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Más bien cabezudos

Una punk con corsé negro y cresta albina de medio metro bramaba ¡I’m on the highway to hell! ante el Rey, que la observaba con la misma parsimonia y buena voluntad con la que aguantó los insultos en la manifestación de Barcelona. Incluso intentaba seguir el ritmo, o lo que fuera, con la palma de la mano sobre su pierna derecha. El resto de los invitados al 15 aniversario de Vocento en el Teatro Real masticaba su inquietud en silencio. Ya en el cóctel, ambiente Viena 1913 o San Petersburgo cuatro años después, una mujer guapa y frágil murmuró su abdicación: «Quizá debieron programar sardanas y castellers».

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Acto de Libres e Iguales Por la responsabilidad civil, Ateneo de Madrid, 22 de septiembre de 2015.

Cautivos y equidistantes

Félix Ovejero publicó el martes en El País un artículo optimista: «Quizá estemos a tiempo de levantar una izquierda realmente comprometida con la igualdad y la razón. De la otra, la reaccionaria, sobran ejemplares». Dos días después el periódico le echó un cubo de agua helada.

En un editorial bajito y fofo, El País arremetió contra el juez José Yusty por suspender un acto convocado por el podemismo madrileño contra el derecho a decidir de todos los españoles. El suyo incluido, claro. Podría haberlo hecho atendiendo exclusivamente a los argumentos jurídicos de Yusty, opinables como casi todos y en cualquier caso coincidentes con los que ayer provocaron la suspensión de una charla de la sediciosa Gabriel en Vitoria. Incluso podría haber recordado que la política tiene sus propios mecanismos correctivos: allá Carmena, a ver cuántos masoquistas la votan. Pero se le fue la mano. Su párrafo final:

«El hecho de que el juez Yusty sea uno de los firmantes del manifiesto de Libres e Iguales, una plataforma anti-independentista cuyo objetivo es “la movilización del conjunto de los españoles en el grave debate provocado por el secesionismo catalán”, no ayuda a preservar la imagen de una injusticia imparcial. Los jueces no sólo han de aplicar bien la ley, sino que han de mantener la apariencia de imparcialidad».

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Dieciocho unidades didácticas

Pedro Sánchez propuso el jueves una «Comisión de estudio para la evaluación y modernización del Estado autonómico». Es decir, para la aprobación de nuevas cesiones a Cataluña. La iniciativa no tendría más recorrido —el escorpión socialista llega puntual a su cita— si el presidente Rajoy no le hubiera dado su bendición. Y Rajoy es desde anteayer un hombre de Estado. Así que habrá que tomársela con seriedad y ánimo constructivo. Algunas lecciones que podrían ser de utilidad para sus estudiosas señorías:

 

  1. Cataluña ha caído. Ni siquiera es ya el imperio de las formas que glosó Unamuno: una comunidad como la porteña, dotada para la belleza, sofisticada, cool, casi californiana, tan distinta de la vasca. Hasta las Diadas riefenstahlianas. Todo eso ya fue. La manifestación de agosto y el pleno golpista han acoplado la forma al fondo. La barbarie, la vulgaridad y, sí, también la violencia han asomado sus sucias cabezas. El campo ha culminado su conquista de la ciudad. La ciudad es hoy España, ni polvo ni moscas.
  1. El nacionalismo moderado es una entelequia. La fase inicial de un proceso que culmina, en el mejor de los casos, en el ridículo y, en el habitual, en la guerra. Dijo Rajoy que «nadie pudo imaginar jamás lo vivido en el Parlament». Cualquiera con un interés por la Historia o los movimientos de masas. El separatismo no es un suflé. Es fanatismo en marcha. No se desinfla solo. Hay que frenarlo. «¡Oh, ah, Forcadell ha pisoteado los derechos de las minorías!» Qué iba a hacer. Para el nacionalismo la minoría no existe porque no existe el individuo.

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