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Cuando sí queda alguien

Muy tarde ya en la noche, agotado el tema de la vida, Félix Ovejero y yo fuimos paseando desde el hotel Cotton House, Barcelona arriba. Félix tenía que conocer al otro español vivo de izquierdas, Manuel Valls. Español, sí, Abascal y Puigdemont, español. Se reconocieron como lo harían dos animalitos de la misma especie, con alegría. Intercambiaron referencias. Félix le regaló su nuevo libro, La deriva reaccionaria de la izquierda (Página Indómita), y Valls, los ojos encendidos, le pasó el escáner. Disparaba preguntas, ávido. Y Félix contestaba, deprisa, intentando condensar el doble fracaso del catalanismo político y el socialismo español en una sola cerveza. En la escena había algo más que el principio del final de Casablanca. Valls necesita asumir las lecciones de Félix para ser alcalde de Barcelona. Y Félix necesita que Valls sea alcalde de Barcelona para creer que la izquierda no ha muerto.

Iba a decir que Félix Ovejero ha escrito un libro pesimista: «La izquierda ni está ni se la espera»; «se ha vuelto infantil, zombie, oscurantista y antiilustrada»; «su debacle política es irreversible»; «cuando no queda nadie, podemos esperar lo peor». Pero no es cierto. Félix tiene fe. Y que me disculpe el sustantivo. Reivindica los principios de la izquierda Marianne: ciudadanía, ciencia, laicismo, globalización. Los ilumina. Hasta los ennoblece. Y su explicación de cómo fueron traicionados, primero por la farfolla derridiana, luego por la histeria identitaria y finalmente por los Jordi Gracia de la vida, resulta no sólo convincente sino también conmovedora. Habla un hombre desposeído, nostálgico pero combativo. Nuestro Mark Lilla.

Félix sitúa la ruptura del dique donde ya es commonplace: Mayo del 68, cuando la juventud se convirtió en argumento de autoridad y el ciudadano democrático en Niño Dios: mimado hasta la médula, irresponsable, quejica, prota sentimental y subjetivo de una política imposible. Una y otra vez Félix cita con espanto la seca confesión del europeo Juncker: «Los gobernantes sabemos exactamente lo que debemos hacer; lo que no sabemos es cómo salir reelegidos si lo hacemos». Quizá por eso le gusta Valls. Me lo comentó cruzando la Diagonal: «Me parece un político con conciencia de serlo. Es decir, que no rehúye su responsabilidad porque concede a su profesión un estatus moral alto». Unos días antes, Valls había proclamado ante un auditorio acostumbrado a la política de chanclas de Colau que él es el candidato de las élites. Es decir, del esfuerzo, el rigor y la razón. Nadie, ni las chulapas que llaman Mezquitas a Iglesias, se atreven a tanto.

La religión sigue bramando, sí. Valls casi llora de emoción ante las páginas de Félix que denuncian la intimidad entre la izquierda-reac y el Islam. «¡Veo que fustigas a Tariq Ramadán! ¡Bravo! Una criatura de la coquetería antioccidental, un peligro para los valores republicanos. Yo era primer ministro cuando la matanza en Charlie Hebdo. Obama no quiso venir a la manifestación. ¿Sabéis por qué?». Lo intuimos: no quería ofender a los hermanos de los asesinos. Como el Papa Bergoglio: una viñeta, una trompada. Lo escribe Félix con claridad celestial: «Por la mañana se reclama el cierre de una exposición por islamófoba y por la tarde se defiende el derecho a la blasfemia». El burka embutido, las ritas al aire. Este impúdico doble rasero sólo se explica, en efecto, desde una reverencia al Islam no ya antilaica sino idiota: «Incluso sin entrar en honduras teológicas, siempre será preferible una religión que amenaza con el chantaje del infierno (Borges) que otra que contemple la posibilidad de acelerar el trámite». Félix tiene humor.

 

La hija de Valls, líquida melena negra hasta la cintura, observaba imperturbable. Una pareja se acercó a saludar al candidato: «¡Firme con los nacionalistas! ¡No ceda, por favor!». Félix suspiró, todas sus decepciones a cuestas. Su libro las analiza con precisión de laboratorio. Nadie explica como él la traición del Partido Socialista a la nación de ciudadanos: la sustitución del discurso de la igualdad por el espiritismo etnicista y excluyente del volk. Herder Iceta. Nadie disecciona con tanta paciencia el delirio localista, con su blindaje de agravios, tabúes y prohibiciones. Susana Perón: «¡Nos han ofendido! ¡Se han metido con nuestros niños!». Nadie ha denunciado con más valor la cobardía de su propio gremio: «¿Habéis leído la patética carta de mis colegas de la Pompeu en defensa de Ponsatí?». Y nadie usa mejor la lengua contra su abuso: «Según esta nueva izquierda, los individuos no tendrían derecho a una lengua, sino que las lenguas tendrían derecho a los individuos».

