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SEXFIE

POR QUÉ HOMBRES Y MUJERES NO SOMOS UN JUEGO DE SUMA CERO

 

En noviembre de 2013 los organizadores de los Munk Debates reunieron a cuatro mujeres para debatir ante más de 3.000 personas la siguiente moción: «Queda resuelto: los hombres están obsoletos».[1] A favor de la sentencia capital figuraban la columnista del New York Times Maureen Dowd y la ensayista y colaboradora de The Atlantic Hanna Rosin. En contra, la marxista británica Catherine Roslin y la referente del feminismo amazónico y antipuritano Camille Paglia. El veredicto no fue precisamente tranquilizador para el presunto sexo dominante: si antes del debate el 84% del público se había pronunciado en contra de la moción, después de escuchar a unas y otras el resultado quedó en tablas. Y eso que Paglia brilló, no sólo por su crujiente manejo del lenguaje —originalidad y potencia—, sino por su adulto sentido de la realidad. Frente a los reproches contra el Padre Occidente, recordó la influencia decisiva de la Madre Naturaleza. Y frente a la nueva cultura de odio al macho, recordó lo que el varón ha hecho por la civilización: desde proveer comida al clan en la cueva hasta construir, ladrillo a ladrillo, todas las ciudades del mundo y desarrollar la tecnología que, entre otras cosas, ha permitido a las mujeres su liberación. Pero en el periodismo y la política sólo brilla hoy la purpurina. Como en esta frase de Dowd: «Normal Mailer tenía pánico a que la mujer se vengase de siglos de maltrato. Todo lo que necesitan las mujeres, decía, era unos cien esclavos sementales a los que ordeñar cada día para mantener viva la raza y controlar el mundo. ¡Te equivocaste, Norman! ¡Todo lo que necesitamos son unas pocas células en el congelador junto al vodka con sabor a cereza!». En los últimos años este tipo de retórica tuitera —bravata y troleo— ha ido a más. Y la discusión racional y científica, claro, a menos. El resultado es que ya ni siquiera se habla de una guerra de sexos, o sólo como algo a rematar. Desde lo alto del podio mediático, el nuevo feminismo brama: «¡Hemos ganado! ¡El hombre ha caído! ¡El futuro es nuestro!» Paglia replicaría: con Putin y Trump, creerlo es prematuro; a pesar de Putin y Trump, quererlo es estúpido.

La obsolescencia del hombre es como la obsolescencia programada de cualquier aparato electrónico: una leyenda urbana. O quizá debamos decir rústica. En este caso, promovida por una generación feminista que ha despertado mal de la bacanal del 68. Lo habrán notado y, si no, créanme porque lo he examinado con atención: lo más sorprendente de las conmemoraciones del mayo francés es la ausencia de referencias al impacto de la píldora anticonceptiva sobre la vida de la mujer y la relación entre los sexos. La alegría libertina de entonces no encaja con la cólera puritana de hoy. Sin embargo, la love pillule —por cierto, un invento masculino; del químico Carl Djerassi— fue lo que facilitó la incorporación masiva de la mujer al poder y al placer. A los progresófobos, a los que niegan la maravillosa curva que va desde Bernarda Alba hasta Marisol y de Marisol hasta cualquier chica de hoy, hay que decirles: las mujeres no habían tenido nunca más orgasmos que en los últimos 50 años. Y probablemente tampoco los hombres, salvo que también nos creamos el cuento de que un macho prefiere una muñeca muerta a una mujer libre y consciente.

Pero, como decía, la revolución sexual ha evolucionado mal. Se ha hecho peor que burguesa. Quizá porque su advenimiento coincidió con ese fárrago ideológico llamada posmodernismo. Sus intelectuales —ingenieros sociales— fracasaron en la construcción del hombre nuevo, pero con la otra mitad de la humanidad no se resignan. La mujer nueva: un ser desprovisto de cualquier vínculo con la biología, frágil pétalo de rosa sacudido durante siglos por los vientos de la cultura, barro a esculpir. Eva. A partir de esta visión posmo de la mujer —víctima en legítima busca de venganza contra el varón—, se levanta un hojaldre de mentiras que perjudica a los hombres, desde luego, pero también a las mujeres. En todos los ámbitos: del más sagrado al más profano. De la maternidad al sexo.

