora en Occidente. Predica la paz, la piedad y la caridad. Es un guía moral. Pero luego se traslada a Medina, donde elabora un modelo político. Fija la imagen de una sociedad ideal. Dicta cuál debe ser la relación entre dios y el individuo. Entre el marido y la mujer. Entre el creyente y el no creyente. Y dice algo crucial: el califa tiene la obligación de convertir al no creyente, aunque sea mediante el uso de la violencia. Por tanto, el imam que radicalizó a los jóvenes de Barcelona era un fiel seguidor de Mahoma y de los textos sagrados del islam. Los terroristas que cometieron el atentado, también. El uso de la violencia no les convierte en heterodoxos ni locos ni descarriados. El culto de la violencia y su justificación están teológicamente sancionados. El islam, a partir de Medina, ya no es una religión de paz

¿Y en qué se distingue el islam del cristianismo?
La analogía es utilísima. Primero: imagínese que la vida de Jesús hubiera tenido dos etapas: la pacífica y la militarista. Los cristianos tendrían que rechazar explícitamente la segunda fase o repudiar el referente entero. Segundo: el cristianismo tuvo sus cruzadas, su Inquisición y su confusión entre política y religión. Pero los cristianos han aceptado que su religión es sólo una de tantas. Han separado la política de la fe. Y son pacíficos. Este viaje es fruto del pensamiento crítico: un resultado liberador de la Ilustración. Primero en Europa y luego en Estados Unidos, todo el cristianismo fue sometido a escrutinio: la Biblia, el Viejo Testamento, el Nuevo, la figura de Moisés, la de Jesús… Se analizó qué parte era religión y qué parte, política. Y se las separó. Nada de esto ha sucedido con el islam. A lo largo de los siglos, han surgido reformistas. Pero han sido silenciados. Incluso asesinados. Este rechazo radical a una crítica honesta y constructiva del islam continúa. A los reformistas nos llaman herejes y nos persiguen. Desde un punto de vista puramente intelectual, el problema no es difícil. Lo que lo complica es la actitud de la izquierda occidental: los progresistas están encantados de hacer la disección y crítica del cristianismo y otras religiones, pero con el islam no se atreven. Callan. Y silencian.

Cataluña es la región de España con más musulmanes. Los gobiernos nacionalistas han promovido su inmigración por motivos políticos. Y, como en muchas partes de Europa, bendicen la creación de mezquitas y centros islámicos.
Eso es una locura. Si los nacionalistas catalanes siguen favoreciendo la inmigración musulmana y la creación de infraestructuras islámicas acabarán teniendo una Cataluña independiente no ya de España sino de Occidente. De la modernidad, la paz, la tolerancia y las libertades civiles. En EEUU sufrimos la misma fiebre de las políticas identitarias. Es suicida. Estamos no ya permitiendo sino directamente financiando el dawa.

¿Dawa?
Dawa es el proceso que desemboca en la yihad. Si te identificas con el Mahoma político debes seguir sus pasos: viajar de La Meca a Medina. Emigrar para colonizar otra comunidad. Una vez allí, debes establecer una vanguardia. Eso hizo Mahoma. Predicó e invitó a la gente a sumarse al islam. Eso es, literalmente, dawa: la llamada al islam. Esta llamada tiene un límite temporal: llamas y llamas y llamas. Si el no creyente atiende tu llamada, bien. Pero si no la atiende, debes recurrir a la acción militar. A la violencia. Así es como el dawa da paso a la yihad.

Los terroristas de Barcelona eran prácticamente adolescentes. Fueron radicalizados en muy poco tiempo y en el marco de su propia comunidad.
Es habitual. Los musulmanes Medina, los que siguen al Mahoma político, penetran en las comunidades con facilidad. Son hábiles. Captan primero a las familias. Muchos padres temen que sus hijos adolescentes puedan meterse en líos -drogas, alcohol, la influencia negativa del grupo- y ven con alivio y gratitud que los imanes se ocupen de ellos y los saquen de las calles. En 1985, cuando yo vivía en Kenia, aparecieron los Hermanos Musulmanes. Mi madre estaba encantada de que hubieran captado a mi hermano, que había abandonado el colegio y tenía malas amistades. Le tranquilizaba que fuera a un centro islámico y a la mezquita. No era consciente de que su hijo podía acabar en la yihad.

¿Y el adoctrinamiento cómo se produce?
La fuerza de la doctrina se infravalora. Esto es delicado: ser musulmán significa aceptar que Mahoma es un guía moral perfecto. En los centros te dicen: «Mahoma dijo, Mahoma dijo… Tú debes hacer como él…». Y pocos jóvenes tienen la madurez, los conocimiento o la fortaleza para contestar: «Lo dijo en el siglo VII; sus lecciones ya no son válidas». A una baja capacidad de argumentación se suma una elevada exigencia de obediencia. En las escuelas islámicas no se permite cuestionar nada. Es la anti-educación; el dogma. Y funciona. Y no sólo con varones jóvenes. También con las mujeres, a las que se les incita a renunciar a sus derechos. Y muchas lo aceptan voluntariamente. No hay nada más importante que el pensamiento crítico. La libertad intelectual. El temperamento o el aprendizaje de la duda. Eso fue lo que me salvó a mí.