Este detritus ideológico lo asumió el referente de la gauche faux-federal, Maragall. El político que algunos asesores de Valls le animan a emular, como si catalanismo y xenofobia fueran disociables; como si algún proyecto catalanista, alguna vez en la Historia, no hubiese acabado en lágrimas. Nadie citó abiertamente a Cambó; en ausencia de Colau –Eva en su credo y en su ignorancia- no hizo falta. Y Félix remató: «A los separatistas no hay que darles una salida psicológica. Ya se la buscarán ellos. Con los nacionalistas hay que hacer lo que hizo el PP con los franquistas: regenerarlos; vertebrarlos dentro de la Constitución. Y eso no se hace rebajando la exigencia democrática. Al contrario».

Valls se despidió de Félix con un abrazo fraternal y se evaporó en el Ensanche. Me quedé un instante en silencio, borracha de esperanzas: ¡El gamusino liberal-igualitario existe! He visto uno, tal vez dos. «Félix, ¿me acompañas hasta el Cotton House? Quiero hacerte más preguntas».

Caminamos acompasados.

– ¿Podemos también te engañó?

– Podemos pudo ser distinto. En Cataluña alguna gente lo intentó, pero eran cuatro gatos y fracasaron. El partido ni siquiera asumió la retórica chavista, caudillista, de la patria. Se quedó con la tabarra de la autodeterminación. Y ahora es lo único que vende. Podemos no es marxista. No propone la nacionalización de la banca ni nada parecido. Sólo plantea la destrucción del Estado. Es decir, la pura destrucción, porque sin Estado no hay Estado del Bienestar ni hay nada.

– ¿Y tú también te has vuelto monárquico? Valls ha defendido al Rey frente al acoso de Podemos y los separatistas.

– El republicanismo no se opone a la monarquía; se opone al despotismo. Y en España sólo rige un imperio: el de la ley. La palabra «monarquía» pervive, pero su significado ha cambiado. Le pasa como a la palabra Generalidad, que no designa lo mismo hoy que en la Edad Media. O a la palabra átomo, desde Demócrito. Además, nuestra monarquía se votó. Como se votaron las autonomías. En el mismo paquete. Su legitimidad es idéntica. Sí, yo estoy a favor del republicanismo y hoy el republicanismo es el Rey.

– ¿Y qué te parece la decisión de exhumar a Franco?

– Uf, a ver… Hemos ganado ideológicamente. El régimen del 78 representa todo aquello contra lo que Franco luchó. La victoria moral es nuestra. Entonces, ¿para qué seguir luchando? Es mezquino y ridículo. Como lancear a un toro muerto. Como combatir el feudalismo. Hoy en España las grandes batallas morales, las que tienen sentido, son otras. Por ejemplo, la derrota ideológica de ETA.

– ¿Y qué te pasa con Ciudadanos? Estás como Valls, que quiere montar su propio En Marche! cuando aquí ya hay uno, perfectamente articulado y en auge, que por cierto fundaste tú.

– Yo creo que Cs se equivocó al eliminar la socialdemocracia de su ideario. Primero, porque un partido puede cambiar de propuestas, pero no de principios. Es como coger el balón con la mano y decir: sigo jugando al fútbol. Y, segundo, por motivos estratégicos. Lo que España necesita, y con urgencia, es un partido de izquierdas explícitamente antinacionalista. Al proclamarse liberal, Cs compite con el PP, que representa a una derecha civilizada. Asume el vínculo entre izquierda y nacionalismo. Y desaprovecha la ventaja moral, quizá injusta pero indiscutible, que todavía tiene la izquierda en España.

No en todo íbamos a coincidir.

Llegamos al Paseo de Gracia. Jóvenes turistas hacían zigzags entre las farolas de Falqués. Parecían tan felices, hijos libres e iguales de la civilización. Me acordé de cuando conocí a Félix, en un acto de Faes en Barcelona, hace cinco años. Iba con una corbata prestada y sin prejuicios. Ya entonces pensé que, ante el empuje de los reaccionarios, acabaríamos votando lo mismo. En Barcelona o en el Bronx.

