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La restauración del ciudadano

De todas las pavadas reales que en los últimos días ha hecho y dicho Alberto Núñez Feijóo hay una especialmente multicolor. Matizando un glugluteo previo, ha dicho que está bien que los afiliados del Partido Popular gocen de libertad de voto en la primera vuelta del turbio sistema de elección interna que se inventó Martínez Maíllo. Pero que, para la segunda vuelta, la decisiva, la que controla el aparato, los gallegos deberán primero analizar con atención lo que los dos finalistas proponen para Galicia y luego tomar una decisión todos a una, Fuenteovejuna, Santiago o lo que sea. Es decir, el terruño primero y el voto como colectivo. Sus declaraciones no han causado, claro, la más mínima sorpresa en un país cada vez más ebrio de políticas identitarias. Hay que rumiar como una vaca la propuesta de la ministra Delgado: el sometimiento de los jueces a una lobotomía feminista. Ya que estamos, por qué no otra filonacionalista y una tercera proislámica. Y no sólo para los jueces sino para el conjunto del maltrecho cuerpo social. Qué indigestión.

 

Pocas veces ha sido tan necesario un Partido Popular dispuesto a definir un proyecto para los ciudadanos, alternativo al del Gobierno y el Ambiente. Pero eso exige un espíritu crítico y una valentía a prueba de portadas unánimes. Y el verano, la vida y lo viral aprietan. Entre los diputados —presunta vanguardia— el miedo se viste de prudencia.

—Oye, ¿a quién vas a apoyar?

—Voy a esperar a ver qué dice mi presidente provincial.

—Buen consejo. Gracias.

 

Los medios tampoco ayudan. La comparación de los candidatos se limita al análisis de sus atributos externos —sexo, edad, aspecto—, sus filias y sobre todo sus fobias y, si acaso, el riesgo de que acaben imputados. ¿Qué sabemos de sus ideas y proyectos, de sus planes para el centro-derecha y para España? Poco o nada porque no preguntamos. Pues hagámoslo. Con mi habitual ánimo constructivo y en calidad de militante no simpatizante pero dispuesta a pagar 20 euros para poder votar en el Congreso, propongo un sencillo cuestionario. Podría titularse Casi todo lo que necesitamos saber antes de elegir al nuevo presidente del PP. Y puede servir de guión para el debate entre candidatos que un partido con un mínimo de respeto a sus afiliados tiene la obligación de celebrar.

 

  • ¿Cuáles son en su opinión las causas de la fractura del espacio de centro-derecha en dos o incluso tres bloques: PP, Ciudadanos, Vox?

 

  • ¿Cómo valoran la gestión de su Gobierno frente al desafío separatista? Concretamente: la calificación del 9-N como una «pantomima», la foto de la ahora candidata Sáenz de Santamaría con el ahora preso Junqueras, la aplicación light del artículo 155, y el fiasco de la fuga de Puigdemont.

 

  • ¿Consideran, como el señor Feijóo, que la policía debería perdón por su actuación el 1 de octubre?

 

  • ¿Se debería haber intervenido —habría que intervenir/cerrar— TV3?

 

  • ¿Tienen alguna idea para reforzar la presencia del Estado y del Derecho en Cataluña? ¿Y en el País Vasco y Navarra? ¿Y en Galicia, Baleares y la Comunidad Valenciana?

 

  • ¿Consideran que los derechos de los castellanohablantes están garantizados en todo el territorio nacional, incluidas las Comunidades antes o ahora gobernadas por el PP? En caso negativo, ¿cómo van a remediarlo?

 

  • ¿Qué van a hacer para mantener viva la movilización del constitucionalismo —el espíritu del 8 de octubre— frente al contraataque de los apaciguadores, empezando por Batet?

 

  • ¿Hay que reformar la Constitución? En caso afirmativo, ¿en qué sentido exactamente? [Nota para el moderador: no se admitirá la respuesta «federal» salvo que venga acompañada de una explicación pormenorizada de las diferencias entre federalismo y autonomismo].

 

  • ¿Creen, como cada vez más españoles, que el Estado debería recuperar las competencias de Educación y Sanidad?

 

  • ¿Qué habría que hacer con los derechos históricos, puro anacronismo? ¿Mantenerlos o suprimirlos?

 

  • ¿Y con el Concierto económico vasco y el Convenio navarro?

 

  • ¿Volverían a comprar el apoyo del siempre leal PNV?

 

  • ¿Cómo valoran la excarcelación del terrorista Bolinaga? ¿Y la aceptación de Bildu como animal de compañía? ¿Y la disolución propagandística de ETA? ¿Y que todavía queden cientos de crímenes sin resolver?

