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Tuvimos suerte

 

Valladolid

El alcalde de Valladolid, Óscar Puente, antes de intervenir en el curso de Libres e Iguales ‘Los valores de la Transición, hoy’.

El alcalde de Valladolid tiene un problema. Y por extensión lo tenemos todos. Apoyó a Pedro Sánchez durante el proceso de primarias, fue nombrado portavoz de la Ejecutiva del Partido Socialista y ahora tiene que defender posiciones con las que no comulga. En algún caso, literalmente. Ah, la cara dura del poder. Oscar Puente ejerce de católico —la suya es una tierra de cofradías y procesiones— en un partido que pretende superar a Bergoglio en populismo izquierdista. Qué fe. Y, sobre todo, Puente es un hombre cuyas simpatías por el identitarismo son parecidas a las de Susana Díaz. O incluso a las mías. «Yo soy un muchachito de Valladolid, al que el nacionalismo no le interesa lo más mínimo». Así se definió a sí mismo el pasado viernes, en el segundo curso sobre la Transición que organizó en su ciudad el profesor y activista de Libres e Iguales Miguel Ángel Quintana Paz.

En su intervención inicial, el alcalde, previsor, se había levantado un dique: «Yo me afilié al PSOE por su idea del hombre, no por su idea de España; y la verdad es que el asunto catalán me cansa, me aburre, me da mucha pereza». Centrado el balón, uno del público tuvo que rematar: «¿Pereza, dice? Los dirigentes políticos, como los periodistas, no pueden escoger sus temas. La idea socialista del hombre —igual— se está viendo radicalmente impugnada por su idea de España —plurinacional—. Y díganos: en la nueva España de Sánchez, ¿dónde queda Castilla y León? ¿Es nación o región?».

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La derrota de Maduro

Cuatro de la madrugada. La calle, estrecha y frondosa, está en silencio. La casa, blanca y acristalada, también. Lilian Tintori y sus dos hijos pequeños duermen. De pronto: luces, estruendo, gran alboroto entre los escoltas del turno de noche. Coches negros han aparcado junto a la verja. De ellos han bajado varios hombres. La mayoría van armados. Son agentes del Sebin, la siniestra policía política chavista. Pero otro lleva un brazalete electrónico: es Leopoldo López, el hombre que el 18 de febrero de 2014 decidió entregarse a la dictadura y que, con una combinación excepcional de inteligencia y valentía, se ha convertido en el símbolo de la resistencia democrática en Venezuela. En la primera autoridad moral —y por extensión política— del país.

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La abdicación de Felipe VI

La extravagante decisión de excluir al rey Juan Carlos de la conmemoración de las primeras elecciones democráticas ha excitado al populista. Ceño siempre fruncido, tonito solemne, Pablo Iglesias lleva cuatro días aprovechando el tirón para reclamar la restauración de los «valores republicanos» frente al régimen vigente. La contraposición es curiosa y merece una parada técnica en plena operación salida. Incluso un casto paréntesis en la bacanal del Orgullo Gay. Veamos.

Es verdad que la institución monárquica casa mal con la razón: lo reconocen hasta las marquesas mientras toman el té. Y también es cierto que los últimos años del rey Juan Carlos, y sobre todo los de su yerno, no fueron precisamente ejemplares. Ahí seguimos, pendientes de los vaivenes heráldicos de Corina y judiciales de Urdangarín. Sin embargo, esta monarquía española se distingue de su genealogía y hasta de su propio concepto de un modo esencial: no sólo contribuyó, en primera persona, a la llegada de la democracia, sino que aceptó que la propia democracia la legitimara en las urnas. «Habla, pueblo, habla». Y así lo hizo. Abrumadoramente.

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