– Por cierto, ¿sabes lo que me ha contado Jordan Peterson? Un grupo de intelectuales americanos a la Haidt está asesorando a un sector del Partido Demócrata para que abandone su deriva reaccionaria y vuelva al camino de la razón. En las últimas legislativas todos sus candidatos obtuvieron escaño. Su Manuel Valls se llama Cheri Bustos y es congresista por Illinois. Félix, hay que traducir tu libro.

Artículo publicado en El Mundo el 19 de noviembre de 2018.

Foto: ‘Conversación en el Cotton House Hotel’. Santi Cogolludo.

 

Épica de Fernández

El 5 de julio de 2008 el Partido Popular de Cataluña se congregó para escoger a su enésimo no líder. Lo hizo en el hotel Barceló que remata por lo alto la estación de Sants. Los nacionalistas se mofaban: «Ahí van los forasteros, con un pie en el AVE a Madrid». Pero además hacía un calor húmedo, diabólico, peor que el de Buenos Aires en el filo de enero. Y el aire acondicionado del hotel, que aún no había sido reformado, reventó. Los sufridos compromisarios salían y entraban de un salón de techos bajísimos, sus camisas empapadas, sus rostros desencajados. El bochorno ambiental no fue nada comparado con el político. Contra todas las maniobras de Génova, al Congreso se habían presentado dos candidaturas: la oficialista de Alicia Sánchez-Camacho y la disidente de Montserrat Nebrera, una histriónica profesora aupada en su día por Josep Piqué que ha acabado encaramada al independentismo. Nebrera hizo un discurso delirante: «¡La mejor manera de crecer es perder! ¡Yo os propongo que crezcamos juntos!» Y logró el 43% de los votos. Sus seguidores la sacaron a hombros, literalmente, entre aullidos de euforia e insultos a Javier Arenas y Ana Mato, representantes de la dirección. En una esquina, el todopoderoso Jorge Fernández Díaz, chorreando, también cinismo, declaró: «El PP está sudando libertad».

 



He recordado este episodio, que viví en directo y con el mismo desasosiego que muchos de mis entonces compañeros de partido, al conocer la noticia de la elección de Alejandro Fernández como nuevo presidente del PPC. Desde la triste defenestración de Alejo Vidal-Quadras, hace 22 años, el PP no había tenido un líder a la altura de Cataluña. Es decir, de España. Consciente de que sus electores no son precisamente los próceres terceristas del Círculo de Economía. Brillante en la tribuna. Con grosor intelectual, sentido estratégico y dominio de la ironía. Autónomo de los hermanos Fernández Díaz y hasta dispuesto a jubilarlos. Un presidente inmune al cumbayá de las corruptas sirenas catalanistas.

 



«¡Troppo tardi!», gritan los escépticos y los de Ciudadanos. Quizás. Los graves errores cometidos por el PP estos años —pasividad ante el 9-N, Operación Diálogo, 155 ultralight— han convertido una empresa difícil en una tarea titánica. Pero aun así. La volatilidad que caracteriza al voto contemporáneo concede un peso decisivo al factor liderazgo. Para bien o para mal, los individuos influyen hoy más que las marcas: Trump, Macron, Bolsonaro. Y fíjense qué curioso. Y qué bonito. En el fango catalán, en la zona cero del nacionalpopulismo, donde la degeneración democrática alcanza cotas de epidemia, coinciden los tres líderes más esperanzadores de la política española: Fernández, Valls y Arrimadas. Cada uno con sus matices: derecha, izquierda y centro. Todos con la Constitución: libertad, igualdad y fraternidad.

 