El terrorismo islámico es nuestra principal amenaza. Pero ni siquiera nos ponemos de acuerdo en cómo nombrar a su principal agente. ¿Estado Islámico? ¿DAESH?
El término DAESH pretende separar la violencia del islam. Nos lo ha impuesto Arabia Saudí, nuestro presunto mejor amigo y el gran promotor del dawa. El que financia sus infraestructuras. El que entrena a los imanes en la vía Medina. Y el que difunde su ideología. Es como si la Unión Soviética hubiese adiestrado a los americanos sobre cómo luchar contra el comunismo. Estados Unidos acepta las lecciones de Arabia Saudí por consideraciones políticas. Es decir, por su dependencia del petróleo.

Esa es la parte cínica de Occidente. Pero también está el apaciguamiento. Dos detalles sobre el atentado de Barcelona. El Rey de España puso un tuit que decía: «Son unos asesinos, simplemente unos criminales.» Luego hubo una gran manifestación. El texto final lo leyeron una actriz y una musulmana con velo. La única referencia al islam fue la siguiente: «Sabemos que el amor acabará triunfando sobre el odio. Ni la islamofobia, ni el antisemitismo, ni ninguna expresión de racismo ni de xenofobia tienen cabida en nuestra sociedad».
Se protege al islam de toda crítica y se ataca una islamofobia testimonial o incluso inventada… Es un fenómeno habitual en Estados Unidos, Canadá y muchos sitios de Europa. Y el resultado es un divorcio entre la élite y la gente corriente. Porque la gente corriente aplica el sentido común. Ven que los terroristas invocan explícitamente el islam como motivación para sus asesinatos. Ven que invocan el nombre y el ejemplo de Mahoma. Que gritan abiertamente: ¡Allahu Akbar! Que imprimen banderas con el lema del ISIS, que por cierto es el mismo de Arabia Saudí: «Confieso que no hay otro dios más que Allah». En cambio, las élites -los políticos, los medios de comunicación, las grandes corporaciones, ¡hasta los reyes y reinas!- coinciden en la impostura. Intentan ocultar la realidad porque la consideran políticamente incorrecta. No querer que se les acuse de atacar al islam. No quieren reconocen que buena parte de los inmigrantes son musulmanes. No admiten que han permitido -y siguen permitiendo- la creación de infraestructuras de radicalización en sus propios territorios. No quieren ni siquiera debatir sobre la vertiente política y violenta del islam. Viven en un gran teatro: «El terrorismo no tiene nada que ver con islam; islam es paz…» Viven en la mentira. Y la difunden.

A veces a un coste electoral.
El crecimiento de la ultraderechista AfD en Alemania es una advertencia clara. También la fuerza de Wilders en Holanda. O episodios dramáticos como el ocurrido en Inglaterra, donde un individuo cogió una furgoneta y la empotró en una mezquita. Los poderosos deben quitarse la mordaza de la corrección política. Si siguen como hasta ahora, habrá más radicalización y más violencia. Hay que encarar la batalla ideológica sobre el islam. Para Europa el asunto clave es la inmigración. Yo no soy contraria a la inmigración. Pero me parece una irresponsabilidad histórica que se permita a personas instalarse en un país sin pedirles que a cambio asimilen los valores propios de la Unión Europea: la libertad individual, el pluralismo, la tolerancia. Las élites europeas creen que el simple contacto con Occidente acabará convirtiendo a los inmigrantes musulmanes en hijos de la Ilustración y ciudadanos modelo. No es verdad. Los datos revelan que los musulmanes se radicalizan más dentro de la propia Europa que fuera.

En su último libro, Heretic, hace un llamamiento enfático a los progresistas occidentales.
Yo apelo al egoísmo altruista de los progresistas. Les advierto: «Si me quitan a mí el derecho a hablar libremente estarán poniendo en riesgo su propio derecho a hablar libremente». Pero también denuncio su hipocresía. Les digo: «Ustedes, que disfrutan de la libertad, que dicen defender los derechos humanos y a las minorías, que se proclaman paladines de la igualdad de la mujer… ¿cómo es posible que hagan causa común con los peores reaccionarios, con gente ultraconservadora, machista y homófoba? Ayúdennos a nosotros para que también podamos disfrutar de la libertad.» Pero la hipocresía de la izquierda en torno al islam está prácticamente blindada.

En España, hay un partido, Podemos, cuyos dirigentes compatibilizan las lecciones de feminismo con el patrocinio de Irán
La izquierda exhibe una sórdida tolerancia ante la intolerancia. Es el resultado de una combinación de factores. Tendencia natural al apaciguamiento. Defensa del colectivismo. Desprecio por la libertad individual. Miedo a que les llamen racistas. Miedo -incluso físico- a la confrontación. Es decir, un falso pacifismo. Y sobre todo una hostilidad profunda hacia Occidente y sus valores. Se ve en las universidades americanas. La mezcla de postcolonialismo, postmodernismo, multiculturalismo y relativismo ha provocado un socavón intelectual y moral. En_Estados Unidos y en Europa, las minorías se han convertido en tiranías a costa de la primera minoría, el individuo.

