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Más dura ha sido la caída

El 30 de octubre de 2017, el entonces Fiscal General del Estado, José Manuel Maza, metió la pata. O eso sentenciaron los tertulianos, ahuecándose las togas. El Fiscal había comparecido, seco y solemne, para anunciar la presentación de dos gloriosas querellas contra Puigdemont, Junqueras, Forcadell y los demás pirómanos de la secesión. Pero en el comunicado posteriormente difundido por sus colaboradores a los medios, bajo el rótulo Asunto, brillaba la siguiente frase: «Más dura será la caída». La Fiscalía salió rápidamente a balbucear que la cosa no era lo que parecía. Pero sí lo era. Y está muy bien que lo fuese. Si hay una lección limpia y útil a extraer de estos últimos años españoles es que los hechos tienen consecuencias. Que cuanto más hinchado el globo, mayor la explosión. O, por decirlo con la lengua fuera, que la política de eufemismos siempre acaba en hipérboles. Y como prueba, la semana pasada. El inicio del juicio del proceso separatista y la convocatoria anticipada de elecciones generales acaban con dos ficciones: la secesión y el sanchismo. Respecto a lo primero, lo explicó bien el difunto Maza en este párrafo dirigido a la Audiencia Nacional

«Los querellados promovieron actos, manifestaciones y proclamas, abonando en la sociedad la idea de la existencia de un derecho de autodeterminación de Cataluña sobre el cual quedaba legitimada cualquier actuación del Govern y del Parlament al margen de las leyes y en contra de la Constitución, haciendo nacer en la sociedad la creencia de la legitimidad de las actuaciones en contra del poder constituido para defender ese inexistente e inconstitucional derecho de autodeterminación».

«La creencia», escribió Maza. En efecto, la mentira. Esa que Sánchez avaló al aceptar una mesa de partidos para discutir la independencia catalana. Y esa que Junqueras pretende perpetuar con la ayuda de un cóctel que la todavía ministra Delgado llamaría «trivúlvico»: buenismo procesal, tercerismo político y cursilería mediática. «Ay, qué peeeena me da Oriol». Yo estoy con lo que decía Maza en privado: bastaría con que los rebeldes pasaran ocho o diez años entre rejas para que la burbuja separatista se desinflara durante al menos una generación. El valor pedagógico de la cárcel, no ya para el reo sino para la frívola masa que lo jaleó. Pero vamos con ¡Peeeedro!, en este caso Oscar al mejor actor principal.

Confieso que siempre me ha costado llamarle presidente del Gobierno. Pero no por los motivos que brama Vox, o incluso Pablo Casado en sus días menos sutiles. Su mandato —estéril, humillante, salpicado de instantes grotescos— fue legítimo. Mi objeción es epidérmica y a la vez arterial. Sánchez ha sido un presidente fake. Irreal. Virtual. De videojuego. No ha sido presidente, como no es socialista salvo en la etiqueta y con saña hacia la igualdad y hacia sus siglas. No ha sido presidente, como no es obrero, o tanto como Iglesias, es decir, únicamente de la construcción de sí mismo. Y no ha sido presidente, como no es español en el sentido más luminoso del gentilicio: ciudadano de una democracia que se quiere libre, unida y fraterna. Desde el primer minuto, Moncloa fue para él una sucursal de Ferraz y Ferraz, una extensión de su boudoir. No, nunca he podido escribir «presidente Sánchez» sin sentirme cómplice de un engaño. La suya me parecía una voz grabada. Sus gestos, de holograma. No había en él nada recto, crudo, auténtico. Como no lo habrá en su auto-hagiografía, de la que ayer adelantaba un extracto El País, claro:

— «Gürtel fue la gota que colmaba el vaso. La ola de la opinión pública era unánime: había que poner punto y final a esa situación».

La ola de su cámara de eco; la unanimidad de apenas media Cámara baja.

— «Yo no quería ser presidente a cualquier precio, pero sí tenía claro, por encima de todo, que de aquel trance saldríamos poniendo en marcha la regeneración de la vida política española».

Una regeneración de faux doctorado y festival en Falcon. El coste, españoles, a escote.

