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We few

El 16 de marzo de 1988 José María Aznar viajó a Alemania para entrevistarse con el carismático y temperamental líder de los socialcristianos, Franz Josef Strauss. Ambos eran entonces presidentes regionales —uno de Castilla y León; el otro de Baviera—, pero estaban en momentos muy distintos de sus carreras políticas. Y de sus vidas. Aznar tenía 35 años y pronto recibiría el encargo de aglutinar y refundar la derecha española; Strauss, con 73, ya había sido ministro de casi todo, hasta con Adenauer, y seis meses después se iría con Dios. La conversación fue cálida y fértil. Strauss acababa de reunirse con Gorbachov y le transmitió a su joven interlocutor la buena nueva: «¡Ya no habrá guerras!». Viva Glásnost. Muera el Comunismo. Luego, entre anécdotas, le explicó el secreto de su éxito político y su primera obsesión: «Lo más importante, lo crucial, es que a la derecha no te surja otro partido». Treinta y dos años después ha surgido. El pasado 15 de octubre Alternativa para Alemania irrumpió en el Parlamento bávaro con 22 diputados y la CSU perdió su eterna, férrea, mayoría absoluta. Treinta y dos años después también ha irrumpido Vox.

La toma de posesión de Juan Manuel Moreno como presidente de Andalucía —quiero ver a los ñoquis del régimen socialista haciendo cajas— apaciguará durante un tiempo al PP, aterrado ante el espectáculo de un Vox desbocado en las encuestas y en los medios. Pablo Casado ha demostrado ser un negociador hábil, tranquilo, discreto, dúctil. Su secretario general también. Sin histrionismos han logrado liderar el cambio andaluz y dejar en evidencia la bravuconería de Santiago Abascal. ¿Dónde quedó la deportación de los 52.000 ilegales? ¿Dónde la derogación de la Ley de Violencia de Género? ¿Dónde la Reconquista? Sólo en las mentes calenturientas de las editorialistas de El País. «Pacto mefistofélico», chillaban el viernes, frustradas de que el papelito finalmente firmado por Vox y PP fuera puro Barrio Sésamo, un ejemplo maravilloso de que una cosa es jugar al macho en la taberna de Twitter —Ea, Valls, franchute, vete a casa— y otra hacer política.

Ahora bien. La política, es decir, la política en serio, seria, delimitada por lo posible, ¿sirve para ganar elecciones o solo para gobernar? En el contexto español y mundial, crisis de Estado y desprecio a las élites, Vox tiene un margen de crecimiento exponencial. Dicho a la tremenda: Vox enterrará al PP y beneficiará al Frente Popular. Vamos por partes.

Para los nacionalistas, Vox es una fantasía hecha realidad: ¡Mon semblable, mon frère!, por fin podemos enzarzarnos de tú a tú, nacionalistas contra nacionalistas, identitarios contra identitarios, catalanes contra españoles. De momento, Vox rehúye la etiqueta. Iván Espinosa se retorcía la otra mañana en Telecinco cuando lo llamaron nacionalista. «Somos patriotas», balbuceó, «no queremos expulsar a nadie». Sólo a los 52.000 y a Pablo Echenique. Bueno, y a Valls. Pero yo apuesto a que esa barrera retórica también la saltarán. Como Trump. Y por un motivo elemental: el nacionalismo motiva y moviliza. Lo he comprobado estas Navidades en Barcelona: gente que en su vida había tocado una papeleta del PP, por puro asco, hoy se proclama españolaza y votante de Vox. «Es la reacción», explica mi amigo Federico Jiménez Losantos. Ciertamente. En ambas acepciones. Entretanto, recomiendo al PP el clásico estudio de Maurizio Viroli For Love of Country: An Essay on Patriotism and Nationalism, (Oxford University Press, 1995). Sus candidatos a las municipales y autonómicas van a necesitarlo para distinguirse de uno de sus dos competidores.

Si el nacionalismo está encantado de promover a Vox, incluso a bofetadas, qué decir de Sánchez. A pesar de Andalucía, sí. Piénsenlo. ¿Qué dato, qué hecho, qué gestión, qué argumento tiene Sánchez para esgrimir ante los electores? ¿Sus Ray-Ban en el Falcon? ¿Sus guiños a un xenófobo? ¿Los primeros temblores de la economía? ¿Cómo piensa movilizar a la izquierda? Su única baza es el miedo: en ausencia del cadáver de Franco, el cuerpo presente de Vox. Mañana, tarde y noche.