En un ensayo pulcro y pinkeriano, la joven francesa Laetitia Strauch-Bonart explica cómo, analizada la longue durée, los hombres han perdido sus dos principales asideros: la prima que otorga la fuerza física y el control de la procreación.[2] Es cierto. Vivimos en un mundo tierno, tan blando por fuera que se diría todo de algodón, donde el uso de la violencia ha retrocedido frente a la búsqueda del consenso y la comunicación, atributos esencialmente femeninos. Y, sobre todo, estamos en un tiempo en el que la decisión más importante de la vida de una persona —tener o no tener hijos— ya no es cosa de dos. Y no sólo por cómo vemos y regulamos el aborto, un privilegio que las mujeres han ganado, a la vez, contra la iglesia y la igualdad. El «nosotras decidimos» también se impone cuando sí parimos. Si la píldora provocó el divorcio entre la maternidad y el sexo, las técnicas de reproducción asistida han provocado el divorcio entre la maternidad y el otro sexo. Un banco de semen y a los nueve meses: Enhorabuena a la mamá. En los países en los que la inseminación artificial y la fecundación in vitro están permitidas para las madres solteras o las uniones de lesbianas, el padre pasa de anónimo sólo en lo biológico a anónimo sin más. De ahí al sueño de Maureen Dowd —mujeres clonando a mujeres en una orgía de partenogénesis hasta ahora sólo protagonizada por especies como el dragón de Komodo o el tiburón martillo— queda sólo un paso científico. Pequeñito para el nuevo feminismo, ¿gigantesco para la Humanidad?

Y así asoma una paradoja, como todas, ácida: el nuevo dominio de la mujer sobre la procreación convive con un discurso que menosprecia la maternidad. La idea de que tener niños es de ñoñas impregna la retórica feminista. Desde luego, no existe una ética de la maternidad, como la que propone Julia Kristeva, previa y desvinculada de las madonnas cristianas, que entienda que el cuerpo materno es algo más que un receptáculo o conjunto de procesos técnicos que pueden replicarse en un laboratorio.[3] Pero, además, la maternidad se presenta como un lastre para los objetivos vitales de una mujer. El prototipo del éxito femenino está copiado del patrón masculino: trabajo, carrera, dinero. Y se inculca desde el primer minuto en los colegios y en ese monumento a la incongruencia —es imposible educar en el victimismo y el exitismo a la vez— en que se han convertido muchas universidades de élite. No sólo en Estados Unidos. El tabú lo rompió, una vez más, Paglia: «No estamos permitiendo que mujeres ambiciosas, inteligentes y con talento puedan tener hijos pronto».[4] Exigimos a los hombres que se ocupen más de los niños —¡conciliación, conciliación!— y al mismo tiempo despreciamos a las mujeres que lo hacen —¡fracasadas!—. El trabajo a tiempo parcial no es un oprobio sino una oportunidad. No todas las mujeres aspiran a la vida del CEO de Apple o Goldman Sachs. Muchas buscan un equilibrio entre el trabajo y la familia.[5] Donde más, en la progresista e igualitaria Holanda. ¿Son por ello peores? ¿Mujeres de segunda, poco evolucionadas, a tratar clínica o ideológicamente? Dijo Simone de Beauvoir: «Ninguna mujer debería estar autorizada a quedarse en casa para criar a los hijos. Las mujeres no deberían tener esa opción, precisamente porque si la tuvieran demasiadas la escogerían».[6] Se empieza negando la realidad y se acaba ejerciendo el liberticidio.

Madres solteras con trabajo a tiempo completo, en un ecosistema cultural que infravalora la maternidad y mide el prestigio en función del reconocimiento público: no parece un buen negocio, no. Aunque peor lo tienen los hombres, sobre todo los de abajo. De Christina Hoff Sommers a Jordan B. Peterson, hay un creciente consenso académico sobre la existencia de una crisis de la masculinidad en la América rica y Europa. [7] Más fracaso escolar que las chicas, salarios en retroceso, menos protagonismo en la procreación y también en la crianza de los hijos como consecuencia de la progresiva sustitución de la vieja institución del matrimonio por las más efímeras uniones civiles… Quizá hablar de una crisis del macho suene exagerado. O recurrente: la película Ciao Maschio de Marco Ferreri es de 1978. [8] En todo caso, basta señalar la absoluta omisión en el debate público de todo lo que, como colectivo, afecta a los hombres. Y no sólo cuando es para mal.

He aquí un asunto que las Dowd deberían celebrar. Su visión del hombre obsoleto, inútil tanto para el sustento como para la reproducción, reduce al hombre a la categoría de objeto sexual. Bien. Pero entonces, señoras, ¿por qué no nos cobramos venganza en su terreno? ¿Por qué no aplaudimos uno de los hitos más importantes en la historia de la sexualidad? ¡Viva la Viagra! Descubierta de forma fortuita, a partir de un medicamento para la hipertensión, esta nueva love pillule azul ha hecho con el sexo y la edad lo mismo que la píldora con el sexo y la procreación: separarlos. Ha acabado con la impotencia como drama real y literario. Y ha otorgado a millones de hombres la posibilidad de prolongar y mejorar su vida sexual. Esto debería deleitar al feminismo que tiene al hombre por mero muñeco o surtidor de espermatozoides. Pues no. Ningún interés. Incluso un cierto desprecio. Como si la erección fuese la expresión de la corrupta falocracia o el preludio inevitable de una violación. Como si las mujeres no fueran las principales beneficiarias de la capacidad sexual masculina. Como si no les gustara el sexo. ¿Y si a las que no acabara de gustarles es a la feministas?