Y los islamistas lo saben.
Por supuesto. Le doy un ejemplo: el presidente de Turquía, el señor Erdogán. Su objetivo es islamizar Occidente. Conoce nuestra debilidades intelectuales y culturales. Nuestra obsesión con las identidades. Nuestra white guilt, culpa de hombre blanco. Y las explota sin pudor. ¿Cómo? Promoviendo por el mundo el concepto de islamofobia. La palabra islamofobia sirve para callar la boca de los occidentales acomplejados.

¿Y qué consecuencias tiene todo esto para la seguridad? La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, causó indignación al afirmar que las medidas de protección sugeridas por las agencias de Seguridad -los bolardos¬- «coartaban la libertad». Las consideraba represivas y una señal de intolerancia.
El desprecio a la seguridad es una actitud narcisista y suele acabar en lágrimas, porque opera sobre una presunción de invulnerabilidad que choca con la realidad. Y la factura de la realidad la pagan los ciudadanos. Con sus vidas. Con la primera libertad.

En la derecha se está produciendo una reacción identitaria al identitarismo de la izquierda: el Frente Nacional. Brexit. El propio Trump. ¿Qué opina de él?
Bajo Obama, el relativismo, el posmodernismo y las políticas identitarias crecieron exponencialmente. La victoria de Trump es una reacción contra todo aquello. Un voto de protesta. Nadie ve a Trump como un salvador. Lo han votado como una forma de advertencia al establishment. Y es fundamental que el establishment reaccione. Hay que bajar a la tierra. Hablar con la verdad. En lo que se refiere al Islam, lo que la gente pide es una discusión sincera. Sobre su faceta política e ideológica. Sobre su íntima vinculación con la violencia. Sobre la utilización de la inmigración para exportar un proyecto totalitario. No es una demanda difícil de atender. Difícil es crear cientos de miles de empleos. Difícil es levantar un muro en la frontera con México. Pero abrir una conversación cultural sobre el islam político es fácil. Y urgente.

Esa conversación no asoma por ningún lado. Al contrario. Cada vez se habla más de la identidad. La última polémica: unos reivindican la Confederación, racismo incluido. Otros derriban estatuas y reescriben la historia.
Esa es la penúltima polémica. Cualquiera que siga las noticias ahora en Estados Unidos creerá que un tercio de los americanos son transgénero. Es un debate artificial, hinchado. Las políticas identitarias lo han copado todo. Lo han politizado todo. Y especialmente la universidad.

También está el ejemplo de James Damore, despedido de Google por redactar una nota interna sobre la política de la empresa de discriminación a favor de las mujeres.
Otro disparate. Pero Google es una empresa privada. Puede contratar o despedir a quien quiera. La universidad es otra cosa. En la universidad hay que aprender a debatir, confrontar puntos de vistas, respetar y ejercer la libertad intelectual. Pero ahora impera la censura. Los alumnos se gradúan con ideas fijas y dogmáticas. Salen al mundo laboral, incluso se incorporan a la administración, creyendo que las personas que tienen opiniones distintas de las suyas son inmorales y deben ser silenciadas o erradicadas. Esto socava la calidad del debate público y político. Y fomenta la polarización. Es una espiral destructiva para la democracia.

¿Y qué se está haciendo para frenarla?
Empieza a haber una reacción. Una organización de alumnos ha generado un debate sobre la financiación de aquellas universidades que fomentan la intolerancia. Ya hay un primer caso: la Universidad de Evergreen, en el estado de Washington. Echaron a un profesor -de izquierdas, por cierto- porque se negó a secundar la idea de sus alumnos de fijar un «Día sin hombres blancos». El profesor advirtió, con razón, que eso era racismo y lo echaron. El escándalo saltó a los periódicos nacionales y ahora las matriculaciones han caído en picado.

¡Día sin hombres blancos! Extraordinario.
Necesitamos asignaturas sobre el individuo y la ciudadanía. Sobre la Constitución americana. Sobre la civilización occidental. Otra paradoja: hay un movimiento fuerte contra la Confederación y cualquier asomo de segregación racial. Pero a la vez todo el debate público -incluido el movimiento anti-Confederación- contribuye a la segregación. La gente es identificada y por tanto segregada según su aspecto, género, religión. Míreme a mí. Bajo un enfoque identitario yo soy un compendio de minorías: mujer, negra, musulmana, apóstata… Pero no. Yo soy mucho más que todo eso. Soy un individuo. Una ciudadana. Y sobre todo no soy una víctima. Tengo libertad y responsabilidad.

Una liberal clásica.
Sí, liberal en el sentido europeo. El emocionante acierto del liberalismo clásico es que se fija en el individuo. No se detiene en el sexo, la raza, la ideología o la religión de una persona. Lo único que le importa es la condición humana. Y la capacidad de las personas para comprender y compartir ideas y experiencias con otras. Y lo primero que compartimos es el deseo de libertad. Y la primera libertad que anhelamos y debemos defender es la libertad frente a cualquier intento de coerción. Esto es una verdad y un valor universal, en Namibia o en Minnesota.