 

Manual de resistencia es un clásico «relato basado en hechos reales». Una novela realista de Irene Lozano, mi ex compañera de pupitre en El Mundo y de escaño en el Congreso. Uno de los pocos electores que debe de sentir sincero afecto por Sánchez, porque esa es otra de sus peculiaridades, incluso frente a Zapatero: habrá quien le vote, pero no hay quien le quiera. ¿Se puede querer a Samantha? Sánchez, Him. El título sí le va. Es un homenaje a su narcisismo.

Acabo de percatarme de que escribo en pretérito, trazando un muro, este sí moral y democrático, entre Sánchez y el futuro. Quizá porque me resulta insólito que después de dos debacles electorales y un gobierno ochomesino, los restos de su partido le permitan volverse a presentar. O quizás porque el viernes, gracias a la eurodiputada Teresa Giménez Barbat, pude conversar largamente con Steven Pinker y me ha contagiado su optimismo racional. Si el mundo progresa, ¿cómo va a seguir Sánchez? Casualidades de la vida, o destellos de la globalización intelectual, Pinker está escribiendo ahora un libro sobre el eufemismo y su relación con la psicología colectiva. En España tiene un buen caso práctico. Diálogo, consulta, derecho a decidir, solución política, federalismo, relator… los eufemismos son el helio que han inflado los globos separatista y sanchista. Hasta su estallido, en verdades, sí, pero también en hipérboles.

Se ha escrito que la derrota definitiva del proceso y del sanchismo va a exigir un nuevo pacto democrático entre aquellos partidos y personas comprometidos con la Constitución. Bien. Pero previamente hará falta otro pacto. Un pacto de cada uno de ellos con la verdad. La verdad sobre Cataluña y la verdad sobre España. Para Ciudadanos esto significa usar un lenguaje recto y rechazar, ante notario si hace falta, cualquier nuevo abrazo con Sánchez o sus avatares. Sólo una revolución en la izquierda, una apostasía del Nacionalismo comparable al abandono del Marxismo, podría justificar un acuerdo de esos que llamábamos transversal. En el caso del Partido Popular, el desafío es mayúsculo, como demostró la concentración de Colón. El manifiesto, un brochazo, fue un pacto con Vox. No explícito. Ni siquiera tácito. Instintivo, desesperado. Una concesión a la mentira y a la hipérbole como atajo y reclamo. Ese no parece el camino. Entre Vox y los partidos constitucionalistas no nacionalistas hay diferencias que el PP y Ciudadanos tendrán que subrayar. La más obvia es la que el secretario general de Vox, Ortega Smith, dejó clavada ayer en el ABC: «Si España tuviera un Gobierno decente teníamos que haber salido de ahí». Por «ahí» se refería a Europa, hito de la civilización. [1] Pero la diferencia crucial entre PP, C’s y Vox está en su relación con la verdad aplicada a España. Para Vox, dicho sin eufemismos ni hipérboles, la España del 78 es un fracaso. La suya es una visión dramática, sombría, nostálgica y esencialmente falsa del presente. Un relato que, erigiéndose contra la leyenda negra, paradójicamente la refuerza. No, con todas sus contorsiones y abdicaciones, la España constitucional no es un Estado fallido. No, ni la Conquista ni la Reconquista, ni siquiera Cádiz: no ha habido en la historia de España una etapa más fértil y feliz que los 40 años autonómicos. Y sí, se puede derrotar al nacionalismo sin caer en un nacionalismo de signo contrario y al mentiroso Sánchez estrictamente con la verdad de los hechos.

Hoy empieza un ciclo electoral histérico. Y mañana, antes de las ocho, con el sol aún al bies, los furgones policiales volverán a cruzar la Plaza de Las Salesas camino del Supremo. Los veré pasar desde mi ventana con la indiferencia del que sabe cómo suena una fantasía cuando se estrella contra la realidad. Y luego, sonriente y en silencio, celebraré la memoria del fiscal José Manuel Maza, en su sueño de los Justos.

Artículo publicado en El Mundo el 18 de febrero de 2019.

Foto: Concentración “Por una España unida, elecciones ya”, Plaza Colón de Madrid, 10 de febrero de 2019.