El sexo es como su época y nuestra época es fragmentaria, consumista, tiqui-taca y banal. Para muchos jóvenes, un polvo es como un tuit: un desahogo y poco más. Esa frivolidad no es necesariamente mala. Ya llegará el amor, grave y severo. El problema surge cuando a la ligereza se suma la puerilidad. Cuando el sexo no es tratado como lo que es —un juego para adultos— sino como un pasatiempo infantil. Ahí es donde surgen los malentendidos. Y sobre todo donde proliferan las gobernantas, las que obtienen un gozo incalculable de tratar a los ciudadanos —y sobre todo a las ciudadanas— como menores de edad, diciéndoles cómo, cuándo y con quién. Son las justicieras del #MeToo; las que contra la común experiencia, incluida probablemente la suya propia, dicen que hasta un silencio es un no; las que promueven ese ridículo cinturón de castidad llamado consentimiento previo, que aniquila la seducción. Todo su razonamiento parte de dos premisas. La primera es demencial: todo hombre es un agresor. La segunda, desoladora: la mujer por defecto dice no porque la mujer por defecto no quiere sexo. Al menos con un varón. En el caso de algunas destacadas feministas, es difícil no evitar la sospecha de que estamos ante una pura estrategia de reclutamiento: decretada la obsolescencia masculina, el sexo se vuelve intragenérico. Incluso autorreferencial.

Al final, hay algo profundamente narcisista en el nuevo feminismo. Tampoco en esto se aleja demasiado del paisaje cultural que lo rodea. El último verano, en la playa de Tarifa, el sol de despedida, un grupo de chicas paseaba en topless, la melena larga, la sonrisa abierta, los pies en el agua. Iban haciéndose selfies, ni siquiera grupales, cada una con su móvil. Los chicos las miraban pasar, en silencio, anonadados. Esta es la fantasía del nuevo feminismo: una era del sexfie, onanismo y segregación.

Toda autarquía es una utopía. Y un infierno. Lo cierto es que los hombres seguirán ahí. Y, sobre todo, los seguiremos necesitando. En The Uses of Pessimism, Roger Scruton desmonta uno de los mitos contemporáneos: la falacia de que la felicidad de unos seres humanos provoca automáticamente la infelicidad de otros. Su advertencia es aplicable a todas las expresiones organizadas del rencor. Y sobre todo al feminismo de tercera ola. Tratar la relación entre hombres y mujeres como un juego de suma cero es, además de un desvarío técnico, una abdicación. Es descartar la posibilidad no ya de la felicidad conyugal, sino del orgasmo en pareja. Del orgasmo simultáneo ya ni hablamos.

 

 

 

[1] El debate se publicó bajo el título Are Men Obsolete? You decide (Ebury Press, 2014).
[2] Laetitia Strauch-Baron, Les hommes sont-ils obsolètes?, p. 15-16. (Fayard, 2018).
[3] Julia Kristeva, L’érotisme maternel et son sens aujourd’hui (Les Rencontres Philosophiques de Monaco, 2018).
[4] Are men obsolete, p.
[5] El estudio ya clásico sobre este fenómeno es The Sexual Paradox, de Susan Pinker (Scribner Book Company, 2009).
[6] «Sex, Society, and the Female Dilemma», dialogo entre Betty Friedman y Simone de Beauvoir, The Saturday Review, junio 1975.
[7] La filósofa estadounidense Christina Hoff Sommers fue de las primeras en advertir sobre la crisis de la masculinidad, en su obra The war against boys: How misguided feminism is harming our young men (Simon & Schuster, 2001). Más recientemente, la obra que más repercusión ha tenido en el debate sobre esta cuestión es 12 Rules for life: An Antidote to Chaos (Penguin Random House, 2018) del psicólogo clínico canadiense Jordan B. Peterson.
[8] En la primera escena de Ciao Maschio el protagonista masculino es violado por un grupo de feministas enragées. Para una lectura feminista de la película, Áine O’Healy, «Gender and feminism in the films of Marco Ferreri», Romance Languages Annual, 2 (1990), pp. 258-63.

 

Artículo publicado en la Revista Claves de la Razón Práctica, septiembre/octubre 2018.

Foto: una tarde mansa (CAT).

 

Un muro infranqueable

Pocas cosas resultan más irritantes que las lecciones políticas con acento extranjero. Lo sé porque me lo han reprochado muchas veces. En las redes y a la cara. Recuerdo ahora la mañana del 1 de octubre de 2017 en San Julián de Ramis. Indignados por mis loas a la Guardia Civil —sediciosos neutralizados, niños a salvo, tractores fuera, bravo—, una pareja de reaccionarios me encaró:
— Tú eres de Madrid, evidentemente. No entiendes nada de lo que pasa aquí. Vete. Ya. Y no vuelvas.
— Que no, que no es de Madrid. Es peor. Es argentina. Y todo argentino es hijo de una puta y un español.