La ley natural: nuestro anhelo de libertad.
De ahí la fuerza del liberalismo clásico. Su relevancia y atractivo frente a cualquier ideología religiosa o secular. Los liberales clásicos debemos combatir todos los colectivismos. Señalar la radical debilidad de sus postulados. Y lograr que cada vez más personas los rechacen. En lo que afecta al islam, esa es nuestra misión: hacer un dawa de la libertad antes de que nos sometan al dawa de la sharia.

Usted fue sometida a una ablación de niña y lleva años denunciando esta práctica. ¿Con qué resultado?
Mi experiencia contra la ablación es que es más fácil obtener el apoyo de la cadena Fox que del New York Times. La condescendencia de muchas mujeres de izquierdas con la mutilación genital es insólita. Recuerdo una conversación con una periodista de gran prestigio del Times. No había manera de que llamara mutilación a la mutilación. Buscaba eufemismos. Y justificaciones. Lo consideraba la expresión de «una cultura». Esta actitud esconde un fondo de racismo: ninguna mujer blanca occidental sometería a sus hijas a una mutilación genital.

Dice que el Islam necesita una Ilustración. Pero la Ilustración tuvo lugar hace tres siglos. Y el islam no se ha dado por enterado.
Y los occidentales se han olvidado… Los herederos de la Ilustración han dejado de promover sus ideas y valores. Se han vuelto relativistas. Y tienen pánico a ofender a los que no los comparten. No se dan cuenta de que esos valores no son mejores porque sean suyos, sino porque son los que hacen posible la libertad, la felicidad y el bienestar de todos los seres humanos. Dicen: no tenemos derecho a imponer los valores de la Ilustración. Es exactamente al revés: a lo que no tenemos derecho es a considerar que la libertad, el pluralismo y la tolerancia son patrimonio exclusivo de Occidente.

Insisto. Usted compara los musulmanes reformistas con los disidentes del comunismo: Sájarov, Havel, Solzhenitsyn. Pero ellos no pretendían reformar el comunismo sino acabar con él. ¿No será que el problema es la religión en sí?
La religión es un problema, sí.

¿Cuál es ahora su relación personal con la religión? ¿Es creyente?
No. Presido una organización que lleva mi nombre con la que intento que musulmanes escépticos se unan y trabajen juntos por la reforma del islam. Ya no soy hostil al islam, como en los años 2008 a 2010. Entonces creía que la reforma era inviable, que no había nada que hacer. Pero he matizado mi visión de las cosas. Ahora creo que la reforma sí es posible. Si distinguimos entre las personas y las ideas veremos que cada vez son más los musulmanes que rechazan la sharia, la yihad, la cultura de la muerte y la obediencia acrítica a Mahoma. Con el tiempo, la reforma se hará: o separamos la religión de la política, Meca de Medina, o al final todos los musulmanes se volverán agnósticos, incluso ateos, o migrarán a otra religión.

Salvo el de Salman Rushdie o el suyo, los nombres de los reformistas apenas se conocen.
Hay muchos y valientes. El problema es que la mayoría escriben en lenguas minoritarias, como el holandés o el danés. Los gobiernos occidentales debería promover la traducción de sus obras.

Volvemos al principio: los gobiernos no quieren hacer nada que pueda ser considerado un ataque a una religión que profesan 1.500 millones de personas.
Por eso hay que insistir en la distinción: no es un ataque a los musulmanes sino a una idea. Una idea que incluye la misoginia, la dominación y la intolerancia. Eso es lo que debemos explicar. Para que el Rey de España, por ejemplo, estuviera cómodo al decir después de una matanza terrorista: «Esto es lo que yo condeno. Esta idea. Esta idea reaccionaria, misógina e intolerante». Podemos repetir mil veces: «Islam es paz, islam es paz, islam es paz…». Pero es como decir: «Abracadabra». Pensamiento mágico. No hace que el islam se convierta. El apaciguamiento refuerza a los violentos y abandona a los pacíficos, a los que sólo les queda cruzar los dedos.

¡Rezar!
Quizá no literalmente.

 

Entrevista publicada en El Mundo el 20 de noviembre de 2017. 

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Que febril la mirada

El golpe de octubre de 2017 ha cogido a muchos por sorpresa, lánguidos y desprevenidos. Pero hubo personas que sí lo vieron venir. Y que no fueran escuchadas. Estos son extractos de los más importantes textos de oposición al nacionalismo catalán. Datan de hace más de veinte años, nada para el tango pero mucho para España. Y demuestran dos hechos fundamentales: el nacionalismo catalán siempre trabajó contra la democracia. Y la democracia podría haberse defendido.

 

  1. Federico Jiménez Losantos. Lo que queda de España (Alcrudo Editor, 1979).

Hete aquí cómo cerca de dos millones y medio de españoles van a asistir sin darse demasiada cuenta a la segunda parte de una operación político-cultural monstruosa y brutal para la emigración rural española de las últimas décadas: ver cómo sus descendientes se ven obligados a cambiar de lengua y cultura para acceder a la ciudadanía de pleno derecho, y todo ello sin moverse de España.