 

1. Esta frase no es válida puesto que el secretario general de Vox, Javier Ortega Smith, ha rectificado al diario ABC, que titulaba su entrevista: “España se tendría que haber ido de la UE tras la euroorden”. Al parecer, lo que dijo Ortega Smith es que España tendría que haberse marchado del “marco de la euroorden”. Es decir, de un acuerdo adoptado por la UE en 2002 a instancias del Gobierno de Aznar, y que ha facilitado la detención y entrega de miles de delincuentes, incluidos numerosos etarras, desde su entrada en vigor en 2004. Se calcula que la euroorden es tres veces más rápida que la antigua extradición y cuatro veces más barata. Aquí, desde la misma indignación, el buen fiscal Eduardo Fungairiño propuso una acción algo menos hiperbólica.

El olor a óleo fresco

Jorge Mario Bergoglio, alias el Papa, ha dicho que el Vaticano mantiene una actitud de “neutralidad positiva” respecto al último capítulo del drama venezolano. Bueno, no lo ha dicho él. Le he pedido a su secretario de Estado que lo diga. Pero es igual. Hace tiempo que Pietro Parolin se encoge de hombros y mira al cielo cada vez que un demócrata le pide explicaciones por la condescendencia de su jefe con la dictadura chavista. Entre esos demócratas hay muchos obispos, varios cardenales y hasta el propio nuncio en Caracas. Pocas iglesias más heroicas y humilladas en estos últimos años que la venezolana. Pero incluso la santa paciencia tiene un límite: la expresión «neutralidad positiva» convierte los «hechos alternativos» de Trump en un ejemplo de lenguaje recto y al propio Trump en el sustituto de Bergoglio en las plegarias de una población hambrienta de pan y justicia. Francisco, el pastor que permite que manden a sus corderos al matadero.

 

En una calle tranquila del municipio de Chacao hay un edificio, casi furtivo, de dos plantas y fachada blanca, inmaculada. Esa limpieza es lo único que sorprende en una ciudad carcomida por el chavismo. Ah, pero cuando entras. Es el primer Museo de Derechos Humanos de Venezuela y es conmovedor. Raúl Emilio Baduel, cuatro años preso, aún en la clandestinidad, nos hizo de guía. Con su boscosa barba negra sobre una cara de niño y un pin de héroe en la solapa, nos fue enseñando las reliquias de una década y media de represión. El mural con las fotos de todos los asesinados por el régimen, como un álbum universitario de futuros mutilados. La reproducción de una  celda de la Tumba: estrecha, fría y tétrica como la mesa de un forense. El rosario —mire, Bergoglio— que Leopoldo López tejió con un finísimo cable de cobre extirpado de una pared de Ramo Verde. Y, lo más impactante, los retratos que el ex alcalde de San Cristóbal, Daniel Ceballos, pintó durante su cautiverio en el Helicoide. Los observé largamente. Eran siete de una serie de doce. Todos en blanco y negro, todos de compañeros de prisión, y todos vigorosos, vivos, desafiantes. Me acordé de mi amigo Juan Abreu y de su serie de retratos de fusilados por el castrismo. De pronto, Diana López, la hermana de Leopoldo, promotora de artistas y artista ella, tomó la palabra: «Daniel es como un hermano para mí. Le animé a que los pintara. El arte alivia el espíritu y en ese momento Daniel estaba anímicamente muy mal. Con la ayuda de su madre, le hice llegar telas, pinceles y unos óleos. Y así en secreto, por la noche, empezó a pintar. ¿A que son buenos?» Extraordinarios, murmuré. Y Diana continuó. «La madre de Daniel logró sacarlos de la cárcel y enviármelos ocultos en una caja a Nueva York. En cuanto la empresa de transportes me avisó de su llegada, me puse en contacto con Daniel. Nos conectamos por Face-Time y fui llevándole por la ciudad. Cruzamos Central Park. Le enseñé el sol y los rascacielos. Luego en Metro, hasta el depósito. Ahí, con la cámara del móvil enfocando la caja, levanté la tapa y saqué los cuadros. Todavía olían a óleo fresco. Le dije: “Tus pinturas ya están libres, Daniel; muy pronto lo estarás tú”.» Tres días antes de que los retratos se exhibieran en una pequeña galería de Manhattan, Ceballos protagonizó el gran motín del Helicoide y fue puesto en libertad. ¡Milagro!, diría Bergoglio. O no. 