A Mario Vargas Llosa le ocurrió algo similar tras su arenga anti-nacionalista en la manifestación del 8 de octubre en Barcelona. Un escupitajo tuitero: «¿Qué cojones hace un peruano opinando sobre nosotros? ¡Vete a casa!» La xenofobia es un impulso atávico, como explica Jonathan Haidt. Forma parte de nuestro cableado tribal y eso hace que sea especialmente difícil de reprimir. Sobre todo en circunstancias de grave polarización política. Y sobre todo, todo, cuando no se tienen claros —o no se comparten— principios básicos de la sociedad civilizada.

El martes pasado, el líder de Vox, Santiago Abascal, fue interrogado por un estúpido comentario del secretario de Organización de Podemos, Pablo Echenique. Abascal podría haber triturado el tuit de Echenique, denunciado su sectarismo y hasta su vileza. Pero no. Decidió coger un atajo. Sórdido:
— ¿Qué le diría usted a Echenique?
— Pues que nosotros a los extranjeros, aunque hayan obtenido la nacionalidad, que deciden atacar las libertades o acabar con el sistema democrático y la unidad nacional, haremos todo lo posible para que sean expulsados de España.

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Jonathan Haidt: «Si ustedes aceptan la censura están perdidos»

¿Les preocupa el cainismo? ¿Y el griterío tuitero? ¿Y la incapacidad de muchos jóvenes para superar el fracaso? ¿Y el auge de la censura? Lean a Haidt. Este psicólogo social y profesor de la Universidad de Nueva York milita en la civilización. Fue un joven judío neoyorquino de izquierdas que un día descubrió que la derecha también tiene a veces la razón. Desde entonces combate la polarización y las políticas identitarias, a las que considera una amenaza para la convivencia y la libertad. Su último libro, ‘The Coddling of the American Mind’, escrito a medias con el experto en la Primera Enmienda Greg Lukianoff, analiza los corrosivos efectos de la ultraprotección sobre los estudiantes americanos. Antes había publicado ‘La hipótesis de la felicidad’ (Gedisa, 2006) y ‘The Righteous Mind’, que Deusto editará el próximo enero como ‘La mente de los justos’.

En su nuevo libro, ‘The Coddling of the American Mind’, usted y Greg Lukianoff afirman que estamos educando a una generación de jóvenes para el fracaso. ¿Qué estamos haciendo mal?
El libro se centra en los jóvenes americanos. Pero quizá sus conclusiones sean aplicables a Europa. De unos años para acá se han impuesto en las universidades tres ideas, igual de pésimas. La primera es: lo que no mata, debilita. La segunda: confía en tus sentimientos. La tercera: la vida es una batalla entre buenos y malvados. El resultado es que muchos jóvenes nacidos después de 1995, los que han ido llegando a las universidades a partir de 2013, son frágiles, hípersusceptibles y maniqueos. No están preparados para encarar la vida, que es conflicto, ni la democracia, que es debate. Van de cabeza al fracaso.

Alpiste para populistas.
Sí. Y, además, infelices. Después de escribir el libro, Greg y yo descubrimos otro dato que avala nuestras conclusiones: la tasa de depresión juvenil, sobre todo entre las chicas, está creciendo. También los suicidios y el ingreso en hospitales por trastornos relacionados con la ansiedad. Hay una generación más vulnerable al bullying y a la exclusión, fenómenos antiguos como la vida misma que hoy los jóvenes soportan mucho peor que antes.

De ahí el éxito de su colega Jordan B. Peterson.
Jordan tiene un pensamiento profundo y explica muy bien algo que decían los antiguos y que yo incluí en mi primer libro, La hipótesis de la felicidad. Para ser fuerte no hay que eludir la adversidad, sino encararla. Sobreproteger a un niño es en realidad desampararlo. Es criarlo en un líquido amniótico artificial que tarde o temprano le va a faltar.

Usted porque es hombre, blanco, anglosajón y heterosexual…
Eso dicen… ¿Debemos sobreproteger a los colectivos históricamente discriminados? ¿A las mujeres, los homosexuales o los afroamericanos? Yo soy judío. Y pienso: claro que hay que luchar contra el machismo, el racismo o el antisemitismo. Pero esa batalla, ¿cómo ha de librarse exactamente? ¿Debemos renunciar al uso de determinadas palabras? ¿Debemos liquidar el debate en libertad y aceptar la censura? ¿Debemos ignorar las verdades científicas cuando son incómodas? Y, algo muy importante, ¿debemos privar a las mujeres, los homosexuales o los judíos, a cualquier niño, de la capacidad crítica y la fortaleza necesarias para afrontar la vida? Qué bueno fue el discurso de Van Jones [activista de derechos civiles y gurú medioambiental de Obama] ante los estudiantes de la Universidad de Chicago. Les dijo: “No quiero que estéis intelectualmente protegidos. No quiero que estéis emocionalmente protegidos. Quiero que seáis fuertes. No voy a pavimentar la selva por vosotros. Poneos las botas y empezad a caminar. No voy a quitaros las pesas. Ese es el sentido de un gimnasio. Y este es el gimnasio”.