Tercer elemento: los medios. Vox seguirá creciendo porque Vox es un negocio. Es nuevo: clic. Es políticamente incorrecto: clic, clic. Y sobre todo es contestatario, polémico, polarizador: clic, clic, clic. Y arriba el share. La vida pública se ha convertido en una red asocial; en una guerra tribal, donde rige la consigna de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. En la que personas cultas e inteligentes acaban justificando o asumiendo posiciones burdas y extremistas por pura animadversión. Referentes intelectuales de izquierdas —de la izquierda verdadera, la que antepone la igualdad a la identidad— disfrutan con Vox porque creen que perjudica al partido que les traicionó. Otra ilusión.

El desenlace andaluz ha generado una falsa impresión: «Vota Vox y echa a Sánchez». Ojalá fuera tan fácil. Admitidas todas las reservas sobre cualquier ejercicio de extrapolación, asumida también la pérdida de votos del socialismo a favor de Ciudadanos, la división del antiguo espacio del PP en tres puede convertir al PSOE en la primera fuerza política del Congreso y, por mucho, del Senado. Con lo que ello supondría: Pedro unplugged. Tendría la legitimidad de la que hoy carece como hijo de una bastarda moción de censura. ¿Y cómo creen que la usaría? ¿Pactaría un gobierno centrista y anti-nacionalista con Rivera? ¿O acordaría con el nacionalismo la liquidación —él diría «perfeccionamiento»– del sistema del 78?

Personas relevantes del entorno del PP están intentando convencer a Abascal de que vuelva a casa, aunque sea para el verano y en forma de coalición. Encomiable ingenuidad. El foco, la influencia, los groupies, la ola europea, la marea global… Sólo un patriota renunciaría al dulce olor del poder por el bien común. Vox, como Podemos con el PSOE, como Ciudadanos con todos, tiene vocación de sustitución y un huracán a favor.

Ayer escuché a Pablo Casado en la presentación de los candidatos de Madrid y sentí una mezcla de admiración y pena. Está haciendo un esfuerzo gigantesco por reconstruir el vínculo afectivo con su electorado tras quince años de marianismo. Y ello no es fácil. Ahí está la indignación de la familia de Rita Barberá contra “el miserable uso electoralista” de la memoria de la alcaldesa. Ha querido presentar los mejores candidatos. Y eso tampoco es fácil. Ahí está el vídeo de Ruth Beitia agonizando en el escenario, la boca seca, el hilo perdido. Y, sobre todo, Casado es consciente de la necesidad de dar respuesta a una pregunta clave: “¿Qué función cumple hoy su partido, exactamente?” Y esto sí que es difícil. ¿Es el PP el partido de los gestores experimentados y eficaces? Ha designado a una experta en redes sociales para la Comunidad de Madrid. ¿Es el partido de la unidad de España? Ciudadanos y Vox nacieron como consecuencia de su desistimiento, y Vox acaparará todos los focos durante el juicio del Proceso. ¿Es el partido de la lucha contra la corrupción? Silencio. ¿El de las bajadas de impuestos? Montoro en la memoria. ¿El de los católicos? Monasterio contra Iglesias. ¿El de las mujeres hartas de que las consideren víctimas y los hombres de que los llamen violadores; el de la igualdad sin excepciones? Este era el único punto anti-identitario del programa de Vox y el PP lo rechazó. Entonces, ¿qué es el PP? ¿El gran partido de Europa? Sí, eso sí. ¿Y a cuánto cotiza el europeísmo en el mercado electoral? A tanto como la razón y la responsabilidad.

El viernes el PP inaugura su Convención Nacional. «Tiene que ser una refundación», ha dicho Aznar, «algo así como el Congreso de Sevilla de 1990». Pero entonces el margen de maniobra e innovación era muy superior. Nuevo nombre: PP. Nueva definición: centro-reformista. Hasta un nuevo ideario: la libertad de la persona. Ahora sólo queda defender un espacio menguante y hacerlo a codazos. A un lado, los pragmáticos y, a otro, los esencialistas. A un lado, los guays y, a otro, los fieros. A un lado, los liberal-sociales y, a otro, los nacional-conservadores. Y en medio, una única bandera, la más noble pero en estos tiempos la menos valorada: el individuo.