 

  • ¿Qué van a hacer para lograr la derrota no sólo policial sino también política de ETA? Es decir, para reducir el apoyo institucional y el prestigio social del separatismo, de Alsasua a Gerona.

 

  • ¿Cómo proponen acabar con la paradoja de que exista un derecho al olvido para los terroristas, pero no un derecho a la memoria para las víctimas?

 

  • ¿Consideran que el juez Ricardo González del caso La Manada tiene «un problema singular»? ¿Y la juez Raquel Fernandino?

 

  • ¿Cómo definirían la nueva ola feminista? Esto puede plantearse tipo test: regresión puritana, expresión del victimismo posmoderno, nuevo argumento para una izquierda vieja…

 

  • Tocar la rodilla de una mujer, ¿es una agresión machista y motivo para fulminar a un ministro o existe la libertad de importunar, como escribió Deneuve contra el #MeToo?

 

  • ¿Les parece aceptable la discriminación por razones de sexo? Si es que no, ¿qué opinan de la Ley de Violencia de Género que discrimina a los hombres por razones de sexo?

 

  • ¿Los monumentos históricos reflejan lo que somos o lo que fuimos? Ya. ¿Entonces qué sentido tiene sacar a Franco del truculento Valle de los Caídos? Abstencionistas abstenerse.

 

  • ¿Cómo piensan defender el legado de reconciliación y reforma de la Transición —incluidas la Constitución y la corona— de los burguesitos herederos de la Ruptura?

 

  • ¿Qué les pareció la decisión de Merkel de abrir la puerta a cientos de miles de refugiados en 2015? Si lo mismo que a Sánchez, ¿qué van a hacer para evitar la irrupción en España de un partido xenófobo? Spain is not different.

 

  • También en relación con la inmigración, pero no sólo: ¿cómo piensan demostrar que la razón no es despiadada, sino que las despiadadas son las emociones?

 

  • ¿Consideran que el islam es una religión de paz o van a atreverse a defender su —y la— Ilustración?

 

  • ¿Creen que la defensa de Europa exige un aumento del gasto militar? En caso afirmativo, ¿cómo van a convencer a los españoles de que pongan más dinero? ¿Y algún muerto?

 

  • ¿Qué opinan sobre el aborto o más bien sobre el voto en conciencia para aquellos asuntos con los que el PSOE siempre ha dividido al PP?

 

  • ¿Cómo calificaría la política fiscal de Cristóbal Montoro? No vale comparar con la de Sánchez.

 

  • ¿Consideran que los pensionistas, como las mujeres, siempre tienen la razón? Si no es así, ¿qué piensan hacer para promover un Estado el Bienestar sostenible y una cultura de la responsabilidad?

 

  • ¿Creen que el PP ha sido eficaz en la lucha contra la corrupción?

 

  • ¿Y en su defensa de la presunción de inocencia y las garantías procesales?

 

Vamos acabando:

 

  • ¿Qué medidas proponen para atajar la proliferación de las mentiras y la degeneración del debate público?

 

  • ¿Qué van a hacer para lograr la reagrupación de todo el espacio que está a la derecha de la izquierda o, mejor dicho, dentro del perímetro de la razón?

 

  • Y ya que el partido que, por motivos como mínimo onomásticos, debería hacerlo, no lo hace, ¿pueden explicarnos por favor qué iniciativas inteligentes y audaces van a adoptar para conseguir la restauración del propio concepto del ciudadano?

 

  • Y en 30 segundos: ¿Cómo proponen mejorar las condiciones de trabajo hoy realmente inhumanas de los registradores de la propiedad?

 

España, como Europa, necesita un proyecto para impedir su implosión en categorías y colectivos, ya sean étnicos, lingüísticos, culturales o sexuales. Tenemos que rescatar y reivindicar al individuo político. Con sus identidades solapadas y variables. Sus derechos y obligaciones iguales. Y su libertad frente al partido, el poder y la turba.

 

Imagen: Alberto Giacometti, Headless Woman, 1932/36, Colección Peggy Guggenheim, Venecia.

Artículo publicado en El Mundo el 23 de junio de 2018. 