¿La libertad de expresión está en riesgo?
Las ideas sobre la libertad de expresión no han cambiado. Pero en la práctica sí hay un retroceso. Gravísimo. Se ha convertido en práctica habitual, y lo que es peor legítima, acallar opiniones discrepantes con el argumento de que resultan ofensivas. Se retiran invitaciones a conferenciantes por la presión de determinados colectivos. Se bloquea físicamente su entrada para evitar que hablen. Se presentan denuncias y se producen ceses. Estas prácticas son absolutamente antitéticas con la universidad y radicalmente antiliberales, en el sentido democrático y esencial del término.

¿Dónde está el límite? ¿Cualquiera debería poder hablar en una universidad?
Hay varias cuestiones a tener en cuenta. La primera es la diversidad ideológica. Cuando yo estaba en Yale aprendí poco, pero al menos algo, sobre el pensamiento conservador. Por ejemplo, nunca pude escuchar a David Duke, entonces líder del Ku Klux Klan, ni leer el Mein Kampf, un individuo y un libro esenciales para entender dos de los grandes dramas del siglo XX. Ahora las universidades se han vuelto mucho más homogéneas. Homogéneamente de izquierdas y no de cualquiera izquierda: de una izquierda cada vez más purista y puritana. Los alumnos sólo reciben una versión de la vida y del mundo. No entienden que pueda haber opiniones distintas a las suyas. Son adiestrados como militantes de un Matrix moral blindado.

Por poner un ejemplo concreto, objeto de reciente polémica, ¿habría que invitar a Steven Bannon a hablar en una universidad? [El director de la revista ‘The New Yorker’ decidió cancelar una entrevista que tenía pactada con Bannon por las presiones de algunos de sus colaboradores y redactores.]
Si fuera simplemente para humillar a la universidad, tendría poco sentido. Pero si el objetivo es entender cómo opera el movimiento ideológico más influyente de estos momentos, o incluso saber cómo pudo ser elegido presidente un individuo como Donald Trump, por supuesto que sí. ¿Cómo vamos a combatir la nueva ola de nacionalismo y populismo si nos negamos a escuchar a uno de sus principales ideólogos?

¿Cuándo y por qué empezó la degradación del debate crítico?
Empezó en Estados Unidos en torno a 2014 y se ha agravado con la polarización política. Las universidades siempre han sido un campo de la batalla cultural que empezó en los años 90. Como Hollywood. Sin embargo, el odio ideológico está pervirtiendo por completo su sentido y misión social. Nadie quiere otorgar a su “enemigo” la más mínima plataforma. Y las universidades son una plataforma privilegiada. Así, en lugar de mantener un grado de neutralidad, aunque sea aparente, muchas universidades han decidido tomar partido. Se han puesto al servicio de una facción. Ya no educan. Promueven un culto, una religión, una visión paranoica y binaria del mundo, que enfrenta a las personas y empuja a los estudiantes hacia el triple abismo de la ansiedad, la alienación y la impotencia intelectual. Al principio yo pensé que era un problema exclusivamente americano, fruto de nuestra peculiar historia: el racismo y su combate. Y también de nuestra tendencia a la sobreprotección. Pero indagando descubrí que ocurría en todos los países de habla inglesa, desde el Reino Unido hasta Nueva Zelanda. En Europa, quizá algo menos.

Aquí también se está agravando la corrección política.
Hay corrección política, sí. Pero la cuestión clave -que los europeos haríais bien en vigilar muy de cerca- es si ya circulan en ambientes universitarios o en el propio debate público frases como: “Esas ideas o palabras tienen que ser eliminadas, no ya porque resultan ofensivas, sino porque perjudican, lesionan o ponen en riesgo a tal o cual colectivo”. Si ustedes aceptan el argumento de que la censura es necesaria están perdidos. Eso es el Rubicón. Si cruzan esa raya, entrarán en una espiral letal. Hasta el punto de que daría lo mismo cerrar las universidades o acabar con cualquier foro de debate. Eso todavía no lo he visto en Europa. Aunque quizá sólo sea una cuestión de tiempo.