No creo que en Cataluña se esté haciendo mucho para entender lo que significan España y el Estado español.

En unos y en otros, en la izquierda que confunde —también ella— españolismo con franquismo y en la derecha que administra los derechos culturales de las autonomías como mercadería política, echamos de menos la auténtica política de Estado que requiere este momento, en el que está en juego el futuro de tantas cosas.

 

  1. Manifiesto por la igualdad de derechos lingüísticos en Cataluña (conocido como Manifiesto de los 2.300). Redactado por Santiago Trancón. Primer firmante, Amando de Miguel. 25 de enero de 1981.

Los abajo-firmantes queremos hacer saber a la opinión pública las razones de nuestra profunda preocupación por la situación cultural y lingüística de Cataluña.

No nace nuestra preocupación de posiciones o prejuicios anti-catalanes, sino del profundo conocimiento de hechos que vienen sucediéndose desde hace unos años, en que derechos tales como los referentes al uso público y oficial del castellano, a recibir la enseñanza en la lengua materna o a no ser discriminado por razones de lengua están siendo despreciados, no sólo por personas o grupos particulares, sino por los mismos poderes públicos sin que el Gobierno central o los partidos políticos parezcan dar importancia a este hecho gravísimamente antidemocrático.

 

  1. Josep Tarradellas. Carta al director de La Vanguardia, Horacio Sáenz Guerrero. 16 de abril de 1981.

[Pujol] afirmaba una vez más su conducta nacionalista, que era y todavía es hoy de utilizar todos los medios a su alcance para manifestar públicamente su posición encaminada a hacer posible la victoria de su ideología frente a España.

Durante estos últimos diez meses todo ha sido bien orquestado para llegar a la ruptura de la política de unidad, de paz y de hermandad aceptada por todos los ciudadanos de Cataluña. El resultado es que, desgraciadamente, hoy podemos afirmar que debido a determinadas propagandas tendenciosas y al espíritu engañador que también late en ellas, volvemos a encontrarnos en una situación que hace recordar otras actitudes deplorables del pasado [en referencia a la proclamación de la República catalana por parte de Lluís Companys en 1934].

[Los responsables de la Generalitat] están utilizando un truco muy conocido y muy desacreditado, es decir, el de convertirse en el perseguido, en la víctima. Y así hemos podido leer en ciertas declaraciones que España nos persigue, que nos boicotea, que nos recorta el Estatuto, que nos desprecia, que se deja llevar por antipatías hacia nosotros, que les sabe mal y se arrepienten de haber reconocido nuestros derechos e incluso, hace unos días llegaron a afirmar que toda la campaña anti-catalana que se realiza va encaminada a expulsarlos de la vida política. Es decir, según ellos, se hace una política «contra Cataluña», olvidando que fueron ellos los que para ocultar su incapacidad política y la falta de ambición por hacer las cosas bien, hace ya diez meses que empezaron una acción que solamente nos podía llevar a la situación en que ahora nos hallamos.

Es necesario tener el coraje de decirlo, los problemas de la lengua y de la escuela, es la actual Generalitat quien en gran parte los ha provocado, por falta de sentido de responsabilidad y por una alocada política ante el Gobierno.

Si reflexionamos fríamente, estoy seguro de que se dará cuenta de cómo se ha perjudicado y se está perjudicando a Cataluña. La división cada día será más profunda y se alejará más y más de nuestros propósitos de consolidar para nosotros y para España la democracia y la libertad a la vez que los equívocos que surgirán entre nosotros serán cada más graves.

 

  1. Mario Vargas Llosa, Psicodrama en España. Crítica de la obra Operación Ubú, de Els Joglars. Publicada en varios periódicos. 26 de abril de 1981.

Al mismo tiempo que el teniente coronel Tejero y sus doscientos guardias civiles irrumpían en el palacio de las Cortes de Madrid para protagonizar el tremebundo espectáculo que, gracias a la televisión, ha dado la vuelta al mundo, en el antiguo y popular barrio de Gracia, en Barcelona, un grupo de actores del Teatro Lliure interpretaba ante un público más reducido —pero no menos hechizado por lo que veía— una farsa concebida y montada por Albert Boadella: Operación Ubú.

Un alto personaje político de Cataluña —«El Excelso»— aquejado de un tic en la cara que estropea sus presentaciones públicas, se pone en manos de un psiquiatra, el doctor Oriol. […] Reticente y angustiado al principio, el Excelso termina por personificar, con total plausibilidad y evidente placer, al sanguinario Ubú, dando libre curso a sus tendencias reprimidas que, en las sesiones psicodramáticas, afloran irresistiblemente por sobre su apariencia de hombre suave, educado, idealista, laborioso y pacífico.

Su frenética ambición de poder, riqueza y gloria, libre de los frenos conscientes, se desparrama a chorros en la acogedora impunidad de las sesiones que inspira la batuta del doctor Oriol. En un sentido, se trata de una acerba crítica de la visión parroquial, mezquina, auto-complaciente que tiene una cierta clase social catalana. En otro, de una llamada de atención, de corte libertario, sobre los peligros del poder y los cataclismos que puede provocar si no se lo mantiene siempre circunscrito y vigilado.