 

Hace unos días la BBC estrenó un documental sobre el Helicoide. “El mayor centro de torturas de Venezuela”, lo llama. Incluye entrevistas con dos ex funcionarios del SEBIN que corroboran las denuncias sobre ese lugar inmundo: la arbitrariedad, el hacinamiento, el garrote, la brutalidad. Sin embargo, quizá porque conozco a muchas de sus víctimas, porque he oído de sus labios cómo huele una celda con cincuenta cuerpos deshechos o cómo suena una violación con el cañón de un fusil, esa parte del documental no me impresionó. Lo que me llamó la atención fue el contrapunto: las maravillosas imágenes, también en blanco y negro, de cuando la construcción del edificio, en los boyantes años 50. El Helicoide fue una obra icónica, lujosa, transgresora, el espejo de una Venezuela petropoderosa y de vanguardia. No había nada parecido en América Latina: un centro comercial de 73.000 metros cuadrados moldeado sobre una colina en plena ciudad. Fue diseñado para albergar 320 locales comerciales, un hotel cinco estrellas, cines, un estudio de televisión, un auditorio… Tenía ascensores importados de Viena, un helipuerto y un acceso para coches en forma de doble espiral, desde su base hasta la cúpula geodésica diseñada por el visionario americano Buckminster Fuller. El proyecto fue exhibido en el MOMA de Nueva York como un triunfo del diseño modernista. Pablo Neruda lo describió como “una de las creaciones más exquisitas surgidas de la mente de un arquitecto”. Y Salvador Dalí se ofreció para decorar su interior y exponer en él sus obras. Nunca llegó a hacerlo. La modernidad venezolana se truncó por la frívola desidia de las élites y la irrupción del Socialismo del siglo XXI, esa fuerza cruel, totalitaria y medievalizante, pura involución. 

 

Setenta años y miles de muertos después, el Helicoide se asoma ahora, tímidamente, a un nuevo destino. “Demuélase”, reclaman algunos. Pero eso sería tanto como renunciar por dos veces a la memoria. De lo bueno que pudo ser y, sobre todo, del horror que todavía es. La amnistía, el ofrecimiento a Maduro de una salida bananera, la integración en la democracia de un chavismo sólo presuntamente moderado y tácticamente arrepentido… Todos los gestos que hoy se hacen para apuntalar la Transición venezolana deberán ser equilibrados de forma que nadie pueda decir: sufrieron y murieron en vano. Con lo necesario tendrá que venir lo justo: el reconocimiento a las miles de víctimas del chavismo, la defensa activa de su memoria, lo que la España constitucional ha tardado tanto en hacer con sus mártires. Y yo creo que vendrá. “Vamos a reconvertir el Helicoide en el mayor centro cultural de Venezuela. Y en él vamos a albergar este Museo de Derechos Humanos, ampliado a todos los represaliados, a los heridos, a la memoria individual y fáctica del horror. Para que nunca vuelva a ocurrir, para no olvidar jamás”. Son palabras de una persona del círculo del ahora presidente interino Guaidó y me acompañaron en mi despedida, temporal, de Venezuela.

El aeropuerto de Maiquetía estaba tan oscuro y solitario como Caracas al caer la noche. Me acerqué al control policial con una cierta inquietud, si bien pensando que al menos iba en la misma dirección de una deportación. Pero no pasó nada: revisión de rigor y “tenga usted un buen viaje”. Me instalé en un rincón, cansada, aliviada, cuando de pronto vi cómo seis guardias nacionales montaban un nuevo control en la puerta de embarque. Bolsos, maletas, chaquetas, zapatos, aparatos electrónicos: todo otra vez por el escáner. Cacheo a fondo, pero muy a fondo. Escrutinio del pasaporte. Burocracia, vigilancia, redundancia: tiempo y energía derrochados en una misión absolutamente inútil, porque ¿qué van a encontrar ahora que no hayan encontrado veinte metros y media hora antes? Régimen estúpido además de criminal, pensé, y qué santa es la gente. “Ya pueden embarcar”. Cogí mi iPad como si fuera un bebé y me dirigí por el finger hacia el avión. En la propia puerta había otros tres policías de Maduro haciendo guardia. Uno de ellos tenía el codo apoyado sobre una mesita metálica. Miré sus armas y luego miré la mesa. Perfectamente apilados brillaban unos veinte ejemplares de El Mundo. En la portada, una gran foto de la manifestación de Caracas y el siguiente titular a cuatro columnas: “Maduro, más cerca del final”. Debajo, en un recuadrito, mi nombre. Cogí un ejemplar, sonreí a los guardias y me monté en el avión. Sí, tan estúpido como criminal. 