Casado citó ayer a Enrique V: «We few, we happy few, we band of brothers». Sus palabras retumbaron en un auditorio lleno pero frío. La épica shakespeariana se diluyó en un ambiente numantino. El few se impuso al happy. Yo intuyo que el PP morirá en el empeño: hay movimientos telúricos, desastres inexorables. El consuelo es que por fin habrá hecho lo decente.

 

Artículo publicado en El Mundo el 14 de enero de 2019. 

Foto: Henry V, Act IV, Scene III. The Dramatic Works of William Shakespeare, with remarks on his life and writings by Thomas Campbell, (London, 1863).

Felices Facts

La semana pasada, paseando por Internet, tropecé con un texto de Aleksandr Solzhenitsyn publicado en The Washington Post el 12 de febrero de 1974. El mismo día en que la KGB detuvo al escritor, le arrebató la ciudadanía y lo deportó a la Alemania libre. Se titula ‘Vivir sin mentiras’ y es pura luz. Este párrafo:

«La salida más simple y más accesible a la liberación de la mentira descansa precisamente en esto: ninguna colaboración personal con la mentira. Aunque la mentira lo oculte todo y todo lo abarque, no será con mi ayuda. Esto abre una grieta en el círculo imaginario que nos envuelve debido a nuestra inacción. Es la cosa más fácil que podemos hacer, pero lo más devastador para la mentira. Porque cuando los hombres renuncian a mentir, la mentira sencillamente muere. Como una infección, la mentira sólo puede vivir en un organismo vivo.»

Es una lección aplicable por igual a la vida pública y a la vida íntima. En el caso de Solzhenitsyn, y del Siglo XX, la mentira fue el Comunismo. Su emplazamiento a los rusos, no para que gritasen la verdad en la plaza pública, so pena de languidecer en Siberia, sino simplemente para que dejaran de avalar con su palabra o sus gestos cualquiera de las miles de falsedades que sostenían al putrefacto régimen soviético, tuvo la fuerza de una revolución: un silencio tuyo bastará para sanarnos. El texto, que había circulado clandestinamente durante meses, incluía nueve instrucciones precisas. Las citaría todas, pero esto es un periódico:

• No escribirá, firmará o imprimirá por ningún medio una sola frase que, en su opinión, deforme la verdad.
• No citará fuera de contexto, ni oralmente ni por escrito, sólo por complacer a alguien, o para enriquecerse, o por lograr éxito en su trabajo, una idea que no comparta o que no refleje con precisión el asunto en cuestión.
• Abandonará inmediatamente cualquier reunión, sesión, conferencia, representación o película en la que el orador mienta, distribuya estupideces ideológicas o propaganda desvergonzada.
• No levantará la mano para votar a favor de una propuesta con la que no simpatice sinceramente, ni votará públicamente o en secreto a quien considere indigno o dude de sus capacidades.

Esta última se la dedico con cariño a los barones socialistas.
Con la voz de Solzhenitsyn todavía en la cabeza, me fui a la presentación en Madrid del libro póstumo de Hans Rosling, Factfulness (Deusto). Médico, gran divulgador, ¡tragasables!, Rosling murió el año pasado de cáncer, por lo que la protagonista del acto fue su simpática nuera y colaboradora, Anna. Fue escucharla y click: comprendí que el de Rosling también es un ensayo contra la mentira. Un texto inteligente, divertido, sencillo y eficaz que, como el artículo de Solzhenitsyn, ofrece a los ciudadanos las herramientas necesarias para vivir en libertad. Porque la LIBERTAD, en caja alta, sólo la concede el justo conocimiento de los hechos. La verdad.

La gran mentira contemporánea es la letanía de que el mundo va mal. De ella se alimenta la peor política: desde el neocomunismo podémico, con su cochambrosa hispanofobia y su estúpida guerra de sexos, hasta ese nacionalismo histérico que convierte las calles de mi Barcelona —California mediterránea, estilosa, tierna en invierno, tan cool— en un sucio campo de batalla. Unos y otros cargan contra el admirable presente español en nombre de una utopía, pasada o futura. Unos y otros prosperan gracias a la oceánica ignorancia que caracteriza a todos los segmentos de la población. Rosling demuestra que los sesgos —atávicas incrustaciones en nuestro cableado cerebral— ciegan por igual a una Kelly que a un Nobel. A la pregunta de si la pobreza ha aumentado o se ha reducido en los últimos 20 años, ambos se equivocarían más que un chimpancé al azar. Y siempre en la misma dirección: la del Apocalypse Now. En el fondo, el pesimismo es otra forma de vanidad: el mundo no empieza con nosotros, pero tampoco se acaba por nosotros.