Solemos ir con un par de años de retraso, aunque el desfase se está reduciendo. Por ejemplo, en España afirmar que el nuevo feminismo es puritano o que alimenta un victimismo paralizante te convierte automáticamente en un machista o una mala mujer.
Esa es la reacción típica de la corrección política. La pregunta es: por hacer esa afirmación, ¿también la acusarían a usted de perjudicar a las mujeres, de hacerles daño? Para silenciarla, ¿invocarían el bienestar de las niñas, su seguridad, la necesidad de evitarles traumas o incluso posibles daños físicos? Si es así, están ustedes peor de lo que yo pensaba.

Ahí vamos, con la ayuda de algunos medios de comunicación, que -gran paradoja contemporánea- legitiman, promueven y hasta ejercen la censura
Esta es la última falacia de moda entre los nuevos censores: “Lo que importa no es la intención, sino el impacto”. No se juzga a una persona por lo que quiso decir o incluso dijo literalmente, sino por los efectos de sus palabras sobre un tercero. Ese tercero suele ser un presunto colectivo que se arroga el derecho a hablar en nombre de millones de individuos: mujeres, homosexuales, afroamericanos, musulmanes… Y que invoca sus sentimientos, por definición subjetivos, para justificar su intolerancia: el ataque personal, la censura, incluso la denuncia.

¿Un ejemplo?
En ambientes académicos está prohibido utilizar la palabra “negro“. Es un tabú. Hay que decir “the n word” para no ofender. Ni siquiera en un contexto histórico o literario. Las aventuras de Tom Sawyer, las de Huckleberry Fin, Matar a un ruiseñor… Obras de referencia son proscritas de los currículos académicos simplemente porque incluyen la palabra prohibida. Aun cuando denuncian el racismo. Se otorga así a las palabras un poder sobrenatural. Se las considera violentas. Yo digo: eso es falso. Las palabras pueden causar estrés y sufrimiento. Pero no todo el estrés y el sufrimiento desemboca en violencia. Y no todo el estrés debe ser evitado. Recibir una mala nota causa estrés. ¿Por eso debe un profesor dejar de ponerla?

Se está haciendo.
Pero es letal. Como es letal para los propios niños la intervención obsesiva de los padres y profesores para evitar que puedan sufrir en el colegio. Los niños excluyen, claro. Lo han hecho siempre. Forman clubes. A veces estás dentro, otras veces fuera. Es muy duro. Pero es un aprendizaje esencial. A los niños nacidos a partir de 1995 les hemos negado miles de oportunidades para resolver conflictos. Están híperprotegidos y el resultado es que sufren mucho más de la cuenta. La cultura del safetyism, de la ultraseguridad, está engendrando una generación de pseudoadultos, inmaduros e inermes.

¿Qué efectos políticos tiene esta deriva?
Paradójicamente, está perjudicando a la propia izquierda.

¿Cómo?
Muchas de las personas -académicos, escritores, intelectuales- que están alzando la voz contra la nueva marea censora provienen precisamente del liberalismo, en el sentido americano del término. Y están recibiendo críticas feroces de sus supuestos correligionarios. Los llaman de todo: machistas, homófobos, islamófobos, traidores. El resultado es que muchos de ellos se sienten alienados y acaban votando contra la izquierda.

¿Incluso a favor de Trump?
Bueno, se sienten alienados y buscan alternativas. Y en un ambiente marcado por la militancia negativa acaban votando lo que sea contra la izquierda.

¿Cómo funciona la militancia negativa?
Existe un principio psicológico esencial, maravillosamente recogido en un viejo proverbio beduino: “Yo contra mi hermano; mi hermano y yo contra mi primo; yo, mi hermano y mi primo contra el forastero”. Dicho de otra forma: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Esto operaba en las tribus. De alguna manera nos permitió salir de la selva y formar sociedades. Pero también está en el corazón de nuestra tendencia al conflicto y la guerra, y opera de manera dramática en la política contemporánea. En parte explica la victoria de Trump. El ambiente social ante la elección entre Trump y Hillary Clinton era absolutamente iconoclasta. Mucha gente decía del sistema: ¡Tíralo abajo, destrúyelo! Les daba igual a quién votar con tal de quitar lo que había. Este voto negativo se ha acentuado en los últimos diez años. Hoy, si quieres saber qué van a votar los ciudadanos, no preguntes por sus anhelos o aspiraciones; averigua qué odian. Esto afecta también a la fidelidad de voto: la reduce de manera sustancial. Hoy el único compromiso real del votante es seguir odiando al objeto de su odio.

A veces de manera visceral.
La deshumanización del adversario es propia de nuestra naturaleza. Está en la etnografía y explica los genocidios. Se deshumaniza para poder matar. En la política ocurre algo parecido. Cuando la enemistad es sustituida por el asco, no hay posibilidad de negociación, transacción o reconciliación. Ocurre igual en los matrimonios: una pareja que se enfada tiene solución; una pareja donde hay asco o desprecio va directa al divorcio. Por eso hay políticos que alientan el asco al adversario.