 

 

Por una España de castas

El 12 de mayo escribí en estas páginas sobre la creciente influencia del lobbyfeminista en la redacción de El País. El jefe de Opinión del periódico, José Ignacio Torreblanca, se enfadó. Mucho. Así me lo hizo saber por persona interpuesta y también a la cara, en un encuentro casual en el hotel Palace. El pasado lunes, Torreblanca fue destituido de forma fulminante. En su despacho brilla ahora la columnista Máriam Martínez-Bascuñán. El País la ha presentado así: “Es especialista en teoría política y pensamiento feminista”. Bien. Podría hurgar en la herida, pero para qué. En realidad, donde quiero escarbar es en la primera de las dos especialidades de la nueva jefa de Opinión del nuevo El País. Martínez-Bascuñán está entre los 60 ilustres firmantes de un simpático manifiesto titulado Renovar el pacto constitucional. Y esto tiene interés por dos motivos. Primero porque, en un bandazo sin precedentes en la historia del periodismo universal, El País se ha convertido en el oráculo, prescriptor ideológico y máximo defensor de su hasta ayer ridiculizado Sánchez. Y, segundo, porque la agresión nacionalista a la Constitución del 78 sigue siendo el primer problema español. Así que ahí va: un fisking al manifiesto avalado por la jefa de Opinión de El País, que es casi como decir al Poder.

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Una papeleta

En diciembre de 2015, Rubén Amón nos reunió a un grupo de críticos de nuestros respectivos partidos en las tripas/rotativas del diario El País. Irene Lozano vino por el PSOE, Toni Cantó por UPyD, el exjuez Pedro Yllanes por Podemos y yo por el Partido Popular. El reportaje se publicó en portada bajo un título generoso: «Independientes y heterodoxos, no disidentes». Dentro, nuestros puntos de fricción: la servidumbre partidista, la infantilización de la sociedad, la enésima elucubración sobre una reforma constitucional. Al acabar, Rubén me preguntó si a pesar de mi ruptura pública con Mariano Rajoy y salida del Congreso de los Diputados seguía siendo militante del PP. Le contesté con una frase boba pero sincera: «Soy militante no simpatizante». Es quizá lo peor que se puede ser. Y sin embargo ahí sigo, tres años después. No he devuelto al PP mi carné de afiliada, por cierto, firmado por Aznar y Rajoy. No sé si porque el gesto me parecía enfático. O porque en algún rincón tierno de mi cerebro seguía albergando la esperanza de una reconstrucción del centro-derecha español con el PP como motor. Y así, con mi carnet en un cajón, he hecho lo que tantos otros españoles con inquietudes políticas similares. He sido a la vez simpatizante no militante de Ciudadanos. Incluso lo he votado.

El lunes se reúne la Junta Directiva del PP para anunciar la fecha del Congreso extraordinario del que saldrá elegido un nuevo líder. No añado lideresa porque esas servidumbres lingüísticas son ahora patrimonio —¿matrimonio?— de la nueva Gobierna. Como afiliada de base, distrito Salamanca —pijo, pero vanguardia en la exigencia de una mayor democracia interna en el PP— he leído todo lo que ha ido publicándose sobre el Congreso y sobre los tres dirigentes que estarían valorando presentar sus candidaturas. Incluso he rebuscado en la hemeroteca. Un aprendizaje. Por ejemplo, ahora sé los términos exactos del enfrentamiento entre Cospedal y Sáenz de Santamaría. Lo detallaban dos crónicas publicadas en paralelo por El Mundo y El País tras la volatilización de Cifuentes. Las chicas se odian. Una tiene celos de la otra. La otra le quitó a la una la silla —literalmente— en un acto. Una cree que la otra utilizó el CNI contra su marido. La otra acusa a la una de filtrar que el suyo se lucraba en Telefónica. Una, o ya no sé si la otra, no invitó a la otra, o a la una, a un almuerzo con los presidentes regionales del partido. Las dos querían monopolizar la confianza del líder, que ahora descansa en paz, gracias también a ellas. En fin. Que hasta ahora las diferencias entre Soraya y Cospedal han sido pura y visceralmente personales. En ninguna de sus peleas ha asomado nunca la más mínima discrepancia de carácter ideológico o político. No parece que tengan una idea o proyecto de España diferenciado del de su enemiga. Ni tampoco de Rajoy. Si con una mano no han dejado de apuñalarse mutualmente, con la otra no han parado de aplaudir juntas a su jefe. Si acaso, podría decirse que Soraya tiene el estigma añadido de su catastrófica gestión en Cataluña.