Lo cierto es que las cosas no van tan mal. ¿Un cuento de Navidad? No, hechos. Jamás han muerto menos personas en guerras que hoy. El terrorismo en Occidente está disminuyendo. La pobreza mundial se ha reducido a la mitad desde el año 2000. ¡A la mitad en 19 años! Es un dato emocionante. La mayoría de la humanidad vive en países de ingresos medios. El planeta no se extinguirá por sobrepoblación, porque incluso las líneas más obstinadamente rectas pueden volverse curvas: pronto la población mundial empezará a menguar por la universalización de los anticonceptivos y una mejor educación. Casi el 90% de los niños del mundo están vacunados. El 85% de los seres humanos tiene acceso a electricidad. Y 193 países de los 194 existentes nos reconocen a las mujeres el derecho al voto. Y la excepción, nenas, no es España.

Podemos mejorar, claro. Pero —y esto es lo crucial— estamos mucho mejor que antes y, sobre todo, muchísimo mejor de lo que creemos. Como ejemplo, el gran drama de la semana: el asesinato de Laura. Ni siquiera tengo que hacer el esfuerzo de buscar los datos porque ya lo hizo Cristian Campos para un excelente artículo en El Español. Léanlo. El resumen es: que España es el segundo país de la UE con la menor tasa de homicidios (0,63%), detrás de Austria. Que se confirma una tendencia a la baja que conduce a España hacia la convergencia con Japón, paraíso de la seguridad. Que la mayoría de las víctimas de homicidios en España son hombres. Que el porcentaje de asesinos hombres en relación con la población masculina española es un microscópico 0,003%. Y que de ese microscópico 0,003%, sólo un 15% corresponden a casos de violencia doméstica. Es decir, que Laura no somos todas y desde luego no todos son Bernardo. Más bien lo contrario. Esto es factfulness: la manera justa y útil de abordar un problema. Con datos. En su contexto. Sin sensacionalismo. Controlando los diez instintos que identifica Rosling: la tendencia a lo binario, la fascinación por lo negativo, el rechazo a las explicaciones complejas, la caza del culpable… Todo cuanto vemos hoy expuesto, incluso despatarrado, en los medios de comunicación.

El libro de Rosling zarandea a los medios. Reconoce que los periodistas se aprovechan de los instintos primarios de la gente para captar su atención y que han sido decisivos en la propagación de una visión tergiversada y tétrica de la realidad. Lapidario: «Las noticias no son muy útiles para entender el mundo». Sin embargo, Rosling no levanta el dedito. «No demonicemos a los periodistas», dice. «Tienen las mismas concepciones absolutamente equivocadas que el resto de las personas». Y además actúan bajo una inédita presión comercial: If it bleeds, it leads. Yo le agradezco la condescendencia, aunque sólo porque sé que es estratégica. El objetivo de Rosling es concentrar toda la responsabilidad en el consumidor de titulares y tuits. En esto también coincide con Solzhenitsyn: son los ciudadanos los que deben abandonar toda colaboración con la mentira. Los que deben desarrollar la capacidad para detectar la exageración en el periodista y la estridencia en el político. Los que deben distinguir entre una promesa y un compromiso, y entre un hecho y un cebo. Los que cuando, como el pasado sábado, leen un tuit de un medio valenciano que anuncia de un ex ministro: «¡Última hora! Ha fallecido…» deben abstenerse de difundirlo por respeto a la verdad y a los vivos. Y sí, también a los muertos y al conjunto de la comunidad política. Porque la felicidad de la Nación, entrañable expresión de la Constitución de Cádiz, es incompatible con la fantasía y tributaria de los facts. Lo saben ya hasta los funcionarios de Torra: «¿Qué república ni qué collons? La república no existe, idiota».