El mar al sur de Barcelona tiene en otoño un color verdoso, difuminado. Parejas pasean entre los cañaverales, el solito en la cara y el corazón en la boca. Llamé a los viejos amigos que habían acudido a Sitges a votar a Fernández. Estaban contentos, aunque con la duda de si su discurso no había sido demasiado elevado para una militancia con la moral por los suelos. Lo busqué en Youtube. Fernández estudia para pensar, piensa antes de hablar y lo que piensa es exacto. Cataluña no necesita un nuevo 155, como repite Pablo Casado, que un día de estos debería parar, reflexionar y hasta descansar. Lo que necesita, efectivamente, es una política dirigida a ensanchar el espacio no separatista del 53% hasta el 57 o el 60%. Un proyecto capaz de devolver a Cataluña el equilibrio, si es que alguna vez lo tuvo. Hoy el 47% nacionalista ejerce sobre la vida de los catalanes un dominio obscenamente desproporcionado: mimado por PSOE y PP durante cuarenta años, controla la educación, los medios de comunicación, los nombramientos, los ascensos, las subvenciones, todo. El 53% restante no existe: es una mayoría paria. Los constitucionalistas protestan: «¡Gobierno sectario!». Se quedan cortos: Torra no preside un Gobierno, sino un Estado, un ogro filantrópico con los suyos e implacable con los demás, que deambulan desamparados, porque el Estado legítimo, el de todos, ha abdicado. Y ni les cuento bajo Sánchez, promotor de indultos y hasta de amnistías para los golpistas. 

 


«Elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es plenamente normal». Cataluña tiene pendiente su Transición, desde luego. Como primera medida, Fernández propuso en Sitges un plan de incentivos paralelo al de los nacionalistas. Defínase: una red de Institutos Cervantes-Pla, una TV4 plural… Bien, aunque todo eso requiere un Gobierno español que de momento no tenemos. Y además no concede al discurso del nuevo PP catalán ningún valor añadido frente al de Ciudadanos.


Es cierto que Ciudadanos ha sido menos consecuente y metódico de lo que esperaban sus votantes. A Arrimadas le pasa un poco como a Rajoy: deslumbra en el Parlamento pero no lidera la calle. Pudo hacerlo, pero no quiso. Ganó las elecciones del 21-D. Pero primero renunció a hacer un discurso de investidura para la Historia: «Sí, señores, de Olot, Madrid o Bruselas: esta mitad existe y ha ganado, y es la única que tiene un proyecto compatible con la paz civil de Cataluña y su prosperidad». Y de enero a junio se limitó al puro debate dialéctico. No mantuvo viva la movilización del 8 de octubre. No impulsó iniciativas para ampliar la base del constitucionalismo. Se plegó a la estrategia nacional de Albert Rivera de macerar a Rajoy en la Gürtel hasta que… Ups, Sánchez presidente. Qué fiasco. Y, sin embargo, de todo se aprende. Por escarmiento o pura necesidad, desde el verano Ciudadanos ha vuelto. A la Plaza Sant Jaume, al corazón sucio de Alsasua y hasta a la portada de El País. 


 


Fernández no lo tendrá fácil para competir con Arrimadas en firmeza constitucionalista. Ni en atractivo político. Ni en atractivo. En cambio, hay un terreno donde sí puede hacer un discurso diferenciado. Y electoralmente eficaz. Y políticamente decisivo. Y atractivo, guapo, guapo. El nacionalismo es ante todo una intervención, una injerencia, una invasión de lo colectivo en la libertad individual. El fáctico Estat català es un inmenso engranaje burocrático, una versión mediterránea del socialismo del siglo XXI. Pisotea la vida privada. Exige absoluta fidelidad ideológica. Avasalla en las aulas. Manosea los libros de texto. Okupa los platós de televisión. Sepulta a los ciudadanos bajo una losa de entidades, consorcios, institutos, fundaciones, embajadas y observatorios, que cuestan una fortuna en impuestos y que actúan como agencia de colocación y fábrica de estómagos agradecidos. El nacionalismo ha creado un Estado iliberal y no sólo por antidemocrático. Y aquí es donde Fernández juega con ventaja. El liberalismo de Ciudadanos es de etiqueta: táctico, ondulante, transaccional; el suyo es auténtico. Hasta el punto de que se proclama «thatcheriano», lo que hoy en Cataluña es incluso más subversivo que reconocerse «españolazo». 



El 21-D, Fernández se quedó fuera del Parlamento catalán. Durante tres días, hasta el recuento del voto exterior, creyó que su carrera política había terminado. Nada como la visión del abismo para convertir la lucidez en acción. Algo parecido le pasó al Rey el 3 de octubre. Un año después, sigue librándose en Cataluña una batalla cotidiana y agónica entre la sociedad abierta y sus enemigos. Más que la continuidad de España, lo que está en juego es la libertad de elegir. Las políticas identitarias balizan un nuevo camino de servidumbre. Adelante, pues, Fernández, hombre del PPC: no importa que te llamen dominguero los taxistas al pasar; la carretera liberal es tuya. Y es una carretera nacional.


Foto: El delta del Llobregat. Otoño, 2018. 

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