Vamos pues con el tercero en liza, Alberto Núñez Feijóo. Según los periódicos, es el deseado, el hombre que podría ganar el Congreso del PP por aclamación. Los periódicos hacen previsiones y pintan mapitas de adhesiones en función de las filias y fobias de los barones territoriales. Será la costumbre, pero es un error. Entre otras cosas, porque esta vez sí votan los afiliados y antes que los compromisarios. Los medios también se entretienen con el clamor de la cúpula del PP: «¡Unidad, ante todo unidad!». Como si un debate ideológico, incluso encendido, no fuera la condición necesaria para que el PP recupere el sentido. Pero volvamos a Feijóo. Frío, inteligente, eficaz, dicen. Un ganador, aunque sea en Galicia. No es poco cuando hasta un twice-loser puede llegar a Moncloa. ¿Pero qué piensa Feijóo exactamente? ¿Cuáles son sus convicciones políticas? ¿Sus objetivos nacionales? A ver. Detalles que podrían interesar no sólo a los que miran por su cargo, sino también por una España con más igualdad y libertad. Feijóo ha dicho que la corrupción le repugna. Estupendo, pero eso es un imperativo ético, no un programa electoral. Su política lingüística no difiere esencialmente de la de cualquier nacionalista. Lo resumió en 2016: «Tenemos algo importante en común: la lengua gallega. Nadie puede ser ajeno a ella». Recientemente, en una entrevista con Jordi Évole —qué necesidad— asumió que el Estado «debería pedir perdón» por las cargas policiales del 1-O. Y ahora ha vuelto a circular un vídeo en el que proclama que «Galicia tiene muchos elementos para considerarse una nación sin Estado». Ah, y mantiene los impuestos de Patrimonio y Sucesiones. Todo esto con mayoría absoluta.

Feijóo puede ser el nuevo líder del Partido Popular, pero tendría que hacer su propio proceso de reconstrucción, por utilizar la expresión de Aznar que tanto ha irritado a sus ex propios y para siempre ajenos. Porque el desafío nacionalista es el problema más grave y urgente de España. Y la tibieza en su combate el mayor lastre electoral del PP.

En la Cope, Rajoy le contestó a Aznar que el centro-derecha no necesita una reconstrucción porque tiene 137 escaños. La ambición nunca fue la principal virtud ni tampoco el principal defecto del ex presidente del Gobierno. La necesidad de un Rassemblement, en este caso anti-lepeniano, de y para la razón, es evidente. Esa operación podría tener tres vectores. Sin embargo, salvo giro de última hora, Vox es un partido lepeniano. En cambio, Ciudadanos —con todos sus regates retóricos y tácticos, y sus clamorosas limitaciones técnicas— es un partido liberal, europeísta, atlantista y enemigo del populismo y el nacionalismo. Tiene mucho en común con el mejor Partido Popular. Y por eso más que perpetuar su enfrentamiento, lo que deberían hacer Albert Rivera y el próximo líder del PP es sentar las bases para una fusión. Inmediata.

Después del almíbar mediático, la realidad. Los socialistas podrán centrarse, pero sólo será de forma táctica y temporal. El PSOE de Sánchez no puede reconstruir el espacio español de la razón por dos motivos. No tiene un proyecto para España y no es de fiar. Es un partido que escoge a un pro-ruso como director de Seguridad Nacional y a un periodista rosa como ministro de Cultura. Que fía su imagen, es decir toda su política, a la identidad, con impúdicas cuotas territoriales y sexuales. Que no sólo pacta con el partido de ETA para llegar al poder —su vergüenza imperecedera—, sino que lo hace a lomos de una mentira. La sentencia de Gürtel no condena penalmente al PP. Y, sobre todo, es un partido que el primer día en el Gobierno levanta el control sobre las cuentas de la Generalidad y queda con el racista Torra a tomar el té. Hola, Borrell.

Frente a un Gobierno de mentira hace falta una Oposición de verdad. Y esa oposición requiere una fusión política. No es una operación fácil. Es una papeleta, por la rigidez propia de los partidos y el carácter de los implicados. ¿Pero no decía siempre Rivera que imposible es sólo una opinión? Se habla del blindaje del sistema político español. Otro mito. Es más permeable incluso que Francia, con su En Marche de Macron. En apenas unos años han irrumpido Podemos, el propio Ciudadanos, hasta el Foro Asturias de Cascos. ¿Por qué no un nuevo partido reagrupado por elevación? Por necesidad, por el bien mutuo y común. ¿Cómo se llamaría? Piensen opciones. Jueguen con las siglas y los colores. Qué más da. Lo importante es que ese partido entienda lo que quiere y necesita la mayoría social española: la restauración de la verdad en el centro de la vida pública. La lucha contra las políticas identitarias, donde convergen el nacionalismo y la izquierda reaccionaria. La defensa de España como una suma de ley, convivencia y paz: el único paisaje donde la libertad y la igualdad son posibles. Un partido que cuando Sánchez convoque elecciones —más pronto que tarde— ofrezca a los españoles una sola papeleta para ganar y gobernar. Me lo decía mi padre: mejor ser ingenuos que cínicos.

Artículo publicado en El Mundo el 9 de junio de 2018. 

 

 

 

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