Si España tuviera un Gobierno, si Sánchez no fuera Pedro y el PSOE no fuera un páramo, su presidente habría encargado ya un volumen a modo del que FAES publicó en 2006 sobre los años de Aznar, pero ahora sobre toda la etapa democrática. Apenas unas páginas, limpias y bien diseñadas, con datos y gráficos: los Indicadores del Cambio. Pocas historias más navideñas que la de España bajo la Constitución de 1978. Ese librito yo lo envolvería junto con Factfulness para que se lo trajeran a mis hijas, a mis amigos y a los 46,5 millones de españoles el campechano Papá Noel o los magníficos Melchor, Gaspar y Baltasar. Nunca la magia habría servido mejor al fin de la superstición.

 

Artículo publicado en El Mundo el 24 de diciembre de 2018. 

Foto: A veces, Pinocho dice la pura verdad. Como cada año, aperitivo en el abarrotado Pinotxo Bar del Mercado de la Boquería, Barcelona, 24 de diciembre de 2018.

Nunca listo

“¿Qué es un boy scout? Un niño vestido de gilipollas guiado por un gilipollas vestido de niño.” Recordé este viejo chiste al leer la entrevista de Iñigo Errejón en Vanity Fair. El candidato de Podemos a la presidencia de la Comunidad de Madrid —que fue boy scout y ahora viste de niño— confesó que “con los nudos nunca fui un hacha, pero el fuego y el morse se me daban guay.” Guay. También demostró por qué se le considera una de las mentes más originales y esperanzadoras de la izquierda española. Por ejemplo, cuando le preguntaron, a la futbolera, “qué tiene Errejón que Madrid necesita”, contestó: “Ganas; creo que el Gobierno de Madrid está un poco anquilosado y necesita aire fresco.” Ambi Pur. Y cuando le pidieron un pronóstico sobre el impacto de Vox en Madrid, respondió con uno de esos sofisticados y sesudos análisis que le han hecho célebre, de Málaga a Cochabamba: “Estoy en política porque creo que las ideas que defiendo son las mejores para mis conciudadanos. Y como creo que son las mejores, quiero pelear para que salgan y estoy muy convencido de ellas. El día que no lo esté me voy a casa.” Ya. Volando voy. El cinismo de los dirigentes de Podemos es proporcional al peligro que representan para la convivencia. En la misma conversación, adelantándose a Pablo Iglesias —Bustos dice que ha madurado, yo creo que está Madurísimo—, Errejón declaró: “Quiero ser cristalino: la situación en Venezuela es desastrosa”. No había pasado ni mes y medio —43 pequeños días y un trompazo electoral— desde esta entrevista en el digital chileno de izquierdas The Clinic. Perdonen la extensión de la cita, pero es un incunable de la miseria moral que hay que leer y difundir sin piedad.

P.- ¿Por qué defiendes el Gobierno de Maduro en Venezuela?
R.– El proceso político en Venezuela ha conseguido inmensos avances en una transformación de sentido socialista, inequívocamente democrática, donde se respetan los derechos y libertades de la oposición, que dicen todos los días por casi todas las televisiones que viven una dictadura…
P.– Se le impuso una Asamblea Constituyente elegida sin la participación de la oposición que reemplazó en sus facultades a la Asamblea Nacional.
R.- Ah, no, no, eso no significa… yo creo que en la conducción económica, en la gestión de las relaciones con la oposición, en la gestión de la seguridad ciudadana… hay muchas tareas que el proceso político venezolano no ha resuelto bien y yo creo que es un proceso sumido en conflictos profundos.

P.— ¿Tú te sientes cómplice de ese proceso político a estas alturas del partido?

R.— Yo creo que ha habido importantísimos avances.

P.— Yo sólo veo retrocesos.

R.— No, no, no, en Venezuela la gente hace tres comidas al día.

P.– En Venezuela la población ha bajado alrededor de 10 kilos en promedio en los últimos años.

R.— Yo ese dato no lo tengo.

P.– Yo sí.

R.— No los he visto publicados en ningún sitio.

P.— Si quieres te los muestro.

R.- Se han hecho drásticos avances, por ejemplo, en conseguir que la gente tenga acceso a la salud pública, que tenga acceso a la educación…

P.— La gente emigra a Colombia y a los países vecinos cuando tienen parientes enfermos.

R.– No, no, yo conozco centros de salud gratuitos donde le hacen radiografías gratuitas a gente que antes no lo podía pagar.

P.— Pero si no hay medicamentos.