 

  1. Félix de Azúa, Barcelona es el Titanic. Articulado publicado en El País. 14 de mayo de 1982.

El caso es que Barcelona está yéndose a pique. Que sus noches son cada vez más breves, y una tristeza de perdedores de Liga se va amparando en las Ramblas. Que esa insoportable ñoñería que los forasteros llaman seny, y que es un defecto de las capas más prehistóricas de la burguesía catalana, está acabando con la ironía, que es la única virtud del pueblo catalán que ha dado muestras de verdadero talento: la ironía es lo vivificante de Pla, de Foix, de Carner, de Brossa, de Ferrater, y corto por no ponerme pesado.

Dentro de poco esta ciudad parecerá un colegio de monjas, regentado por un seminarista con libreta de hule y cuadratín de madera, a menos de que las capas más vivas de la ciudad salgan de su estupefacción. […] Pero la astucia de los poderosos nos está devolviendo la misa de doce en Pompeya, el paseo por la Diagonal, el verano en S’Agaró y la esquiva mirada de un proletariado tiznado de hollín espiritual.

 

  1. Josep Tarradellas. Una entrevista de Iván Tubau. Magazine de Diario 16. 15 de agosto de 1982.

La gente de este país no quiere saber la verdad, quiere que la sigan engañando.

La política sectaria que hoy se hace, discriminatoria como es evidente, ha hecho que se separen la comunidad catalana y la no catalana.

Los castellanos llevan 400 años gobernando y nosotros lo único que hacemos es llorar y decir disparates. El arte de gobernar consiste en gobernar, no en gritar cosas que después no podrán cumplirse. Los catalanes siempre perderemos, siempre hemos perdido a través de la historia, porque nos entusiasmamos demasiado, porque no tenemos rigor y creemos que nuestras ilusiones son realidades.

Lo que hay ahora en Cataluña es una especie de dictadura blanca. Las dictaduras blancas son más peligrosas que las rojas. La blanca no asesina, ni mata, ni mete a la gente en campos de concentración, pero se apodera del país, de este país. Un día u otro esto se acabará, supongo. ¿Y qué se verán obligados a hacer los que vengan detrás? Pues tendrán que deshacer lo que éstos de ahora han hecho. Ésta es la realidad.

 

  1. Manifiesto por la Tolerancia Lingüística, 21 de mayo de 1994. Autor y primer firmante, Antonio Robles.

La omnipotente propaganda nacionalista, a la que colabora en gran medida parte de la prensa local catalana, ha introducido en la población castellanohablante injustificados sentimientos de culpa, deuda e inferioridad, reduciendo a estos ciudadanos a la falsa categoría de recién llegados, y haciéndoles perder, en gran medida, el sentimiento de autoestima hacía sus valores culturales y su forma de hablar.

Han convertido la recuperación del catalán en cruzada contra los valores culturales y lingüísticos de buena parte de los ciudadanos de Cataluña. […] Este hecho no sólo traiciona los criterios por los que se regía la recuperación del catalán, sino que borra de la memoria colectiva de nuestros escolares cualquier hecho histórico que no cuadre con los sueños de la ideología nacionalista. Y eso no sirve para educar al niño en los valores de tolerancia, que todo ciudadano necesita para saber respetar y exigir ser respetado en la Cataluña plural de hoy, sino para convertirlo en una marioneta del aventurismo nacionalista.

Es tan grave esa manipulación del pasado, que una mañana cualquiera pudiera suceder que, sin explicarnos bien cómo ha sido posible, nos miremos en nuestros hijos y no nos reconozcamos.

 

  1. Albert Boadella. El Virus. Artículo publicado en El País. 26 de agosto de 1994.

Esta situación, por su persistencia, empieza a revelarse como una epidemia general.

El virus provocador fue reactivado hace unas décadas a la sombra de los cultos laboratorios montserratinos y financiado por una banca hasta su extenuación. A pesar de que su composición es simple y algo casera, puede esconder reacciones violentas, como la eliminación sistemática de los anticuerpos discrepantes, algunas veces a través de la compra (directa o con un cargo) y otras con la marginación que presupone el sobrentendido de traidor a la gran causa.

El virus no inocula simplemente catalanismo, que en mayor o menor grado lo tiene ya cualquier afectado que convive desde hace siglos con esta esquizofrenia de si se es más catalán que español o viceversa. El virus añade un nuevo componente que estimula los genes tribales a fin de restablecer un comportamiento tipo para todo habitante de la tribu, si quiere ser digno de ella.

Las normas del buen aborigen se sintetizan en un solo principio: por el hecho de ser catalán se tiene la razón. Si uno habla, escribe, pinta, juega, compone o representa en catalán, es de por sí un valor añadido siempre que no se enfrente al jefe de la tribu.

El gran jefe posee ideas muy concretas de cómo tiene que ser la tribu, y todo aquel que no se ajusta al esquema sufre marginación, es decir, se convierte matemáticamente en enemigo de Cataluña.