Ah, sí. En España tenemos a un nacionalista catalán que ha calificado a los españoles como bestias taradas.
Eso es muy peligroso. Cuando irrumpe el asco, la política se convierte en un juego de suma cero. En otras palabras, deja de ser un juego y se convierte en una confrontación hasta el final. En una batalla para hacer el máximo daño posible al equipo contrario.

¿La política del asco es una derivada de las políticas de identidad?
El ser humano tiende por naturaleza a la organización grupal. A la tribu. Y la política casi siempre gira en torno a grupos que buscan o exigen algo. Esos grupos pueden formarse por cualquier motivo: intereses económicos, afición a las motos, orientación sexual, religión… En sí mismo, no tiene nada de malo. Es normal que personas con problemas comunes se organicen para reclamar soluciones. Luchar por los derechos que se te niegan en razón de tus rasgos físicos o aficiones es legítimo y necesario. La cuestión es cómo se encara esa lucha. Decía Martin Luther King: cuando mis hermanos trazan un círculo pequeño para excluirme, yo trazo uno más grande para incluirlos. Eso es la justicia social bien entendida. Es apelar a la común humanidad para acabar con la segregación. Lo contrario es lo que hacen los nuevos identitaristas. Hablan de opresores y oprimidos. Promueven una visión binaria del mundo. Ahondan en la segregación y el enfrentamiento entre los seres humanos. Nos abocan al conflicto y la fragmentación. A muchos jóvenes esto les atrae, les gusta: despierta sus arcaicos instintos tribales, da sentido a sus vidas. Pero para un país y para la paz es un desastre.

Esa nueva retórica identitaria tiene un blanco preferente.
Ad hominem albus. Contra el hombre blanco. Las políticas identitarias de una parte de la izquierda son insultantes. Y como he dicho perjudiciales para la propia izquierda porque le impiden hacer un discurso integrador.

Dirigirse al conjunto de la nación.
Para tener una democracia plural, secular y liberal debes trabajar en lo que une a los ciudadanos, no en lo que los divide. Es fácil cuando gobiernas sobre una comunidad relativamente pequeña y homogénea. Irlanda, por ejemplo. Pero cuando gobiernas sobre un país grande y diverso en cualquier sentido objetivo -lengua, raza, religión- es enormemente complicado. Si tu discurso y tus políticas se empeñan en oponer un grupo a otro, una lengua a otra, un sexo a otro, tu país puede acabar cayéndose a pedazos. En Estados Unidos, a partir de la Segunda Guerra Mundial y durante 40 años, las fuerzas centrípetas fueron muy poderosas. Pero desde 1960 las fuerzas centrífugas han ido avanzando. Y existe un riesgo de implosión.

¿Implosión?
Sí. Si seguimos por el camino actual, de fragmentación y centrifugación política y social, Estados Unidos podría dejar de ser un país unido dentro de 50 años. La fiebre identitaria podría, literalmente, romperlo.

¿Romperlo? ¿Por dónde?
Por California, por ejemplo. Si hubiera una votación, probablemente se segregaría. Habría una secesión.

¡…!
No creo que vaya a ocurrir. Apostaría lo contrario. Pero lo que hace cinco años era absolutamente inconcebible hoy ya no lo es. Podría haber una crisis constitucional que llevara a una pérdida de confianza en la propia legitimidad del Gobierno. Podría haber un enfrentamiento tan grande que el resultado fuera una división del país o un orden constitucional distinto.

¿Y qué hay que hacer para evitar la fragmentación?
Si todos los jóvenes leyeran mis libros…

Claro, claro.
Ahora en serio. Los jóvenes deben conocer a fondo las ciencias sociales, entender que la naturaleza humana tiende a la sinrazón y al conflicto. Y que la democracia liberal es un milagro, algo valiosísimo y frágil que todos tenemos la obligación de preservar.

Usted no cree que los humanos seamos naturalmente racionales.
Yo soy un psicólogo social que piensa mucho en la evolución. Sé de dónde venimos. Nuestro estado natural es la vida en una pequeña comunidad de varias docenas o, como mucho, centenares de individuos, bailando alrededor de un fuego de campamento, venerando árboles, rocas y ríos. De ahí venimos. Luego desarrollamos el lenguaje y la razón. Pero las investigaciones demuestran que lo hicimos simplemente para poder convencer a otros, para manipularlos. Hace unos 300 años en Occidente tuvo lugar un avance decisivo de la razón. Pero la Ilustración no sucedió porque los europeos fueran más listos que otros, sino porque había tabernas.

¡Somos tabernarios!
Así es. En Europa, después del descubrimiento de la imprenta, y gracias a la imprenta, se crea una comunidad de personas que escriben, leen y se critican unos a otros. Entonces el milagro ocurre. A partir de criaturas esencialmente emocionales y sólo preocupadas por su bienestar personal o más inmediato surge una comunidad capaz de razonar.