 

 

 

 

 

 

 

Artículo publicado en El Mundo el 12 de febrero de 2019. 

Foto superior: Diana López en el Museo de Derechos Humanos, Caracas, 1 de febrero de 2019.

Amigo Pedro, presidente Sánchez


“Si hasta Pedro Sánchez lo ha llamado tirano”. En boca de una joven manifestante contra el agonizante Maduro, la frase me impresionó. Venía a constatar la percepción que sobre el papel de España y su Gobierno está dejando la crisis venezolana: incomodidad, pusilanimidad, ausencia de convicción cuando no una cierta complicidad, pura blandenguería. Y todo sin motivo aparente. Porque si hay un líder político en ejercicio en todo el mundo –sí, en todo el mundo– que tiene un historial de amistad y colaboración con el equipo de Juan Guaidó, ése es Pedro Sánchez.

La noche del 15 de marzo de 2016, Sánchez reservó la cueva del Válgame Dios, un restaurante del barrio de Justicia de Madrid al que acudía con frecuencia con sus colaboradores. Pero aquella noche era especial. Sus invitados eran dos de los protagonistas de un emocionante y multitudinario acto celebrado en el Palacio de Correos: la presentación del libro de Leopoldo López “Preso pero libre. Notas desde la cárcel”. La entrada en el restaurante de Felipe González y Lilian Tintori causó un revuelo. Saludos efusivos: ¡Enhorabuena, Lilian, valiente, te vi esta mañana en Ana Rosa!; ¡muy bien, presidente, muy bien! Una fotografía inédita da testimonio de un ambiente no sólo distendido: amical, excelente. En medio, Tintori y Sánchez, abrazados, sonrientes; a los lados, Begoña Fernández, Felipe González y tres de los más fieles colaboradores entonces de Leopoldo López y ahora de Guaidó: Freddy Guevara, Isadora Zubillaga y Carlos Vecchio. Este último es hoy el encargado de negocios de Venezuela en Estados Unidos. Cualquiera podría replicar que una foto sólo revela un instante de amistad, y ni siquiera. Sí, pero no es el caso. Sánchez y Tintori ya se conocían bien. Y, lo más relevante, Sánchez ya se había destacado por su compromiso público con la causa de la democracia venezolana. Y cuando digo destacado es destacado.



Hay que ver la rueda de prensa que Sánchez dio junto a Tintori a las puertas del Congreso el 17 de septiembre de 2015. Parecía un cruce entre Almagro y Aznar. Acusó a Maduro de “la destrucción de las libertades democráticas”. Utilizó el verbo “exigir” en referencia a la liberación de los presos políticos y la convocatoria de elecciones libres, y el sustantivo “régimen” para descalificar al Gobierno de Maduro, “porque hay que llamarlo así, régimen”. Y, viniéndose arriba, llamó “miserable” a Monedero por comparar al preso López con los terroristas de ETA. “Siempre”, sentenció, “en el presente y en el futuro estaré defendiendo la libertad de Venezuela”. Y con las palabras vinieron los hechos. En diciembre de 2015, envió una delegación de senadores socialistas como observadores a las decisivas elecciones legislativas que darían la mayoría a la oposición. Al año siguiente, un detalle desconocido, intercedió para que el entonces primer ministro Manuel Valls recibiera a Tintori en París, lo que dio lugar al primer pronunciamiento francés contra la dictadura chavista. Y en verano de 2017, en una reunión de la Internacional Socialista en Nueva York, denunció las maniobras de Maduro para sustituir la Asamblea Nacional por un fake de fieles. Tanto apreciaba la oposición venezolana la labor de Sánchez que, en un viaje de Tintori a Madrid que coincidió con su caída en desgracia y expulsión de la secretaría general del PSOE, ella insistió en verle contra el consejo de sus asesores: “Es mi amigo”. Continue Reading

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