Si son unas viruelas o un sarampión sin consecuencias seremos afortunados, pero mucho me temo que estos virus sintéticos producen lesiones irreversibles. Si es así, a unos cuantos sólo nos quedará la opción de romper la baraja y pedirle asilo político a Rodríguez Ibarra.

 

  1. Arcadi Espada, Contra Catalunya (Editorial Flor del viento) 1997.

Los primeros que confundieron a Pujol con Cataluña fueron los socialistas de Cataluña. Se trató de una gran desgracia para todos. El PSC se sometió a lo dictado por las cien mil personas —no hubo más— que orillaban el camino de Jordi Pujol desde el Parlamento hasta la plaza de Sant Jaume: había otro pueblo fuera de allí. Pudieron ensayar con él una cierta alianza de la razón, si es que no tenían razones sentimentales para aliarse. […] Nunca se dirigieron a ese pueblo y a otros muchos pueblos ausentes aquella tarde y todos esos pueblos consideraron justo no dirigirse tampoco al PSC.

Aquella tarde los socialistas inauguraron en Cataluña una nítida manera de hacer las cosas en la política: tratar de ponerse delante de las masas, dijeran éstas lo que dijeran, aunque lo que dijeran fuera contra el estilo y las convicciones propias. Encima: ni eran masas ni ellos consiguieron de modo alguno ponerse delante.

Escribo, según parece, desde lo que llaman aquí el autoodio. Debe de ser un término con un pedigrí interesante. Su formulación es una nueva prueba de la bondad, de la capacidad de cuidado nacionalista. Cuando lo han probado todo ensayan con ese lazareto moral. Bien está: hay soluciones peores. Ahí van quedando los que no supusieron reconocerse, los impedidos, tal vez los deslumbrados: no ser nacionalista ya no es sólo odiar a tu patria. Es odiar a tu patria como a ti mismo, el segundo mandamiento conclusivo de la ley de Dios.

España ya no genera ruido de patria, pero Cataluña, en estos últimos quince años, poca otra cosa ha generado. No se trata de tambores, ni de clarines, ni siquiera de himnos trémulamente entonados. Se ha tratado, se trata, de una sonsònia: penetrante, continua y monótona. Va repitiendo, en cualquier circunstancia, con la menor excusa, que este país y aquellos de sus habitantes adheridos forman un nirvana provincial donde el error o el mal sólo se apoderan de los otros. No hay novedad: en torno del oasis no se extiende más que el desierto.

 

Recopilación publicada en El Mundo el 17 de noviembre de 2017. 

 

 

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Apaciguar es abandonar

El ministro de Exteriores es un hombre útil al periodismo. A diferencia de su predecesor, que presumía de criterio propio y secretos de Estado, Dastis es un hombre sencillo y transparente. Un portavoz, a menudo involuntario, de las ideas e intenciones del Gobierno. Ayer volvió a demostrarlo ante los micrófonos de la Cope. Preguntado por la decisión del Tribunal Supremo de no dictar prisión provisional para la golpista Forcadell, contestó: «Todo lo que contribuya a que el proceso de preparación de elecciones en Cataluña transcurra de manera calmada es una buena noticia». De manera calmada… Apunté la frase, encendí el ordenador y en Google tecleé apaciguamiento. Primera acepción: «Establecimiento de la calma y la tranquilidad en el ánimo violento o excitado de una persona». Luego busqué el transitivo en inglés. Del diccionario Webster: Appease: «1: pacify, conciliate; especially: to make concessions to (someone, such as an aggressor or a critic) often at the sacrifice of principles». A costa de los principios… Y en perjuicio propio. Ahí seguimos.

El apaciguamiento es una política vieja de la que hay ejemplos dramáticos. El clásico es la rendición preventiva de Chamberlain ante Hitler. Pero también está la actitud de los atenienses ante el avance de Filipo II de Macedonia, hace 2400 años. O, ahora mismo, la condescendencia de la izquierda occidental ante un Islam reaccionario, misógino, expansivo y violento. El apaciguamiento tiene una explicación naturalista, pinkeriana. Nos gustaría ser buenos y actuamos como si nuestros agresores también lo fueran. Desconfiamos de nuestra propia fortaleza. Y, por encima de todo, tenemos horror al conflicto. Bueno, unos más que otros. Y este Gobierno, el que más.

La revolución se ha estrellado contra el muro de la realidad. Cierto. Hay que celebrarlo. Pero también habrá que preguntarse por la construcción y propagación de la ficción separatista. La mentira de la independencia low cost tiene dos padres: la alucinación nacionalista y el apaciguamiento democrático. Sí, nosotros somos los grandes cómplices de la fábula de una secesión sin sacrificios. Cuando una y otra vez toleramos el atropello de la ley en Cataluña —desde las sentencias lingüísticas hasta el 9-N—, contribuimos al mito de la impunidad judicial. Cuando aceptamos la letanía europea del «asunto interno español», alimentamos la utopía de Catalunya, nou estat de la UE. Cuando seguimos inyectando fondos del FLA en la Generalidad a pesar de su impúdica malversación en propaganda y embajadas antiespañolas, reforzamos la falacia de una secesión sin coste económico o éxodo empresarial. Cuando negamos al resto de españoles su derecho a intervenir en los asuntos de Cataluña —por ejemplo, a mí la entonces diputada Montserrat— legitimamos la trampa de un perímetro soberano catalán. Y cuando ignoramos la existencia de una Cataluña no nacionalista, sancionamos la primera mentira del proceso: la idea de una comunidad homogénea y por tanto inmune a la fractura social. Por cierto, ni uno solo de los héroes de la larga y árida resistencia catalana ha sido reconocido todavía con la medalla al mérito constitucional. Y la sigue teniendo Pujol.