Elefantes con domador…
Es la metáfora que utilicé en mi primer libro y viene de Buda. Buda dijo: “Un hombre sabio debe aprender a controlar su mente como el entrenador a su elefante”. Es brillante. La mente humana consta básicamente de dos partes. Una mucho más grande y poderosa. Y otra más pequeña y débil. La pequeña es el domador, que está montado a lomos del elefante. Cree que lo domina y a veces lo hace. Pero si el elefante decide girar a la izquierda, lo hará. Y lo único que podrá hacer el domador es justificar esa decisión a posteriori de una manera más o menos convincente. Freud llamó a esto racionalización. Hoy lo llamamos razonamiento motivado. Los seres humanos somos extraordinariamente hábiles a la hora de justificar lo que nos empeñamos en hacer de forma instintiva.

Se ve en la política.
Sí, es sorprendente cómo personas tan brillantes se vuelvan tan estúpidas cuando hablan de política. Ocurre porque están en juego el prestigio y el poder de sus equipos. Intentan justificar como sea sus decisiones irracionales. Y el espectáculo resulta a menudo penoso.

En ‘The Righteous Mind’ utiliza otra metáfora para referirse a la mete humana, extraída esta vez de la propia política.
Ah, sí. David Hume, mi filósofo de cabecera, mi ídolo… Escribió: “La razón es esclava de la pasión y no tiene otra función que servir y obedecerla”. La realidad no será exactamente así, pero se le parece muchísimo. Más que la sierva de la pasión, la razón es su jefe de la prensa. Habrá visto usted, supongo, a muchos portavoces del Gobierno a lo largo de su vida.

A más de uno, sí.
Pues lo habrá comprobado, entonces. Imaginemos una rueda de prensa. Un periodista aporta hechos o plantea argumentos que contradicen al presidente del Gobierno o chocan con su estrategia. El portavoz jamás le contestará: “Oiga, tiene usted razón, qué interesante, ahora mismo se lo comento al presidente”. Se limitará a justificar las posiciones del Gobierno, sean cuales sean. Así funciona nuestra mente. En un ambiente con ideas en conflicto, no buscamos la verdad sino reafirmarnos.

Es un tópico ya que las redes sociales han empeorado esta tendencia.
No por tópico deja de ser verdad. El auge del populismo en las democracias occidentales es el resultado de dos factores: la globalización y las redes sociales. Internet y Google fueron dos grandes regalos para el llamado confirmation bias o sesgo de confirmación. La pura reafirmación de nuestros prejuicios. Eso ocurrió a finales de los años 90. Luego llegaron Facebook y el iPhone, que extendió masivamente el uso de las redes sociales. Desde 2012, cientos de millones de personas están conectadas a través de dispositivos que favorecen la comunicación pero también la más ácida polarización. Las redes se han convertido en una de las más poderosas fuerzas de centrifugación social. En ellas conviven, por decirlo de alguna manera, auténticos guetos morales en los que la verdad es estrictamente irrelevante. Las creencias más exóticas se propagan como el fuego. Y cualquiera que las cuestione es sometido a un linchamiento, como mínimo, virtual. Así, el procedimiento que nos convierte en seres racionales e inteligentes -una persona hace una afirmación; otra la refuta; llegamos a una conclusión- se está viendo sustituido por el grito de la tribu. Esto es una pésima noticia para la inteligencia colectiva, claro. Y también un peligro para la democracia.

Usted defiende la necesidad de un discurso integrador. ¿Cómo se forja un sentido de nación sin caer en el nacionalismo?
No es tan difícil. Muchas personas de izquierdas consideran que patriotismo es sinónimo de nacionalismo. Creen que ambas ideas son igualmente peligrosas y portadoras de conflicto. No es verdad. Sentir amor por tu país no implica sentir hostilidad por tu vecino. En Estados Unidos tuvimos después de la Segunda Guerra Mundial una derecha y una izquierda patrióticas. El demócrata John F. Kennedy era un patriota. El republicano Ronald Reagan también. Pero la nueva izquierda recela del patriotismo. Su amor a la patria cede ante su odio a la derecha. Es un error moral y estratégico. El gran desafío de los Estados contemporáneos es recuperar un sentido de comunidad nacional, sin el cual no puede haber contrato social, sin caer en otra forma de identitarismo. Si la izquierda no entiende esto, está condenada.

Una curiosidad. ¿Cree que, si vuelve a presentarse, Trump saldrá reelegido?
Esencialmente, depende de los demócratas. Tienen más posibilidades de ganar en 2020 salvo que se equivoquen. Es decir, salvo que insistan en sus políticas de identidad, que son ofensivas para el hombre. En la primera acepción de la palabra.

 

Entrevista publicada en El Mundo el 8 de octubre de 2018. 

Foto: Ante el “Descanso en la huida a Egipto”, de Caravaggio (1597). Galleria Doria Pamphili, Roma, septiembre de 2018.

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