R.— Eso es otra cosa, no es que no haya medicamentos, además. Ahí, en parte, hay toda una derivación de medicamentos que están subvencionados en Venezuela, que se venden más caros en Colombia, y que se hace tráfico con cosas que están subvencionadas.

 

Esos “no, no, no”, tan enfáticos, tan sinceros: yo sí te creo, hermano.
Estas declaraciones no son un calentón tuitero ni un telegram robado. Constituyen una defensa razonada, valga el adjetivo, de una tiranía atroz. Y, lo peor, son coherentes con la trayectoria de Podemos. Con la más remota, condensada en esta húmeda oda del bardo Monedero al agonizante Chávez: “He amanecido con un Orinoco triste paseándose por mis ojos y no se me quita. Fuerza Hugo. Aguanta. Aguanta para ayudarnos a quitarnos este miedo de la soledad de cien años. Aguanta Presidente. Aguanta.” Eso, Hugo, sé fuerte. Y con la más reciente: el pasado lunes —17 meses después de haberles prometido a la cara que organizaría un acto para reclamar la liberación de su hijo—, Manuela Carmena plantó a los padres de Leopoldo López en un homenaje a los cuatro Premios Sájarov que siguen encarcelados. La alcaldesa está muy ocupada. Casi más que Zapatero, que ayer en El Mundo logró el tres en raya: ¿cómo va a llamar golpista a Puigdemont un tipo que considera demócratas a Maduro y Otegi?

Pero volvamos a Errejón. Nuestro scout, nuestro boy, incluso nuestro It boy, también ha sorprendido esta semana con un vídeo sobre la Constitución y una serie de tuits de presunto alto voltaje patriótico. En el vídeo aparece paseando por Madrid mientras su voz en off hilvana perlas de plástico como las siguientes: “Hay para quienes la Constitución fue un punto y final, pero para mí es un comienzo”. Esos “quienes” son su partido. “Algunos viven de sembrar miedo, desconfianza y division”. Esos “algunos” son su partido. “La desigualdad y los privilegios casi nos rompen la convivencia.” No, los que casi la destrozan son los separatistas y su partido. «Tenemos que volver a coser una España de igualdad de oportunidades y de igualdad entre hombres y mujeres.” ¿Qué tal si empezamos por respetar la igualdad entre españoles?

Los tuits del scout también son dignos de admiración. Primero proclama, corajudo: “La mejor forma de celebrar la Constitución es cumpliéndola. En el #DíaDeLaConstitución me quedo con el Art. 47, que recoge el derecho de los españoles a una vivienda digna y adecuada”. El Artículo 2 que lo defiendan los fachas del PP y Ciudadanos. Y luego, este gallo liberal: “El 11 de diciembre de 1831, el general Torrijos fue fusilado junto a sus 48 compañeros por intentar acabar con el absolutismo y restaurar la Constitución de 1812. La historia de España está llena de patriotas que lucharon contra los reaccionarios y por las libertades de todos.” Reaccionarios, dices, mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. En Podemos no hay un solo patriota porque no puede haberlo. Si Errejón tuviera una sombra de un atisbo de un deje de algo mínimamente evocador de una conciencia patriótica jamás aceptaría representar a una fuerza política cuyo programa incluye este punto 277:

“Derecho a decidir: Abriremos un amplio debate ciudadano sobre el reconocimiento y las formas de ejercicio del derecho a decidir en el marco del debate acerca del cambio constitucional. Reconoceremos constitucionalmente la naturaleza plurinacional de España, como también aseguraremos el derecho de los gobiernos autonómicos a celebrar consultas a la ciudadanía sobre el encaje territorial del país. Es decir, promoveremos la convocatoria de un referéndum con garantías en Cataluña para que sus ciudadanos y ciudadanas puedan decidir el tipo de relación territorial que desean establecer con el resto de España.”
Esta última frase se añadió en noviembre de 2015 para que no cupiera ninguna duda. Para que todos los ciudadanos llamados entonces y desde entonces a las urnas tuvieran claro lo que promueve Podemos: la concesión a los catalanes de un privilegio que ni el Rey de España, quizá Franco, y la degradación del resto de los españoles a la categoría de proletarios. Cristalino: ¡Madrileños del mundo, uníos! Contra Errejón.

 

Artículo publicado en El Mundo el 17 de diciembre de 2018.

Foto: Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, Antonio Gisbert, 1887-1888.

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