Lo asombroso, en todo caso, no es la ausencia de autocrítica sino el empeño en el error. La crisis catalana ha dejado dos lecciones importantes para el constitucionalismo, que el constitucionalismo, misteriosamente, se niega a asumir. La primera tiene que ver con la virtud pedagógica de la ley. Horas antes de la decisión del Supremo sobre Forcadell, el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, dijo que el juez debía tener en cuenta la ley y también «el contexto». Es decir, las elecciones autonómicas. Es un ejemplo deplorable de la presión política a la que está sometida la Justicia en España. En el caso de los presuntos corruptos, para encerrarlos. Y en el caso de los seguros golpistas de ideología nacionalista, para soltarlos. Y sobre todo es un reflejo perfecto de la estrategia de apaciguamiento que el constitucionalismo comparte al completo. Ayer remató Borrell: «Cuantos menos responsables políticos estén en prisión, mejor para las elecciones». Y lo mismo opinan los líderes de Ciudadanos, aunque sólo lo digan en privado.

La realidad es exactamente la contraria: la ley no moviliza a los separatistas; es lo único que los frena. Y por si no bastaran los últimos 40 años para demostrarlo, ahí está lo ocurrido la noche del jueves, en una gélida y fantasmal plaza de la villa de París. No fue el apaciguamiento lo que empujó a Forcadell a pulverizar los límites de la dignidad, acatar el 155 y aceptar el marco constitucional. No fue el diálogo ni la promesa de una nueva negociación sobre competencias, financiación o el derecho a decidir. Fue la amenaza seca y concreta de la cárcel. Es decir, la máxima expresión de la fuerza del Estado. La prueba de su disposición a asumir el conflicto como parte inevitable de la defensa de la democracia.

La segunda lección clave para el constitucionalismo afecta a la relación con sus propias bases. Los partidos siguen pensando que Arriola tiene razón. Es decir, anteponen la desmovilización del voto ajeno a la movilización del propio. Esta convicción tiene un asidero histórico: las elecciones vascas de 2001. Ahora bien, ¿qué hubiera ocurrido si en lugar de una reagrupación constitucional de alto voltaje, Jaime Mayor y Nicolás Redondo hubieran concurrido por separado y de perfil? Probablemente, no hubiera habido base para el posterior desalojo del PNV del poder. Lo que sí sabemos es que Rajoy logró gobernar en 2016 gracias a la movilización de su electorado contra Podemos. Y que Ciudadanos se convirtió en líder de la oposición en Cataluña con un discurso limpio de confrontación con el nacionalismo. El cambio de ciclo no se conseguirá con guiños al separatismo. Y mucho menos mediante el maltrato sistemático a los constitucionalistas, característica insólita de esta campaña electoral. Y aquí brilla el ministro del Interior.

Lo escribió ayer Santiago González: para esto mejor haber dejado a Trapero. Zoido no sólo calificó como «muy equilibrada» y «proporcional» la pasividad de los Mozos durante la huelga del miércoles; su abyecta complicidad con los saboteadores. También dijo que «no era el día para caer en provocaciones» y que esta vez los independentistas no pueden quejarse porque «no hubo un solo lesionado». Es decir, avaló la versión histérica del 1 de Octubre. Y, peor aún, despreció a los cientos de miles de catalanes cuyos derechos sí fueron salvajemente lesionados. Los trató como votantes cautivos cuando su deber es defenderlos, protegerlos, cautivarlos. Sus palabras son la expresión sucia, concreta y devastadora del apaciguamiento, que siempre abandona y enciende a los inocentes. Porque esa es la clave y la trampa innoble de la política de apaciguamiento: el apaciguamiento nunca es general. Sólo se apacigua a un lado. Al que no lo merece ni lo agradecerá.

El apaciguamiento marca la campaña catalana y también lo que vendrá. Una vez más, Dastis. El miércoles le dijo a la BBC: «Hemos creado un comité en el Parlamento para explorar la posibilidad de reformar la Constitución y ser capaces de acomodar las aspiraciones de parte de los catalanes». Es evidente a qué parte se refería. A la de siempre. A la que lleva el veneno, por citar a Juncker. La comisión de Estudio para la reforma constitucional inicia sus trabajos el próximo miércoles en el Congreso. Sería deseable que, como preámbulo, sus señorías releyeran la oración fúnebre de Pericles: «Imitad a estos ahora vosotros, cifrando la felicidad en la libertad y la libertad en la valentía, sin inquietaros por los peligros de la guerra». Porque hay un tipo de paz que promueve la guerra y un tipo de guerra que asegura la paz.

 

Artículo publicado en El Mundo el 11 de noviembre de 2017. 

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